Las sonatas para violín y piano de Beethoven.

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El pasado cinco de noviembre se presentaron las sonatas para violín y piano Op. 12 (#1,2, 3) y Op. 96 (#10) de Ludwig Van Beethoven en el Centro de las Artes del CONARTE bajo el violín de Juanmanuel Flores y el piano de Noé Macías. Es la primera sesión de tres para tocar las diez sonatas a dúo que Beethoven compuso y que si bien no fue su formato más explorado -respecto a las sonatas para solo piano por ejemplo- abarcan los periodos temprano y maduro de su obra en una clara imagen de cómo fue progresando su concepto de sonata a dos instrumentos, así como de la sonata en general y del concepto de acompañamiento para la historia de la música.

Antes de este concierto estas sonatas me eran desconocidas y es una gran oportunidad poder escucharlas al hilo en una temporada para además del placer obtener una perspectiva. Las sonatas para piano y violín de Beethoven son una puerta para comprender al compositor en una de sus caras más cristalinas, justamente por que la articulación entre piano y violín obliga a una simetría, a un juego de espejo que resulta en un espacio acústico de mayor comprensibilidad para la escucha.

Las tres primeras agrupadas bajo el Op 12 -dedicadas a su maestro Antonio Salieri, maestro también de Schubert y Liszt- son bastante circulares, retoman el tema principal una y otra vez después de una serie de variaciones, lo cual las inscribe de lleno en la tradición clásica de Mozart y Haydn. En efecto, las sonatas para violín y piano están presentes en la obra de Bach y Haydn y abundan en la de Mozart, pero ya sea que Beethoven se propusiera ser diferente a toda costa, ya sea que lo fuera incluso sin proponérselo, desde las primeras fuertes y cortantes notas de la sonata Op. 12 #01 queda perfectamente claro que hay que poner atención porque algo está a punto de suceder y de una manera muy distinta a la de sus predecesores. Es el famoso brío de Beethoven. La primera sonata, escrita en1798, un año antes de su primera sinfonía, abre como tres y tres fuertes toquidos a la puerta, y no que Mozart no tuviera estos arrebatos (K380) sino que en Beethoven el brío está presente a todo lo largo de la obra no sólo como una articulación armónica de la sorpresa sino como un gesto convulso de su espíritu y su tiempo, y tal vez este parentesco a nivel de las notas y esta diferencia al nivel del carácter pueda servir como puente para entender las relaciones tan estrechas entre el clasicismo y el romanticismo, que entre más se observan más indistintos se confunden.

Una sonata a dos instrumentos implica la relación que pueden hacer entre ellos, en este caso y por un lado la capacidad melódica, de legato y la nota sostenida del violín contra la amplia gama armónica del piano. La relación obvia entre ambos es que se explore la melodía por un lado y la capacidad orquestal por el otro, lo cual es claro en Bach y Mozart, pero en Beethoven la sensación de no saber si de pronto uno ya está escuchando una sonata de violín acompañada de piano y luego viceversa es patente, esta confusión estructural es, discutiblemente, cada vez más intensa según nos vamos acercando hacia el final de su vida. La decisión de Juanmanuel y Noé Macías de programar en este primer concierto las tres primeras sonatas junto con la última tuvo la intención expresa de contrastar una diferencia de intención. Lo que me quedó claro es que con Beethoven no podemos hablar en los términos de una evolución, y eso puede resultar sorprendente a nuestros oídos desde que nuestra mentalidad moderna está condicionada a pensar el tiempo como una flecha hacia el progreso, tendemos a creer que las mejores obras de un artista las encontramos en su madurez. En Beethoven es imposible no escuchar desde su primera sonata ya a un artista maduro y revolucionario, con ideas ya perfectas.

La última sonata Op. 96 #10, compuesta en 1812, es decir, 84 obras y 14 años después de la primera, representa para mi limitado oído un par de misterios en relación a su reputación, porque es famosamente la más difícil de tocar para los ejecutantes pero en comparación con las primeras me pareció fácilmente percibir una mayor concentración del tema y un control más sucinto de las variaciones, lo cual se traduce en un mayor rango emocional, una mayor profundidad de ideas y sentimientos (es curioso porque en el caso de las últimas sonatas para solo piano ocurre justamente lo contrario donde las sonatas varían hasta deformarse irreconocibles y llevan al escucha a perderse en horizontes insospechados pero sostenidos en estructuras bien solidas como la fuga de la op 106, compuesta a seis años de distancia después de la última sonata para piano y violín). Es como si Beethoven en su última sonata para dúo se volviera más complejo en la partitura pero más inteligible en el oído.

