Los lieders de Wagner

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Los lieders de Wagner.
Normalmente los amigos cumplen la función inesperada de expandirle a uno los horizontes, y fue así que un amigo tuvo la idea de invitarme al festejo de los 200 años de Richard Wagner, producido por Luís Escalante y Ricardo Marcos en el Centro de las Artes. La solución para el evento fue muy creativa: en lugar de la monstruosa empresa de montar alguna de sus óperas, se presentaron tres poco conocidos ciclos de canciones con el piano de Carolina Reséndiz y la soprano Ivette Pérez. Ignorante como soy en Wagner no tenía idea de que contáse con canciones en su haber –mi imaginación lo ubicaba junto a Mahler, que no se dignaba a escribir obras menores–, y pensé que era una ocasión excelente para escucharlo sin temor a estar sentado durante horas y horas tratando de poner atención. La cosa es que no me gusta Wagner, y eso es algo terrible de admitir, algo que debe solucionarse. Afortunadamente en América no cargamos con el tabú del antisemitismo que obliga a los europeos a soportar cuatro horas por noche durante tres días con el ceño fruncido, pero aún resta el obstáculo múltiple de que Wagner no escribió solamente óperas, concibió todo un universo artístico donde la música es indistinguible del drama, el drama de la coreografía, la coreografía de la escenificación, y a la postre, en cada uno de los elementos aportó más de alguna novedad. En sus canciones, desde las más tempranas escritas en francés, pueden escucharse ya las trazas de sus características fundamentales, si bien no el drama entre los actores, la intención definitivamente psicológica en la concepción de los acordes y la progresión del tema, que nos lleva a experimentar episodios extraños de un momento a otro, tenemos la impresión de escuchar diversos aspectos de una personalidad de un instante al siguiente, diversos estados de ánimo que en el conjunto resultan en una perspectiva, un estudio emocional complejo, sin que nos parezca estar en la presencia de un inquietante trastorno de la personalidad como sucede con Schumann. La de Wagner es una maestría de la variación progresiva totalmente inaudita –sin dejar de considerar el antecedente de Beethoven en sus últimas sonatas y cuartetos– que se logra gracias a una disimetría gradual de las secciones. En la interpretación Ivette Pérez no nos deslumbró, pero tampoco pretendió hacerlo, y se lo agradezco desde el fondo de mi alma; su dicción del alemán resultó impecable aunque al francés no se le entendía una sola sílaba, cosa que no redundó en una gran pérdida desde que, como nos ilustró una lúgubre voz en off durante el recital, Wagner se encontraba muy deprimido en París; son cosas de la provincia con las que uno aprende a vivir después de muchas y muy duras experiencias, como los aplausos entre canción y canción, el entusiasmo de los familiares de los músicos que creen una estupenda idea sacar sus celulares para grabar unos minutos del imperdible recital, que si ya es bastante difícil no distraerse con Wagner en sí mismo, el verdadero reto para los nervios es tratar de ignorar el siempre inesperado sonido del obturador. Los fotógrafos en los conciertos son poseedores de un extraordinario tino para sacar a uno del trance musical, para lograr con infalibilidad su tarea evitan la Leyca y se procuran la Canon más aparatosa. La pieza central de la noche fue la sonata a Frau Wesendonk –Mathilde Wesendonck, lo sabemos ahora gracias a los chismosos profesionales, es nada menos que la musa que inspiró al personaje de Isolda–. La sonata es una obra en un sólo movimiento concebida durante la plena madurez de Wagner, esto quiere decir una sintaxis emocional complicada, frases muy largas que encuentran una especie de resolución no dentro del mismo acorde sino en el regreso al motivo principal, cosa que hace que en Wagner la repetición no sea exactamente un regreso a la nota madre, la referencia estructural de la coherencia en la obra, como lo había sido hasta entonces. En esta sonata podemos adivinar ya la concepción del célebre acorde de Tristán, imaginar cómo el amor imposible por frau Wesendonck es el verdadero corazón de una profunda revolución en la historia de la música, y aún si todo esto resultáse excesivo, aquél que sufra por no poder disfrutar de Wagner a pesar de sus esfuerzos podrá encontrar sin duda un verdadero placer en la insospechada intimidad de esta pequeña, maravillosa pieza.

