Picasso y el Toro

 

 

704390d2b2ffc904c88bdd82ddc28478.jpgTal vez para nadie o muy pocos la fiesta brava sea sólo la ceremonia del toro y el torero, si alguna vez fue considerada un arte fue gracias a la poderosa fuerza metafórica que contrajo, la de la lucha por la existencia. Especialmente para Picasso es un escenario favorito y trascendental porque supo ver con claridad que en todo caso somos el toro, que habremos de perder eventualmente la batalla, que no hay manera de salir victoriosos de esto. Para Picasso el toro es siempre un autorretrato y es una identificación extraordinaria porque es un artista que triunfó en vida, que se ubicó siempre como en el centro de una lucha hacia una derrota inexorable aún sabiéndose y desde muy joven ya parte de la gran Historia del arte.

Una de sus expresiones más claras, que sintetizan tanto su oficio como artista como su posición ante la animalidad, es la serie donde va haciendo abstracción cuadro por cuadro, desde una representación tradicional del toro hasta que sólo quedan las líneas esenciales de su geometría y la secuencia finaliza con su propio nombre. Pintar es destruir, destruir significa distinguir en la forma la línea fundamental. Dibujar la línea fundamental es dibujar lo más esencial de la identidad.

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La de Picasso es una geometría tan analítica como existencial que es difícil entender sin mirar el antiguo arte de los fenicios y su mirada sagrada sobre el toro. Es en el encuentro con el arte antiguo que Picasso halla su verdadero camino, la suya no fue una gradual secuencia de avances mediante un período tras otro, no fue una evolución, fue un hallazgo, y creo que él estaría de acuerdo si recordamos que consideraba que la búsqueda no significaba nada y que el encuentro lo era todo. Una lección de las vanguardias -y en particular del cubismo- que aun nos resistimos a aceptar es que el futuro se encuentra en el pasado y que el progreso es un mito.

Picasso se definía como un primitivo. La fiesta brava es un ritual pagano como los hay pocos cuya persistencia resalta los elementos idólatras de la cultura cristiana (las únicas veces que Picasso optó por alguna escena del cristianismo fueron por la crucifixión, escena netamente romana cuyas similitudes con el toreo resultan evidentes. Las escenas de la tauromaquia de Picasso deben leerse como escenas de la Pasión). Es difícil e inútil tratar de distinguir en Picasso cuándo la obra es trágica y cuándo un borbotón de felicidad así como es imposible hacerlo en una imagen pánica, donde la cercanía de la muerte es gozosa, hermosa y aterradora. El afán por distinguir la alegría de la rabia o la destrucción de la creación es una obsesión moderna que no cabe en una mentalidad pagana. La única polaridad pertinente para el mundo antiguo era la oposición entre el tedio de vivir y la ferocidad orgiástica, entre estas dos la oscilación de Picasso es clara y la inclinación favorita obvia.

La serie de aguatintas sobre la tauromaquia son un caso distinto de su masivo trabajo sobre línea analítica, aquí no hay un proceso radiográfico, aquí hay un estudio sobre la mancha y sus facultades expresivas de movimiento para lo cual se inclinó deliberadamente sobre la sencillez. Una elección rara por elegante en su carrera y un tributo a Goya que denota la seguridad que sentía como artista. Al usar la técnica del aguatinta está pensando en Goya, no hay manera de ser artista, ser español, usar el grabado para retratar la fiesta brava y no pensar en Goya. Dialogar con el gran maestro y hacerlo con la mayor sencillez posible es un gesto de reconocimiento y de arrogancia que nos dice mucho de cuán consciente estaba Picasso de su lugar en la historia, y es sobradamente significativo que el gesto de estas aguatintas lo haya realizado en su avanzada vejez. El toro va morir al final, pero va costar hasta la última gota de su sangre.

Erick Vázquez

La exposición de las aguatintas estará hasta el 29 de abril en la planta baja de la Nave Generadores del Centro de las Artes. El espacio abre de martes a domingo de las 11:00 a las 21:00 horas, Entrada Libre. Puedes ver un video de la exposición de Picasso aquí: Picasso en la Nave Generadores

La primavera en diciembre

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El pasado 11 de noviembre en el Centro de Compositores de Nuevo León se cerró el ciclo de las sonatas para violín y piano de Beethoven a cargo de Juanmanuel Flores y Noé Macías. Las sonatas restantes a interpretar fueron la número 05, Op. 27 (“Primavera”), y las tres sonatas organizadas bajo el Op. 30 (06, 07 y 08).