Durante el recital Juanmanuel Flores nos señaló que para el 1812 Beethoven se encontraba ya perfectamente sordo, cuando estaba completamente sordo es cuando escribió sus obras más influyentes. Tal vez si algún día llegamos a descubrir todo acerca del aún completamente misterioso proceso creativo de los compositores la sordera del genio nos parezca mucho menos extraordinaria, de la misma manera que ahora no nos sorprende que un gran escritor sea sordo mudo de nacimiento, como ahora no nos sorprende un fotógrafo ciego; tal vez descubramos que fue un irreductible e inexplicable milagro neurológico de los que no dejaban de maravillar a Oliver Sacks. En todo caso la dimensión mitológica de su sordera no estorba para acceder al placer de su música y apenas lo ubica en la misma categoría de un poeta que ciego era vidente, reservando la necesidad de explicaciones, pues lo maravilloso de la música es que aunque no la entendamos la podemos discutir, y aunque no sepamos definirla nos ayuda por su lado a comprendernos.

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Este miércoles 22 de noviembre en la Casa de la Cultura de Nuevo León Juanmanuel Flores y Noé Macías se presentarán de nuevo para la segunda entrega del ciclo, la cita es a las 7:30 y hay que llegar temprano y no aplaudir hasta que los músicos nos volteen a ver. Agradezco a Caleb, el autor del personaje Peatón, que asistió al concierto a la usanza romántica con un cuaderno de bocetos, por las ilustraciones de esta columna. Caleb presentará también el viernes 25 de esta misma semana una exhibición de sus últimos trabajos en la sala del Taller Vegánico, Barrio Antiguo, 8:30 pm.

Erick Vázquez

Hablar sin hablar

IMG_3541.jpgMayra siempre hace lo mismo. Siempre de manera distinta, a veces ligeramente distinta como su intervención de ayer en Lugar Común –espacio de inteligentes estrategias alternativas cuya fertilidad está lejos de poderse calcular- a veces muy diversa como su reciente exposición en la galería 11 alternativa –con mucho, la galería de tradición más arriesgada en la ciudad-. Siempre he querido relatar una historia al estilo Zen tratándose de su trabajo y como no la he encontrado justa la voy a relatar de mi invención: Una joven calígrafo ambicionaba descubrir el secreto detrás de la escritura. Su maestro le dijo: Debes escribir hasta que olvides el sentido detrás de cada letra. Entonces la alumna agotó todos sus recursos: el pincel, la máquina de escribir, el bordado, los tipos de imprenta tan acústicos en su martillar. Descubrió el garabato (el despojo que habita como una vida secreta entre el lenguaje hablado y la palabra escrita), pero entre más formas de vida gramatical conocía más elusivo se volvía el secreto. Su maestro le dijo: No tengo nada más que enseñarte, has repetido hasta descubrir que la repetición no existe, que todo es diferencia, que todo cambia. Debes buscar un nuevo maestro y viajar allá donde desconozcas la lengua, donde no exista la escritura. Entonces la estudiante de la letra viajó hasta encontrar ese país donde los habitantes desconocían la palabra hablada y se comunicaban estrictamente por medio de señas y marcas sobre papel, muros, fruta, piel. Después de años de silencio entre ellos descubrió que el anhelo más profundo detrás del no pronunciar sonido era escapar a la muerte, porque el otro nombre de la muerte es la definición. Comprendió que no tenían más que enseñarle dentro de su muda disciplina e hizo lo que cualquiera con el poder biológico de engendrar haría en su lugar: escribió una nueva vida con su propio cuerpo. Así, Mayra siempre ha hecho lo mismo, ya se trate de escribir con luz como lo hizo en la galería 11 alternativa al velar papel fotográfico, ya al grabar discretamente sobre el muro de un pasillo en Lugar Común, se trata siempre de hablar sin hablar. Porque el lenguaje posee la cualidad aterradora de hacernos creer que podemos definir y en ese pacto es el poder el que agazapado siempre gana la partida, el poder al que el arte le tiende una trampa con la esperanza de desviar la naturaleza propia de lo escrito sobre la piedra. Evadirse, preservarse, al costo probable de la incomprensión o de la soledad.

Erick Vázquez

 

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El mural más grande de México.

