La Kreutzer

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La segunda entrega en el ciclo de las sonatas completo para violín y piano de Ludwig van Beethoven por Juanmanuel Flores y Noé Macías se realizó el pasado 22 de noviembre bajo el auspicio de CONARTE. Esta vez el concierto se realizó en una sala de la Casa de la Cultura en lugar de un teatro y pudimos experimentar la música de cámara en el verdadero sentido del término: a quemarropa. Además de la ventaja de la cercanía en una sala pequeña se tiene el enorme provecho de un pudor considerable por parte del público a la hora de contestar los celulares y sacar dulces envueltos en celofán en la emergencia de una repentina baja de azúcar en la sangre, irrupciones que hacen de los amantes de la música clásica –y en especial de los críticos- una minoría oprimida.

Las obras interpretadas fueron las sonatas número 04 (Op. 23, 1801) y número 09 (Op. 47, 1803 “Kreutzer”). Hubo un cambio en el programa, los músicos decidieron abrir con un Rondó de Ramiro Guerra, partitura que los mismos Juanmanuel y Noé limpiaron y trabajaron. La obra es una pequeña clase de historia de la música, se empieza por un lenguaje tradicional clásico y se mueve hacia el romanticismo tardío y hasta la modernidad sin perder la forma de Rondó. Las sonatas 04 y 09 guardan un parentesco de carácter inquieto, y creo que ese fue el motivo para programarlas juntas; a la Op. 23 #04 en particular Noé la imprime con una dulzura y una delicadeza al piano que en Beethoven es fácil pasar por alto cuando se indica brincar del adagio al presto y viceversa como dinámica sostenida.

La Kreutzer era para mí y supongo para el resto de los presentes el principal motivo para asistir, lo cual debe ser injusto para los músicos como para los sacerdotes son los parroquianos que van a misa exclusivamente por la bendición. La razón de esta popularidad se debe en parte a que la sonata a Kreutzer es una obra escrita explícitamente para un virtuoso y a estas alturas desde el público sólo sabemos apreciar un concierto cuando se amontonan las notas en las secciones, no siempre podemos apreciar lo que en palabras de Juanmanuel se logra cuando lo difícil pasa bajo la apariencia de lo fácil.

La vergüenza de mi confesión se puede superar con frescura, en Beethoven los virtuosismos nunca son carbohidratos vacíos. La sonata opus 47 #09 se distingue del resto del ciclo por varias razones, para empezar es la única que abre con una fanfarrea de acordes para violín solo -una alusión clara a las partitas para violín de J.S. Bach-, introducción que se podría escuchar como una melodía para violín sin acompañamiento y que es replicada por el piano como si éste fuera a desarrollar su propia sonata también, autonomía que plantea un problema de interpretación porque a lo largo de todo del primer movimiento el violín y el piano se van a separar en cadencias para volverse a encontrar en simpatía por largos pasajes, el problema es la decisión de hasta qué punto van a tocar juntos los músicos y hasta qué punto se van a tomar la libertad de hacer el acompañamiento obligado. Es un problema exquisito y ojalá todas las complicaciones que se encuentra uno en las relaciones de pareja fueran de esta naturaleza en la que no hay respuesta equivocada. La decisión de Juanmanuel y Noé fue la de tocar con la mayor sincronía posible, una decisión natural dado el desempeño de entendimiento mutuo que han logrado alcanzar. La consecuencia de “tocar juntos” la sonata la hace caer casi de lleno del lado del clasicismo y tal claridad me permitió adivinar que las cadencias del piano resultaron una influencia ineludible para los impromptus de Schubert.

Otro problema que comparten ambas sonatas y como muestra de una contingente situación en casi toda la obra de Beethoven es qué hacer con las repeticiones. Tanto en el piano como en el violín las repeticiones nunca son repetitivas, los ostinatos no deben ser monótonos, cuando el tema vuelve con una variación debe sin embargo señalarse que se trata de lo mismo transformado. Es difícil no escuchar en este problema de interpretación un eco existencial, una lección sobre lo inevitable de lo irrepetible y lo inescapable de lo mismo sobre la que la historia de la música ha edificado sus más pulcras invenciones.

 

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Quiero agradecer la compañía del artista Caleb quien asiste a los conciertos con un cuaderno de dibujo en lugar de un celular, su página de trabajo es esta:  facebook.com/peatondcaleb/

 

Erick Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

Reseña 2017

Cada año y desde su primera edición ha habido tradicionalmente razones para quejarse de la Reseña anual, algunas fundadas y otras ociosas. Este año es uno de los que se apartan de la tradición pues no hay razón imaginable para protestar y el motivo es la atinada selección de los jurados por parte del Consejo para la Cultura y las Artes: la mirada experimentada de Rosario Guajardo y los riesgos calculados de Leo Marz y Eliseo Ortiz.

