La cuerda y el grito

La pica del violonchelo es una parte de su anatomía que amenaza con rayar la duela, craquelar el azulejo, irse como hilo de media fuera de su lugar. La historia de la pica como ancla del cello nació con la necesidad de sostener el cuerpo agrandado respecto al de su madre, la viola da gamba, que se sostenía entre las rodillas. Para una intérprete de repertorio, esta agudeza es la estabilidad indispensable, la punta del trompo sin la cual no hay gracia elíptica posible ni posibilidad de juego; para Sofía, la aguja de su cello a veces la ha llegado a sentir como el caro precio de amar los instrumentos grandes y las sonoridades extensas, durante un solo en la Tehuanita, Sofía lo arrastró al cello dibujando con la pica por el piso, aprovechando la falta de fricción para dibujar una línea sibilante con trastoques sincopados por los intersticios entre los azulejos, y ese gesto nos hablaba desde entonces de una relación con su instrumento. La relación de Sofía con el chelo es la de toda relación amorosa, le exige lo que no le puede dar, recibe siempre más y a veces menos de lo que pidió, y esa relación también nos habla de una especie de artista que siempre está buscando sus límites, exactamente la clase de artista que Yuko necesita para trabajar sus propias fronteras.

Lo que hoy entendemos por canto es una idea que sólo se sostiene si seguimos distinguiendo límpida, nítida y antisépticamente entre arte y vida, como si arte y vida no se imitaran entre sí. Pocas cosas se me ocurren definitivamente punks en nuestro tiempo como rehúsarse a separar política de estética, y Yuko no distingue el canto del gruñido, no separa la extensión de su brazo de la descendencia de la laringe, y en momentos de mucha felicidad tampoco distingue forma de contenido. Lo curioso de la voz humana es que no nos pertenece del todo, tenemos un cierto control motriz del aparato fonador, sí, pero más allá de eso nos limitamos a abrirle la puerta como al perro al que se le deja salir sin la certeza de que volverá. Yuko en esta fuga se descubre y redescubre, como los niños que aprenden a hablar.

Foto: Rafael Arriaga

Para conectar sus mutuas búsquedas utilizan una tela: anclada de un lado por la pica del cello, y en el lado opuesto la propia Yuko envuelta. Sofía aferrando un punto fijo de un lado, y móvil despegándose la otra, la tela es la expresión material de la relación entre dos cuerpos, es decir, entre dos voluntades, para sostenerse, revivirse, orientarse, jalonearse, todo en el sonido, en la relación siempre natural e inverosímil entre las cuerdas del cello y las cuerdas de la voz humana.

Erick Vázquez

 

 

 

María Goded y Ernesto del Puerto a dueto en el Jazzorca

 

Ernesto tiene una especie de secreto, un secreto a voces, que son los mejor guardados. No es el secreto de su infancia —verosímilmente la formación del oído interno— abundante en mujidos de vaca y ladridos de perro, sacudidas de belfos equinos en el rancho de su abuelo; tampoco es su pasión por el noise de Japón, país al que fue a adquirir su saxofón tenor, grabado de flores, es la vida de su escucha: Ernesto se educó como músico en la Ciudad de México, en donde la escena de la improvisación libre está fundada en una cultura de la escucha profunda, de una atención concentrada como punto de partida y de llegada en los artistas que comparten el escenario. A veces no podría encontrar el aliento sin la atención a lo que le sugieren los demás durante una improvisación, pero a veces toca sin atender en demasía lo que está sucediendo a su alrededor. La escucha de Ernesto es una especie de elipsis entre la negligencia que exije concentrarse en lo que quiere decir y la atención más fiel: sin un foco preciso, sin una fuente ubicada. Ernesto entiende el sonido como una entidad, una entidad ubicua. Yo también creo eso: la música no empieza a existir en virtud de que un instrumento empiece a sonar y no cesa cuando el concierto llega al silencio; no deja de ser curioso que la música deje margen para las creencias, en particular la música contemporánea y en específico la improvisación libre, a estas alturas, después de tantos siglos de la muerte de los dioses.

María y Ernesto han compartido el escenario muchas veces, forman parte de la banda Torso Corso (con dos discos grabados) y se conocen desde que eran estudiantes, pero el pasado 20 de junio tocaron por primera vez a dueto en el Jazzorca. María es una de esas raras artístas perfectamente discretas con su intimidad, y reserva toda la dimensión de su vida interior para liberarla al momento en que toca su instrumento, que la primera vez que la escuché era el saxofón alto. La elección de un instrumento, para un artista, es parecida a la elección de un perro: desde el primer instante o eventualmente pero inexorable la representación externa y material del alma, una identificación perfecta.

María me contó que durante la pandemia, el aislamiento y el asma, necesitó una prueba que diera testimonio de su propia respiración. Escucharse respirar a través del sax le daba un sentido exterior a una intimidad intensa. El sax alto, me dijo, es exactamente el registro de su voz humana, y todo me hizo sentido, pero luego me contó que realmente su formación inicial es de pianista, y recientemente la veo con un sax tenor. ¿Qué clase de artista es esa cuya alma cambia sus formas pero no su esencia? ¿Qué especie de música cambia de instrumento sin perturbar la identidad de su canto?


A dueto con María, Ernesto decidió ser todo atención, y ese soporte le permitió a ambos evitar correr para alcanzarse, contenerse para no ofuscar al otro. Así fue que entre dos saxofones con el mismo registro nunca hubo confusión, ni aún en la grabación que suelo visitar como referente de la experiencia del concierto. Pareciera que al escucharse atentamente construyeran con una facilidad, que solamente le otorgamos a la naturaleza y al arte, un centro gravitacional para organizar sus mutuas traslaciones melódicas, más bien tímbricas: los dos sax tenores se encontraban a medios tonos o incluso a distancias microtonales entre, alejándose con ideas breves que no exigian demasiado desarrollo, como los poetas orientales que con la pura alusión a una breve imagen, un pájaro que se posa en la rama más delgada del liquidambar o el avión que cruza cercano al mediodía, contienen una realidad entera.

Hay una especie de formato acordado en la improvisación libre que dicta que un set debe contar alrededor de los veinte minutos, regla no escrita que obedece más a cuestiones de tiempo en el escenario, regla que María y Ernesto no obsevaron porque su absoluta dedicación los llevó a la exquisita gracia de la miniatura. Sets de cinco, dos minutos, que son mi alegría personal desde que mi placer por la improvisación es ambigüo, me estresa cuando no es perfecta con la misma euforia con la que celebro sus accidentes.

Erick Vázquez

Corrección de estilo por Aleja de Santiago

Cartografías pendulares

Un aspecto amable propio a la escena de la improvisación libre en la Ciudad de México es que no se presentan los currículums, las trayectorias y logros individuales no predicen la escucha, e incluso en ocasiones institucionales se pasa directo a la música y a la música se le otorga toda la palabra. En la presentación del álbum Cartografías pendulares en el Centro Nacional de las Artes, el pasado 21 de agosto, sí hubo una plática introductoria, se hizo una excepción al protocolo de la sensatez y por una razón importante: aprovechar la ocasión particular de hablar de afinidades culturales entre dos países que se encuentran en hemisferios opuestos del planeta. El álbum se grabó en Japón, en una colaboración entre Ernesto del Puerto (un saxofón mexicano), Mitsuhisa Sakaguchi (un sinte japonés); Cal Lyall, que es una guitarra eléctrica canadiense pero tiene décadas viviendo en Japón, y finalmente, el rehilete de orígenes que convergen en la voz de Yuko Cornale. El proyecto de Cartografías pendulares (Venas Rotas Discos y Subvalent records, 2025), es explícito en su título, la música improvisada va y viene de diferentes puntos de la Tierra armando un especie de mapa que puede orientarnos sobre experiencias propias de nuestro tiempo.

La primera vez que escuché la grabación me puse los audífonos, le di play y salí de mi casa rumbo a Azcapotzalco, tomando la línea 3 del metro en dirección a Indios verdes. Eran las siete de la noche en un viernes y resta decir que aquello brincaba entre proezas que iban del futbol americano al pole dancing, se subió una pareja con un niño que apenas caminaba y el vagón entero reaccionó reorganizándose para no aplastar la esperanza. El vagón “bombardier” de tren del metro en que viajaba fue construido a principios de los 80, el mismo tipo de vagón que se usa en el metro Chabacano y que recién estrenados debieron transmitir un mensaje de progreso y vanguardia, la estética que le hizo pensar a Paul Verhoeven que ese era el set adecuado para adaptar el Vengador del Futuro de Philip K Dick, la historia de un futuro distópico en donde el destino ya nos había alcanzado. Ahora, con el desgaste de las décadas y la multitud atravesando la supervivencia, los vagones bombardier y la arquitectura de las estaciones ha madurado acordemente, y me encontré, como el resto del mundo, agarrándome del tubo pegajoso contemplando el futuro incierto de la especie sobre un vagón cuya ingeniería nunca sospechó ese destino traqueteado, una imagen donde con una confusa narrativa del porvenir atravesando la ciudad bajo tierra, como tantos otros, escuchando en mis audifonos.

El uso de los audífonos en el metro y sobre todo a esa hora, es de gente cansada del día que va a su casa y lidia con el estrés de la espera ante la angustia de un vagón cada vez más saturado escuchando música que le hace el transcurso llevadero, escuchando música que permite un cierto nivel de fuga, un cierto nivel de ausencia y distancia de los empujones, pero la música de Cartografías pendulares que yo iba escuchando no me fugaba de lo que me circundaba, al contrario, era un soundtrack adecuado, música que me permitía interpretar mi realidad inmediata. Cartografías pendulares no es música escapista, acompaña a la realidad compleja de una ciudad cuya narrativa haría sudar a James Joyce. La pregunta obvia es ¿cómo una música grabada en Japón sirve para viajar en el metro mexicano en hora pico?