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En el norte no tenemos una noción muy fina de la historia porque nunca nos ha sido muy útil, y francamente esa desfachatez la encuentro refrescante desde que insoportable hubiese sido un proyecto de mural que pretendiera tomar en cuenta que estamos en México, cuyo único lugar en la historia universal del arte se debe a un movimiento muralista. Podemos respirar tranquilos, a los grafiteros no les importa el pasado ni el futuro, les importa la escritura. La escritura del Blast, por ejemplo, es un caso muy interesante en lo que respecta al estudio del pasado en el presente porque su estudio de la forma arcaica se suma a la escritura de la calle con elegante sencillez, como discreta. Ahora bien, hay un pequeño escándalo en torno a este mural del túnel de la loma larga, comisionado por Mauricio Fernández al Dr. Lakra. El Frente Nacional de la Familia se quejó porque afirma que los niños se asustan con las figuras, pero no cita ninguna opinión de ningún niño, lo cual sitúa la credibilidad del FNF dentro de todos aquellos que afirman saber lo que es la infancia; por otro lado la defensa de Mauricio Fernández es que se trata del mural más grande de México, lo cual nos posiciona preponderantes en la misma categoría de la carne asada más grande del mundo celebrada cada año en el parque Fundidora. Lo interesante de este proyecto es que se trata un artista del grafitti que se mueve entre el arte callejero y el arte mainstream, que a su vez convoca a otros artistas (Blast, Hommie, Banger, Beo Hake y Eskat) a hacer un mural por comisión, con permiso, pues. ¿Qué sucede cuando el grafitti negocia con la institución? En este caso no sucedió lo peor, es decir, una escritura domesticada que refleja los valores conservadores; no sucedió tampoco lo ideal, que es que el grafitti logre conservar su espíritu marginal incluso dentro de la ley; lo que finalmente sucedió es lo que sucede siempre que se comisiona una obra de arte en sitio y el artista no investiga el contexto: nada. Tal como sucedió con la Lagartera de Toledo, no importa cuan internacional sea la estatura del artista, si no tiene consecuencias para la sociedad en la que se inserta la obra no pasa de ser un evento de una eventual polémica estéril. Lo que el Dr. Lakra no tomó en cuenta es que la ciudad que intervino es muy difícil de superar en términos de arte chocante, bastaba darse una vuelta por el corredor de las esculturas para darse cuenta que tenemos un estómago de acero unido a una incapacidad congénita para la indignación, no advirtió que una ciudad fundamentalmente hipócrita es virtualmente imposible de impresionar. Entre la costumbre a un arte público insultante y una moral laxa una intervención estética de orden urbano tiene muy poco margen de éxito a no ser que se reduzca al ornamento, y en esto, con el tiempo, el mural afortunadamente para todos devendrá.

 

Erick Vázquez

Welcome to Paradise

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Empecé a leer el libro de Oswaldo y empezó gradualmente a formarse en mí una historia, una historia de ciencia ficción. Sus paisajes urbanos y naturales me recordaban la atmósfera de Solaris -y qué es la Ciencia Ficción sino una atmósfera, el vapor que nos rodea-. El conjunto de las fotografías en este libro son amplios paisajes que retratan edificios o plazas o grandes lugares para la congregación y muchas veces empresarial, espacios diseñados para la habitación y el progreso pero que aquí son solitarios en una especie de noche infinita, de atardecer insuficiente. Me sentía un poco culpable mientras me imaginaba mi cuento al pasar las páginas porque muchas, la mayoría de las veces, es un gesto de mala voluntad la intención de narrar las fotos, así como a veces es de mal gusto imaginarse una novela a partir de la música, el deseo de que un libro se haga película. Al final del libro me sentí muy aliviado porque cierra con un cuento, justamente, de ciencia ficción. El cuento de Emiliano Monge es el relato de una idea magnífica donde los personajes corretean perseguidos atravesando las fotografías de Oswaldo, dándoles una especie de sentido paralelo, un futuro donde los humanos se han convertido en otra cosa, los dioses han vuelto y el lenguaje ha desaparecido en una especie de evolución invertida. No se los voy a echar a perder, pero quiero leerles este fragmento: Así fue como todo dio comienzo. O como empezó a terminarse: un hombre dejó su oficina, se detuvo en medio de una calle, permitió que cada músculo en su cuerpo se venciera y murmuró: estoy rendido. Creo que esta cita una gran manera de introducir el tema de lo post-apocalíptico porque es una escena que potencialmente se encuentra en cada día de trabajo, en cada trabajador amenazando con suceder, el sencillamente rendirse. Un amigo me contó hace unos años que de pronto se quedó parado entre pasillos de las oficinas, durante un breve instante el sinsentido de todo ello le cayó sobre los hombros como un chubasco repentino y se dijo: ¿y si sencillamente me quedo aquí parado y ya, como ignorando el tiempo, la consecuencia tal vez inexistente? Esta tentación de dejar caerlo todo que se encuentra latente en cada miembro en la cadena de producción es la potencia apocalíptica que nació con la misma idea de progreso, de gran ciudad, de dominio triste y feroz. Acaso esta sea la causa de que las de Oswaldo sean imágenes de una poderosa fantasmagoría. ¿Cada cuándo tenemos la oportunidad de ver estas imágenes en nuestra vida diaria, amplios espacios financieros completamente vacíos, fabricas detenidas en un olvido sin retorno? (Estoy haciendo trampa cuando digo nosotros, claro está, pero creo que es una trampa legítima, de las que está minado el campo del arte). Aquellos que pueden ver estos escenarios con relativa facilidad son un grupo muy específico: son los obreros, o la gente que trabaja en las madrugadas, una minoría realmente, un cierto margen. Para toda su elegancia Oswaldo es marginal, y es gracias a su marginalidad que a pesar de toda su pulcritud puede hacer un comentario, un comentario a la economía y el urbanismo, como si se tratase en ambos de proyectos fantásticos destinados al fracaso desde el principio y como si hubiese una gloria en la degradación, una gloria del destino implícito, oculto, en el concepto de progreso en su inevitable camino hacia el escombro y el desperdicio.