Erick Vázquez.

La ciencia de las palabras

La ciencia de las palabras.

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Se dice que el agua tiene memoria, aunque se agote, se evapore y caiga inesperadamente sobre París como ligeros copos de nieve. Por la noche, un hombre se arroja al río Sena desde el puente Mirabeau. Casi cincuenta años, suéter oscuro, camisa y pantalones de vestir, ojos secos. La corriente murmura, lo recibe con violencia. Y entonces… sentir que te ahogas, que se te va el aliento entre “el hablar, gris-día,/ de los rastros de agua subterránea.” Todo sigue su fatigado curso, los átomos de hidrógeno y oxígeno se dilatan o se contraen con el inesperado calor de tu cuerpo; las constelaciones avanzan; aparece el sol; te vuelves elástico y te mantienes a flote a pesar de los remolinos y los troncos de la muerte. Los días pasan angustiosos sin saber de ti. Notas sobre tu escritorio.
Te llamas Paul Celan y eres traductor. Te llamas Paul Celan y escribes poesía, una poesía hermética que se te resiste dolorosamente a cada sílaba. Te llamas Paul Celan y “Estás acostado en ese inmenso escuchar/ rodeado de arbustos, arropado por copos de nieve.” ¿Tienen memoria las palabras, tiene memoria la poesía? Tal vez. Por lo menos para ti cada poema recuerda una fecha concreta, “habla”. Y este hablar es antiguo, de cuando aprendimos la ciencia de las palabras; de cuando aprendimos qué es el miedo, la desesperación, los recuerdos; de cuando aprendimos a conversar con los muertos.
Tu aproximación al lenguaje es distinta a la que han establecido muchos escritores y filósofos de lengua alemana. Para Johann Georg Hamann, pietista y crítico feroz de la Ilustración, la razón no podía comprender por completo los misterios del lenguaje, pues su origen está ligado a lo divino: “El silencio de nuestros primeros padres era un profundo sueño y su movimiento una tambaleante danza. Siete días permanecieron sentados –mudos en sus reflexiones o en su sorpresa–, entonces abrieron la boca para emitir sentencias haladas.”_ Influido por Hamann, Johann Gottfried von Herder aseguraba que la palabra era la afirmación de esa experiencia humana ancestral, de sus sentimientos, sensaciones y pasiones: “El lenguaje de la naturaleza de todas las criaturas, poetizado en voz alta por el entendimiento, un diccionario del alma, una constante poetización de la fábula llena de pasión e interés; ése es el lenguaje en el principio, ¿es algo distinto la poesía?”_ Hofmannsthal describió en su Carta a Lord Chandos su cansancio ante el lenguaje, su imposibilidad de seguir usando las palabras, con lo que de alguna manera renunciaba a la poesía. Mientra que Heidegger, quien admiraba tus poemas, pero no fue capaz de admitir frente a ti su papel respecto al Nacionalsocialismo, veía el problema de la filosofía no en la búsqueda de la verdad sino en el uso del lenguaje. En un ensayo sobre Hölderlin reflexiona sobre la presunta inocencia de la palabra, y se refiere a ella como a una manera de nombrar a los dioses, como al más peligroso de los bienes del hombre, como testimonio de su paso por la tierra, de su ser histórico y dialógico: “al decir el poeta en palabras el vocablo esencial, mediante tal nombramiento se nombra, por vez primera, al ente para lo que es, y de este modo se le reconoce como ente. Poesía es pues, fundación del ser por la palabra de la boca.”_
Pero tú no confías en la palabra divina, sabes que el monstruo despierta e intenta nombrar, articular ese grito primero, y que por lo tanto no puede ser “fundación del ser por la palabra de la boca”. Sí, de ella sólo queda la poesía mutilada, que ahora toma forma en la figura del mítico Golem. También éste despierta asombrado después de que le es colocado el milagroso pergamino debajo de la lengua. La palabra está ahí, debajo de su lengua, pero no puede expresarla, se limita a los gestos y al rígido andar. Durante la Edad media este ser fue un símbolo de protección para los judíos, pero con los asesinatos en masa en los campos de concentración lo que queda de él es sólo un silencio tartamudo. ¿Se puede leer tu poesía sin recurrir a la memoria; es más, podría uno leerla sin evocarte?