La Reseña ha servido, por lo menos desde la invención del CONARTE, como un dispositivo de reconocimiento para alojar la producción de artistas jóvenes y atraer con el premio a artistas más experimentados, si bien el criterio no ha sido nunca expreso tal cual en la convocatoria, la naturaleza local y la estatura abierta del evento han sido propicias. Obviamente en una justa así suelen ganar los más expertos en concursar pero me parece muy funcional como escuela de graduados para que artistas de diferentes trayectorias y técnicas puedan medir sus fuerzas. Los ganadores de esta cuadragésima edición son Yolanda Leal y Alberto Viloria.

Ambos premios son como ya he dicho indiscutibles. Alberto Viloria, aunque el suyo sea un lenguaje crítico ya consabido, es dueño de un léxico propio en pintura y con una técnica que le permite sostener con deliberada soltura su código que estudia, en sus palabras, “el rito de sacralizar objetos, antropológicamente hablando, un procedimiento que el ser humano hace habitualmente, como poner objetos en museos.”

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Alberto Viloria, Hierofanía

La pieza de Yolanda Leal debe ser unos de los premios mejor otorgados en la historia de la Reseña: variando sobre la iniciativa de la fábrica de Cerillos Clásicos -donde se han reproducido obras de arte en el anverso de la cajetilla desde 1940 con la idea de Daniel Montull- Yolanda imprime dos colecciones de imágenes que se desprenden de sus viajes por carretera en Estados Unidos al hacer el recorrido turístico de los asesinatos célebres: por un lado una serie de fotografías de animales muertos que se fue encontrando en la carretera y por el otro una serie de fotografías del tour que recrea el Bloody Sunday, el asesinato de JFK, etcétera. La adaptación al concepto “la cultura al alcance de la mano” le da una vigencia al proyecto de la fábrica de cerillos que serían necios en no adquirir. La obra de Yolanda se acompaña de un par de hieleras llenas de los preciados cerillos, hieleras que se entiende la acompañaron en su road trip.

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Las menciones honoríficas fueron para Issa Fabiola Téllez Ramos por la instalación “Registros”; Marcel Antonio del Castillo Pérez con el tríptico fotográfico “Invizibilizar-huir”; y a Paola López Olivera por la instalación “Cartas a mi No-hijo.” (Sic.)

Entre las seleccionadas la pieza de Tahanny Lee Betancourt bien pudo haber quedado entre las menciones honoríficas por la elegancia de la solución formal a un problema conceptual complejo. Se trata del enclave entre su historia personal con un peine y la historia tradicional de la cultura china en la que se inscribe el mismo: el peine lo recibió de su abuela, objeto que en antigua tradición se usa para peinar a la novia antes de la boda significando que se ha alcanzado una edad adulta e invocando “la buena fortuna,” la ceremonia del peinado a su vez debe ser efectuada por una mujer que haya tenido a su vez una buena fortuna (hijos, nietos, buen marido, longevidad). Con los años, la presencia de los cabellos blancos en el peine atestiguarán que la gracia le ha sonreído a su portadora. La obra de Tahanny es la reproducción y multiplicación serial del peine en usos y abusos que le son ajenos, como una especie de mecánica del olvido para industrializar una suerte de fortuna personal, una improvisación sobre su tema y memoria, conservándola, superándola. Entiendo que no haya ganado una mención porque el resultado es aún un trabajo en proceso y por lo tanto carece de puente formal en términos comunicativos –el espectador sin mayor información es imposible tenga una idea de lo que se trata la pieza-, pero por otro lado las obras conceptuales que sí la recibieron pecan de ser demasiado explícitas, un barroco formato para un mensaje que no requería mayores explicaciones echando en saco roto el consejo de Mies van der Rohe de que menos es más.

En la ceremonia de premiación y antes de que el curador Mario García Rico nos explicara su perspectiva para la exhibición, la directora de la Casa de la Cultura, Eva Trujillo, pronunció un discurso que vale la pena citar en su integridad:

“La construcción de una identidad se ha llevado 40 años, la suma de artistas plásticos que ha pasado en ella es indefinida, algunos desaparecieron de las artes, otros crecieron, muchos hicieron su vida en ella y hoy, hoy son, provocan ser desde la imagen y la forma, la textura, y en noches como ésta coquetean a la mirada con voz propia donde el contexto histórico se manifiesta invitándonos a delegar rostros, lugares, circunstancias donde los sentidos despiertan ante la realidad vertiginosa de una ciudad, de una sombra que esconde para que nos asombremos vida y muerte, luz y oscuridad, desde la mirada de veinte artistas que nos asombrarán esta noche donde dos obras trascenderán invitando al resto a formar parte de esta noche.” (Sic.)

He escuchado la grabación y luego releído este discurso hasta el cansancio para encontrar su sentido oculto -porque sentido manifiesto lo tiene al exclusivo nivel del misterio- sin lograrlo, sin duda una estrategia de parte de una autoridad de la institución cultural para mantenernos despabilados.

Ricardo Marcos, Presidente de CONARTE, anunció que a partir del 2018 la Reseña se convertirá en el Premio Estatal de Artes Visuales de Nuevo León, con el fin de darle “la fuerza, concepto y dignidad que se merece este premio ya histórico,” una renovación del formato que se ha venido discutiendo necesaria por mucho tiempo.

