El vandalismo ante el Palacio de Gobierno

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El pasado jueves un grupo de jóvenes rompió los vitrales del palacio de gobierno, acto en el que se fragmentaron y en casos destruyeron las efigies de los héroes de la patria. ¿Quiénes eran este grupo de jóvenes? Hay dos versiones: unos jóvenes vándalos (interesante que se les llame vándalos) o un grupo organizado por el propio Estado para deslegitimar la protesta ciudadana. Ambas versiones son perfectamente verosímiles. ¿Qué significa esta fractura? Es importante preguntárselo porque la reacción por parte de la ciudadanía y de la prensa se puede resumir en una palabra: indignación. Indignación porque se trata de la destrucción de un legado histórico, de un patrimonio cultural, que nos pertenece a todos y que al dañarlo han lastimado la memoria colectiva de la identidad de la población. Sea quien hayan sido los perpetradores del acto se trata de uno reprobable e ilegítimo. Se dijo: “Esos tenían acento de otra parte”, “ésos no eran regios”, “esos no son el pueblo”. Se quiere expresar con estas alocuciones que no se trataba de manifestantes puesto que no expresaban la voz del pueblo, que si era un contingente organizado por el propio Estado -la cual es una práctica común en México-, debemos desmarcarlos de la voluntad manifestada por la ciudadanía ahí reunida, y que si se trataba de un grupo de jóvenes espontáneamente violentos también había que desmarcarse de esa rabia. En todo caso, y en esto coinciden todas las versiones, oficiales y no, ¿quienes serán esos jóvenes? Vándalos. Qué significa vándalo? La Real Academia de la Lengua dice: “Dicho de una persona: Que comete acciones propias de gente salvaje y destructiva; De un pueblo bárbaro de origen germánico oriental procedente de Escandinavia.”

Los vándalos fueron un pueblo de los llamados germánicos, es decir que se ubicaban al norte y noreste del imperio romano, y que como los hunos, los celtas y otros, entraron en conflicto con el Imperio por el dominio del territorio. Los romanos les llamaron de manera genérica, a todos los pueblos del norte, “bárbaros”, vocablo que tomaron de la más pura xenofobia griega para expresar la idea de que todo aquel que no hablaba griego solo parecía decir bar bar bar. Todo este rastreo son sólo palabras, qué son las palabras ante un acto contundente como la fractura de un vitral de más de 100 años que bellamente iluminaba el interior de un recinto emblemático como el palacio de gobierno, pero ya que son sólo palabras diré algunas más sobre los vándalos. La academia no ha establecido el significado de la palabra, la lengua de este pueblo se desvaneció con el último de ellos en el siglo V. Algunos piensan que viene de la antigüedad en lo que hoy es Suecia. Lo cierto es que eran grandes guerreros, como los vikingos y como los hunos, y que nunca fueron derrotados por el Imperio Romano. El imperio se vio entonces obligado a negociar y a darles tierras inventando así el concepto de confederados. Los vándalos conocieron el cristianismo y les gustó, desarrollando algunas modificaciones a la doctrina como la idea de que el padre es superior al hijo y no su igual, idea que se prolongó hasta la actualidad en algunas formas del cristianismo como los Testigos de Jehová, por ejemplo. Cuando los vándalos conquistaron el norte de África y sitiaron Hipona, San Agustín se encontraba ya en su lecho de muerte, y alcanzó a escuchar el fragor de la batalla desde sus ventanas. Los vándalos entraron a la ciudad e hicieron lo que cualquier batallón romano hubiera hecho, lo que los francos o celtas o hunos hubieran hecho, saquearon, quemaron, violaron, asesinaron, lo único que dejaron intacto fue la biblioteca y las habitaciones del Santo padre de la Iglesia. Su fama de terribles destructores era una percepción netamente romana, autoría de los historiadores romanos. Cuando los vándalos se enfrentaron a los francos, ancestros de los actuales franceses, los derrotaron de una manera tan brutal que quedó registrada por diferentes historiadores. La declinación del Imperio Romano coincidió con el envejecimiento y finalmente la muerte de Geiseric, el gran rey de los vándalos, Bizancio creció y aniquiló al pueblo rebelde, su civilización pasó al olvido y no fue hasta muchos siglos después que Henri Gregoire, un padre de la iglesia en Francia horrorizado por la caída de la monarquía y las multitudes hambrientas y enrabiadas en las calles, llamó a la armada republicana y revolucionaria “un movimiento de vándalos”.

Los vándalos fueron una civilización que se resistió exitosamente a la dominación del Imperio. El hecho de que en la modernidad se haga equivaler “vándalo” a “delincuente” oculta una insidiosa concepción del poder y la obediencia que se debiera reverente conservar hacia las figuras de la autoridad. Es la misma suerte exactamente que han tenido vocablos como “anarquía”, un movimiento histórico, ideológico, perfectamente legítimo, que ahora se hace equivaler a la criminalidad desorganizada, o la misma historia exactamente de un vocablo como el de “feminismo” que perfectamente legítimo designa un movimiento que señala la histórica y masiva dominación masculina, y ahora se lo hace equivaler a un movimiento reaccionario y radical sin otro objeto que un delirante deseo de poder. Con todo esto no quiero decir ni de lejos que la destrucción de los vitrales haya sido una buena idea ni que los que perpetraron el acto sean un grupo con su propia cultura que se opone a la oficial, porque esto sería absurdo, pero es igualmente absurdo pensar que quienes lo hicieron son bárbaros que no hablan nuestra misma lengua y que su acto fue ilegítimo porque no son “el pueblo”. Hayan sido contratados por el Estado y pagados con nuestros impuestos o hayan sido un grupo muy curiosamente espontáneo, en ambos casos son tan mexicanos como la memoria del Padre Mier mancillada en su imagen fracturada. La indignación por los vitrales rotos, que dudo mucho tengan otro valor histórico que no sea la anécdota de su encargo a artesanos italianos por Bernardo Reyes porque no representan en nada a la identidad cultural regiomontana, es una expresión, ésta sí, típicamente regiomontana, que no quiere ver en esa fractura la relación entre la ciudadanía y gobernancia, el conservadurismo de instituciones y prácticas por el sólo hecho de que su conservación da la ilusión de un seguro aislamiento, aislamiento del resto del país y del mundo, y aislamiento del paso del tiempo, naturalmente. Antes de indignarnos y correr a reparar esos vitrales tenemos que intentar comprender qué ha significado el que se hayan quebrado por primera vez en más de cien años. En mi opinión, esta fractura, si ha venido de unos jóvenes rabiosos, es un hecho más histórico que los propios vitrales porque define un nuevo tipo de joven regiomontano para el que no importa otra historia que la suya, y eso es algo que hay que atender porque es totalmente inédito en nuestra localidad, y si la fractura ha sido organizada por el Estado es aún más grave porque es el signo todavía más definitivo de que una identidad regiomontana ha terminado para darle paso a una mucho muy moderna, la que no distingue la estrategia del terror de la administración gubernamental, y que después de todo sería el natural aprendizaje del muy reciente período de violencia con el narco respecto al cual la ciudadanía reaccionó de manera muy similar, “esos no son regios”, “esos no son de aquí.”

Erick Vázquez

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