Estas fotos podrían haber sido tomadas después de un apocalipsis, o antes. Más que encontrarse en un futuro distante, o en un pasado lejano, Oswaldo revela que estos momentos se encuentran fuera del tiempo, y eso hace justamente la ciencia ficción; era la cosa más natural del mundo que Tarkovsky se inclinara hacia la ciencia ficción porque comprendió que la imagen, fija o en movimiento revela justamente nuestra concepción fundamentalmente equivocada del tiempo como algo que ha sucedido o habrá de suceder, como una flecha lanzada sin remedio. Regina me preguntó qué sucedería si esta imágenes de Oswaldo fueran encontradas dentro de cien o doscientos años, era por supuesto una pregunta retórica de su parte porque estas imágenes ya fueron tomadas en el futuro, donde naturalmente el abandono de la escritura ha significado el retorno de los dioses.

(WELCOME TO PARADISE de Oswaldo Ruiz; La Caja de Cerillos Ediciones, Ciudad de México, 2017)

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Conmoción 2.0

Esta es la segunda curaduría que presenta Sara Lopez en la Casa de la Cultura y vaya que las cosas han cambiado desde la anterior el año pasado, una revoltura cuyo único hilo conductor era la escasa relación con el espacio en el que exponían. Esta vez sí hay una intención de fondo, por lo menos formal, en lo que se refiere a una manera de entender la pintura como el resultado de un proceso más amplio, y Sara con esto ha demostrado que entiende muy bien -tanto o mejor que una curadora foránea invitada como había sido el procedimiento hasta ahora- el mecanismo interno que puede unir a diversos artistas de la localidad, la cual es precisamente una función de la Casa de la cultura.

Este mecanismo interno se traduce aquí en una honesta, candorosa relación entre la pintura de un cuadro y lo que sucede en un pintor en el proceso de pintarlo, es decir, lo que pasa cuando un pintor travesea con el video, lo que pasa cuando un pintor brinca a una instalación.

En la primera sala Cecilia Martinez hizo un par de instalaciones que reflejan la candidez sencillamente desarmante de sus cuadros. ¿A quién no le impresionan los monstruos? ¿A quién no le impresionan Godzilla y King Kong? Pero los monstruos de Cecilia no son el terror del ciudadano que ve con alegría mal disimulada su ciudad pisoteada por un gigante incomprensible e incomprendido, son los monstruos que uno quiere agarrar para jugar, y este es un encantador giro del humor que compensa con mucho la escasa variación de su tema.

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Entre el primero y el segundo piso hay también un par de proyecciones de Gerardo Monsivais y Gabriel Garza que son interesantes en que demuestran cómo el video en sus manos se comporta exactamente como si la pintura pudiese ser ligeramente móvil, de qué otra forma habría de ser, pero dan una pista y muy buena de lo que la imagen fija de estos pintores quiere decir en el conjunto de sus trayectorias.

Sorprendentemente, la curadora incluyó a Karen Reyes -“sorprendentemente” porque es mucho más joven que el resto de los artistas y con una trayectoria prácticamente inexistente-. Ese tipo de riesgos son más bien para la artista que para el espacio, que la Casa de la cultura al fin para eso es, para ponerla en duda. Creo entender la hazaña curatorial por que es una artista promisoria, lo curioso con Karen es que, para toda su habilidad en los acabados con pincel, sus bocetos y hojas de trabajo son mucho más interesantes que sus cuadros terminados y eso no suele pasar, y tal vez no debería, porque es el signo de una incomprensión del proceso personal de la invención, por otro lado tal vez sea una maña personal mía encontrar mayor satisfacción en la estimulación intelectual y el movimiento formal que en el placer visual ante la destreza manual.

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La exposición permanece hasta el 09 de julio, y si a uno le interesa el arte es una exposición que puede dar qué pensar, cosa que en la Casa de la cultura no pasa tan seguido como debería dado el título que decimonónicamente ostenta. Esta exposición tiene la virtud de trabajar como un muestrario en miniatura de cómo se entiende el arte en esta provincia alejada de la mano de Dios: La referencia fundamental para entender el arte en Monterrey es algo que se puede colgar en la pared, ya sea que su sentido se extienda a una invención en una mesa o una proyección, el objeto residual es algo que se puede enmarcar o colgar. En el caso de la obra en tres dimensiones el resultado no es muy distinto.

Erick Vázquez

La lógica de los perros

La historia de los perros dentro de toda la tradición pictórica occidental la podemos resumir en dos plumazos, desde su función como cazadores en los frescos y mosaicos de la antigua Roma, durante toda la Edad Media, y hasta bien entrado el siglo XIX, el estudio de la forma Canis lupus familiaris se reduce a unas cuantas apariciones como parte de la ornamentación en la corte real. El siglo XIX se pone más interesante, algún adorno para algún representante de la burguesía en Sir Joshua Reynolds, y sobre todo los hermosos perros de John Singer Sargent, pero para todo su encanto y lo atento de su observación a extremidades y pelaje permanecen como un elemento más de clase.

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John Singer Sargent, 1882

Las más que honrosas excepciones provienen, por supuesto, de Goya y Turner. La razón para esta aparatosa omisión de un personaje omnipresente en la vida cotidiana es simple: Si Goya y Turner pudieron retratar con mayor gracia y profundidad la forma canina es precisamente porque no se dejaron impresionar por las personalidades de los ricos, por el pomposo encanto de la burguesía ni de la realeza, así como tampoco se dejaron intimidar por los cuentos de la salvación del alma de la iglesia. Para un verdadero pintor todo es forma, no importan clase social ni creencia espiritual, antes bien para el ojo entrenado se revelan con claridad las miserias y en ese paganismo radical retozan y vagabundean los perros de Gerardo Monsiváis.