Einem, der vor der Tür stand, eines
Abends:
ihm
tat ich mein Wort auf -: zum
Kielkropf sah ich ihn trotten, zum
halb-
schürigen, dem
im kotigen Stiefel des Kriegsknechts
geborenen Bruder, dem
mit dem blutigen
Gottes-
gemächt, dem
schilpenden Menschlein.

Rabbi, knirschte ich, Rabbi
Löw:

Diesem
beschneide das Wort,
diesem
schreib das lebendige
Nichts ins Gemüt,
diesem
spreize die zwei
Krüppelfinger zum heil-
bringenden Spruch.
Diesem.
. . . . . . . . . . . . . .
Wirf auch die Abendtür zu, Rabbi.
. . . . . . . . . . . . . .
Reiß die Morgentür auf, Ra —

A uno que estaba ante la puerta, una
tarde:
A él
le abrí mi palabra: hacia
el engendro lo vi trotar, hacia
el medio-
trasquilado, el
hermano nacido en la
bota embarrada del lacayo, el
del sangriento
miembro de
Dios,
el homúnculo chirriante.

Rabí, rechiné yo, Rabí
Löw:

A ése
circúndale la palabra,
a ése
escríbele la viva
nada en el alma,
a ése
sepárale los dos
dedos contrahechos para la
fórmula portadora de salvación.
A ése.
. . . . . . . . . . . . . . ………………
Cierra la puerta de la tarde, Rabí.
. . . . . . . . . . . . . . ……………………………..
Abre de golpe la puerta de la mañana, Ra–