El título de Primavera le fue adjudicado a la pieza después de la muerte de Beethoven –al igual que Moonlight, Appassionata, etc- por mano de los editores por la simple razón de que el público las encuentra de esa manera más asequibles intelectualmente y para bien o para mal les asegura cierta popularidad, es sencillamente más fácil de ubicar, entender y vender bajo el título de Appasionata que en lugar de Sonata No. 23 en Fa menor, opus 57. En el caso de la Primavera y por que por ahí del compás 84, cuando el violín empieza a brincar de octava en octava hasta la parte más alta de un Do para luego pasar a una secuencia de caídas y ascensos, crescendos y decrescendos que nos llevan a reencontrarnos con el tema inicial, pero invertido, ahora en el piano, solo para reconocerlo en una dulzura transformada en algo furioso, una gentileza exasperada, por esta manera de entender la sonata podríamos gustosos aceptar la nomenclatura y tomar la sonata de Beethoven como un pequeño tratado sobre la naturaleza. ¿Qué es la primavera? algo que crece, una exaltación pura y sola, sin moral, una aumentación de rango dinámico, un sostenido crecimiento de intensidad al precio del pasado.

El criterio de Juanmanuel y Noé para organizar el programa fue ya en sí una manera original de entender el ciclo de las sonatas, una perspectiva muy apreciada desde que la numeración del catálogo no obedece a estrictas reglas cronológicas y esa arbitrariedad relativa nos permite organizar un punto de vista propio. En el primer concierto interpretaron las primeras tres junto con la décima y última para contrastar los cambios que sufrió Beethoven en su manera de entender la sonata y la instrumentación, en el segundo concierto la cuarta al lado de la novena “Kreutzer”, y éste lunes pasado la quinta, octava y sexta: dejaron la séptima al final.

La decisión de la séptima (op. 30 # 07) para el final se debió a que del lado de los músicos y en sus palabras es muy demandante como esfuerzo físico y emocional; por lo demás del lado de la audiencia requiere también una carga de atención muy especial, que sin duda se debe al aliento de una largura temática y una dimensión masiva de los acordes, una sonata para piano y violín que se podría instrumentar sin problemas al nivel de una masa sinfónica (Leónidas Kavakos sostiene que pertenece al mismo universo que la sinfonía Pastorale), decisión pertinente además como un acto de justicia para ponerle atención a una sonata que debiera ser tan popular como la Primavera o la Kreutzer por la cantidad de riesgos que Beethoven tomaba, cantidad de claroscuros, siempre inconforme al interior de sí.

El pasado sábado 08 de este mes, bajo la cúpula del Obispado, el cuarteto Cromano también cerró sus actividades del año con el opus 110 de Shostakovich que les quedó –sin sombra de exageración- perfecta, y valdría mucho la pena una grabación de ellos en el futuro. En el programa incluyeron el quinteto opus 97 de Dvorak, una manera tupida simbólica para despedir al segundo violín, Eyliana Pérez, y dar la bienvenida a Rodrigo Martínez.

Erick Vázquez

La Kreutzer

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La segunda entrega en el ciclo de las sonatas completo para violín y piano de Ludwig van Beethoven por Juanmanuel Flores y Noé Macías se realizó el pasado 22 de noviembre bajo el auspicio de CONARTE. Esta vez el concierto se realizó en una sala de la Casa de la Cultura en lugar de un teatro y pudimos experimentar la música de cámara en el verdadero sentido del término: a quemarropa. Además de la ventaja de la cercanía en una sala pequeña se tiene el enorme provecho de un pudor considerable por parte del público a la hora de contestar los celulares y sacar dulces envueltos en celofán en la emergencia de una repentina baja de azúcar en la sangre, irrupciones que hacen de los amantes de la música clásica –y en especial de los críticos- una minoría oprimida.

Las obras interpretadas fueron las sonatas número 04 (Op. 23, 1801) y número 09 (Op. 47, 1803 “Kreutzer”). Hubo un cambio en el programa, los músicos decidieron abrir con un Rondó de Ramiro Guerra, partitura que los mismos Juanmanuel y Noé limpiaron y trabajaron. La obra es una pequeña clase de historia de la música, se empieza por un lenguaje tradicional clásico y se mueve hacia el romanticismo tardío y hasta la modernidad sin perder la forma de Rondó. Las sonatas 04 y 09 guardan un parentesco de carácter inquieto, y creo que ese fue el motivo para programarlas juntas; a la Op. 23 #04 en particular Noé la imprime con una dulzura y una delicadeza al piano que en Beethoven es fácil pasar por alto cuando se indica brincar del adagio al presto y viceversa como dinámica sostenida.

La Kreutzer era para mí y supongo para el resto de los presentes el principal motivo para asistir, lo cual debe ser injusto para los músicos como para los sacerdotes son los parroquianos que van a misa exclusivamente por la bendición. La razón de esta popularidad se debe en parte a que la sonata a Kreutzer es una obra escrita explícitamente para un virtuoso y a estas alturas desde el público sólo sabemos apreciar un concierto cuando se amontonan las notas en las secciones, no siempre podemos apreciar lo que en palabras de Juanmanuel se logra cuando lo difícil pasa bajo la apariencia de lo fácil.