 

Erick Vázquez

 

Las sonatas para violín y piano de Beethoven.

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El pasado cinco de noviembre se presentaron las sonatas para violín y piano Op. 12 (#1,2, 3) y Op. 96 (#10) de Ludwig Van Beethoven en el Centro de las Artes del CONARTE bajo el violín de Juanmanuel Flores y el piano de Noé Macías. Es la primera sesión de tres para tocar las diez sonatas a dúo que Beethoven compuso y que si bien no fue su formato más explorado -respecto a las sonatas para solo piano por ejemplo- abarcan los periodos temprano y maduro de su obra en una clara imagen de cómo fue progresando su concepto de sonata a dos instrumentos, así como de la sonata en general y del concepto de acompañamiento para la historia de la música.

Antes de este concierto estas sonatas me eran desconocidas y es una gran oportunidad poder escucharlas al hilo en una temporada para además del placer obtener una perspectiva. Las sonatas para piano y violín de Beethoven son una puerta para comprender al compositor en una de sus caras más cristalinas, justamente por que la articulación entre piano y violín obliga a una simetría, a un juego de espejo que resulta en un espacio acústico de mayor comprensibilidad para la escucha.

Las tres primeras agrupadas bajo el Op 12 -dedicadas a su maestro Antonio Salieri, maestro también de Schubert y Liszt- son bastante circulares, retoman el tema principal una y otra vez después de una serie de variaciones, lo cual las inscribe de lleno en la tradición clásica de Mozart y Haydn. En efecto, las sonatas para violín y piano están presentes en la obra de Bach y Haydn y abundan en la de Mozart, pero ya sea que Beethoven se propusiera ser diferente a toda costa, ya sea que lo fuera incluso sin proponérselo, desde las primeras fuertes y cortantes notas de la sonata Op. 12 #01 queda perfectamente claro que hay que poner atención porque algo está a punto de suceder y de una manera muy distinta a la de sus predecesores. Es el famoso brío de Beethoven. La primera sonata, escrita en1798, un año antes de su primera sinfonía, abre como tres y tres fuertes toquidos a la puerta, y no que Mozart no tuviera estos arrebatos (K380) sino que en Beethoven el brío está presente a todo lo largo de la obra no sólo como una articulación armónica de la sorpresa sino como un gesto convulso de su espíritu y su tiempo, y tal vez este parentesco a nivel de las notas y esta diferencia al nivel del carácter pueda servir como puente para entender las relaciones tan estrechas entre el clasicismo y el romanticismo, que entre más se observan más indistintos se confunden.

Una sonata a dos instrumentos implica la relación que pueden hacer entre ellos, en este caso y por un lado la capacidad melódica, de legato y la nota sostenida del violín contra la amplia gama armónica del piano. La relación obvia entre ambos es que se explore la melodía por un lado y la capacidad orquestal por el otro, lo cual es claro en Bach y Mozart, pero en Beethoven la sensación de no saber si de pronto uno ya está escuchando una sonata de violín acompañada de piano y luego viceversa es patente, esta confusión estructural es, discutiblemente, cada vez más intensa según nos vamos acercando hacia el final de su vida. La decisión de Juanmanuel y Noé Macías de programar en este primer concierto las tres primeras sonatas junto con la última tuvo la intención expresa de contrastar una diferencia de intención. Lo que me quedó claro es que con Beethoven no podemos hablar en los términos de una evolución, y eso puede resultar sorprendente a nuestros oídos desde que nuestra mentalidad moderna está condicionada a pensar el tiempo como una flecha hacia el progreso, tendemos a creer que las mejores obras de un artista las encontramos en su madurez. En Beethoven es imposible no escuchar desde su primera sonata ya a un artista maduro y revolucionario, con ideas ya perfectas.

La última sonata Op. 96 #10, compuesta en 1812, es decir, 84 obras y 14 años después de la primera, representa para mi limitado oído un par de misterios en relación a su reputación, porque es famosamente la más difícil de tocar para los ejecutantes pero en comparación con las primeras me pareció fácilmente percibir una mayor concentración del tema y un control más sucinto de las variaciones, lo cual se traduce en un mayor rango emocional, una mayor profundidad de ideas y sentimientos (es curioso porque en el caso de las últimas sonatas para solo piano ocurre justamente lo contrario donde las sonatas varían hasta deformarse irreconocibles y llevan al escucha a perderse en horizontes insospechados pero sostenidos en estructuras bien solidas como la fuga de la op 106, compuesta a seis años de distancia después de la última sonata para piano y violín). Es como si Beethoven en su última sonata para dúo se volviera más complejo en la partitura pero más inteligible en el oído.

