Tal vez para nadie o muy pocos la fiesta brava sea sólo la ceremonia del toro y el torero, si alguna vez fue considerada un arte fue gracias a la poderosa fuerza metafórica que contrajo, la de la lucha por la existencia. Especialmente para Picasso es un escenario favorito y trascendental porque supo ver con claridad que en todo caso somos el toro, que habremos de perder eventualmente la batalla, que no hay manera de salir victoriosos de esto. Para Picasso el toro es siempre un autorretrato y es una identificación extraordinaria porque es un artista que triunfó en vida, que se ubicó siempre como en el centro de una lucha hacia una derrota inexorable aún sabiéndose y desde muy joven ya parte de la gran Historia del arte.
Una de sus expresiones más claras, que sintetizan tanto su oficio como artista como su posición ante la animalidad, es la serie donde va haciendo abstracción cuadro por cuadro, desde una representación tradicional del toro hasta que sólo quedan las líneas esenciales de su geometría y la secuencia finaliza con su propio nombre. Pintar es destruir, destruir significa distinguir en la forma la línea fundamental. Dibujar la línea fundamental es dibujar lo más esencial de la identidad.

La de Picasso es una geometría tan analítica como existencial que es difícil entender sin mirar el antiguo arte de los fenicios y su mirada sagrada sobre el toro. Es en el encuentro con el arte antiguo que Picasso halla su verdadero camino, la suya no fue una gradual secuencia de avances mediante un período tras otro, no fue una evolución, fue un hallazgo, y creo que él estaría de acuerdo si recordamos que consideraba que la búsqueda no significaba nada y que el encuentro lo era todo. Una lección de las vanguardias -y en particular del cubismo- que aun nos resistimos a aceptar es que el futuro se encuentra en el pasado y que el progreso es un mito.
Picasso se definía como un primitivo. La fiesta brava es un ritual pagano como los hay pocos cuya persistencia resalta los elementos idólatras de la cultura cristiana (las únicas veces que Picasso optó por alguna escena del cristianismo fueron por la crucifixión, escena netamente romana cuyas similitudes con el toreo resultan evidentes. Las escenas de la tauromaquia de Picasso deben leerse como escenas de la Pasión). Es difícil e inútil tratar de distinguir en Picasso cuándo la obra es trágica y cuándo un borbotón de felicidad así como es imposible hacerlo en una imagen pánica, donde la cercanía de la muerte es gozosa, hermosa y aterradora. El afán por distinguir la alegría de la rabia o la destrucción de la creación es una obsesión moderna que no cabe en una mentalidad pagana. La única polaridad pertinente para el mundo antiguo era la oposición entre el tedio de vivir y la ferocidad orgiástica, entre estas dos la oscilación de Picasso es clara y la inclinación favorita obvia.
La serie de aguatintas sobre la tauromaquia son un caso distinto de su masivo trabajo sobre línea analítica, aquí no hay un proceso radiográfico, aquí hay un estudio sobre la mancha y sus facultades expresivas de movimiento para lo cual se inclinó deliberadamente sobre la sencillez. Una elección rara por elegante en su carrera y un tributo a Goya que denota la seguridad que sentía como artista. Al usar la técnica del aguatinta está pensando en Goya, no hay manera de ser artista, ser español, usar el grabado para retratar la fiesta brava y no pensar en Goya. Dialogar con el gran maestro y hacerlo con la mayor sencillez posible es un gesto de reconocimiento y de arrogancia que nos dice mucho de cuán consciente estaba Picasso de su lugar en la historia, y es sobradamente significativo que el gesto de estas aguatintas lo haya realizado en su avanzada vejez. El toro va morir al final, pero va costar hasta la última gota de su sangre.
Erick Vázquez
La exposición de las aguatintas estará hasta el 29 de abril en la planta baja de la Nave Generadores del Centro de las Artes. El espacio abre de martes a domingo de las 11:00 a las 21:00 horas, Entrada Libre. Puedes ver un video de la exposición de Picasso aquí: Picasso en la Nave Generadores










Mayra siempre hace lo mismo. Siempre de manera distinta, a veces ligeramente distinta como su intervención de ayer en Lugar Común –espacio de inteligentes estrategias alternativas cuya fertilidad está lejos de poderse calcular- a veces muy diversa como su reciente exposición en la galería 11 alternativa –con mucho, la galería de tradición más arriesgada en la ciudad-. Siempre he querido relatar una historia al estilo Zen tratándose de su trabajo y como no la he encontrado justa la voy a relatar de mi invención: Una joven calígrafo ambicionaba descubrir el secreto detrás de la escritura. Su maestro le dijo: Debes escribir hasta que olvides el sentido detrás de cada letra. Entonces la alumna agotó todos sus recursos: el pincel, la máquina de escribir, el bordado, los tipos de imprenta tan acústicos en su martillar. Descubrió el garabato (el despojo que habita como una vida secreta entre el lenguaje hablado y la palabra escrita), pero entre más formas de vida gramatical conocía más elusivo se volvía el secreto. Su maestro le dijo: No tengo nada más que enseñarte, has repetido hasta descubrir que la repetición no existe, que todo es diferencia, que todo cambia. Debes buscar un nuevo maestro y viajar allá donde desconozcas la lengua, donde no exista la escritura. Entonces la estudiante de la letra viajó hasta encontrar ese país donde los habitantes desconocían la palabra hablada y se comunicaban estrictamente por medio de señas y marcas sobre papel, muros, fruta, piel. Después de años de silencio entre ellos descubrió que el anhelo más profundo detrás del no pronunciar sonido era escapar a la muerte, porque el otro nombre de la muerte es la definición. Comprendió que no tenían más que enseñarle dentro de su muda disciplina e hizo lo que cualquiera con el poder biológico de engendrar haría en su lugar: escribió una nueva vida con su propio cuerpo. Así, Mayra siempre ha hecho lo mismo, ya se trate de escribir con luz como lo hizo en la galería 11 alternativa al velar papel fotográfico, ya al grabar discretamente sobre el muro de un pasillo en Lugar Común, se trata siempre de hablar sin hablar. Porque el lenguaje posee la cualidad aterradora de hacernos creer que podemos definir y en ese pacto es el poder el que agazapado siempre gana la partida, el poder al que el arte le tiende una trampa con la esperanza de desviar la naturaleza propia de lo escrito sobre la piedra. Evadirse, preservarse, al costo probable de la incomprensión o de la soledad.