La vergüenza de mi confesión se puede superar con frescura, en Beethoven los virtuosismos nunca son carbohidratos vacíos. La sonata opus 47 #09 se distingue del resto del ciclo por varias razones, para empezar es la única que abre con una fanfarrea de acordes para violín solo -una alusión clara a las partitas para violín de J.S. Bach-, introducción que se podría escuchar como una melodía para violín sin acompañamiento y que es replicada por el piano como si éste fuera a desarrollar su propia sonata también, autonomía que plantea un problema de interpretación porque a lo largo de todo del primer movimiento el violín y el piano se van a separar en cadencias para volverse a encontrar en simpatía por largos pasajes, el problema es la decisión de hasta qué punto van a tocar juntos los músicos y hasta qué punto se van a tomar la libertad de hacer el acompañamiento obligado. Es un problema exquisito y ojalá todas las complicaciones que se encuentra uno en las relaciones de pareja fueran de esta naturaleza en la que no hay respuesta equivocada. La decisión de Juanmanuel y Noé fue la de tocar con la mayor sincronía posible, una decisión natural dado el desempeño de entendimiento mutuo que han logrado alcanzar. La consecuencia de “tocar juntos” la sonata la hace caer casi de lleno del lado del clasicismo y tal claridad me permitió adivinar que las cadencias del piano resultaron una influencia ineludible para los impromptus de Schubert.

Otro problema que comparten ambas sonatas y como muestra de una contingente situación en casi toda la obra de Beethoven es qué hacer con las repeticiones. Tanto en el piano como en el violín las repeticiones nunca son repetitivas, los ostinatos no deben ser monótonos, cuando el tema vuelve con una variación debe sin embargo señalarse que se trata de lo mismo transformado. Es difícil no escuchar en este problema de interpretación un eco existencial, una lección sobre lo inevitable de lo irrepetible y lo inescapable de lo mismo sobre la que la historia de la música ha edificado sus más pulcras invenciones.

 

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Quiero agradecer la compañía del artista Caleb quien asiste a los conciertos con un cuaderno de dibujo en lugar de un celular, su página de trabajo es esta:  facebook.com/peatondcaleb/

 

Erick Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

Reseña 2017

Cada año y desde su primera edición ha habido tradicionalmente razones para quejarse de la Reseña anual, algunas fundadas y otras ociosas. Este año es uno de los que se apartan de la tradición pues no hay razón imaginable para protestar y el motivo es la atinada selección de los jurados por parte del Consejo para la Cultura y las Artes: la mirada experimentada de Rosario Guajardo y los riesgos calculados de Leo Marz y Eliseo Ortiz.

La Reseña ha servido, por lo menos desde la invención del CONARTE, como un dispositivo de reconocimiento para alojar la producción de artistas jóvenes y atraer con el premio a artistas más experimentados, si bien el criterio no ha sido nunca expreso tal cual en la convocatoria, la naturaleza local y la estatura abierta del evento han sido propicias. Obviamente en una justa así suelen ganar los más expertos en concursar pero me parece muy funcional como escuela de graduados para que artistas de diferentes trayectorias y técnicas puedan medir sus fuerzas. Los ganadores de esta cuadragésima edición son Yolanda Leal y Alberto Viloria.

Ambos premios son como ya he dicho indiscutibles. Alberto Viloria, aunque el suyo sea un lenguaje crítico ya consabido, es dueño de un léxico propio en pintura y con una técnica que le permite sostener con deliberada soltura su código que estudia, en sus palabras, “el rito de sacralizar objetos, antropológicamente hablando, un procedimiento que el ser humano hace habitualmente, como poner objetos en museos.”

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Alberto Viloria, Hierofanía

La pieza de Yolanda Leal debe ser unos de los premios mejor otorgados en la historia de la Reseña: variando sobre la iniciativa de la fábrica de Cerillos Clásicos -donde se han reproducido obras de arte en el anverso de la cajetilla desde 1940 con la idea de Daniel Montull- Yolanda imprime dos colecciones de imágenes que se desprenden de sus viajes por carretera en Estados Unidos al hacer el recorrido turístico de los asesinatos célebres: por un lado una serie de fotografías de animales muertos que se fue encontrando en la carretera y por el otro una serie de fotografías del tour que recrea el Bloody Sunday, el asesinato de JFK, etcétera. La adaptación al concepto “la cultura al alcance de la mano” le da una vigencia al proyecto de la fábrica de cerillos que serían necios en no adquirir. La obra de Yolanda se acompaña de un par de hieleras llenas de los preciados cerillos, hieleras que se entiende la acompañaron en su road trip.

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Las menciones honoríficas fueron para Issa Fabiola Téllez Ramos por la instalación “Registros”; Marcel Antonio del Castillo Pérez con el tríptico fotográfico “Invizibilizar-huir”; y a Paola López Olivera por la instalación “Cartas a mi No-hijo.” (Sic.)

