El sueño de Dziga Vértov fue crear un lenguaje cinematográfico, cien por ciento cinematográfico, que no fuera un híbrido de la pintura, la literatura, el teatro, la fotografía, un lenguaje que se sostuviera en sí y por sí mismo en la calidad de una invención nueva, legítimo derecho que podía reclamar por la sencilla realidad de tratarse de una tecnología inédita, y sobre todo, porque los tiempos modernos reclamaban un lenguaje artístico adecuado para expresar la velocidad de la gran urbe, con todos sus matices. El sueño de Vértov duró lo que dura la película, en tanto industria con una potencia de distribución masiva, ningún poder en turno iba a permitir que un medio se regulara por sus propios recursos, inevitablemente políticos, y la industria del cine despertó a la dura realidad de responder a las necesidades de la propaganda.

“El hombre con la cámara” es una película muda que como cualquier otra de su tiempo solía proyectarse con música en vivo, y el viernes pasado en el Cine Club Ceiba la proyección fue acompañada por la banda de Torso Corso, con una improvisación de cerca de una hora. La película comienza con las secuencias de un teatro que se abre, la gente toma sus lugares, una orquesta se prepara para comenzar, y justo en la señal del director Torso Corso se arrancó a improvisar, y esa fue la única pauta visual estricta para ilustrar cazando la imagen visual con la imagen acústica, de ahí en delante todo fue un viaje. Las imágenes de “El hombre con la cámara” son un juego constante de edición, las vías del tranvía al amanecer, los brazos de la mujer que se estira al despertar, la mujer que se lava la cara, la gente en la calle lavando las banquetas, juegos de asociación libre en la vida de la intimidad y las calles que sugieren un inconsciente colectivo que aglutina el sentido de una gran ciudad, así como —según mi hipótesis— la escena de la improvisación libre encuentra la identidad de su forma en el contexto sonoro propio de la Ciudad de México. Y así como muchos de los artistas de la experimentación sonora en esta ciudad han hecho el trayecto de evidenciar la naturaleza de su instrumento con la finalidad de desnudar su sentido, Dziga Vértov comienza inmediatamente mostrando sus trucos, mostrando dentro de la propia película dónde ubicó la cámara, grabando con otra cámara cómo funciona el tripié y cómo se realizaron las tomas.

Un arte que quiera desarrollar su propio lenguaje, en base a sus propios medios, tiene que ser, en primer lugar, consciente de sí mismo, la pintura abstracta nace justamente el día que Kandinsky se dio cuenta que antes que representar nada estaba usando pigmentos y que todo su lenguaje tenía que desprenderse de esa materialidad simple y aparentemente ingenua. “El hombre con la cámara” finca su sintaxis sobre el recurso de mostrar la cámara de cine una y otra vez, de recordarle al público que está viendo una película producto de una ilusión que sólo es posible gracias al aparato cinematográfico: proyectar una cámara que está grabando, con los efectos evidentemente subversivos para la historia del arte que ha dependido durante siglos de su poder ilusorio para la representación de la realidad. Ahora bien, curiosamente, lo propio del cine es que imita los procesos neurológicos del sueño, una película que insiste en mostrarte que estás viendo una película es parecida a la experiencia de un sueño lúcido, si a eso le sumamos la indiscutible materialidad presente de una música improvisada, única e irrepetible, obtenemos la doble aventura de una extralucidez delirante, como si para darnos cuenta que estamos soñando debiéramos soñar más profundo.
La improvisación libre merece llamarse libre justamente porque es consciente de sí misma, de su lugar en la historia de la música, que más frecuente que común se siente como un no lugar. Torso Corso sabe perfectamente lo que está haciendo, musicalizar “El hombre con la cámara” fue por parte de la banda un ejercicio de reflejos circulares al infinito, un lenguaje que está buscando su propia existencia a partir de la mera consciencia de sí, circunflejo y convexo, difractario y refractario; la improvisación libre no representa más que el sonido en el instante, y esos son los límites de su significado formal, los límites de sus consecuencias políticas consabidamente volátiles en la medida en que la institución todavía no sabe exactamente qué hacer con ellos, porque a diferencia de, digamos el arte conceptual para nombrar mi punching bag favorito, la improvisación libre no le sirve al poder. Chulo se vería un dictador acompañando su desfile militar con una banda de improvisación sin que se le caiga el teatrito, fantasía que me permito de vez en cuando, cuando estoy de mal humor.

Cuando el film terminó y se hizo la obscuridad la banda aún no alcanzaba la curva de su propio silencio, se encendieron las luces y se reveló la banda en el frenesí de su propia felicidad, ya sin imagen, ya sin otra compañía que la de sus propios sonidos compartidos y el foco de las escuchas. La película terminó, la banda guardó silencio, pero los presentes permanecimos en la continuidad de la experiencia. El sueño no termina nunca, tal vez el único sueño al que vale la pena aferrarse, el sueño del despertar.
Erick Vázquez