Lo publicaste en el libro La rosa de nadie (Niemandsrose) en 1963. Al Golem no lo mencionas directamente. Sin embargo, todos los rasgos del mito están ahí apenas delineados, o traspuestos, y hay una cierta interioridad que en algo recuerda al personaje de la novela de Gustav Meyrink. Jessica Draper cuenta en su ensayo “’A uno que estaba ante la puerta, una…’ de Paul Celan en el contexto del motivo del Golem” (Paul Celans «Einem, der vor der Tür stand» im Kontext der Golem Motiv) que el primer título que pensaste fue: “Que sont mes amis devenus?, referencia a unos versos del juglar francés del siglo XIII Rutebeuf, con lo que tal vez se alude a alguna amistad fracasada. Su publicación también tiene como fondo el escándalo sobre las falsas acusaciones por plagio que te hizo la periodista Caire Goll, esposa del poeta Yvan Goll, el cual antes de morir te pidió traducir varios poemas suyos del francés al alemán. Claire se empeñaba en probar que habías utilizado los últimos versos de su marido en los de tu libro Amapola y memoria (Mohn und Gedächtnis, 1952); pero esos versos los habías escrito y publicado en distintas revistas antes de conocer a Yvan, con lo que más bien tradujiste con tus propios versos sus versos. ¿Encontraste en sus palabras tus propias palabras? Lo peor fueron las constantes acusaciones, el desprestigio, la infamia.
Ya antes, en 1915, Arnold Zweig se había planteado la misma pregunta que tú te hiciste al empezar a escribir el poema: “¿Qué es el Golem?” En aquellos días de la Primera guerra mundial y del auge del Expresionismo como tendencia artística en la plástica y la literatura en lengua alemana, se daba cuenta de que este misterioso ser revivía tomando el aspecto de un drama, una novela, una película. Aquella palabra significa en la Biblia y en el Talmud algo que no está completamente desarrollado, una sustancia amorfa, un “embrión” incapaz de regenerarse; una palabra opuesta a Adam o Adama, que alude a “tierra” en hebreo. Pero Zweig intentaba una respuesta mucho más próxima y por eso lo definía como: “El homúnculo de un pueblo trágico, no destilado por sustancias químicas, sino por el sonido con el que había sido formado aquel primer hombre tan cercano a Dios.” Zweig reseñaba así la impresión que le habían causado la figura de barro en la obra de teatro (1908) de Arthur Holitscher, la novela de Gustav Meyrink y, principalmente, la película muda de Paul Wegener y Henrik Gallen, ambas obras realizadas alrededor de 1914, y todas ellas llamadas simplemente así: El Golem.
Sin embargo, otros temas característicos de tu poesía se reconocen de inmediato en este poema, entre ellos el del lenguaje y la palabra escrita; la esperanza de salvación y el indescriptible dolor por causa del holocausto. El Golem se asoma apenas cuando quien habla se dirige al Rabí Löwe, y junto con ello aparecen las referencias a escribir la palabra para que el monstruo viva. Cuando la voz menciona al “homúnculo chirriante“ (dem schilpenden Menschlein) o “el engendro” (Kielkropf), uno cree reconocerlo de inmediato, aunque disminuido, pues las palabras para nombrarlo son un diminutivo y un sinónimo despectivo dirigido a los niños malcriados. También hay una reducción del lenguaje que intercala silencios, llena las palabras de consonantes y aliteraciones con una rima inconstante. La poesía comienza con una extraña confesión o arrepentimiento: “A él le abrí mi palabra” (Ihm/ tat ich mein Wort auf). Pero poco a poco esta voz se va haciendo desesperada, vengativa, y el Rabí aparece como la persona a quien con impotencia se le ruega, se le invoca, se le exhorta a hacer justicia. Los sonidos son molestos, pues la voz no habla, sino que rechina como una pesada máquina, provocando que se escuchen también las botas militares. No hay respuestas, y somos testigos de la pérdida de las palabras, pues no se completan o se intercalan con largos silencios.
De la estremecedora personificación de Wegener haciendo el papel del Golem, a Zweig lo conmueve esa existencia a medias, desamparada, que aspira a ser un hombre y a tener una relación con el mundo desde su ahogado ser al percatarse de la lluvia que cae, del aroma de las flores, de la luna en el estanque, de la suavidad de una mujer. Y la criatura lentamente, como asombrada, alza los brazos y los sacude con ahogada alegría. Zweig describe su perplejidad ante la poderosa criatura de esta manera: “Una profunda tristeza yace en ese ser lleno de carencias; su esfuerzo sobrehumano refleja su eterna insuficiencia; como si lo animal hubiera designado a un representante para que en su alma se reflejara la naturaleza humana, como si a mitad de una noche mágica se hubiera abierto a lo animal la puerta de lo bello, de los sentidos y de la viveza del paisaje; pero entonces, se queda ahí, sin saber qué hacer, atormentado, lleno de anhelos, sin ser capaz de comprender, y en ese momento llega la hora final.” En la leyenda, un nombre es lo que finalmente da vida a este monstruo de barro, pero de hecho son las palabras lo que se cuestiona en el poema.