Entre las seleccionadas la pieza de Tahanny Lee Betancourt bien pudo haber quedado entre las menciones honoríficas por la elegancia de la solución formal a un problema conceptual complejo. Se trata del enclave entre su historia personal con un peine y la historia tradicional de la cultura china en la que se inscribe el mismo: el peine lo recibió de su abuela, objeto que en antigua tradición se usa para peinar a la novia antes de la boda significando que se ha alcanzado una edad adulta e invocando “la buena fortuna,” la ceremonia del peinado a su vez debe ser efectuada por una mujer que haya tenido a su vez una buena fortuna (hijos, nietos, buen marido, longevidad). Con los años, la presencia de los cabellos blancos en el peine atestiguarán que la gracia le ha sonreído a su portadora. La obra de Tahanny es la reproducción y multiplicación serial del peine en usos y abusos que le son ajenos, como una especie de mecánica del olvido para industrializar una suerte de fortuna personal, una improvisación sobre su tema y memoria, conservándola, superándola. Entiendo que no haya ganado una mención porque el resultado es aún un trabajo en proceso y por lo tanto carece de puente formal en términos comunicativos –el espectador sin mayor información es imposible tenga una idea de lo que se trata la pieza-, pero por otro lado las obras conceptuales que sí la recibieron pecan de ser demasiado explícitas, un barroco formato para un mensaje que no requería mayores explicaciones echando en saco roto el consejo de Mies van der Rohe de que menos es más.

En la ceremonia de premiación y antes de que el curador Mario García Rico nos explicara su perspectiva para la exhibición, la directora de la Casa de la Cultura, Eva Trujillo, pronunció un discurso que vale la pena citar en su integridad:

“La construcción de una identidad se ha llevado 40 años, la suma de artistas plásticos que ha pasado en ella es indefinida, algunos desaparecieron de las artes, otros crecieron, muchos hicieron su vida en ella y hoy, hoy son, provocan ser desde la imagen y la forma, la textura, y en noches como ésta coquetean a la mirada con voz propia donde el contexto histórico se manifiesta invitándonos a delegar rostros, lugares, circunstancias donde los sentidos despiertan ante la realidad vertiginosa de una ciudad, de una sombra que esconde para que nos asombremos vida y muerte, luz y oscuridad, desde la mirada de veinte artistas que nos asombrarán esta noche donde dos obras trascenderán invitando al resto a formar parte de esta noche.” (Sic.)

He escuchado la grabación y luego releído este discurso hasta el cansancio para encontrar su sentido oculto -porque sentido manifiesto lo tiene al exclusivo nivel del misterio- sin lograrlo, sin duda una estrategia de parte de una autoridad de la institución cultural para mantenernos despabilados.

Ricardo Marcos, Presidente de CONARTE, anunció que a partir del 2018 la Reseña se convertirá en el Premio Estatal de Artes Visuales de Nuevo León, con el fin de darle “la fuerza, concepto y dignidad que se merece este premio ya histórico,” una renovación del formato que se ha venido discutiendo necesaria por mucho tiempo.

 

Erick Vázquez

 

Las sonatas para violín y piano de Beethoven.

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El pasado cinco de noviembre se presentaron las sonatas para violín y piano Op. 12 (#1,2, 3) y Op. 96 (#10) de Ludwig Van Beethoven en el Centro de las Artes del CONARTE bajo el violín de Juanmanuel Flores y el piano de Noé Macías. Es la primera sesión de tres para tocar las diez sonatas a dúo que Beethoven compuso y que si bien no fue su formato más explorado -respecto a las sonatas para solo piano por ejemplo- abarcan los periodos temprano y maduro de su obra en una clara imagen de cómo fue progresando su concepto de sonata a dos instrumentos, así como de la sonata en general y del concepto de acompañamiento para la historia de la música.

Antes de este concierto estas sonatas me eran desconocidas y es una gran oportunidad poder escucharlas al hilo en una temporada para además del placer obtener una perspectiva. Las sonatas para piano y violín de Beethoven son una puerta para comprender al compositor en una de sus caras más cristalinas, justamente por que la articulación entre piano y violín obliga a una simetría, a un juego de espejo que resulta en un espacio acústico de mayor comprensibilidad para la escucha.

Las tres primeras agrupadas bajo el Op 12 -dedicadas a su maestro Antonio Salieri, maestro también de Schubert y Liszt- son bastante circulares, retoman el tema principal una y otra vez después de una serie de variaciones, lo cual las inscribe de lleno en la tradición clásica de Mozart y Haydn. En efecto, las sonatas para violín y piano están presentes en la obra de Bach y Haydn y abundan en la de Mozart, pero ya sea que Beethoven se propusiera ser diferente a toda costa, ya sea que lo fuera incluso sin proponérselo, desde las primeras fuertes y cortantes notas de la sonata Op. 12 #01 queda perfectamente claro que hay que poner atención porque algo está a punto de suceder y de una manera muy distinta a la de sus predecesores. Es el famoso brío de Beethoven. La primera sonata, escrita en1798, un año antes de su primera sinfonía, abre como tres y tres fuertes toquidos a la puerta, y no que Mozart no tuviera estos arrebatos (K380) sino que en Beethoven el brío está presente a todo lo largo de la obra no sólo como una articulación armónica de la sorpresa sino como un gesto convulso de su espíritu y su tiempo, y tal vez este parentesco a nivel de las notas y esta diferencia al nivel del carácter pueda servir como puente para entender las relaciones tan estrechas entre el clasicismo y el romanticismo, que entre más se observan más indistintos se confunden.