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Por supuesto, el naturalismo de Gerardo es todo menos inocente, es cínico. En su raíz griega “cínico” se traduce al castellano literalmente como “perruno”, y ese es el título que adoptaron los filósofos vagabundos más radicales, los que no respetaban ley ni religión y escandalizaban la vieja Atenas reflejando con su conducta lo absurdo, lo cruel, lo ridículo de las convenciones humanas.

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Oleo sobre tela, 2014 60×75 cms

Los perros de Gerardo son callejeros, en parte porque a Gerardo le interesa mucho la ciudad y el perro callejero es ese héroe anónimo de aventuras inauditas, testigo de la vida de una sociedad en toda su complejidad. Un perro callejero es además la figura del abandono y la resistencia, y un signo claro de que el precio de la domesticación es muy alto, entre los perros de Gerardo serán más impresionantes los sarnosos, callejeros, buscando en la noche, pero también tiene el ojo para retratar la empatía y la elegancia caninas, el misterio de sus intraducibles pensamientos y lo chistoso de sus circulares reflexiones.

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Gerardo Monsivais, Apuntes varios 2009-2010 (Lápiz y acrílico sobre herculene, 20×25 cm)

Erick Vázquez

tercerunquinto y la arqueología de la ira

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Esta debe ser una de las preguntas cruciales para pensar los problemas del arte contemporáneo: qué tan en serio debemos tomarlo. En la mayoría de los casos es una pregunta retórica, en el caso de lo que 3er 1/5 acaba de presentar en Proyectos Monclova es una pregunta de fondo.

Cuando hay una marcha de protesta en la Ciudad de México inevitablemente hay pintas, grafitis, sobre el Ángel de la Independencia, sobre los edificios que se encuentran al paso de la multitud. Hay un procedimiento para limpiar esas pintas, desde que son inmuebles históricos es responsabilidad del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Es propiamente un acto de restauración artística. Hay unos paños que se usan invariablemente, unos químicos determinados para remover las pinturas de las frases, un registro del procedimiento, una ficha técnica de dicho registro. 3er 1/5 negoció con el INAH para invertir el proceso de registro y quedara por archivo la pinta como parte de un suceso histórico propio de la restauración, una inversión para producir una memoria en lugar de un borramiento. Los paños se pusieron en bastidores como si fueran involuntario expresionismo abstracto y cada serie de paños lleva por título la frase que antes formaran: “Muera Peña”, “Vivos los queremos…” A este procedimiento lo llamaron “Arqueología de la Rabia”.

Al centro de la exposición se mostraba un vídeo con la serie de frases abstraídas acompañado con un solo de trompeta siguiendo la línea vocal de las canciones de los niños muertos de Gustav Mahler.

Una obra adyacente pasó desapercibida porque era imposible darse cuenta. Todo el piso de la galería era un piso sobrepuesto, dando a entender que estábamos parados en un doble fondo. Nadie notó la metáfora porque ese era precisamente el punto. Esa pieza, dadas las dimensiones de la galería, es obviamente costosísima y aún más difícil de vender. ¿En qué estaba pensando la galería cuando accedieron a semejante intervención? Naturalmente, estaban pensando en que nadie más lo haría. Con este proyecto 3er 1/5 llega definitivamente a donde antes había apenas acercadose, es decir al campo de una problemática social, y también llega a un punto más crítico donde antes ya había sido poco menos que tímido en lo que a problemáticas del espacio dedicado a las artes se refiere.

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El tema del glamour y de los altos precios en el arte contemporáneo es uno que debe considerarse siempre, ¿de qué manera? Es difícil decirlo, pero es inevitable porque es más que visible, es casi un compás de comportamiento en cuanto a soluciones formales se refiere para los estudiantes de arte, y sobre todo es la cara a la que se dirigen las agresiones por parte de un discurso crítico conservador, discurso contra el cual el arte contemporáneo se defiende hasta ahora pobremente. El tema viene a colación porque durante el vernissage el contexto le daba claramente un aire frívolo al trabajo. ¿Es igual que, digamos, tratar de darse una idea de un libro por su presentación en público con el autor, con las preguntas y respuestas banales de siempre? Podría ser, si el proceso de escritura de un libro no estuviese tan disociado de su mercado, el caso es que para efectos de arte contemporáneo éste se piensa un montón a sí mismo, se problematiza el propio arte en cuanto a su propia historia y mercado, cosa que no sucede en ninguna de las otras artes, y en este juego peligroso el riesgo es siempre hacer una norma de la excepción, en donde cuando se tiene éxito se fracasa. En fin, el tema de los 43 y de tantos otros dolores en México pudo pasar por un momento como un tema entre otros, una excusa para que 3er 1/5 hiciera sus chiflazones, el problema de que se tratara de una estetización de un problema social para insertarlo en un inevitable glamour a cambio de un capital temático fuera de duda.