Cuando hice el transbordo a la línea roja, con dirección al Rosario, de pronto en un parpadeo ya había pasado una parte del trayecto sin darme cuenta. Declaro que no soy una persona que acostumbre soñar despierta, soy como un perro que nunca se cansa del presente para descansar en la abstracción de la pensada privativa, y sin embargo una parte del traslado se me extravió. Luego me contaron, como si tal cosa, que justamente cerca de la dirección hacia El Rosario, la gente cuenta vivir desfases en el tiempo y el espacio, es un asunto cotidiano para los usuarios de la línea roja experimentar un glitch. ¿Qué es un glitch? Un glitch es lo contrario del dejá vu, es una memoria dislocada. Cartografías pendulares es música que pertenece a mi tiempo y mi espacio porque puede comprenderse dentro de la narrativa de la ciencia ficción, y la de la ciencia ficción es una de las pocas narrativas que no han perdido su vigencia en un mundo que cambiado tanto y tan rápido; la de la ciencia ficción es una de las pocas narrativas que se sostienen para dar cuentas de nuestro presente, a nivel mundial probablemente, y sin duda en México y en Japón, que ambos nos encontramos entre un pasado profundo, una cultura ancestral trastornada por la velocidad inalcanzable de los cambios políticos y sociales. En Cartografías pendulares, cada uno de los tracks lleva el título de escenas tomadas de The Thing de Carpenter, la alegoría de una crisis existencial al borde del mundo conocido.

Sakaguchi trata sus sintetizadores como trata al piano y viceversa, dentro de la cultura underground japonesa el noise reclamó su carta de naturalización durante la posguerra y para su contexto un sintetizador tiene el mismo rango existencial que cualquier instrumento orquestal en occidente. A diferencia con México, la improvisación libre en Japón, tal vez, se encuentre en una relación más estrecha con el noise que con el jazz, el free jazz o el folk, y tal vez eso hable del grado de concentración que este álbum en su escucha exige, y que conduce a una especie de trance: la voz de Yuko gravitando entre lo humano y lo cibernético con el vaivén del aliento del saxofón de Ernesto y el puntillismo de campanitas en la guitarra eléctrica de Cal. Cartografías pendulares es un proyecto muy rico en colores, timbres, matices, intenciones que van de la contemplación profunda al ritmo desacompasado de una imagen que no se puede estar quieta, pero siempre es congruente, virtud que necesariamente radica en el proyecto de la grabación, del que es necesario decir algo  porque las grabaciones de improvisación libre son escasas.

La naturaleza de un concierto de improvisación libre es la del azar, los errores no son errores, sino posibilidades de reencuentro y cambios de dirección, y en virtud de su condición específica e irrepetible el sentido de su memoria no es suceptible de escritura. Literalmente, la escritura de la improvisación libre se traza al interior de los cuerpos de los participantes, artistas y audiencia por igual, sentido que no se transmite a una grabación, sentido que no escucharía alguien que no estuvo ahí, y sin embargo, la grabación de Cartografías pendulares funciona perfectamente, como imitando la naturaleza de la memoria, e imitar la naturaleza de la memoria para replicar una experiencia es lo que hizo Yuko Cornale, encargada de la mezcla. Para la grabación, nos explicó Yuko durante la charla previa al concierto, la improvisación no se detiene. Sencillamente empiezan a tocar, se graba todo lo sucedido, y después viene el largo procedimiento de escucha, en ese largo proceso de escuchar y volver a escuchar nace un criterio, con el cual se puede discriminar entre qué conservar y descartar. El casette de Cartografías pendulares, con una duración de casi una hora, es una curaduría de una memoria extraída de tres horas de grabación. No es tan distinto de cómo funciona la poesía, la literatura en general o un documental, para que la memoria de una experiencia sea transmisible, necesariamente debe adoptar una estructura de ficción, y por eso la realidad siempre será más extraña, como lo fue el concierto en vivo con el que presentaron la grabación, sorprendente, ya invasivo, ya invitante, mientras allá afuera la ciudad nos esperaba con sus lluvias y traslados, de regreso a una realidad ya más fácil de entender, gozar e interrogar.

Erick Vázquez

Cartografías pendulares, improvisación libre entre Mitsuhisa Sakaguchi (sintetizador y piano intervenido ), Cal Lyell (guitarra eléctrica), Ernesto del Puerto (saxofón) y Yuko Cornale (voz), fue grabada en Japón en el 2025 por Nobuki Nishiyama, mezclada por Yuko Cornale y masterizada por Diego “Ninja” Juárez. Art cover por Gustavo Abascal and diseño del álbum por Sara Norman y Cal Lyall, bajo los sellos de Venas Rotas Discos and Subvalent records.

Lejos del centro

No nada más son mis ganas de sentirlo todo de todas las maneras, es también un ajuste a mi vanidad herida, porque yo creía que podía escribir sobre improvisación libre y crítica, es decir, dar cuenta de qué es, qué podría ser y no, alimentando una conversación que me excediera, y excedido me veo ahora pero no de la manera que me hubiera gustado.

Quiero excusar mi reciente escasa actividad en la escena de la improvisación libre en la Ciudad de México, he publicado muy poco o nada en meses, cosa que prometí vine a hacer. Quiero explicar que me he tomado un tiempo para tratar de pensar cómo es que, después de tres años, no he logrado escribir sobre conciertos y artistas como yo hubiese querido, como sí lo he otrora hecho sobre arte contemporáneo, moderno o sobre literatura, reflejando en un texto la experiencia estética de un objeto que también da cuentas acerca de una estructura artística dentro de un fenómeno social. Me he tomado un tiempo para reagrupar mis recursos, repensar mis estrategias, y quiero contar que no he estado del todo ocioso, nada más decayendo hacia las tardes con el sol sobre la reflexión acerca de lo que he fracasado en transmitir textualmente: he estado tomando clases de música, hasta ahora con algunos artistas de los que es mi deseo hablar, y planeo seguirlo haciendo con cuantos me sea posible, guiado por la intuición de que cuando alguien te enseña a comprender cualquier cosa lo que realmente te muestra es su manera de comprender. Aprender a tocar un instrumento con los artistas de una comunidad, me dijo Philipp Schmickl, es un método propio de la etnomusicología, y tal vez esa podría ser una pista, atender el sonido y al cómo a las personas que lo producen experimentan el contexto social, histórico y político que les circunda, aunque no sean necesariamente un reflejo una cosa de la otra. “Sé indirecto”, me aconsejó Philipp, aludiendo a la virtud de la paciencia, que no me caracteriza.

Al principio, pensaba que se trataba de un problema de lenguaje, que por más que la improvisación libre no se sujete a reglas de un idioma específico, si los artistas improvisando se dan a entender entre sí, no obstante su diversidad individual, debía ser gracias a la existencia de un sustrato, y pensé, y sigo pensando, que ese sustrato es la identidad acústica de la Ciudad de México, la famosa incesante y compleja barahúnda de esta incontable mancha urbana, el pasar cercano de los aviones que se acompasa a la turbulencia del mofle de las motos, la intermitente precipitación de los claxons y la admirable vociferación de la venta ambulante que logra curvarse por encima de la masa como un solo sobre un coro, todo un campo acústico referencial que regala un grado de sentido. Como un huevo anidado en su oído interno sigo escuchando, en cada artista de la improvisación libre, el sonido de la Ciudad de México listo para abrirse y para volar en el sonido con la misma función que los semiólogos llaman “el referente”; pero un referente, la situación real a la que alude un signo, para ubicarlo en su función, debe estar plenamente identificado, y a la dificultad de identificar narrativamente los sonidos de una masa como la de esta ciudad se le suma la dificultad de escribir sobre una música nueva, es decir, ya con medio siglo desde su aparición, pero que conserva su frescura neonata en la medida en la que se ha resistido, hasta ahora, según Evan Parker en una entrevista para The Guardian en el 2017, a la conceptualización y a la institucionalización.

¿Se puede hacer crítica de un movimiento artístico recién nacido, una forma de arte que aún está aprendiendo a hablar? ¿Se puede discurrir apropiadamente y hacer juicios sobre un lenguaje en ciernes? La respuesta rápida es sí, ya lo hizo Herwarth Walden en Berlín, en su revista Der Sturm, del 1910 al 1930, acerca de la pintura abstracta que acababa de dar a la luz, y la manera en que Walden lo hizo fue estando muy de cerca con Kandinsky, Franz Marc, Klee, conviviendo con los artistas de los que estaba hablando, completamente inmerso y sin ninguna ilusión de objetividad; Clement Greenberg y Harold Rosenberg también lo hicieron con el expresionismo abstracto, que apenas apareció ya Greenberg era amigo cercano de Pollock. El problema con esta comparación es que la música no comparte con la pintura nada más que el vocabulario —color, textura, línea, etcétera—de manera más bien alegórica, y de hecho el problema con cualquier comparación con otras disciplinas es que la música, a diferencia del resto de las artes, parece ser la única perfectamente impermeable al símbolo. La música, para la crítica, es el eterno problema de su materialidad insignificante, de ser un objeto que no es un objeto, y para el caso, habría que agregar que la improvisación libre no es susceptible de registro, no hay cinta magnética ni tascam que la recojan fielmente porque su memoria, el objeto producido, es lo que residual de la experiencia de un concierto permanece entre las personas que estuvieron presentes.

Platicando sobre estas dificultades con Willy Terrazas me citó una frase: “Escribir sobre música es como danzar sobre arquitectura”. La frase, atribuida a veces a Frank Zappa, a veces a Elvis Costello, sugiere que si vemos la pura coreografía de un grupo de bailarines, repartiéndose en un espacio, apoyándose aquí para brincar y aprovechando allá para girar sobre el suelo, podríamos imaginar el espacio, las columnas, las alturas y desniveles, la naturaleza de los materiales de construcción; la frase tiene una variación, “escribir sobre música es como hacer una canción de Das Kapital”, variación que el propio Costello acredita al músico y comediante Martin Mull. La famosa frase en realidad es anónima, se la puede encontrar citada en publicaciones ya desde principios del siglo XX, pero Costello no estaba tan perdido en atribuírsela a un comediante, a mí me suena a algo que pudo haber escrito Bernard Shaw. Ahora bien, el chiste, aunque bueno, no es perfecto, se puede, y con éxito, escribir sobre música, siempre y cuando ésta ya esté establecida, se ha escrito y mucho sobre Wagner con un agradable grado de exactitud, describiendo la emoción y las ideas alrededor de la técnica y lenguaje de la suspensión de la resolución del acorde, de la repetición del leitmotiv. Este grado de exactitud para hablar acerca de Das Rheingold es posible desde que el lenguaje de Wagner ya está absorbido y naturalizado en la cultura, ya es un recurso identificable en bandas sonoras de cine acompañando estrategias narrativas.