Una sonata a dos instrumentos implica la relación que pueden hacer entre ellos, en este caso y por un lado la capacidad melódica, de legato y la nota sostenida del violín contra la amplia gama armónica del piano. La relación obvia entre ambos es que se explore la melodía por un lado y la capacidad orquestal por el otro, lo cual es claro en Bach y Mozart, pero en Beethoven la sensación de no saber si de pronto uno ya está escuchando una sonata de violín acompañada de piano y luego viceversa es patente, esta confusión estructural es, discutiblemente, cada vez más intensa según nos vamos acercando hacia el final de su vida. La decisión de Juanmanuel y Noé Macías de programar en este primer concierto las tres primeras sonatas junto con la última tuvo la intención expresa de contrastar una diferencia de intención. Lo que me quedó claro es que con Beethoven no podemos hablar en los términos de una evolución, y eso puede resultar sorprendente a nuestros oídos desde que nuestra mentalidad moderna está condicionada a pensar el tiempo como una flecha hacia el progreso, tendemos a creer que las mejores obras de un artista las encontramos en su madurez. En Beethoven es imposible no escuchar desde su primera sonata ya a un artista maduro y revolucionario, con ideas ya perfectas.

La última sonata Op. 96 #10, compuesta en 1812, es decir, 84 obras y 14 años después de la primera, representa para mi limitado oído un par de misterios en relación a su reputación, porque es famosamente la más difícil de tocar para los ejecutantes pero en comparación con las primeras me pareció fácilmente percibir una mayor concentración del tema y un control más sucinto de las variaciones, lo cual se traduce en un mayor rango emocional, una mayor profundidad de ideas y sentimientos (es curioso porque en el caso de las últimas sonatas para solo piano ocurre justamente lo contrario donde las sonatas varían hasta deformarse irreconocibles y llevan al escucha a perderse en horizontes insospechados pero sostenidos en estructuras bien solidas como la fuga de la op 106, compuesta a seis años de distancia después de la última sonata para piano y violín). Es como si Beethoven en su última sonata para dúo se volviera más complejo en la partitura pero más inteligible en el oído.

Durante el recital Juanmanuel Flores nos señaló que para el 1812 Beethoven se encontraba ya perfectamente sordo, cuando estaba completamente sordo es cuando escribió sus obras más influyentes. Tal vez si algún día llegamos a descubrir todo acerca del aún completamente misterioso proceso creativo de los compositores la sordera del genio nos parezca mucho menos extraordinaria, de la misma manera que ahora no nos sorprende que un gran escritor sea sordo mudo de nacimiento, como ahora no nos sorprende un fotógrafo ciego; tal vez descubramos que fue un irreductible e inexplicable milagro neurológico de los que no dejaban de maravillar a Oliver Sacks. En todo caso la dimensión mitológica de su sordera no estorba para acceder al placer de su música y apenas lo ubica en la misma categoría de un poeta que ciego era vidente, reservando la necesidad de explicaciones, pues lo maravilloso de la música es que aunque no la entendamos la podemos discutir, y aunque no sepamos definirla nos ayuda por su lado a comprendernos.

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Este miércoles 22 de noviembre en la Casa de la Cultura de Nuevo León Juanmanuel Flores y Noé Macías se presentarán de nuevo para la segunda entrega del ciclo, la cita es a las 7:30 y hay que llegar temprano y no aplaudir hasta que los músicos nos volteen a ver. Agradezco a Caleb, el autor del personaje Peatón, que asistió al concierto a la usanza romántica con un cuaderno de bocetos, por las ilustraciones de esta columna. Caleb presentará también el viernes 25 de esta misma semana una exhibición de sus últimos trabajos en la sala del Taller Vegánico, Barrio Antiguo, 8:30 pm.