Durante el recital Juanmanuel Flores nos señaló que para el 1812 Beethoven se encontraba ya perfectamente sordo, cuando estaba completamente sordo es cuando escribió sus obras más influyentes. Tal vez si algún día llegamos a descubrir todo acerca del aún completamente misterioso proceso creativo de los compositores la sordera del genio nos parezca mucho menos extraordinaria, de la misma manera que ahora no nos sorprende que un gran escritor sea sordo mudo de nacimiento, como ahora no nos sorprende un fotógrafo ciego; tal vez descubramos que fue un irreductible e inexplicable milagro neurológico de los que no dejaban de maravillar a Oliver Sacks. En todo caso la dimensión mitológica de su sordera no estorba para acceder al placer de su música y apenas lo ubica en la misma categoría de un poeta que ciego era vidente, reservando la necesidad de explicaciones, pues lo maravilloso de la música es que aunque no la entendamos la podemos discutir, y aunque no sepamos definirla nos ayuda por su lado a comprendernos.

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Este miércoles 22 de noviembre en la Casa de la Cultura de Nuevo León Juanmanuel Flores y Noé Macías se presentarán de nuevo para la segunda entrega del ciclo, la cita es a las 7:30 y hay que llegar temprano y no aplaudir hasta que los músicos nos volteen a ver. Agradezco a Caleb, el autor del personaje Peatón, que asistió al concierto a la usanza romántica con un cuaderno de bocetos, por las ilustraciones de esta columna. Caleb presentará también el viernes 25 de esta misma semana una exhibición de sus últimos trabajos en la sala del Taller Vegánico, Barrio Antiguo, 8:30 pm.

Erick Vázquez

Hablar sin hablar

IMG_3541.jpgMayra siempre hace lo mismo. Siempre de manera distinta, a veces ligeramente distinta como su intervención de ayer en Lugar Común –espacio de inteligentes estrategias alternativas cuya fertilidad está lejos de poderse calcular- a veces muy diversa como su reciente exposición en la galería 11 alternativa –con mucho, la galería de tradición más arriesgada en la ciudad-. Siempre he querido relatar una historia al estilo Zen tratándose de su trabajo y como no la he encontrado justa la voy a relatar de mi invención: Una joven calígrafo ambicionaba descubrir el secreto detrás de la escritura. Su maestro le dijo: Debes escribir hasta que olvides el sentido detrás de cada letra. Entonces la alumna agotó todos sus recursos: el pincel, la máquina de escribir, el bordado, los tipos de imprenta tan acústicos en su martillar. Descubrió el garabato (el despojo que habita como una vida secreta entre el lenguaje hablado y la palabra escrita), pero entre más formas de vida gramatical conocía más elusivo se volvía el secreto. Su maestro le dijo: No tengo nada más que enseñarte, has repetido hasta descubrir que la repetición no existe, que todo es diferencia, que todo cambia. Debes buscar un nuevo maestro y viajar allá donde desconozcas la lengua, donde no exista la escritura. Entonces la estudiante de la letra viajó hasta encontrar ese país donde los habitantes desconocían la palabra hablada y se comunicaban estrictamente por medio de señas y marcas sobre papel, muros, fruta, piel. Después de años de silencio entre ellos descubrió que el anhelo más profundo detrás del no pronunciar sonido era escapar a la muerte, porque el otro nombre de la muerte es la definición. Comprendió que no tenían más que enseñarle dentro de su muda disciplina e hizo lo que cualquiera con el poder biológico de engendrar haría en su lugar: escribió una nueva vida con su propio cuerpo. Así, Mayra siempre ha hecho lo mismo, ya se trate de escribir con luz como lo hizo en la galería 11 alternativa al velar papel fotográfico, ya al grabar discretamente sobre el muro de un pasillo en Lugar Común, se trata siempre de hablar sin hablar. Porque el lenguaje posee la cualidad aterradora de hacernos creer que podemos definir y en ese pacto es el poder el que agazapado siempre gana la partida, el poder al que el arte le tiende una trampa con la esperanza de desviar la naturaleza propia de lo escrito sobre la piedra. Evadirse, preservarse, al costo probable de la incomprensión o de la soledad.

Erick Vázquez

 

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El mural más grande de México.