El ejemplo de Wagner es mañoso, porque se trata de ópera, tiene una estructura narrativa, personajes con una psicología desarrollada que corresponde a un registro, un timbre y a una instrumentación. Si se tratara de música “pura”, como la de Xenakis o Penderecki, la escritura ya no tendría la misma posibilidad de éxito, pero incluso si la música de estos dos compositores representa la reinvención del lenguaje musical y la aventura de repensar las relaciones tímbricas, aún así sus obras emblemáticas cuentan con un sentido inequívoco dentro de la historia en la medida en que se encuentran asociadas a la Segunda Guerra Mundial, el evento histórico definitvo del siglo XX, al grado que tales obras han tenido un uso conmemorativo de la experiencia traumática de la destrucción masiva. Escribir sobre música ya establecida y absorbida por la cultura es viable cuando ya las consecuencias de su andamiaje se pueden encontrar por fuera de la música, es decir, con recursos que pertenecen ya a la historia, gracias a que los efectos de ciertas estructuras melódicas o armónicas se han asociado a movimientos sociales y culturales, inevitablemente ideológicos, perfectamente articulables. Para la frustración de musicólogos y para la ambigüa felicidad nuestra, tal no es el caso de la improvisación libre, la reinvención del lenguaje musical que representa no se ha asociado icónicamente a ningún gesto político específico, nunca ha acompañado la genésis de una revuelta histórica, en suma, nunca ha sido adoptada de ninguna manera por el poder, y esta orfandad simbólica que es sin duda parte de su inextinguible encanto la ubica como una música que se define a sí misma en cada concierto, en cada comunidad, y entonces, y una vez más: ¿cómo escribir sobre un sentido que se produce espontáneo y fugitivo permanece?

Propiamente hablando, no se puede escribir sobre música en su sentido más puro, no se puede escribir de música sujetándose estrictamente a su forma sonora y a su organización interna, reprimiendo el impulso de hablar de su contexto, de las biografías y otros factores extramusicales, y no se puede por una condición ineludible e irreductible: la fenomenología del evento acústico no corresponde a la lógica binaria del lenguaje que articula una serie significante con una serie de significados. Fisiológicamente, la transducción neurológica, la neuroanatomía implicada en el fenómeno de la escucha y la serie de patrones neurológicos propios del habla sencillamente no se cruzan con la experiencia musical, así como no se cruza tampoco el juicio de la razón con la transducción del olfato y las papilas gustativas más que de manera estocástica, circunstancial y epigenética al nivel del individuo y el azar. Algún sabor nos gusta y no podemos dar razones del porqué. Como la del gusto, la experiencia de la música no pasa al lenguaje articulado más que a condición de perder la naturaleza del estímulo corporal, es decir, la experiencia de la música sólo puede pasar al habla o a la escritura a condición de perder su carga de real, que es lo que nos hace considerarla importante en primer lugar. Y sí, efectivamente, hay una manera de escribir, de hablar sobre música, trucando la lógica del signo, imitando el mismo comportamiento de la música, que obvia la importancia del símbolo, y este trucar la lógica del signo consiste en escribir poniéndole trampas a los significados, pasando del significante directamente al sentido, pero esa es una operación que no tiene nada que ver con la naturaleza del argumento, de la crítica, que requiere de significados compartidos para articular sus razones. A veces, en los conciertos, me he sentido como Jodie Foster en la película Contacto, cuando la envían a hablar con una especie extraterreste en una galaxia lejanísima, a través de un viaje agujerando curvaturas del tiempo y el espacio, y ante el espectáculo de vivir el tiempo como una dimensión física y el espacio como una elasticidad, con su lógica excedida, el personaje se lamenta y maravillada reconoce que no debieron haber mandado a un científico, debieron haber enviado a un poeta.

No todo está perdido. Tengo algunas sospechas, algunas instancias teóricas: el concepto de memoria, que correspondería a una música como la de la improvisación libre, sería la memoria entendida como la suma de experiencias corporales de una audiencia, en un lugar con un día, con una arquitectura y una geometría específicas, noción que tomé de las tesis de Cinthya García Leyva; también, con las consideraciones sobre el silencio de Ilazki de Portuondo, he llegado a la conclusión de que la relación entre el sonido y el silencio no es una relación de presencia y ausencia, es decir que no es, como puede sugerirnos el sentido común, una relación analógica a la que tienen el blanco y el negro, la luz y la obscuridad, porque el silencio no es simplemente la ausencia del sonido, es una dimensión con una identidad propia. La relación entre el sonido y el silencio es más bien parecida a la relación que guardan entre sí el tiempo y el espacio, con lo cual quiero decir que legítimamente, bajo ciertas condiciones, son equiparables, se comportan bajo reglas compartidas, que en determinados momentos arman un eje cardinal pero que también, en circunstancias especiales, son indistinguibles. La relación entre silencio y sonido está más regulada por la relatividad general que por las condiciones de la diferencia y el contraste, de la presencia y de la ausencia. La consecuencia implicada es que, si por un lado, la música de repertorio, incluida la música tradicional, el pop, el rock y el punk, ligan el presente al pasado, actualizando el pasado en un tiempo en el que podemos reinventar el tesoro de una herencia en provecho de los avatares de un presente problemático, por su lado, la improvisación libre reclama su libertad sobre todo en sus ataduras con la historia de la música, estableciendo una relación entre un presente casi absoluto y un futuro casi cierto, porque el sentido de la improvisación libre se encuentra en la posibilidad de sus consecuencias, se desarrolla en el presente del instante y se liga al futuro en la misma medida que lo hace la tradición oral de los mitos, que no dependen de ninguna historicidad, y ahora me parece que lo más importante no es explicar la estructura de un sonido, ni contar una historia, sino la diversidad de las historias que hacen de la improvisación libre una realidad concreta.

En la presentación editorial de un volumen sobre el rock y el punk en Oaxaca,[1] el Gamma, que rara vez interrumpe —y observarlo en su concentrada manera de escuchar a los demás fue para mi una cátedra sobre el oficio de la memoria—, tomó el micrófono para decir que él tenía que declarar algo que el Nikki no iba a reconocer: “el Nikki es el primer punk de Oaxaca”, dicho lo cual le pasó el micrófono. El Nikki debe ser alguien de mi edad, todavía rapado de los lados y todavía con los pelos de arriba parados y la playera con alguna iconografía correspondiente. Nos saludó en zapoteco, luego nos tradujo su saludo, nos explicó, él nació en una población entre las montañas, y por las condiciones cada vez más adversas, como tantos otros, su papá se los llevó a él y al resto de su familia a buscar la vida en la ciudad capital de Oaxaca, y llegaron a vivir, como tantos otros en sus mismas circunstancias, al norte de la ciudad, lejos del centro, las calles sin empedrar ni pavimentar en donde las lluvias convierten el tránsito en una espesa avenida de lodo de varias pulgadas de profundidad. El Nikki, como los otros niños de su barrio, para ir a la escuela se llevaba dos bolsas de plástico para proteger sus pantalones y sus zapatitos. Era todo un ritual, nos contó, durante el camino por la colonia los niños se iban sumando al grupo para llegar a la escuela en donde procedían a quitarse las bolsas, lavarlas, acomodarse para recibir la clase. Una hermandad espontánea como la que produce naturalmente todo ritual, el sentido de clan que nace de compartir la circunstancia. Un día la maestra les dijo que iban a ver el tema de las clases sociales.  Sacó los rotafolios impresos y les mostró imágenes. Comenzaron viendo cómo vivían las clases altas. El Nikki cuenta cómo entre todos se maravillaron de que hubiera familias que tenían su propio baño, cada uno, en sus propias espaciosas habitaciones, con más de un coche por familia. La maestra pasó a mostrarles la clase media, y los niños compartieron el asombro de ver barrios enteros en donde las calles estaban bien iluminadas y las calles con un drenaje funcional. Al llegar el turno de ver las ilustraciones de la clase baja sonó el timbre de la salida y todos protestaron, le pidieron a la maestra quedarse unos minutos más para ver el final de la historia. La maestra les respondió entre risas lacustres, como obviando la respuesta, “somos nosotros”. Se hizo un silencio en el salón. Salieron a ponerse las bolsas de plástico para el cuidado de sus zapatos y sus ropas y comenzaron regreso a sus casas en una procesión de que el Nikki recuerda como funeraria. Esa fue la primera vez que caminaron con sus pensamientos reservados, hasta que llegaron a la casa del primer niño que antes de entrar se volteó para despedirse y les dijo: “adiós, miserables”.