Erick Vázquez

Hablar sin hablar

IMG_3541.jpgMayra siempre hace lo mismo. Siempre de manera distinta, a veces ligeramente distinta como su intervención de ayer en Lugar Común –espacio de inteligentes estrategias alternativas cuya fertilidad está lejos de poderse calcular- a veces muy diversa como su reciente exposición en la galería 11 alternativa –con mucho, la galería de tradición más arriesgada en la ciudad-. Siempre he querido relatar una historia al estilo Zen tratándose de su trabajo y como no la he encontrado justa la voy a relatar de mi invención: Una joven calígrafo ambicionaba descubrir el secreto detrás de la escritura. Su maestro le dijo: Debes escribir hasta que olvides el sentido detrás de cada letra. Entonces la alumna agotó todos sus recursos: el pincel, la máquina de escribir, el bordado, los tipos de imprenta tan acústicos en su martillar. Descubrió el garabato (el despojo que habita como una vida secreta entre el lenguaje hablado y la palabra escrita), pero entre más formas de vida gramatical conocía más elusivo se volvía el secreto. Su maestro le dijo: No tengo nada más que enseñarte, has repetido hasta descubrir que la repetición no existe, que todo es diferencia, que todo cambia. Debes buscar un nuevo maestro y viajar allá donde desconozcas la lengua, donde no exista la escritura. Entonces la estudiante de la letra viajó hasta encontrar ese país donde los habitantes desconocían la palabra hablada y se comunicaban estrictamente por medio de señas y marcas sobre papel, muros, fruta, piel. Después de años de silencio entre ellos descubrió que el anhelo más profundo detrás del no pronunciar sonido era escapar a la muerte, porque el otro nombre de la muerte es la definición. Comprendió que no tenían más que enseñarle dentro de su muda disciplina e hizo lo que cualquiera con el poder biológico de engendrar haría en su lugar: escribió una nueva vida con su propio cuerpo. Así, Mayra siempre ha hecho lo mismo, ya se trate de escribir con luz como lo hizo en la galería 11 alternativa al velar papel fotográfico, ya al grabar discretamente sobre el muro de un pasillo en Lugar Común, se trata siempre de hablar sin hablar. Porque el lenguaje posee la cualidad aterradora de hacernos creer que podemos definir y en ese pacto es el poder el que agazapado siempre gana la partida, el poder al que el arte le tiende una trampa con la esperanza de desviar la naturaleza propia de lo escrito sobre la piedra. Evadirse, preservarse, al costo probable de la incomprensión o de la soledad.

Erick Vázquez

 

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El mural más grande de México.

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En el norte no tenemos una noción muy fina de la historia porque nunca nos ha sido muy útil, y francamente esa desfachatez la encuentro refrescante desde que insoportable hubiese sido un proyecto de mural que pretendiera tomar en cuenta que estamos en México, cuyo único lugar en la historia universal del arte se debe a un movimiento muralista. Podemos respirar tranquilos, a los grafiteros no les importa el pasado ni el futuro, les importa la escritura. La escritura del Blast, por ejemplo, es un caso muy interesante en lo que respecta al estudio del pasado en el presente porque su estudio de la forma arcaica se suma a la escritura de la calle con elegante sencillez, como discreta. Ahora bien, hay un pequeño escándalo en torno a este mural del túnel de la loma larga, comisionado por Mauricio Fernández al Dr. Lakra. El Frente Nacional de la Familia se quejó porque afirma que los niños se asustan con las figuras, pero no cita ninguna opinión de ningún niño, lo cual sitúa la credibilidad del FNF dentro de todos aquellos que afirman saber lo que es la infancia; por otro lado la defensa de Mauricio Fernández es que se trata del mural más grande de México, lo cual nos posiciona preponderantes en la misma categoría de la carne asada más grande del mundo celebrada cada año en el parque Fundidora. Lo interesante de este proyecto es que se trata un artista del grafitti que se mueve entre el arte callejero y el arte mainstream, que a su vez convoca a otros artistas (Blast, Hommie, Banger, Beo Hake y Eskat) a hacer un mural por comisión, con permiso, pues. ¿Qué sucede cuando el grafitti negocia con la institución? En este caso no sucedió lo peor, es decir, una escritura domesticada que refleja los valores conservadores; no sucedió tampoco lo ideal, que es que el grafitti logre conservar su espíritu marginal incluso dentro de la ley; lo que finalmente sucedió es lo que sucede siempre que se comisiona una obra de arte en sitio y el artista no investiga el contexto: nada. Tal como sucedió con la Lagartera de Toledo, no importa cuan internacional sea la estatura del artista, si no tiene consecuencias para la sociedad en la que se inserta la obra no pasa de ser un evento de una eventual polémica estéril. Lo que el Dr. Lakra no tomó en cuenta es que la ciudad que intervino es muy difícil de superar en términos de arte chocante, bastaba darse una vuelta por el corredor de las esculturas para darse cuenta que tenemos un estómago de acero unido a una incapacidad congénita para la indignación, no advirtió que una ciudad fundamentalmente hipócrita es virtualmente imposible de impresionar. Entre la costumbre a un arte público insultante y una moral laxa una intervención estética de orden urbano tiene muy poco margen de éxito a no ser que se reduzca al ornamento, y en esto, con el tiempo, el mural afortunadamente para todos devendrá.