Una cosa es segura: la banalidad actual del mercado del arte actual no podría ser mayor a la del mercado que sostenía las artes cuando estaba en manos de la monarquía y la corte real que compraba los Caprichos y los Desastres de la guerra de Goya. Por esta sencilla razón y por la escasa explicitud del procedimiento de 3er 1/5 no los podemos señalar como inmorales hasta que el exceso de elegancia se tipifique como tal. Pero entonces ¿en calidad de qué se trata un tema social tan delicado en un contexto tan burdo? Como los integrantes del proyecto me son cercanos les he preguntado –descuidese el caro lector de mi posible parcialidad, me he tomado muy a pecho y no sin costos la máxima de Diderot cuando decía que a los amigos y a las obras de arte había que tomarles de la misma manera, es decir, como lo que son- y me han respondido que, como en tantas obras de arte desde que el objeto dejó de ser la finalidad del arte, es decir hace ya más de medio siglo, lo que vemos en la galería es un indicador, un signo de un procedimiento que intenta recoger la negociación entre el tema, lo sucedido en las calles, lo pertinente al INAH y lo posible en la galería. Esto no sucede, repito, con ninguna de las otras artes, es una estrategia, de la que resta subrayar su gramatización, porque lo que se puso en juego es un concepto de arqueología en un país donde la furia no es recogida por institución gubernamental alguna.

Erick Vázquez

Lala Land y el género de los musicales

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El género de los musicales es un género para iniciados. A muchos les choca que de repente alguien se suelte cantando así como así, les da pena ajena, es cursi, es aburrido, y tienen razón al así juzgar: el musical es un instrumento de dominación hollywoodense, pone emociones por delante que pueden ser destructivas y esclavizantes, a Hitler le encantaba, etcétera. Quienes así piensan tienen aún más razón de la que sospechan. Si el musical es abochornante es por la sencilla razón de que hace explícito lo que debería estar oculto en primer lugar. Es decir, es obsceno. Si alguna vez quien esto lee ha visto Singing in the rain para averiguar porqué tanto alboroto se habrá llevado el chasco de su vida, es una película sin mayor chiste, a excepción de la escena que le dio el título y cuya secuencia ejemplar resume el corazón de todo musical: al final de la cita con su crush el protagonista recibe un beso en el portal, y al quedarse solo bajo la lluvia Gene Kelly empieza a cantar y a bailar, brincando por los charcos, dando piruetas por los postes de luz en la calle vacía, hasta que llega el policía y con una mirada regresa todo al silencio. No se trata de que en realidad el hombre se haya soltado a cantar y a bailar con la gracia y desenvoltura de un profesional, la escena meramente está haciendo explícito lo que sucedía al interior del cuerpo de un enamorado que se vio repentinamente correspondido, el policía representa la realidad, donde nunca nadie canta ni baila por temor al ridículo. Otra escena reveladora de esta naturaleza groseramente invertida sucede en The Sound of Music: Fräulein María les ha enseñado a los hijos del capitán Von Trapp a cantar y a bailar por toda Viena, y resulta que estos niños reprimidos y huérfanos de amor y madre cantan desde la primera nota como los propios ángeles. Cuando el capitán vuelve a casa escucha a los niños desde lo lejos y escucha lo que en realidad debe haber sonado todo el tiempo sin la complicidad nuestra: un montón de niños gritoneando desentonados. El capitán no puede escuchar la melodía angelical que los niños y nosotros percibimos porque el militar hombrezote se encontraba silente en su renuncia a las emociones. Por eso el amor es el objeto natural de todo musical como en Lala Land, porque nada como el amor para violentar nuestras relaciones entre el yo y el exterior, nada como el amor para poner en crisis las fronteras entre fantasía y realidad. Por supuesto, la otra experiencia que pone a prueba estas fronteras es el dolor, como en Dancer in the dark que como es una tragedia en plena forma levantó menos cejas que una historia de amor, porque ésta última sí no debe mostrarse, porque a nadie le importa, porque es más fácil aceptar el sufrimiento en una bien poca cantarina soledad que aceptar la fragilidad de amar y ser amados. La lección de Lala Land hacia el final es la moraleja de quien ya no es joven, es decir, que el amor siempre llega a destiempo, que siempre aprendemos la lección hasta que ya es demasiado tarde para hacer nada al respecto, y que tal vez justamente por eso podemos volver intentarlo, una y otra vez, como una canción.

Erick Vázquez

Alfredo Jaar en Monterrey

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Me molesta como a cualquiera que me vengan a echar en cara su superioridad moral, pero en el caso de Alfredo Jaar ésta parece verdaderamente incontestable. La idea de traerlo a Monterrey por parte de Willy Kautz y Leo Marz, los curadores de la bienal FEMSA, es un cristalino esfuerzo de sus intenciones: “Ya que necesitan un artista de clase mundial para poner atención, aquí está éste para decirles que tienen que sacar la cabeza del culo y atender las cosas que de veras importan”. Y vaya que Jaar no deja de insistir. En su conferencia de más de dos horas no dejó de mostrar intermitentemente al niño inmigrante muerto en la costa de Italia, sin decir palabra, señalándolo, señalando nuestra vergüenza, mientras nos ilustraba con su portafolio cómo para él la mercadotecnia, el diseño gráfico, el activismo y el arte contemporáneo son una y la misma cosa.