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En el norte no tenemos una noción muy fina de la historia porque nunca nos ha sido muy útil, y francamente esa desfachatez la encuentro refrescante desde que insoportable hubiese sido un proyecto de mural que pretendiera tomar en cuenta que estamos en México, cuyo único lugar en la historia universal del arte se debe a un movimiento muralista. Podemos respirar tranquilos, a los grafiteros no les importa el pasado ni el futuro, les importa la escritura. La escritura del Blast, por ejemplo, es un caso muy interesante en lo que respecta al estudio del pasado en el presente porque su estudio de la forma arcaica se suma a la escritura de la calle con elegante sencillez, como discreta. Ahora bien, hay un pequeño escándalo en torno a este mural del túnel de la loma larga, comisionado por Mauricio Fernández al Dr. Lakra. El Frente Nacional de la Familia se quejó porque afirma que los niños se asustan con las figuras, pero no cita ninguna opinión de ningún niño, lo cual sitúa la credibilidad del FNF dentro de todos aquellos que afirman saber lo que es la infancia; por otro lado la defensa de Mauricio Fernández es que se trata del mural más grande de México, lo cual nos posiciona preponderantes en la misma categoría de la carne asada más grande del mundo celebrada cada año en el parque Fundidora. Lo interesante de este proyecto es que se trata un artista del grafitti que se mueve entre el arte callejero y el arte mainstream, que a su vez convoca a otros artistas (Blast, Hommie, Banger, Beo Hake y Eskat) a hacer un mural por comisión, con permiso, pues. ¿Qué sucede cuando el grafitti negocia con la institución? En este caso no sucedió lo peor, es decir, una escritura domesticada que refleja los valores conservadores; no sucedió tampoco lo ideal, que es que el grafitti logre conservar su espíritu marginal incluso dentro de la ley; lo que finalmente sucedió es lo que sucede siempre que se comisiona una obra de arte en sitio y el artista no investiga el contexto: nada. Tal como sucedió con la Lagartera de Toledo, no importa cuan internacional sea la estatura del artista, si no tiene consecuencias para la sociedad en la que se inserta la obra no pasa de ser un evento de una eventual polémica estéril. Lo que el Dr. Lakra no tomó en cuenta es que la ciudad que intervino es muy difícil de superar en términos de arte chocante, bastaba darse una vuelta por el corredor de las esculturas para darse cuenta que tenemos un estómago de acero unido a una incapacidad congénita para la indignación, no advirtió que una ciudad fundamentalmente hipócrita es virtualmente imposible de impresionar. Entre la costumbre a un arte público insultante y una moral laxa una intervención estética de orden urbano tiene muy poco margen de éxito a no ser que se reduzca al ornamento, y en esto, con el tiempo, el mural afortunadamente para todos devendrá.

 

Erick Vázquez

Welcome to Paradise

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Empecé a leer el libro de Oswaldo y empezó gradualmente a formarse en mí una historia, una historia de ciencia ficción. Sus paisajes urbanos y naturales me recordaban la atmósfera de Solaris -y qué es la Ciencia Ficción sino una atmósfera, el vapor que nos rodea-. El conjunto de las fotografías en este libro son amplios paisajes que retratan edificios o plazas o grandes lugares para la congregación y muchas veces empresarial, espacios diseñados para la habitación y el progreso pero que aquí son solitarios en una especie de noche infinita, de atardecer insuficiente. Me sentía un poco culpable mientras me imaginaba mi cuento al pasar las páginas porque muchas, la mayoría de las veces, es un gesto de mala voluntad la intención de narrar las fotos, así como a veces es de mal gusto imaginarse una novela a partir de la música, el deseo de que un libro se haga película. Al final del libro me sentí muy aliviado porque cierra con un cuento, justamente, de ciencia ficción. El cuento de Emiliano Monge es el relato de una idea magnífica donde los personajes corretean perseguidos atravesando las fotografías de Oswaldo, dándoles una especie de sentido paralelo, un futuro donde los humanos se han convertido en otra cosa, los dioses han vuelto y el lenguaje ha desaparecido en una especie de evolución invertida. No se los voy a echar a perder, pero quiero leerles este fragmento: Así fue como todo dio comienzo. O como empezó a terminarse: un hombre dejó su oficina, se detuvo en medio de una calle, permitió que cada músculo en su cuerpo se venciera y murmuró: estoy rendido. Creo que esta cita una gran manera de introducir el tema de lo post-apocalíptico porque es una escena que potencialmente se encuentra en cada día de trabajo, en cada trabajador amenazando con suceder, el sencillamente rendirse. Un amigo me contó hace unos años que de pronto se quedó parado entre pasillos de las oficinas, durante un breve instante el sinsentido de todo ello le cayó sobre los hombros como un chubasco repentino y se dijo: ¿y si sencillamente me quedo aquí parado y ya, como ignorando el tiempo, la consecuencia tal vez inexistente? Esta tentación de dejar caerlo todo que se encuentra latente en cada miembro en la cadena de producción es la potencia apocalíptica que nació con la misma idea de progreso, de gran ciudad, de dominio triste y feroz. Acaso esta sea la causa de que las de Oswaldo sean imágenes de una poderosa fantasmagoría. ¿Cada cuándo tenemos la oportunidad de ver estas imágenes en nuestra vida diaria, amplios espacios financieros completamente vacíos, fabricas detenidas en un olvido sin retorno? (Estoy haciendo trampa cuando digo nosotros, claro está, pero creo que es una trampa legítima, de las que está minado el campo del arte). Aquellos que pueden ver estos escenarios con relativa facilidad son un grupo muy específico: son los obreros, o la gente que trabaja en las madrugadas, una minoría realmente, un cierto margen. Para toda su elegancia Oswaldo es marginal, y es gracias a su marginalidad que a pesar de toda su pulcritud puede hacer un comentario, un comentario a la economía y el urbanismo, como si se tratase en ambos de proyectos fantásticos destinados al fracaso desde el principio y como si hubiese una gloria en la degradación, una gloria del destino implícito, oculto, en el concepto de progreso en su inevitable camino hacia el escombro y el desperdicio.