Cuando entraron a la escuela secundaria llegaron también las fiestas de la adolescencia. En una de esas fiestas alguien llegó con unos casettes de Poison, Skid Row, Mötley Crüe, y el Nikki y sus amigos vieron las fotos de las estrellas de rock, con sus pantalones de mezclilla rotos, sus chaquetas con las mangas arrancadas, sus playeras rayadas, tatuajes, greñas despeinadas, comprendieron, con toda la fuerza y la instantaneidad de una impronta, que había en la cultura una opción legítima para expresar su identidad y sus placeres e insatisfacciones. Se armaron bandas, se empezaron a juntar para ensayar, dibujándole a las escobas los trastes de las guitarras y con latas y botes de pintura vacíos para la batería. Algunos pudieron tener acceso a instrumentos, uno con una guitarra por aquí, otro con una batería por allá, instrumentos que en las tocadas se prestaban entre todos y la escena del rock y el punk nació entre aquellas fiestas junto con la policía ya esperándolos los fines de semana para perseguirlos, humillarlos, golpearlos. El Nikki nos dice que entre ellos hablaban con los policías y les exigían, respétame, respeta mi ropa como yo respeto la tuya, respeta mi peinado como yo respeto el tuyo. Se organizaron entre todos, bandas amigas y rivales por igual, si se llevaban a uno se presentaban todos. En ese punto del relato del Nikki caí en cuenta que no se había hablado ni una sola frase acerca de cómo sonaba su música, y sin embargo yo, y estoy seguro que todos los presentes, teníamos ya una idea muy clara de cómo se escuchaban aquellas bandas, el sentido acústico de su comunidad y los decíbeles de su movimiento. Comprendí que, si bien es imposible escribir sobre música, lo que sí es posible e incluso necesario es escribir sobre la comunidad y las personas y su manera de entender el mundo, su circunstancia histórica y política, el contexto sonoro de la ciudad, y escribiendo así, tal vez, la música aparezca invocada, adivinable, como el negativo de una fotografía, como imperfectamente puede deducirse la forma de una escultura a partir de los fragmentos descartados.

Aprender a escribir sobre improvisación libre ha significado para mí liberarme de todas las herramientas que ya había construido para la crítica de arte, no para abandonarlas, sino para usarlas a discreción, según me sirvan o me estorben; de la teoría musical y su historia conservo muy poco, el arsenal de adjetivos que le es propio ya me da incluso algo de pudor, aún no decido si la elipsis o la descripción son más inútiles que obligatorias, pero sigo pensando que se trata de un lenguaje nacido en el seno acústico de esta ciudad que me niego a llamar ruido, y sigo pensando que la improvisación libre es un lenguaje, siempre y cuando en esta definición de lenguaje sea aceptable su reinvención a un ritmo vertiginoso que ninguna lengua hablada soportaría sin reventar sus ejes, y también, siempre y cuando en esta definición de lenguaje se incluya a los animales no humanos, porque lo que sí me parece una constante, tanto en artistas que han hecho la larga travesía del conservatorio hacía su deconstrucción, como en artistas que de plano llegaron de campos completamente ajenos a la formación institucional, es que la improvisación libre, en la medida que se aleja de la idiomática, se ha acercado a la naturaleza de la pura presencia, que es la lingua franca del reino animal.

Tengo ya algunos años estudiando el lenguaje canino, observando de cerca el comportamiento de los perros y recientemente también de los lobos mexicanos, y he aprendido lo suficiente para afirmar, inequívocamente, que los lobos, como los perros y como los humanos, tienen una voz, una expresión sonora individual, que corresponde a su cuerpo y a su historia y a su lugar específico en el mundo, su lugar específico en la historia natural, y por lo tanto para mí, escuchar y conocer a Fernando Vigueras, a la Shaostring o a María Goded, por mencionar sólo algunos ejemplos, es estrictamente lo mismo que observar a un lobo y tratar de comprenderlo, porque su necesidad de sonar como individuos de una especie responde a razones que no discriminan la supervivencia del goce, y esa realidad simbólica y orgánica, química y existencial por partes iguales, es el corazón batiente del lenguaje y de la música. Germán Bringas, cuando por oficio lo provoqué diciéndole que los lobos aullando en grupo desafinaban, me respondió que música es precisamente lo que los lobos y las ballenas hacen, y que lo que la musicología y los conservatorios han convenido en llamar “música” no es más que el esfuerzo de sistematizar esa necesidad expresiva de sonar con y para los demás, y por eso cuando era un muchacho adolescente Germán se lanzó a las montañas de Chihuahua para buscar a los lobos, y por eso viajó a la California para presenciar a las ballenas, pero esa es otra historia, que deberé contar en otra ocasión.

 Erick Vázquez


[1] Radiografía del rock en Oaxaca, tercera parte: los 80. Una investigación del Gamma Robles, presentada por Olivia Dominguez Prieto, Reynaldo “Nikki” Villafañe, y last not least, Gamaliel Robles, en el Museo Casa de Carranza. El jueves 21 de mayo, 2026.

Voraz

 

La guitarra barítono, el sax, la voz humana, comparten un cierto rango armónico, incluso en la distorsión de los pedales, esta revelación expresada contundente al oído es posible gracias a que Voraz es un estado de ánimo complejo e inmediato. Lo que tienen en común las agrupaciones de artistas en la improvisación libre es que, espontáneas o planeadas, y en contraste con una banda de lenguaje musical establecido, no hay jerarquía instrumental, y la música posible es la de las relaciones entre los estilos, las preferencias, las maneras de escucharse y las neurosis y generosidades, para el caso Voraz es una de las bandas que más me desconciertan, que menos comprendo —si la comprensión es la capacidad de poner en palabras lo escuchado— y que me interesan justamente por lo mismo, porque lo que están haciendo muy probablemente no se encuentra descrito en ningún diccionario musical. Es decir: está un poco del lado del rock, del ambient, a ratos del grindcore, y todo eso puede resultar viable en un viaje que permita ciertos brincos modulados por estos lenguajes, lo particular de Voraz es que circulan por todas estas identidades con la improvisación libre como vehículo todo terreno, y en esa nave van, vertiginosas, a horizontes familiares y desconocidos.

A veces, las más de las veces, artistas de la improvisación se encuentran buscando un sonido, adaptándose a las diferencias del accidente y el día que llovío y alguien llegó tarde, igualando la textura o el timbre o generando alguna analogía de ritmo, una paráfrasis, conociéndose con la amabilidad de la escucha primera, o bien, conociéndose de nuevo a pesar de la costumbre de este recurso o aquél, como los viejos amigos lo hacen, redescubriéndose en lo mismo. Cuando así sucede la individualidad de la artista es una negociación entre lo que quiere decir y lo que está sucediendo en términos acústicos, vibratorios, la sonoridad es el lugar donde el encuentro sucede y la forma del presente lo más importante. Con Voraz no es del todo así, en la imagen acústica que proyectan efectivamente no hay jerarquía, ningún protagonismo —que vaya que es posible cuando hay un sax, una guitarra eléctrica y una voz con una percusión—, pero tampoco hay ninguna modulación de los estilos, ninguna regulación de los instintos: la voz de Yuko, en su identidad, me parece escucharla más claramente que cuando la he escuchado en proyectos individuales, la intención tímbrica, melódica de María Goded, no la reconozco cuando toca en el ensamble. Parece que las integrantes de Voraz llegan a su sonido acentúando sus caminos personales, se escuchan entre sí con más facilidad cuando se encuentran, cuando están juntas son más ellas mismas como si estuvieran tocando un solo en privacidad, y por otro lado revelan partes insospechadas de su identidad musical; esta es una buena definición de amistad. Tal vez, hablando un poco de cada de una las partes de un caleidoscópio pueda tener sentido el extravío de una forma, cambiante pero concreta:

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La capacidad atmosférica de Piaka Roela se organiza en horizontes amplios, sueños profundos y extensos de soledad paisajística, la guitarra eléctrica barítono carga consigo una memoria del country y el folk del western que se entiende mejor cuando uno se para a observar las amplias llanuras del noreste, vacíos inmensos que aún recuerdan el mar que los poblaba, mar nocturno sin duda, donde los viajeros a pesar de las estrellas se extravían. La de la guitarra barítono es una paleta de color más amplia, más pesada que la guitarra eléctrica usual, cuando Piaka, pájaro nocturno, deja que la guitarra vuele y se extienda en toda su capacidad vibratoria y voltáica, a veces nada más deja que la electricidad perviva, y a veces parece que su inspiración viene del Heavy o Black Metal y el Hard Rock, pero no es así, es que la peculiaridad de su rango emocional lleva la música por dentro y cuando se expresa los sueños se intensifican en espesor y la acuarela se vuelve óleo revelando una estructura insospechada, discreta.

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La voz de Yuko, tal vez por la facilidad aparente del don o del talento, de la apariencia acabada de la preparación invisible, por la ubicuidad de su rango, entre la electrónica y una rabia y una amabilidad que brincan de un estado a otro sin gradación aparente, como hacen los gatos, por su agarre de la función poética de la voz inconfundiblemente humana no se sabe muy bien de dónde viene, pero se sabe a dónde va, a un lugar reconocible y desconocido, terrible por lo mismo, hermoso por lo mismo. Es por que Yuko al sonar está dibujándose, descubriéndose, interrogándose, que puede transmitir ese sentimiento de ubicuidad, de no tener país del que pueda ser desterrada, no tiene país al cual volver, tal es el grano de su voz, un reflejo personal y momentáneo.

 

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¿Cómo se expresa la intuición en el aliento, cómo sucede que fluye la honestidad en la respiración? Con sencillez. María me ha contado que la respiración ha sido para ella todo un asunto, el asma, sensación de opresión en la caja toráxica y la evidencia más patente entre el interior y el exterior. La delicadeza y la fuerza en el rango del saxofón alto, es el mismo rango en el registro de su voz hablada, tentativa, intermitente y fluida en la rítmica, tenue y brusca en el timbre, porque aprende a ser y en el sonido inmediato se conjuga. Últimamente también toca el sax tenor, porque ahora le hizo más sentido descender un poco en la vibración de la laringe. María no tiene lugares comunes, dice lo que tiene que decir, sin prisa, sin drama, sin reducirlo, sencillamente habla por la boca del saxofón con la naturalidad del amanecer, del atardecer, saliendo y volviendo al silencio.