 

Erick Vázquez

Welcome to Paradise

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Empecé a leer el libro de Oswaldo y empezó gradualmente a formarse en mí una historia, una historia de ciencia ficción. Sus paisajes urbanos y naturales me recordaban la atmósfera de Solaris -y qué es la Ciencia Ficción sino una atmósfera, el vapor que nos rodea-. El conjunto de las fotografías en este libro son amplios paisajes que retratan edificios o plazas o grandes lugares para la congregación y muchas veces empresarial, espacios diseñados para la habitación y el progreso pero que aquí son solitarios en una especie de noche infinita, de atardecer insuficiente. Me sentía un poco culpable mientras me imaginaba mi cuento al pasar las páginas porque muchas, la mayoría de las veces, es un gesto de mala voluntad la intención de narrar las fotos, así como a veces es de mal gusto imaginarse una novela a partir de la música, el deseo de que un libro se haga película. Al final del libro me sentí muy aliviado porque cierra con un cuento, justamente, de ciencia ficción. El cuento de Emiliano Monge es el relato de una idea magnífica donde los personajes corretean perseguidos atravesando las fotografías de Oswaldo, dándoles una especie de sentido paralelo, un futuro donde los humanos se han convertido en otra cosa, los dioses han vuelto y el lenguaje ha desaparecido en una especie de evolución invertida. No se los voy a echar a perder, pero quiero leerles este fragmento: Así fue como todo dio comienzo. O como empezó a terminarse: un hombre dejó su oficina, se detuvo en medio de una calle, permitió que cada músculo en su cuerpo se venciera y murmuró: estoy rendido. Creo que esta cita una gran manera de introducir el tema de lo post-apocalíptico porque es una escena que potencialmente se encuentra en cada día de trabajo, en cada trabajador amenazando con suceder, el sencillamente rendirse. Un amigo me contó hace unos años que de pronto se quedó parado entre pasillos de las oficinas, durante un breve instante el sinsentido de todo ello le cayó sobre los hombros como un chubasco repentino y se dijo: ¿y si sencillamente me quedo aquí parado y ya, como ignorando el tiempo, la consecuencia tal vez inexistente? Esta tentación de dejar caerlo todo que se encuentra latente en cada miembro en la cadena de producción es la potencia apocalíptica que nació con la misma idea de progreso, de gran ciudad, de dominio triste y feroz. Acaso esta sea la causa de que las de Oswaldo sean imágenes de una poderosa fantasmagoría. ¿Cada cuándo tenemos la oportunidad de ver estas imágenes en nuestra vida diaria, amplios espacios financieros completamente vacíos, fabricas detenidas en un olvido sin retorno? (Estoy haciendo trampa cuando digo nosotros, claro está, pero creo que es una trampa legítima, de las que está minado el campo del arte). Aquellos que pueden ver estos escenarios con relativa facilidad son un grupo muy específico: son los obreros, o la gente que trabaja en las madrugadas, una minoría realmente, un cierto margen. Para toda su elegancia Oswaldo es marginal, y es gracias a su marginalidad que a pesar de toda su pulcritud puede hacer un comentario, un comentario a la economía y el urbanismo, como si se tratase en ambos de proyectos fantásticos destinados al fracaso desde el principio y como si hubiese una gloria en la degradación, una gloria del destino implícito, oculto, en el concepto de progreso en su inevitable camino hacia el escombro y el desperdicio.

Estas fotos podrían haber sido tomadas después de un apocalipsis, o antes. Más que encontrarse en un futuro distante, o en un pasado lejano, Oswaldo revela que estos momentos se encuentran fuera del tiempo, y eso hace justamente la ciencia ficción; era la cosa más natural del mundo que Tarkovsky se inclinara hacia la ciencia ficción porque comprendió que la imagen, fija o en movimiento revela justamente nuestra concepción fundamentalmente equivocada del tiempo como algo que ha sucedido o habrá de suceder, como una flecha lanzada sin remedio. Regina me preguntó qué sucedería si esta imágenes de Oswaldo fueran encontradas dentro de cien o doscientos años, era por supuesto una pregunta retórica de su parte porque estas imágenes ya fueron tomadas en el futuro, donde naturalmente el abandono de la escritura ha significado el retorno de los dioses.

(WELCOME TO PARADISE de Oswaldo Ruiz; La Caja de Cerillos Ediciones, Ciudad de México, 2017)

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Conmoción 2.0

Esta es la segunda curaduría que presenta Sara Lopez en la Casa de la Cultura y vaya que las cosas han cambiado desde la anterior el año pasado, una revoltura cuyo único hilo conductor era la escasa relación con el espacio en el que exponían. Esta vez sí hay una intención de fondo, por lo menos formal, en lo que se refiere a una manera de entender la pintura como el resultado de un proceso más amplio, y Sara con esto ha demostrado que entiende muy bien -tanto o mejor que una curadora foránea invitada como había sido el procedimiento hasta ahora- el mecanismo interno que puede unir a diversos artistas de la localidad, la cual es precisamente una función de la Casa de la cultura.

Este mecanismo interno se traduce aquí en una honesta, candorosa relación entre la pintura de un cuadro y lo que sucede en un pintor en el proceso de pintarlo, es decir, lo que pasa cuando un pintor travesea con el video, lo que pasa cuando un pintor brinca a una instalación.