Estas fotos podrían haber sido tomadas después de un apocalipsis, o antes. Más que encontrarse en un futuro distante, o en un pasado lejano, Oswaldo revela que estos momentos se encuentran fuera del tiempo, y eso hace justamente la ciencia ficción; era la cosa más natural del mundo que Tarkovsky se inclinara hacia la ciencia ficción porque comprendió que la imagen, fija o en movimiento revela justamente nuestra concepción fundamentalmente equivocada del tiempo como algo que ha sucedido o habrá de suceder, como una flecha lanzada sin remedio. Regina me preguntó qué sucedería si esta imágenes de Oswaldo fueran encontradas dentro de cien o doscientos años, era por supuesto una pregunta retórica de su parte porque estas imágenes ya fueron tomadas en el futuro, donde naturalmente el abandono de la escritura ha significado el retorno de los dioses.

(WELCOME TO PARADISE de Oswaldo Ruiz; La Caja de Cerillos Ediciones, Ciudad de México, 2017)

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Conmoción 2.0

Esta es la segunda curaduría que presenta Sara Lopez en la Casa de la Cultura y vaya que las cosas han cambiado desde la anterior el año pasado, una revoltura cuyo único hilo conductor era la escasa relación con el espacio en el que exponían. Esta vez sí hay una intención de fondo, por lo menos formal, en lo que se refiere a una manera de entender la pintura como el resultado de un proceso más amplio, y Sara con esto ha demostrado que entiende muy bien -tanto o mejor que una curadora foránea invitada como había sido el procedimiento hasta ahora- el mecanismo interno que puede unir a diversos artistas de la localidad, la cual es precisamente una función de la Casa de la cultura.

Este mecanismo interno se traduce aquí en una honesta, candorosa relación entre la pintura de un cuadro y lo que sucede en un pintor en el proceso de pintarlo, es decir, lo que pasa cuando un pintor travesea con el video, lo que pasa cuando un pintor brinca a una instalación.

En la primera sala Cecilia Martinez hizo un par de instalaciones que reflejan la candidez sencillamente desarmante de sus cuadros. ¿A quién no le impresionan los monstruos? ¿A quién no le impresionan Godzilla y King Kong? Pero los monstruos de Cecilia no son el terror del ciudadano que ve con alegría mal disimulada su ciudad pisoteada por un gigante incomprensible e incomprendido, son los monstruos que uno quiere agarrar para jugar, y este es un encantador giro del humor que compensa con mucho la escasa variación de su tema.

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Entre el primero y el segundo piso hay también un par de proyecciones de Gerardo Monsivais y Gabriel Garza que son interesantes en que demuestran cómo el video en sus manos se comporta exactamente como si la pintura pudiese ser ligeramente móvil, de qué otra forma habría de ser, pero dan una pista y muy buena de lo que la imagen fija de estos pintores quiere decir en el conjunto de sus trayectorias.

Sorprendentemente, la curadora incluyó a Karen Reyes -“sorprendentemente” porque es mucho más joven que el resto de los artistas y con una trayectoria prácticamente inexistente-. Ese tipo de riesgos son más bien para la artista que para el espacio, que la Casa de la cultura al fin para eso es, para ponerla en duda. Creo entender la hazaña curatorial por que es una artista promisoria, lo curioso con Karen es que, para toda su habilidad en los acabados con pincel, sus bocetos y hojas de trabajo son mucho más interesantes que sus cuadros terminados y eso no suele pasar, y tal vez no debería, porque es el signo de una incomprensión del proceso personal de la invención, por otro lado tal vez sea una maña personal mía encontrar mayor satisfacción en la estimulación intelectual y el movimiento formal que en el placer visual ante la destreza manual.

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La exposición permanece hasta el 09 de julio, y si a uno le interesa el arte es una exposición que puede dar qué pensar, cosa que en la Casa de la cultura no pasa tan seguido como debería dado el título que decimonónicamente ostenta. Esta exposición tiene la virtud de trabajar como un muestrario en miniatura de cómo se entiende el arte en esta provincia alejada de la mano de Dios: La referencia fundamental para entender el arte en Monterrey es algo que se puede colgar en la pared, ya sea que su sentido se extienda a una invención en una mesa o una proyección, el objeto residual es algo que se puede enmarcar o colgar. En el caso de la obra en tres dimensiones el resultado no es muy distinto.

Erick Vázquez

La lógica de los perros

La historia de los perros dentro de toda la tradición pictórica occidental la podemos resumir en dos plumazos, desde su función como cazadores en los frescos y mosaicos de la antigua Roma, durante toda la Edad Media, y hasta bien entrado el siglo XIX, el estudio de la forma Canis lupus familiaris se reduce a unas cuantas apariciones como parte de la ornamentación en la corte real. El siglo XIX se pone más interesante, algún adorno para algún representante de la burguesía en Sir Joshua Reynolds, y sobre todo los hermosos perros de John Singer Sargent, pero para todo su encanto y lo atento de su observación a extremidades y pelaje permanecen como un elemento más de clase.