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André Cravioto tiene un álbum que tituló “Registros del Amanecer”, los acordes dulces de tercera y sexta que brincotean sobre sus percusiones y disvarían hacia la disonancia y la síncopa en la cantada dejan claro que lo bonito es invencible, inmitigable, su confianza en la legitimidad de su voz humana y de su sostén rítmico, cuando es desbordada y quema es dentro de la seguridad silenciosa de que todas las mañanas del mundo podrán ser sin retorno pero también son sin derrota, en sus palabras, “entre el frío y el jazmín”. Las percusiones de André son fundamentales para marcar el ritmo de las sensaciones abismales que se tensan entre la voz y el sax, entre el sax y el voltaje de la guitarra. Sé que puede sonar extravagante pero André en Voraz es la voz de la razón, y las razones que da son buenas, no disuelven el delirio, no maquetan un orden artificial, nos ayudan a seguir ese viaje que se siente como un extravío dirigido, incluso en sus rolas que no son más que algunos signos acordados, muy abiertos a la improvisación, y un cierto sentimiento vagamente perseguido en grados localizados de intensidad dinámica. ¿Qué es la intensidad, la fuerza contundente de una sonoridad? La voracidad es la de un crecimiento, una extensión armónica que se estira transfigurándose, agrandamiento que inunda y consume el espacio. El sonido de Voraz puede llegar a ser meditabundo, dulce, y terrible.

Erick Vázquez

El estreno de Styx de Anestis Logothetis en la Tehuanita por Doris Steinbichler

 

Cuando Doris Steinbichler (nacida en Viena del 1965) llegó a vivir a la Ciudad de México, el español se convirtió en su tercera lengua. Doris se sintió como en casa: en la Plaza de Santa Veracruz, frente a la Alameda Central había un bar con sexo en vivo que frecuentaban los soldados del ejército mexicano y enfrente el Museo Franz Mayer, justo atrás de Bellas Artes. ¿Qué es ese extraño sentimiento de sentirse en casa siendo extranjero, sobre todo cuando la marca de la modernidad es ser un extranjero en la propia tierra, cuando ese desarraigo se subraya especialmente en los artistas contemporáneos, siempre tan lejos y tan cerca, siempre en contra y a favor del viento? En su obra y discurso, Doris es abierta y deliberadamente autobiográfica: su padre fue un campesino austriaco, su madre una mujer también pobre y heredera de lo que llamamos alta cultura, su infancia transcurrió en un barrio marginal. Cuando era todavía una adolescente la abuela se las arreglaba para llevarla a la ópera. Entre México y Viena, entre la música y el performance, entre una vieja tradición y la improvisación libre, la suya es una realidad doble.  

El pasado viernes 27 de marzo, en la Tehuanita, Doris presentó el estreno en México de una obra de Anestis Logothetis, junto a Alina Maldonado (violín), Dirén Checa (violín) y Alex Motta (Contrabajo), con la propia Steinbichler en la voz. Esa noche en la Tehuanita, Doris nos contó que su mamá fue a la secundaria y a la prepa con la hija de Logothetis, fueron amigas de la adolescencia creciendo juntas en la Viena de la postguerra, en el medio de una dura crisis económica, cuando las posibilidades de tener noticias del mundo exterior estaban enterradas bajo las urgencias del día a día. Sin embargo, la hija de Logothetis volvía de las vacaciones de verano con su papá cargada de historias de otros países y de discos que le mostraba a la futura madre de Doris, impactada con el aire de lo internacional, de lo cosmopolita, su amiga era la hija de un compositor, el representante de una tradición casi mágica. La madre transmitió esa maravilla a Doris, quien creció escuchando el apellido Logothetis desde que tenía uso de razón. Lo conoció todavía en persona.

Doris fue a los conciertos del compositor a los 17 o 19 años de edad, a los 21 años se va de Austria, y en el 2023, durante la celebración del 100 aniversario del compositor, se encontraba por casualidad en Viena y asistió a los conciertos, el grupito no mayor de los que en esa noche estábamos en la Tehuanita, y allí se presentó con la hija de Logothetis, le dijo soy la hija de tu compañera de prepa y le prometió que iba estrenar la obra de su papá en México. La gestión para una obra así no es cualquier cosa, lo intentó durante tres años con las instituciones hasta que solucionó, como suele hacerlo, improvisando con lo que tiene a la mano.

El estreno en la Tehuanita, una obra histórica del avant-garde vienés en una fonda oaxaqueña que se caracteriza por la calidad de su cocina y su mezcal, organizada por Karla Vázquez y Alma López, con músicos de calidad internacional entrenados en repertorio contemporáneo entre ruidos de cocina y un mural de motivos costeños, este evento raro de artistas super educados y preparados con una organización de características improvisadas hubiese sido perfectamente cotidiano en el contexto de las vanguardias. Su brillo y valor son expresivos de la escena de la improvisación en la Ciudad de México y para entender las motivaciones de la Steinbichler [stɛɪ̯nbɪtʃlər], y tal vez entender cada artista individualmente, es un pequeño paso para comprender la escena en su totalidad, tan variopinta e irreductible: cómo comprender a un sólo individuo, a un sólo lobo, un sólo conejo, una mariposa, para comprender un ecosistema entero, que abraca desde una bellota hasta el agua que corre subterránea. Ahora bien, ¿eran las condiciones ideales? Claro que no. Las condiciones ideales son las del conservatorio, las de la música de cámara, que no suenen los celulares y que nadie tosa, pero sentado a la mesa conmigo había un ingeniero de audio y cuando hubo un alboroto con unas latas de la cerveza y el gas silbó destapado no se aguantó la emoción y me volteó a ver diciendo algo como: “¿Viste? Quedó perfecto”. Y tenía razón. Me di cuenta que la distinción marcada entre la improvisación presentada en locales informales y la academia y sus espacios designados tenía algo de arbitrario.

Anestis Logothetis migró de Grecia a Viena se graduó de la Academia de Música de Viena en el 1951, Logothetis empezó a hacer dibujos en lugar de pentagramas, instancias sonoras de línea, garabateo y rayoneo, distintos grosores y exploraciones de texturas como si la página en blanco fuera un gran espacio de silencio y la grafía cualquiera una sugerencia de sonido. Lo curioso de las vanguardias, y en delante, del arte contemporáneo, es que sus formas irreconocibles para el pasado revelan una naturaleza esencial, la escritura de un dibujo libre como una partitura abierta revela que la notación musical tradicional tiene mucho de arbitrario, y que es precisamente ese margen lo que permite que la música del pasado pueda ser habitada en el presente; el extraordinario sentido de la tradición que aventuran los artistas de las entreguerras y la postguerra consiste en recordar reinventar de la manera cada vez más radical, yendo cada vez a raíces más profundas para poder vivir un presente inimaginable, olvidar recordando, y la tradición más vieja de Viena encontró su forma más reciente en la improvisación libre, y ambas realidades se encontraron en la persona de Steinbichler [eschtainbikjlah].

Doris me ha dado la impresión de ser incomprendida, antes pensaba que su situación era la de encontrarse entre dos realidades, un no lugar, pero estaba equivocado, la ética que define la estética en todo lo que hace dice y piensa es el deseo de los puentes, unir lo inconciliable, deseo responsable que en nuestro tiempo es no menos que un lujo y que Doris con su persistente insistencia nos sugiere debería ser un derecho.

Erick Vázquez

 


Una investigación sobre el dolor humano en tres partes

 

La Trilogía del dolor: una investigación sobre el dolor humano en tres partes es el décimo álbum como solista de Wilfrido Terrazas y su tercero como compositor monográfico. La serie de composiciones que conforma el álbum no inició como un proyecto, no se originó con un concepto de partida y sus ramificaciones posteriores como crecimiento interno que brotó hace un par de años y se fue metabolizando hasta cobrar la forma musical de una emoción.  

Arte de Esther Gámez Rubio

¿Qué significa investigar una emoción, en particular, la emoción del dolor, una emoción imposible, imposible para los poderes del discurso, imposible ante el sentido? Las herramientas usadas en este álbum son la palabra cantada, la palabra narrada, pero también la voz desnuda de lenguaje, la voz en su pura expresión y misterio del registro de un cuerpo. De manera simétrica a la voz, se usan los instrumentos y las herramientas el lenguaje musical: la armonía tonal, microtonal y atonal, la composición deliberada y una partitura abierta a la improvisación, por momentos incluso abierta a la improvisación libre. Wilfrido echó mano de todos los recursos a su alcance, toda su experiencia como compositor e intérprete, para investigar la emoción imposible por excelencia.

Arte de Esther Gámez Rubio

Los ejes a lo largo y ancho de las piezas están trazados por la tradición de la música contemporánea, esa curiosa tradición de construir deconstruyendo la memoria de los registros occidentales, bajo la manera de los ecos de la canción ranchera, el lamento cardenche y el huapango. Es siempre muy curioso el viaje de cada artista en la música contemporánea, son tan disímiles y tan parecidas las búsquedas, por ejemplo: es expresivo que sea tan usual el retorno a las raíces, el regreso a los orígenes locales como un reclamo ante la tradición europea que se fundamenta sobre todo en la reinvención, como si la herencia de la música contemporánea se experimentara como una alienación y al mismo tiempo regalara la promesa para su propia subversión; pero es importante subrayar que en este álbum las referencias y entrecruces no se usan para un proyecto en busca de una originalidad, no son el producto de una musicología, son los ecos de una experiencia personal. La honestidad, en el arte de la composición contemporánea, no es una obligación ni mucho menos un derecho, la honestidad, en el arte de la improvisación —que ha marcado el interés de Wilfrido desde muy temprano—, es más que un derecho, es una ética. El proyecto del álbum es atípico en tanto que no gira en torno a un concepto, ni alrededor de un tema propiamente, sino del dolor en la existencia compartida de la mexicanidad, de las experiencias privadas de la infancia y de la pérdida en concreto, en la tierra adentro y en sus músicas; atraviesa, un sentimiento complejo, para el que tal vez no haya palabra, pero para el que sí puede haber música, entre la latitud de la desolación y la longitud de la nostalgia, a ciertos grados de la compasión y de la pena, triangulado entre la rabia y la ternura.

El famoso virtuosismo de Wilfrido en ningún momento es protagonista, incluso cuando es evdiente, porque lo más importante en todo momento del proyecto, es la honestidad y la fidelidad a un sentimiento, biográfico, de ahí el reconocimiento en la generosa apertura a inscribirnos. Tal vez la flauta tenga una vocación espiritual, pero en manos y boca de Wilfrido la flauta no es cartesiana, católica ni dualista, tal vez por eso nos puede hablar del dolor, la emoción que borra la diferencia entre cuerpo y alma.