En la primera sala Cecilia Martinez hizo un par de instalaciones que reflejan la candidez sencillamente desarmante de sus cuadros. ¿A quién no le impresionan los monstruos? ¿A quién no le impresionan Godzilla y King Kong? Pero los monstruos de Cecilia no son el terror del ciudadano que ve con alegría mal disimulada su ciudad pisoteada por un gigante incomprensible e incomprendido, son los monstruos que uno quiere agarrar para jugar, y este es un encantador giro del humor que compensa con mucho la escasa variación de su tema.

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Entre el primero y el segundo piso hay también un par de proyecciones de Gerardo Monsivais y Gabriel Garza que son interesantes en que demuestran cómo el video en sus manos se comporta exactamente como si la pintura pudiese ser ligeramente móvil, de qué otra forma habría de ser, pero dan una pista y muy buena de lo que la imagen fija de estos pintores quiere decir en el conjunto de sus trayectorias.

Sorprendentemente, la curadora incluyó a Karen Reyes -“sorprendentemente” porque es mucho más joven que el resto de los artistas y con una trayectoria prácticamente inexistente-. Ese tipo de riesgos son más bien para la artista que para el espacio, que la Casa de la cultura al fin para eso es, para ponerla en duda. Creo entender la hazaña curatorial por que es una artista promisoria, lo curioso con Karen es que, para toda su habilidad en los acabados con pincel, sus bocetos y hojas de trabajo son mucho más interesantes que sus cuadros terminados y eso no suele pasar, y tal vez no debería, porque es el signo de una incomprensión del proceso personal de la invención, por otro lado tal vez sea una maña personal mía encontrar mayor satisfacción en la estimulación intelectual y el movimiento formal que en el placer visual ante la destreza manual.

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La exposición permanece hasta el 09 de julio, y si a uno le interesa el arte es una exposición que puede dar qué pensar, cosa que en la Casa de la cultura no pasa tan seguido como debería dado el título que decimonónicamente ostenta. Esta exposición tiene la virtud de trabajar como un muestrario en miniatura de cómo se entiende el arte en esta provincia alejada de la mano de Dios: La referencia fundamental para entender el arte en Monterrey es algo que se puede colgar en la pared, ya sea que su sentido se extienda a una invención en una mesa o una proyección, el objeto residual es algo que se puede enmarcar o colgar. En el caso de la obra en tres dimensiones el resultado no es muy distinto.

Erick Vázquez

La lógica de los perros

La historia de los perros dentro de toda la tradición pictórica occidental la podemos resumir en dos plumazos, desde su función como cazadores en los frescos y mosaicos de la antigua Roma, durante toda la Edad Media, y hasta bien entrado el siglo XIX, el estudio de la forma Canis lupus familiaris se reduce a unas cuantas apariciones como parte de la ornamentación en la corte real. El siglo XIX se pone más interesante, algún adorno para algún representante de la burguesía en Sir Joshua Reynolds, y sobre todo los hermosos perros de John Singer Sargent, pero para todo su encanto y lo atento de su observación a extremidades y pelaje permanecen como un elemento más de clase.

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John Singer Sargent, 1882

Las más que honrosas excepciones provienen, por supuesto, de Goya y Turner. La razón para esta aparatosa omisión de un personaje omnipresente en la vida cotidiana es simple: Si Goya y Turner pudieron retratar con mayor gracia y profundidad la forma canina es precisamente porque no se dejaron impresionar por las personalidades de los ricos, por el pomposo encanto de la burguesía ni de la realeza, así como tampoco se dejaron intimidar por los cuentos de la salvación del alma de la iglesia. Para un verdadero pintor todo es forma, no importan clase social ni creencia espiritual, antes bien para el ojo entrenado se revelan con claridad las miserias y en ese paganismo radical retozan y vagabundean los perros de Gerardo Monsiváis.

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Por supuesto, el naturalismo de Gerardo es todo menos inocente, es cínico. En su raíz griega “cínico” se traduce al castellano literalmente como “perruno”, y ese es el título que adoptaron los filósofos vagabundos más radicales, los que no respetaban ley ni religión y escandalizaban la vieja Atenas reflejando con su conducta lo absurdo, lo cruel, lo ridículo de las convenciones humanas.

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Oleo sobre tela, 2014 60×75 cms

Los perros de Gerardo son callejeros, en parte porque a Gerardo le interesa mucho la ciudad y el perro callejero es ese héroe anónimo de aventuras inauditas, testigo de la vida de una sociedad en toda su complejidad. Un perro callejero es además la figura del abandono y la resistencia, y un signo claro de que el precio de la domesticación es muy alto, entre los perros de Gerardo serán más impresionantes los sarnosos, callejeros, buscando en la noche, pero también tiene el ojo para retratar la empatía y la elegancia caninas, el misterio de sus intraducibles pensamientos y lo chistoso de sus circulares reflexiones.

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Gerardo Monsivais, Apuntes varios 2009-2010 (Lápiz y acrílico sobre herculene, 20×25 cm)

Erick Vázquez