Los lieders de Wagner

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Los lieders de Wagner.
Normalmente los amigos cumplen la función inesperada de expandirle a uno los horizontes, y fue así que un amigo tuvo la idea de invitarme al festejo de los 200 años de Richard Wagner, producido por Luís Escalante y Ricardo Marcos en el Centro de las Artes. La solución para el evento fue muy creativa: en lugar de la monstruosa empresa de montar alguna de sus óperas, se presentaron tres poco conocidos ciclos de canciones con el piano de Carolina Reséndiz y la soprano Ivette Pérez. Ignorante como soy en Wagner no tenía idea de que contáse con canciones en su haber –mi imaginación lo ubicaba junto a Mahler, que no se dignaba a escribir obras menores–, y pensé que era una ocasión excelente para escucharlo sin temor a estar sentado durante horas y horas tratando de poner atención. La cosa es que no me gusta Wagner, y eso es algo terrible de admitir, algo que debe solucionarse. Afortunadamente en América no cargamos con el tabú del antisemitismo que obliga a los europeos a soportar cuatro horas por noche durante tres días con el ceño fruncido, pero aún resta el obstáculo múltiple de que Wagner no escribió solamente óperas, concibió todo un universo artístico donde la música es indistinguible del drama, el drama de la coreografía, la coreografía de la escenificación, y a la postre, en cada uno de los elementos aportó más de alguna novedad. En sus canciones, desde las más tempranas escritas en francés, pueden escucharse ya las trazas de sus características fundamentales, si bien no el drama entre los actores, la intención definitivamente psicológica en la concepción de los acordes y la progresión del tema, que nos lleva a experimentar episodios extraños de un momento a otro, tenemos la impresión de escuchar diversos aspectos de una personalidad de un instante al siguiente, diversos estados de ánimo que en el conjunto resultan en una perspectiva, un estudio emocional complejo, sin que nos parezca estar en la presencia de un inquietante trastorno de la personalidad como sucede con Schumann. La de Wagner es una maestría de la variación progresiva totalmente inaudita –sin dejar de considerar el antecedente de Beethoven en sus últimas sonatas y cuartetos– que se logra gracias a una disimetría gradual de las secciones. En la interpretación Ivette Pérez no nos deslumbró, pero tampoco pretendió hacerlo, y se lo agradezco desde el fondo de mi alma; su dicción del alemán resultó impecable aunque al francés no se le entendía una sola sílaba, cosa que no redundó en una gran pérdida desde que, como nos ilustró una lúgubre voz en off durante el recital, Wagner se encontraba muy deprimido en París; son cosas de la provincia con las que uno aprende a vivir después de muchas y muy duras experiencias, como los aplausos entre canción y canción, el entusiasmo de los familiares de los músicos que creen una estupenda idea sacar sus celulares para grabar unos minutos del imperdible recital, que si ya es bastante difícil no distraerse con Wagner en sí mismo, el verdadero reto para los nervios es tratar de ignorar el siempre inesperado sonido del obturador. Los fotógrafos en los conciertos son poseedores de un extraordinario tino para sacar a uno del trance musical, para lograr con infalibilidad su tarea evitan la Leyca y se procuran la Canon más aparatosa. La pieza central de la noche fue la sonata a Frau Wesendonk –Mathilde Wesendonck, lo sabemos ahora gracias a los chismosos profesionales, es nada menos que la musa que inspiró al personaje de Isolda–. La sonata es una obra en un sólo movimiento concebida durante la plena madurez de Wagner, esto quiere decir una sintaxis emocional complicada, frases muy largas que encuentran una especie de resolución no dentro del mismo acorde sino en el regreso al motivo principal, cosa que hace que en Wagner la repetición no sea exactamente un regreso a la nota madre, la referencia estructural de la coherencia en la obra, como lo había sido hasta entonces. En esta sonata podemos adivinar ya la concepción del célebre acorde de Tristán, imaginar cómo el amor imposible por frau Wesendonck es el verdadero corazón de una profunda revolución en la historia de la música, y aún si todo esto resultáse excesivo, aquél que sufra por no poder disfrutar de Wagner a pesar de sus esfuerzos podrá encontrar sin duda un verdadero placer en la insospechada intimidad de esta pequeña, maravillosa pieza.

Erick Vázquez.

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