Dentro de esa perplejidad se encuentra también tu poesía, en ella hay una insuficiencia de la palabra al no poder definirla, pues además de que su naturaleza es huidiza, inasible, lo desmesurado de la dolorosa experiencia la limita. De ahí que en tu último libro el paisaje se transforme y tome las formas de los grandes glaciares; ahí es donde permanece la memoria del holocausto, se esconde entre esa soledad inmensa y esa terminología tan específica y hermética. ¿A qué grado eran para ti importantes las palabras que tus lecturas preferidas eran todo tipo de diccionarios y manuales científicos en los que podías satisfacer tu curiosidad por saberes como la geología, la mineralogía o la botánica? “Torbellinos de partículas/ Ojos secos.” Robert Caner- Liese se da cuenta que este uso de un vocabulario técnico, tan específico en tus poemas, logra “mezclar de un modo sorprendente y paradójico la unívoca precisión propia del lenguaje científico con la ambigua riqueza significativa de la evocación poética.” En una de tus cartas a Erich Einhorn, que vivía en Moscú, le cuentas de tu último libro de poemas (Sprachgitter). “Engführung (fuga) evoca las devastaciones de la bomba atómica, en un lugar especial se halla fragmentariamente esta palabra de Demócrito: ‘No hay nada más que átomos y el espacio vacío; todo el resto es opinión’. No necesito destacar que el poema se ha escrito en aras de esta opinión –en aras de las personas, o sea en contra del vacío y la atomización.” Es decir, la poesía; eso es lo único que queda a partir del vacío.
Cuando en 1958 recibiste el premio de la ciudad de Bremen, la parte central de tu discurso la dedicaste a la lengua. Hablabas de que a pesar de todo no la habías perdido, pero “tuvo que pasar entonces a través de la propia falta de respuestas, a través de un terrible enmudecimiento, pasar a través de las múltiples tinieblas del discurso mortífero. Pasó a través y no tuvo palabras para lo que sucedió; pero pasó a través de lo sucedido. Pasó a través y pudo volver a la luz del día, enriquecida por ‘todo ello’.” Tú mismo intentabas con tus cartas darle a Nelly Sachs fuerzas en sus momentos de mayor angustia, le pedías que desde su cama de hospital en Estocolmo extendiera sus manos hacia ti y las convirtiera en poesía, poesía que auxilia; y una vez le enviaste un trozo de corteza de plátano para que actuara “contra las pequeñas dudas que a uno a veces le sobrevienen”. Y le explicaste infantilmente cómo se usaba: “Se coge entre los dedos índice y pulgar, se aprieta con fuerza y se piensa en algo muy bueno. Pero –no te lo puedo ocultar– los poemas, máxime los tuyos, son cortezas de plátano todavía mejores. Por favor, vuelve por tanto a escribir. Y deja que llegue a nuestros dedos.” Lamentas también que en estos tiempos se deserte tan fácilmente de la palabra. Sin embargo, en el poema sobre el Golem, el yo que habla le pide al Rabí que a “ése” le circunde “la palabra” y “le escriba la viva nada en el alma”, y en “Tú tienes permiso” (Du darfst) el lenguaje se da a través de una hoja que grita con horror. Este último, dentro del libro Cristal de aliento; y el aliento, recuerda Gadamer, remite también al ámbito del lenguaje. ¿Pero quién es “ése” al que hay que circundarle la palabra y escribirle “la viva nada en el alma”?, ¿cómo es que en este poema los sonidos resaltan más que las palabras y el mundo orgánico se vuelve tan cercano del mundo inorgánico?
¿Es la poesía un medio capaz de evocar esa memoria mítica?, ¿la única capaz de articular, de acuerdo a una subterránea lógica, la terrible sentencia final, el destierro, la constante huida? Y lo importante para ti, desde luego: ¿puede uno violentar la lengua a tal grado y hacer de ella no sólo testimonio, sino también denuncia, llanto, memoria? Caner- Liese afirma que el punto de partida de tus poemas “es la falta o ausencia de este lenguaje, el saberse parte de una tradición literaria imposible de continuar y la dolorosa experiencia de hablar en la lengua de los asesinos.” Y agrega además que “la misión del poeta consiste en ser memoria y testimonio de todas las muertes y todos los inviernos.”_
La palabra está envuelta en negros copos de nieve, en remolinos de átomos, yace a un lado del río y es memoria. Yace ahí, como Karl Liebknecht que fue conducido a la orilla norte del Neuer See, arrojado del coche y asesinado; como Rosa Luxemburgo, quien después de ser golpeada y herida de bala, fue arrojada al canal de Landwehr para que muriera ahogada; como tu madre, a quien los nazis asesinaron, al igual que a tantos otros, con un tiro en la nuca en el campo de trabajo en Michailowka, cerca de un río en Gaissin, Ucrania: “¿Conoce todavía el agua del Burg meridional,/ madre, la ola que te produjo heridas?” Tú mismo te quitaste la palabra de la boca, tú mismo dejaste entrar en ella el agua suficiente para robarle el aliento o cristalizarlo. A “ése” le “circundaste la palabra” y “le escribiste la viva nada en el alma”. ¿Tan dispuesto estabas “al convite glaciar”? “Agasajar con nieve”; “Nieve ha caído, sin luz”; “Me sangró, madre, el otoño, me quemó la nieve”; “Revira la nieve en lo silente”; “Entorno a la palabra se aglomera la nieve.” Si el agua tiene memoria, sobre tu palabra aún se acumula la nieve y la conserva.