El sólo hecho de mezclar todo esto indistinto brinda a la obra de Jaar un indiscutible aire de belleza filantrópica, una solución formal dramática y precisa, y sobre todo una serie de dinámicas que involucran a los ciudadanos, las instituciones y la historia de los lugares en los que interviene, para esto, nos dijo varias veces en la conferencia, antes de actuar, investiga, e investiga, e investiga las condiciones de la realidad del lugar a donde llega, porque es parte de su ética. Uno de los trabajos más hermosos que tiene es sin duda el museo de papel en una ciudad de Bélgica: Imagina querida lectora o lector una de esas ciudades que brotan de la nada, que de un momento a otro ya existen en virtud de una nueva industria, y en Skoghall de pronto ya había una de las fábricas más grandes de papel del mundo y de la historia y alrededor de la misma una nueva ciudad, con su nueva escuelita, su nuevo hospital.

En su infinita sabiduría los dueños de la fábrica y ciudad invitaron a Jaar para hacer lo que hace, y Jaar actúo en consecuencia, se dio cuenta que en la espontánea ciudad había de todo menos museos y les dijo a los directivos que renunciaba a sus honorarios a cambio de que construyeran un museo de papel y madera para los habitantes. Accedieron. El museo abrió –bueno, no había puertas- con obras de artistas jóvenes de Bélgica invitados por Jaar, y hasta aquí todo es un poco bonito y un poco aburrido hasta que al otro día Jaar envío a un técnico a prenderle fuego a todo. Toda la ciudad presenció su recién estrenado museo arder con júbilo. Precioso. El abc de su estrategia: Llegar, investigar, involucrar a los correspondientes, y subvertir.

Y todo esto sonaba de ensueño para todos en la conferencia pero estoy seguro que no sólo en mi cabeza revoloteaba la pregunta de porqué esa ética se suspendió para la ciudad que visitaba y resultó nada más platicada, porque su pregunta “¿Es usted feliz?” que se porta insignia sobre la nave del museo de la Fundidora y en panorámicos por la ciudad y que leo cada día en el parabus cerca de mi casa fuera de contexto es una pregunta retórica, que si en lo personal encuentro chocantes las preguntas retóricas en nuestro caso resulta perversa y si era una broma es de pésimo gusto, porque entonces no se está distinguiendo arte social de la más descarnada mercadotecnia. Aquí no vino a investigar nada, ni a involucrar a la ciudadanía, y por lo tanto no subvirtió nada. Se limitó a platicárnoslo en una presentación de lo más profesional.

Erick Vázquez

El vandalismo ante el Palacio de Gobierno

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El pasado jueves un grupo de jóvenes rompió los vitrales del palacio de gobierno, acto en el que se fragmentaron y en casos destruyeron las efigies de los héroes de la patria. ¿Quiénes eran este grupo de jóvenes? Hay dos versiones: unos jóvenes vándalos (interesante que se les llame vándalos) o un grupo organizado por el propio Estado para deslegitimar la protesta ciudadana. Ambas versiones son perfectamente verosímiles. ¿Qué significa esta fractura? Es importante preguntárselo porque la reacción por parte de la ciudadanía y de la prensa se puede resumir en una palabra: indignación. Indignación porque se trata de la destrucción de un legado histórico, de un patrimonio cultural, que nos pertenece a todos y que al dañarlo han lastimado la memoria colectiva de la identidad de la población. Sea quien hayan sido los perpetradores del acto se trata de uno reprobable e ilegítimo. Se dijo: “Esos tenían acento de otra parte”, “ésos no eran regios”, “esos no son el pueblo”. Se quiere expresar con estas alocuciones que no se trataba de manifestantes puesto que no expresaban la voz del pueblo, que si era un contingente organizado por el propio Estado -la cual es una práctica común en México-, debemos desmarcarlos de la voluntad manifestada por la ciudadanía ahí reunida, y que si se trataba de un grupo de jóvenes espontáneamente violentos también había que desmarcarse de esa rabia. En todo caso, y en esto coinciden todas las versiones, oficiales y no, ¿quienes serán esos jóvenes? Vándalos. Qué significa vándalo? La Real Academia de la Lengua dice: “Dicho de una persona: Que comete acciones propias de gente salvaje y destructiva; De un pueblo bárbaro de origen germánico oriental procedente de Escandinavia.”