Una imagen de lo que es la música contemporánea mexicana, ciudadana del mundo y heredera de una tradición que nació en Europa y fue a tener descendencia en otro continente, en un país pleno de contradicciones. Desde que se trata de una investigación sobre el dolor humano, sin muelles ni filtros, su escucha no siempre es fácil, pero siempre es bella, en ocasiones bellísima. Me parece que esta trilogía es un parteaguas, una obra que es un punto de llegada y de partida para Wilfrido, que sintetiza búsquedas y contradicciones insolubles, pero que sobre todo se caracteriza por la honestidad que busca compartir una realidad que muchos vivimos y de la que se habla muy poco. Él dice que no sabe si lo logró, en mi opinión sí: ahora que las jacarandas dejan caer sus flores de nuevo como cada año y por unos cuantos días, con su olor a chicles de violeta, mi camino se transforma a través de su aroma, y viene a mi oído interno el tema recurrente de la Trilogía como un recuerdo involuntario: da sentido a una nostalgia que conozco bien, y que cada año, en cuanto las lluvias comienzan en la ciudad sé que ha terminado el breve florecer, sé que pasaré el resto del año esperando a que todo sea con el otoño, esperando con impaciencia y algo de ansiedad a que el invierno y su frialdad acaben con la incertidumbre del regreso violáceo de la primavera.

Erick Vázquez

“Trilogía del dolor: Una investigación sobre el dolor humano” se editó el 27 de febrero del 2026, todas las composiciones y la producción de Wilfrido Terrazas, grabado, mezclado y masterizado por Christian Cummings en el Studio A, Warren Lecture Hall de la UC San Diego. Poemas de Nuria Manzur Wirth, Ricardo Cázares, Tania Favela, Mónica Morales Rocha, Nadia Mondragón y el propio Wilfrido Terrazas. Arte y diseño del disco por Esther Gámez Rubio. La voz soprano de Mariana Flores Bucio, Miguel Zazueta en la voz tenor, clarinete de Madison Greenstone, cello de Rocío Sánchez, y Camilo Zamudio en la percusión. Narración y flautas de Wilfrido Terrazas.

 

 

Ave nocturna

 

La larga historia del goce de hacer sonar una cuerda cambió para siempre con la aparición del voltaje. La guitarra eléctrica es el instrumento insignia del siglo XX porque tiene el rango suficiente para expresar toda el espectro de rabia y ternura propias de una civilización que aceptó la electricidad como parte de su naturaleza. Piaka empezó a tocar la guitarra de manera completamente intuitiva, completamente autodidacta, su camino es el suyo y tal vez por eso su estilo es su persona misma y su forma la forma de una soledad expandida, una soledad que es la forma externa y representable de un mundo interior.

Todo arte es una manifestación de una cierta privacidad, pero la música, a diferencia de las imágenes visuales o el lenguaje articulado, parece ser de entre todas las artes la privilegiada para formular una intimidad hecha para ser compartida, tal vez en virtud de una dialéctica entre las vibraciones  y el caracol del oído,  un sonido que se encuentra tanto adentro como afuera, y tal vez toda la música, desde que aprendimos el placer de sonar, ya con nuestros propios cuerpos, ya percutiendo huesos y rocas, no esté tan alejado del goce de sonar que experimentan los leones marinos, las ballenas, y por supuesto, los pájaros. Piaka es un ave nocturna, que se encuentra natural entre las sombras, cómoda en su camuflaje con la inmensidad de la noche, y la particularidad de la noche es que tiene una velocidad, una densidad distinta al día. La primera vez que la escuché la vi subir solita con su guitarra, yo tenía acá ya un año y estaba acostumbrado a pensar que los sets de impro eran combinaciones de diferentes artistas, y recuerdo ahora cada vez que la escucho mi sorpresa de aquella primera ocasión en que ella con una sola guitarra y un par de pedales comenzó a invadir el espacio, mi sorpresa ante esa masa eléctrica emanando de una persona tan discreta, invalidando toda dimensión: el bar era enorme —considerando lo pequeños que suelen ser los venues que brotan y desaparecen espontáneamente en la comunidad de la improvisación— gradualmente el sonido amplificado de la guitarra eléctrica crecía como una vibración espesa y envolvente, como una invocación de una presencia que parecía que iba seguir creciendo, más allá del escenario, más allá de nosotros, excediendo las paredes del edificio, igualando la mancha urbana, mezclándose con la noche entera.

Como toda ave nocturna, Piaka tiene algunas costumbres, el arte de improvisar es el arte de estar absolutamente en el presente, sí, pero toda artista carga un mínimo de equipaje, y entre las constantes de Piaka hay una insistencia en el punteo circular de las cuerdas muy cerca de las pastillas, una melodía infinita que mantiene como una mirada puesta sobre el extenso horizonte de acordes con intervalos muy amplios, que sostiene octaveados y espesos mediante los pedales que usa para ir abriendo cada vez más la ya ampliada vibración de los intervalos, momentos dilatados de suspenso marcados por un pulso constante como el un tic tac de un reloj de cuerda o la contracción y distensión cardíacas. La imagen total es un paisaje, por eso alguna vez pensé que por su parte la guitarra barítono era una elección natural, por la historia que el instrumento tiene con el western, los paisajes abiertos que inevitablemente nos despiertan una nostalgia por lo remoto desconocido, pero como todo mundo sabe y recuerda, los desiertos comparten su linaje con los océanos, la profundidad del mar y la altura inalcanzable de la bóveda celeste son un espejo, y el reflejo en esas dimensiones sonoras es el deseo de disolverse, como el rocío en la atmósfera, donde lejos y cerca ya no tienen mucho sentido, en un paisaje acústico que nos envuelve por completo el yo tiende a la disolución. Piaka no hace pausas porque el océano tampoco se interrumpe, porque su relación con el silencio no es con el silencio en sí, es con su silencio interno, y parecería que Piaka toca para desaparecer, que desaparece para saber quién es. Es un talento peculiar, saberse abandonar dentro del sonido para encontrarse, es un raro talento saber cómo extraviarse, y para el caso la improvisación libre es un camino ideal porque lo que ofrece es de lo que carece, porque a la improvisación no le pertenecen ningún recurso identificable como alguna relación tonal, ninguna estructura establecida como tema y variación, es precisamente por esta ausencia de referencias que el extravío de la identidad, de la historia personal cruzada con la historia en letras mayúsculas es posible para inventar, aunque sea por los momentos fugaces, borrones de la persona.

Piaka forma parte de varios ensambles, Grietas, Ronronoise, Voráz, Western Nereidas, y un ensayo para reflexionar cómo se influyen entre sí artistas tan distintas y diversos tal vez pueda ayudar a comprender cómo es que formaciones musicales de conservatorio, autodidactas, provenientes de una orquesta de banda, de un grupo de punk, del performance, del jazz o el free jazz sean reconocibles bajo un sólo e indefinido concepto que inmediatamente sabemos llamar “impro”; la tarea de realizar esta serie de relaciones en una escena tan rica suena a un ensayo imposible, por la cantidad de entrecruces que habría que analizar pero sobre todo porque el arte de la influencia es un arte justamente desde que no sabemos exactamente cómo ni cuándo encuentra su origen. Tal vez la influencia sólo sea un despertar de algo que ya estaba ahí esperando el contacto. Piaka Roela tenía hace algunos años bandas de rock y punk donde también cantaba, y ya sea por influencia o por recuerdo Piaka ha venido recientemente involucrando la voz de su garganta, palabritas murmuradas, sugeridas casi, la huella indeleble de su persona y cuerpo. Es muy difícil involucrar el lenguaje articulado con la improvisación libre, porque el orden que sostiene una palabra está atado a una lógica del sentido, a un sistema de códigos preestablecidos, pero no es absolutamente imposible, y el hecho de que Piaka esté usando palabras fusionadas sobre un paisaje de disolución tal vez indique que se encuentra en el camino de unir los puntos parabólicos de aparecer mediante la desaparición, y acaso todo arte del extravío sea más bien un arte de la reaparición, de la reinvención de sí en un acto místico, extraordinario de dejar de ser para sólo ser siendo, aunque sea sólo por los breves instantes de un concierto, el sueño legítimo de libertad del que el arte es promesa.

Erick Vázquez

 