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John Singer Sargent, 1882

Las más que honrosas excepciones provienen, por supuesto, de Goya y Turner. La razón para esta aparatosa omisión de un personaje omnipresente en la vida cotidiana es simple: Si Goya y Turner pudieron retratar con mayor gracia y profundidad la forma canina es precisamente porque no se dejaron impresionar por las personalidades de los ricos, por el pomposo encanto de la burguesía ni de la realeza, así como tampoco se dejaron intimidar por los cuentos de la salvación del alma de la iglesia. Para un verdadero pintor todo es forma, no importan clase social ni creencia espiritual, antes bien para el ojo entrenado se revelan con claridad las miserias y en ese paganismo radical retozan y vagabundean los perros de Gerardo Monsiváis.

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Por supuesto, el naturalismo de Gerardo es todo menos inocente, es cínico. En su raíz griega “cínico” se traduce al castellano literalmente como “perruno”, y ese es el título que adoptaron los filósofos vagabundos más radicales, los que no respetaban ley ni religión y escandalizaban la vieja Atenas reflejando con su conducta lo absurdo, lo cruel, lo ridículo de las convenciones humanas.

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Oleo sobre tela, 2014 60×75 cms

Los perros de Gerardo son callejeros, en parte porque a Gerardo le interesa mucho la ciudad y el perro callejero es ese héroe anónimo de aventuras inauditas, testigo de la vida de una sociedad en toda su complejidad. Un perro callejero es además la figura del abandono y la resistencia, y un signo claro de que el precio de la domesticación es muy alto, entre los perros de Gerardo serán más impresionantes los sarnosos, callejeros, buscando en la noche, pero también tiene el ojo para retratar la empatía y la elegancia caninas, el misterio de sus intraducibles pensamientos y lo chistoso de sus circulares reflexiones.

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Gerardo Monsivais, Apuntes varios 2009-2010 (Lápiz y acrílico sobre herculene, 20×25 cm)

Erick Vázquez

tercerunquinto y la arqueología de la ira

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Esta debe ser una de las preguntas cruciales para pensar los problemas del arte contemporáneo: qué tan en serio debemos tomarlo. En la mayoría de los casos es una pregunta retórica, en el caso de lo que 3er 1/5 acaba de presentar en Proyectos Monclova es una pregunta de fondo.

Cuando hay una marcha de protesta en la Ciudad de México inevitablemente hay pintas, grafitis, sobre el Ángel de la Independencia, sobre los edificios que se encuentran al paso de la multitud. Hay un procedimiento para limpiar esas pintas, desde que son inmuebles históricos es responsabilidad del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Es propiamente un acto de restauración artística. Hay unos paños que se usan invariablemente, unos químicos determinados para remover las pinturas de las frases, un registro del procedimiento, una ficha técnica de dicho registro. 3er 1/5 negoció con el INAH para invertir el proceso de registro y quedara por archivo la pinta como parte de un suceso histórico propio de la restauración, una inversión para producir una memoria en lugar de un borramiento. Los paños se pusieron en bastidores como si fueran involuntario expresionismo abstracto y cada serie de paños lleva por título la frase que antes formaran: “Muera Peña”, “Vivos los queremos…” A este procedimiento lo llamaron “Arqueología de la Rabia”.

Al centro de la exposición se mostraba un vídeo con la serie de frases abstraídas acompañado con un solo de trompeta siguiendo la línea vocal de las canciones de los niños muertos de Gustav Mahler.

Una obra adyacente pasó desapercibida porque era imposible darse cuenta. Todo el piso de la galería era un piso sobrepuesto, dando a entender que estábamos parados en un doble fondo. Nadie notó la metáfora porque ese era precisamente el punto. Esa pieza, dadas las dimensiones de la galería, es obviamente costosísima y aún más difícil de vender. ¿En qué estaba pensando la galería cuando accedieron a semejante intervención? Naturalmente, estaban pensando en que nadie más lo haría. Con este proyecto 3er 1/5 llega definitivamente a donde antes había apenas acercadose, es decir al campo de una problemática social, y también llega a un punto más crítico donde antes ya había sido poco menos que tímido en lo que a problemáticas del espacio dedicado a las artes se refiere.

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El tema del glamour y de los altos precios en el arte contemporáneo es uno que debe considerarse siempre, ¿de qué manera? Es difícil decirlo, pero es inevitable porque es más que visible, es casi un compás de comportamiento en cuanto a soluciones formales se refiere para los estudiantes de arte, y sobre todo es la cara a la que se dirigen las agresiones por parte de un discurso crítico conservador, discurso contra el cual el arte contemporáneo se defiende hasta ahora pobremente. El tema viene a colación porque durante el vernissage el contexto le daba claramente un aire frívolo al trabajo. ¿Es igual que, digamos, tratar de darse una idea de un libro por su presentación en público con el autor, con las preguntas y respuestas banales de siempre? Podría ser, si el proceso de escritura de un libro no estuviese tan disociado de su mercado, el caso es que para efectos de arte contemporáneo éste se piensa un montón a sí mismo, se problematiza el propio arte en cuanto a su propia historia y mercado, cosa que no sucede en ninguna de las otras artes, y en este juego peligroso el riesgo es siempre hacer una norma de la excepción, en donde cuando se tiene éxito se fracasa. En fin, el tema de los 43 y de tantos otros dolores en México pudo pasar por un momento como un tema entre otros, una excusa para que 3er 1/5 hiciera sus chiflazones, el problema de que se tratara de una estetización de un problema social para insertarlo en un inevitable glamour a cambio de un capital temático fuera de duda.