Los vándalos fueron un pueblo de los llamados germánicos, es decir que se ubicaban al norte y noreste del imperio romano, y que como los hunos, los celtas y otros, entraron en conflicto con el Imperio por el dominio del territorio. Los romanos les llamaron de manera genérica, a todos los pueblos del norte, “bárbaros”, vocablo que tomaron de la más pura xenofobia griega para expresar la idea de que todo aquel que no hablaba griego solo parecía decir bar bar bar. Todo este rastreo son sólo palabras, qué son las palabras ante un acto contundente como la fractura de un vitral de más de 100 años que bellamente iluminaba el interior de un recinto emblemático como el palacio de gobierno, pero ya que son sólo palabras diré algunas más sobre los vándalos. La academia no ha establecido el significado de la palabra, la lengua de este pueblo se desvaneció con el último de ellos en el siglo V. Algunos piensan que viene de la antigüedad en lo que hoy es Suecia. Lo cierto es que eran grandes guerreros, como los vikingos y como los hunos, y que nunca fueron derrotados por el Imperio Romano. El imperio se vio entonces obligado a negociar y a darles tierras inventando así el concepto de confederados. Los vándalos conocieron el cristianismo y les gustó, desarrollando algunas modificaciones a la doctrina como la idea de que el padre es superior al hijo y no su igual, idea que se prolongó hasta la actualidad en algunas formas del cristianismo como los Testigos de Jehová, por ejemplo. Cuando los vándalos conquistaron el norte de África y sitiaron Hipona, San Agustín se encontraba ya en su lecho de muerte, y alcanzó a escuchar el fragor de la batalla desde sus ventanas. Los vándalos entraron a la ciudad e hicieron lo que cualquier batallón romano hubiera hecho, lo que los francos o celtas o hunos hubieran hecho, saquearon, quemaron, violaron, asesinaron, lo único que dejaron intacto fue la biblioteca y las habitaciones del Santo padre de la Iglesia. Su fama de terribles destructores era una percepción netamente romana, autoría de los historiadores romanos. Cuando los vándalos se enfrentaron a los francos, ancestros de los actuales franceses, los derrotaron de una manera tan brutal que quedó registrada por diferentes historiadores. La declinación del Imperio Romano coincidió con el envejecimiento y finalmente la muerte de Geiseric, el gran rey de los vándalos, Bizancio creció y aniquiló al pueblo rebelde, su civilización pasó al olvido y no fue hasta muchos siglos después que Henri Gregoire, un padre de la iglesia en Francia horrorizado por la caída de la monarquía y las multitudes hambrientas y enrabiadas en las calles, llamó a la armada republicana y revolucionaria “un movimiento de vándalos”.

Los vándalos fueron una civilización que se resistió exitosamente a la dominación del Imperio. El hecho de que en la modernidad se haga equivaler “vándalo” a “delincuente” oculta una insidiosa concepción del poder y la obediencia que se debiera reverente conservar hacia las figuras de la autoridad. Es la misma suerte exactamente que han tenido vocablos como “anarquía”, un movimiento histórico, ideológico, perfectamente legítimo, que ahora se hace equivaler a la criminalidad desorganizada, o la misma historia exactamente de un vocablo como el de “feminismo” que perfectamente legítimo designa un movimiento que señala la histórica y masiva dominación masculina, y ahora se lo hace equivaler a un movimiento reaccionario y radical sin otro objeto que un delirante deseo de poder. Con todo esto no quiero decir ni de lejos que la destrucción de los vitrales haya sido una buena idea ni que los que perpetraron el acto sean un grupo con su propia cultura que se opone a la oficial, porque esto sería absurdo, pero es igualmente absurdo pensar que quienes lo hicieron son bárbaros que no hablan nuestra misma lengua y que su acto fue ilegítimo porque no son “el pueblo”. Hayan sido contratados por el Estado y pagados con nuestros impuestos o hayan sido un grupo muy curiosamente espontáneo, en ambos casos son tan mexicanos como la memoria del Padre Mier mancillada en su imagen fracturada. La indignación por los vitrales rotos, que dudo mucho tengan otro valor histórico que no sea la anécdota de su encargo a artesanos italianos por Bernardo Reyes porque no representan en nada a la identidad cultural regiomontana, es una expresión, ésta sí, típicamente regiomontana, que no quiere ver en esa fractura la relación entre la ciudadanía y gobernancia, el conservadurismo de instituciones y prácticas por el sólo hecho de que su conservación da la ilusión de un seguro aislamiento, aislamiento del resto del país y del mundo, y aislamiento del paso del tiempo, naturalmente. Antes de indignarnos y correr a reparar esos vitrales tenemos que intentar comprender qué ha significado el que se hayan quebrado por primera vez en más de cien años. En mi opinión, esta fractura, si ha venido de unos jóvenes rabiosos, es un hecho más histórico que los propios vitrales porque define un nuevo tipo de joven regiomontano para el que no importa otra historia que la suya, y eso es algo que hay que atender porque es totalmente inédito en nuestra localidad, y si la fractura ha sido organizada por el Estado es aún más grave porque es el signo todavía más definitivo de que una identidad regiomontana ha terminado para darle paso a una mucho muy moderna, la que no distingue la estrategia del terror de la administración gubernamental, y que después de todo sería el natural aprendizaje del muy reciente período de violencia con el narco respecto al cual la ciudadanía reaccionó de manera muy similar, “esos no son regios”, “esos no son de aquí.”

Erick Vázquez