Darío Bernal y el misterio de la forma

Escribir sobre percusión me hace sentir siempre vacilante porque detrás del ritmo se oculta el problema del tiempo, y detrás del tiempo otra interrogante que me perseguirá hasta el último de mis días: el problema de la forma. El de la forma sigue siendo el problema fundamental del arte, ¿por qué se eligió ese material y no otro, por qué ese sonido para solucionar ese momento en particular? Entender las elecciones formales de un artista es comprender sus motivaciones, personales y políticas, la naturaleza de su soledad, su sentido de la belleza y las batallas que está dispuesto a librar, y este problema me persigue desde que tengo memoria porque nunca he entendido bien cómo es que las cosas toman la forma que termina definiendo su presencia en el mundo natural: ni la teoría de la evolución ni la física, ni la genética ni la fisiología por sí solas pueden responder a la pregunta de porqué los animales o las plantas tienen la forma que tienen, porqué las zebras están rayadas, porqué las hojas del liquidambar varían tanto de una rama a otra. Rupert Sheldrake llegó a decir que debía haber algo así como patrones de corte y confección, como los que se dibujan en sastrería, trazados sobre la superficie misma del tiempo, sobre la que toda materia toma su forma, y que la memoria de la naturaleza es el tiempo en sí. Alan Turing, inclinado a los juegos de combinaciones, concebió una hipótesis bastante sencilla, elegante y observable para el origen de la forma, dijo que la forma es el resultado del encuentro entre dos sistemas: supóngamos, por ejemplo, que tenemos dos sistemas separados, de un lado el café, y del otro una servilleta de algodón, si derramamos un poco de café sobre la servilleta se iniciará un movimiento caótico que al final se va definir como una mancha, esa mancha, esa forma, es el resultado de dos sistemas que se toparon, se delimitaron en su contacto, en sus mutuas capacidades de fuerza de expansión y resistencia, la forma de mi piel es la forma del viento y la luz en el contacto y el contraste con el medio ambiente, la forma de mis emociones se dibuja contra las emociones de alguien más en el encuentro. Darío tiene un sistema de percusión, uno que ha desarrollado en torno a la batería y a un catálogo de objetos que lo circundan en su vida cotidiana y los sonidos de esta ciudad, el otro sistema, el que se le opone, es el silencio, y me parece que en Darío ambos sistemas se encuentran muy seguido, a cada vuelta de la frase, porque se persiguen entre sí. Por supuesto, todos los músicos se encuentran con el sonido como las aves y las mariposas con la resistencia del viento, pero los músicos que interpretan música escrita, en virtud de la partitura, cuentan con esos modelos de corte y confección de los que habla Sheldrake, por su parte, los músicos de la improvisación libre se encuentran con el silencio con herramientas necesariamente singulares e imperfectas porque el silencio mismo no es perfecto, el silencio nunca es el mismo en ningún momento del tiempo ni en cada lugar, varía en su densidad y carácter, y me parece que Darío usa el silencio para conocer el sonido como un niño usa una linterna para conocer la obscuridad, tentativamente, definitivamente, escudriña y se ríe y se asusta, hasta que termina definiendo una forma, un caminar, una serie de senderos que van a permanecer todavía unos instantes cuando se apague la linterna. Darío sabe que la forma es un instante, y por eso me ha interesado tanto tratar de entenderlo, porque acercarme a su comprensión de la música puede ser la ocasión para comprender la naturaleza de la memoria del sonido, el diseño evanescente de la forma.

Pero tal vez estoy empezando mal al suponer que lo que hace Darío es percusión. Uno de los presupuestos de la improvisación libre es que un instrumento ya no está atado a la función que la tradición de un lenguaje musical tradicional le había impuesto, en la improvisación libre el contrabajo ya no está necesariamente ubicado atrás y ligado al pulso marcando una métrica, la voz humana no está necesariamente ligada a ser la línea melódica al frente de la imagen acústica, en la improvisación libre las jerarquías instrumentales quedan abolidas, esa es la promesa, y en mi experiencia, efectivamente así es, pero no siempre y no del todo, depende de cada caso, depende de cada estilo y búsqueda personal, e incluso depende de cada concierto qué tanto se aleja un instrumentista de su función tradicional. Darío me cuenta que alguna vez, en el festival Instrumenta, tenía que asistir a un taller de improvisación con Wade Matthews y no contaba con un coche para andar cargando su batería. Se lanzó sólo con sus baquetas, confiado en que en un lugar lleno de percusionistas habría alguien que le prestara algo con qué trabajar, pero se encontró con que todos estaban ocupadísimos con lo suyo y nadie podía compartirle ni una tarola. Cuando le tocó su turno pasó al frente con sus baquetas y tomó la silla donde se iba sentar, lo que tenía a la mano. Hizo un solo de silla, explorándola, conociéndola en sus posibilidades de sutileza y escándalo, de tremor y desenfreno. Creo que todos los artistas que me interesan en lo personal, músicos, artistas conceptuales o poetas, es en parte por su sentido de lo exquisito en contraste con otra cosa, me parece que todo buen artista presenta una contradicción insoluble, una sensibilidad exquisita contrapuesta a algo más, a lo absurdo o lo grotesco, a una admiración infinita ante los misterios o a una agresividad, y si se puede hablar de madurez en la búsqueda de un artista es en la medida de una lograda congruencia entre sus contradicciones internas. En la solución del solo de silla Darío expresó un equilibrio deslizante, que le he escuchado contínuamente, entre lo exquisito y el humor, una sensibilidad delicada, rebuscada casi, y una salida por el albur, como si su criterio para discriminar elecciones formales no fuera la búsqueda de la verdad, el encuentro con lo sublime o lo terrible, sino el aburrimiento, ¿qué es el aburrimiento? La reacción ante una forma que no funciona ante lo real, la intuición de que no se está reflejando con fidelidad una emoción en relación a los hechos. El sentido del humor es una solución al aburrimiento, y entre el polo de una sensibilidad delicada, frágil ante las cosas terribles de la existencia, y el polo opuesto de un sentido del humor, en el punto medio entre ambos polos un espectro de ternura y espanto, y tal vez por este espectro emocional escucharlo me ha hecho brincar de la reflexión a la risa inadvertida; pero la historia del solo de silla no sólo subraya esa relación entre lo delicado y lo divertido, la anécdota de la silla revela también que para Darío, si cualquier cosa puede ser un instrumento musical, entonces la música no es un asunto enteramente instrumental.

La experiencia de su estancia en Londres, estudiando con Eddie Prèvost, Darío me cuenta, no fue su primer encuentro con la improvisación. Uno no sabe, ni de joven ni de no tan joven, la seriedad de las consecuencias oculta detrás de la inocencia de un juego. Cuando Darío estaba en la escuela secundaria le gustaba dibujar, le gustaban los comics que todavía colecciona, Jis y Trino le inspiraban entonces en sus dinámicas donde uno empezaba algo y el otro lo terminaba; entre sus compañeros de clase replicaron la dinámica, alguien en su banco dibujaba una primera viñeta y le pasaba la hoja a alguien más, cada quien iba haciendo su cuadrito del cómic, se lo iban pasando sin saber qué iba dibujar el siguiente, y en retrospectiva, me cuenta Darío, ese fue su primer encuentro con la improvisación: ¿Cómo es que se forma una narrativa congruente entre varias personas, cómo es que una forma se materializa entre distintas voluntades? Si la música no es necesariamente un asunto instrumental, la creación de una forma tampoco habita del todo dentro de una individualidad. Según recuerdan los primeros miembros de la Generación Espontánea en sus inicios era una especie de continuo Big Bang, durante el primer par de años sus toquines eran un santo desmadre donde todos los integrantes de entonces sonaban durísimo y todo el tiempo, pero el Bing Bang fue menos que un parpadeo en la historia de un universo en constante expansión y formación. Darío les empezó a proponer dinámicas a la banda, muy sencillas, primero empiezan dos, luego se une un tercero, juegos de entradas y salidas, juegos de combinación en relación a sus estilos y búsquedas. A partir de su propuesta la historia de la Generación Espontánea ha sido la de un juego entre los integrantes, que no podrían ser más distintos entre sí, para resolver la coherencia entre sus muchas contradicciones. La propuesta de Darío para el funcionamiento de la famosa antibanda de improvisación sugiere que para él la forma es tal vez algo que está ya ahí, de antemano, sólo esperando los estímulos adecuados. Hay una anécdota de un escultor en madera, no recuerdo su nombre, un niño apenas que se volvió un fenómeno para la prensa porque sin ninguna educación artística tomaba algún leño y le daba formas magníficas, siempre sorprendentes. Interrogado, el niño respondió “la forma ya está ahí, lo único que yo hago es quitarle lo que sobra.”

Es en soledad donde un animal demuestra los signos de su carácter con nitidez dentro de un paisaje, de un ecosistema o un contexto, y lo mismo me parece se puede decir de los músicos, es cuando hacen solos donde puede escucharse el arco completo de su salida del silencio hasta el regreso, y esa curva de carácter e inventiva dentro de la improvisación libre se pronuncia aún más, desde que la improvisación libre promete que a nada está obligado el artista más que a usar su propia voz y los recursos de su inventiva personal, en ausencia de un lenguaje establecido sólo resta la autenticidad. Puede que esto no sea del todo cierto o no todo el tiempo, de hecho, la autenticidad se define en relación a un grupo, pero por lo pronto supongamos que es una verdad absoluta, que un músico en un solo desarrolla su cosmos personal como dentro de un vacío. El solo de Darío, el pasado 11 de octubre en el Centro Nacional de las Artes, comenzó como suele comenzar él, con sonidos tentativos, como calando, como quien saca la mano a la ventana para checar el clima y decidirse por un suéter, y cómo suele pasar en su manera de iniciar la distancia y la velocidad entre la primera propuesta y su desarrollo son cortas, prueba un poco e inmediatamente se lanza a explorar esa primera propuesta, con decisión, si no le sirve o no lo lleva muy lejos sencillamente la suelta y vuelve a empezar, como si al niño en la obscuridad le fallara la linterna y la volviera a encender, es decir, no procede estrictamente, por ejemplo, como un baterista de jazz que siempre tendrá algún recurso rítmico para salvarla, y me parece que hasta deliberadamente le saca la vuelta a cualquier cosa que se pueda acercar a parecer una demostración de su dominio sobre el instrumento, porque no es el virtuosismo lo que le interesa. El virtuosismo es el control absoluto de un instrumento para la manifestación de una idea, pero para Darío es como si siguiera interrogando a su batería, como si la siguiera descubriendo ante cada contacto con el silencio, con un sentido del placer y un sentido del goce, y es importante destacar ese elemento de su carácter porque creo que es ahí, en esa festividad que aparece cuando se encuentra con una idea feliz, donde su pensamiento como percusionista, sus preguntas que exceden los límites de su instrumento, los juegos de color que ha ido acumulando en su experiencia se reflejan con claridad en sus intereses y su gusto por la música contemporánea, experimental y los sonidos de las calles en la Ciudad de México, se cristaliza todo en un prisma articulado de vibraciones. Me parece que Darío se alimenta de la identidad acústica de esta ciudad, de los sonidos externados y tan públicos de un tianguis opuestos a los ritmos y colores de su sensibilidad tan privada, su experiencia con la música contemporánea probada a contraluz del silencio, y es tal vez esa forma azarosa y vibrante la que se expresa a través de sus pasiones discretas, en ritmos completamente impredecibles. A mitad de su solo en el Centro Nacional de las Artes metió unos sonidos de un iPad, el registro de una voz de un señor gritando alguna cosa de esas que tan comúnmente se escuchan por todas partes en esta ciudad, modificado por el dedo sobre la pantalla, haciendo una especie de trémolo que contrapunteaba un pulso en la batería que lo llevó a un final retumbante, hacia un silencio completamente inesperado. Su manera de empezar y terminar son siempre un arco formal definitivo.