Una cosa es segura: la banalidad actual del mercado del arte actual no podría ser mayor a la del mercado que sostenía las artes cuando estaba en manos de la monarquía y la corte real que compraba los Caprichos y los Desastres de la guerra de Goya. Por esta sencilla razón y por la escasa explicitud del procedimiento de 3er 1/5 no los podemos señalar como inmorales hasta que el exceso de elegancia se tipifique como tal. Pero entonces ¿en calidad de qué se trata un tema social tan delicado en un contexto tan burdo? Como los integrantes del proyecto me son cercanos les he preguntado –descuidese el caro lector de mi posible parcialidad, me he tomado muy a pecho y no sin costos la máxima de Diderot cuando decía que a los amigos y a las obras de arte había que tomarles de la misma manera, es decir, como lo que son- y me han respondido que, como en tantas obras de arte desde que el objeto dejó de ser la finalidad del arte, es decir hace ya más de medio siglo, lo que vemos en la galería es un indicador, un signo de un procedimiento que intenta recoger la negociación entre el tema, lo sucedido en las calles, lo pertinente al INAH y lo posible en la galería. Esto no sucede, repito, con ninguna de las otras artes, es una estrategia, de la que resta subrayar su gramatización, porque lo que se puso en juego es un concepto de arqueología en un país donde la furia no es recogida por institución gubernamental alguna.

Erick Vázquez

Lala Land y el género de los musicales

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El género de los musicales es un género para iniciados. A muchos les choca que de repente alguien se suelte cantando así como así, les da pena ajena, es cursi, es aburrido, y tienen razón al así juzgar: el musical es un instrumento de dominación hollywoodense, pone emociones por delante que pueden ser destructivas y esclavizantes, a Hitler le encantaba, etcétera. Quienes así piensan tienen aún más razón de la que sospechan. Si el musical es abochornante es por la sencilla razón de que hace explícito lo que debería estar oculto en primer lugar. Es decir, es obsceno. Si alguna vez quien esto lee ha visto Singing in the rain para averiguar porqué tanto alboroto se habrá llevado el chasco de su vida, es una película sin mayor chiste, a excepción de la escena que le dio el título y cuya secuencia ejemplar resume el corazón de todo musical: al final de la cita con su crush el protagonista recibe un beso en el portal, y al quedarse solo bajo la lluvia Gene Kelly empieza a cantar y a bailar, brincando por los charcos, dando piruetas por los postes de luz en la calle vacía, hasta que llega el policía y con una mirada regresa todo al silencio. No se trata de que en realidad el hombre se haya soltado a cantar y a bailar con la gracia y desenvoltura de un profesional, la escena meramente está haciendo explícito lo que sucedía al interior del cuerpo de un enamorado que se vio repentinamente correspondido, el policía representa la realidad, donde nunca nadie canta ni baila por temor al ridículo. Otra escena reveladora de esta naturaleza groseramente invertida sucede en The Sound of Music: Fräulein María les ha enseñado a los hijos del capitán Von Trapp a cantar y a bailar por toda Viena, y resulta que estos niños reprimidos y huérfanos de amor y madre cantan desde la primera nota como los propios ángeles. Cuando el capitán vuelve a casa escucha a los niños desde lo lejos y escucha lo que en realidad debe haber sonado todo el tiempo sin la complicidad nuestra: un montón de niños gritoneando desentonados. El capitán no puede escuchar la melodía angelical que los niños y nosotros percibimos porque el militar hombrezote se encontraba silente en su renuncia a las emociones. Por eso el amor es el objeto natural de todo musical como en Lala Land, porque nada como el amor para violentar nuestras relaciones entre el yo y el exterior, nada como el amor para poner en crisis las fronteras entre fantasía y realidad. Por supuesto, la otra experiencia que pone a prueba estas fronteras es el dolor, como en Dancer in the dark que como es una tragedia en plena forma levantó menos cejas que una historia de amor, porque ésta última sí no debe mostrarse, porque a nadie le importa, porque es más fácil aceptar el sufrimiento en una bien poca cantarina soledad que aceptar la fragilidad de amar y ser amados. La lección de Lala Land hacia el final es la moraleja de quien ya no es joven, es decir, que el amor siempre llega a destiempo, que siempre aprendemos la lección hasta que ya es demasiado tarde para hacer nada al respecto, y que tal vez justamente por eso podemos volver intentarlo, una y otra vez, como una canción.

Erick Vázquez