La inadvertencia del cómo empiezan las cosas y cómo acaban es una de las características del particular placer de la improvisación libre en una cultura obsesionada con el control. El asunto con la música en general es que, incluso fuera de toda metafísica posible, dada la naturaleza imperfecta y propagante del silencio, a diferencia de las artes de la luz como la pintura o la fotografía, a diferencia de las artes del tacto como la escultura, la música, dada la esencia del sonido que se encuentra por partes iguales afuera y adentro del cuerpo, propiamente hablando, nunca acaba y siempre está empezando, y ese es el problema que la “forma musical” desea soslayar. La llamada “forma musical”, el catálogo establecido en donde se encuentran la sinfonía, el concierto, el preludio, la cantata, etcétera, es la institucionalización de una serie de soluciones a esta imperfección de la presencia y a lo inaudito de un futuro desconocido en el silencio: la sonata quiere creer que hay una idea que nace de la nada, se desarrolla y regresa transformada, como los héroes de los mitos; la fuga quiere hacernos creer que ilustra la multiplicidad de las cosas del mundo y del universo en su infinitud de voces superpuestas que nos susurran los secretos de la genética, la reproducción molecular y el origen de una montaña, la arquitectura de los árboles. Pero la forma de la improvisación libre no se acerca a ninguna de las formas de este catálogo, y sin embargo responde con fidelidad a aspectos de la realidad que parece no sabemos aún cómo nombrar. Algún día no lejano me gustaría escribir un pequeño compendio de cómo empieza cada uno y una de los artistas que conforman la comunidad de la improvisación libre en esta ciudad, cómo es que “brincan al vacío” en la feliz expresión de Claudia Arancio. Tal vez limitándome a hablar de cómo es que cada artista revienta la burbuja del silencio, seduce una ligera vibración, invoca una lentitud o manifiesta un plan a prueba de presentes pueda lograr algo así como un pequeño bestiario de inicios, que sospecho poca relación tendría con un compendio simétrico e inverso, el compendio incompleto y sin duda destinado al fracaso de cómo es que vuelven al silencio, porque nada es más satisfactorio ni más frustrante que un concierto que termina, experiencia a la que sólo se sobrevive con la calculada sospecha de que habrá una próxima vez.

 Erick Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El gesto insospechado

 

Lo que no me explico de Jackson Pollock es que, antes de aventurarse en la técnica del chorreado, ya era un artista famoso por su uso de la línea y de la herencia expresionista, ya no necesitaba ir más lejos, ya el color y una comprensión muy personal del espacio le habían garantizado una buena renta para su taller, una vida rica en relaciones y estímulos, una vida plena para cualquiera, y sin embargo, acaso por una insatisfacción crónica, siguió buscando, experimentando, acaso gracias al margen de creatividad que le aportaba la tendencia a los enormes lienzos de los pintores norteamericanos que ampliaban con su magnitud espacial las capacidades de la imaginación, metros y metros de tela que hubieran resultado sorprendentes e incluso absurdos para los expresionistas europeos con sus humildes lienzos de caballete, que nunca hubieran podido concebir telas que se podían ver desde muy lejos y que los norteamericanos de la vanguardia sintieron tan necesarias, tal vez por sus trayectos en las inmensas calles de Nueva York, por su soledad de extensión continental. Un día de 1936, Pollock encontró lo que buscaba sin saberlo, sorprendido, vio su sed por la aventura saciada en el cómo Siqueiros pintaba aprovechando el accidente de la pintura que chorreaba. El encuentro de Pollock con el objeto de su deseo se terminó de concretar cuando otro día, en una galería, vio las enormes pinturas de Janet Sobel, y dedujo que seguramente pintaba acostada sobre el lienzo: Aprovechar el accidente, una postura del cuerpo para pintar que nunca se le hubiera ocurrido a un pintor atado a la tradición del caballete y la perspectiva, Pollock comprendió que una inclinación, un caminar alrededor del lienzo sobre el piso, un volcar el cuerpo sobre una superficie plana produciría una imagen insospechada que cambiaría la historia de la pintura para siempre, pero ¿cómo podemos entender los efectos del cuerpo sobre una imagen? Si observamos videos de Pollock inclinado sobre sus lienzos, chorreando aquí y allá y una intención discreta sobre la forma, si vemos fotografías de Janet Sobel acostada sobre sus lienzos, podríamos, sin necesidad de mucho esfuerzo, proyectar, imaginar el resultado, para luego ver la pintura terminada y no entender cómo sucedió aquel color inesperado, aquella línea punteada y esa composición final. Los cuadros de Pollock son siempre sorprendentes en virtud de su relación entre los gestos de un cuerpo y una imagen producida sin saber con precisión cómo. La correspondencia entre los movimientos de un cuerpo para producir una imagen y su resultado es disimétrica, porque el cuerpo es propiedad de la danza y la danza expresa lo imposible, y ¿es igual en la imagen acústica? ¿En la música? Si escucháramos a un baterista, sin la posibilidad de verlo, podríamos, con un esfuerzo de nuestra imaginación y con un grado aceptable de éxito, visualizar los movimientos que el baterista está haciendo, ¿y a la inversa? ¿podemos ver, solamente ver los movimientos de un baterista sin acceder a la escucha, y con nuestro oído interno completar la imagen acústica?

Milo Tamez es un percusionista y es también un investigador muy original, con una curiosidad inmitigable, un interés sobre la dimensión espiritual y fisiológica del cuerpo, las ciencias de la percepción y las teorías acerca del tiempo y el espacio, la naturaleza atómica de la célula y sus vibraciones. Pollock: tambores pintores es uno de los resultados de estas investigaciones, de sus muchas andanzas y lecturas, y es en donde su teoría pasó a ser teorema, presentado en una versión reciente el pasado 12 de octubre, en el Centro Nacional de las Artes, bajo la curaduría de Gonzalo T. Alonso. El día del concierto, en el salón y ante la audiencia, Milo ante su batería, extendiéndose sobre su lienzo, comenzó realizando los movimientos correspondientes del cuerpo para la percusión, las baquetas en las manos, los brazos subiendo y bajando con vigor, el torso girando para recorrer los toms y la tarola, estirándose para alcanzar el platillo, ride y crash, pero sin hacer nunca contacto, sin producir sonido alguno, sólo una muda coreografía estrictamente visual hasta que de pronto, por la naturaleza propia de la cercanía y la potencia de los movimientos, algún accidente, la punta de la baqueta en la mano izquierda alcanzó un disco y la brillantez de un color se expandió por el salón, Milo tomó el accidente y lo cabalgó para ahora sí sonar con la irrupción de un retumbar profundo del bombo para las notas negras, salpicando el contratiempo, lanzando brochazos carmesís marcados por interrupciones sobre el tiempo, con el canto definitivo de los tambores sobre el espacio, para de pronto interrumpirse de nuevo y volver a los puros movimientos en silencio, pero después ya nada fue igual, porque ahora podíamos escuchar los gestos, como en una invocación, los movimientos comenzaron a escucharse metafísicos entre nosotros, como si con el solo tomar un pincel y hacer los brochazos en el aire pudiéramos ver la pintura formarse en la nada, en la conjunción de nuestros oídos internos, en la percusión de nuestros interiores. ¿Es eso la música, la imagen interna de una sutíl sugerencia? En el medio del concierto Milo comenzó a hacer movimientos que no son los usuales de un baterista, movimientos del brazo que caían por fuera del ámbito de las superficies, que se acercaban a agitar la muñeca en el espacio puro, movimientos de la bataca hacia el techo, como picando el cielo, incorporándose para circular el hombro y la mano con la escobilla sobre su cabeza, y nuestra imaginación salió corriendo apresurada a reproducir un sonido imposible que correspondiera, un sonido imposible y perfectamente verosímil. Agitados por el crescendo de un estruendo estrictamente visible, la respiración y los roces de las manos y las cabezas que se inclinaron para escuchar mejor lo que sólo veíamos, la propia palpitación quedó sepultada bajo el estrépito en el remate de una batería que no emitió vibración ninguna y que encontró su eco exacto en el furor de los aplausos, completando la pintura, la imagen estaba hecha.

La función de la curaduría fortalece las posiciones de los artistas dentro de la institución, y al ponerlos en relación sirve también para articular sus propuestas y sus narrativas, aclarándolas, expandiendo sus campos de sentido, por lo menos así funciona dentro de la literatura y el arte contemporáneo, que son campos muy establecidos, de una posición ya plenamente institucionalizada, la diferencia radical entre una curaduría de artistas conceptuales o escritores y una curaduría de artistas de la experimentación sonora es que la de estos últimos recibe una atención tambaleante y escasa por parte de la institución, además que es siempre una obra en constante transformación, la de la experimentación sonora es una escena conformada por artistas con un grado de independencia creativa y de improvisación que ellos mismos no saben exactamente qué esperar del resultado, características que pronuncian aún más la identidad individual, la potencia intrínseca, y bajo estas condiciones el control curatorial se limita a una intuición informada, a una apuesta más o menos calculada. La curaduría de Gonzalo T. Alonso en torno a la percusión fue comprensiva de esta realidad, porque él mismo es músico y compositor, con un interés práctico y teórico, y fue esa comprensión la que le llevó a tomar riesgos que son congruentes con la naturaleza de la experimentación con la que trata, riesgos que resultan indispensables —como también Marco Albert ha demostrado con su curaduría en el teatro Lola Cueto—, al apostar por elementos pertinentes para alcanzar un objetivo desconocido. La importancia de la curaduría para la escena de la experimentación y la improvisación libre de esta ciudad es difícil de exagerar, porque nos ayuda a mejor entender a artistas que, como Milo, tienen toda una investigación detrás, y porque nos ayuda a escuchar de una manera distinta a artistas que tal vez ya creíamos conocer.  

Erick Vázquez