Por Marco Lagunas.*

* Marco Lagunas es Maestro en Letras Alemanas por la UNAM. En el 2010 le otorgaron el Premio nacional de ensayo joven José Vasconcelos. La editorial Tierra adentro publicó su libro Centro de gravedad. Recibe comentarios en marclagcan@yahoo.de

Música viva

Música viva

Hoy fue el concierto inaugural del onceavo Encuentro Internacional de Jazz y Música Viva [sic.], albergado tradicionalmente en el Centro de las Artes, en el que participaron todos los artistas invitados. El concierto abrió con Omar Taméz soplando en una manguera con alguna boquilla integrada, o tal vez era la manguera sola, pero producía al soplarla un sonido largo y ligeramente ululante en un registro bajo muy característico que sirvió para que entrara el pianista Karl Berger con unas notas claramente musicales sin ser obvias, es decir, con un gusto delicado, porque en la música moderna, sobre todo en la que se caracteriza por nacer de la improvisación, lo grosero es hacer música deliberadamente, así como en literatura es de pésimo gusto escribir pensando que se está haciendo literatura. Y el gusto, en jazz, es un elemento esencial, se trata principalmente de buenas maneras, del arte de la conversación. El tercero en entrar fue Wilfrido Terrazas, con su flauta decididamente dionisíaca, siempre muy cerca del desorden, en los límites de la forma; a Terrazas ya había tenido la oportunidad de escucharlo dentro de la Generación Espontánea haciendo cosas mucho más raras, y fue revelador verlo haciendo jazz con participaciones mesuradas, escalonadas con un oído fino y oportuno. Entonces, todo cambió, Ingrid Sertso, quien en el programa de mano se registra como cantante y poeta, se acercó al micrófono y dijo «Music», musitando frases en una modulación chata, frases que no eran sino lugares comunes que habrían de ser reconocidos como poéticos en una escuela secundaria, cosas que me atrevo no sin vergüenza a citar: music…space and rhythm…like a rainbow…butterflies and the drum of the earth. En serio, ¿a quién se le ocurre que es poético decir la palabra «música» en un concierto de jazz? Es tanto como decir «sexo» en medio del acto sexual, bastante poco erótico incluso para estándares adolescentes, y no conforme, la maestra consideraba pertinente intervenir en una métrica de cuatro tiempos, dentro de un marco que se quiere de improvisación libre. Lo peor es que la voz solista en un ensamble instrumental inevitablemente toma el lugar central.

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El contrabajo de John Lindberg y el sax barítono de Sofía Zumbado se encontraban con un tino prodigioso y conscientes de que no se trataba de su espectáculo personal. Hablando de jazz, hablando de improvisación en general, la metáfora de la conversación entre personas inteligentes es insuperable. La improvisación es un arte de damas y caballeros en competencia. La participación de Emilio Taméz fue como siempre impecable, e hizo algunos sonidos solo frotando las baquetas entre sí que disfruté como un cachorro agradecido. Cerca de la media hora de concierto, cuando ya habían empezado a conocerse mejor, decidieron hablar todos al mismo tiempo en una imagen llena de nítidos colores, el piano de Karl Berger desprendía notas continuas sin tocar el pedal para nada, descansando de lleno en la pura lucidez de las notas individuales. Y entonces sucedió de nuevo, a la maestra Ingrid se le ocurrió decir en la misma voz de siempre, con la misma intensidad de siempre: mind…body…intoxication, una y otra vez. Omar Taméz empezó a cambiar de instrumentos y juguetes «encontrados» como curioseando en un bazar, compensando con inventiva y variedad su falta de talento, y descubrí que no importa que se esté en una conversación con un montón de gente interesante, con un solo desentendido basta para dar al traste con la experiencia. Tal vez sea que yo haga mal en esperar un placer absoluto, acaso Omar Taméz e Ingrid Sertso servían de contrapeso para mejor apreciar la calidad de otras ideas, o tal vez haya sido que el concierto se alargó por hora y media sin interrupción, y como le dijo a Nietzsche su propia sombra: «En una conversación larga, aún el más sabio se vuelve majadero una vez o dos, y tres, un pánfilo.» Cerca del final todos tocaban al unísono y todo era confusión, a Omar Taméz, que ya había agotado su instrumental, le dio por empezar a gritar, al principio pensé que había sido el cansancio que jugaba con mi imaginación, pero tuve ocasión de sobra para constatar que efectivamente, el multi-instrumentista aullaba sin parar, como si estuviese en una fiesta con sus amigos en lugar de un concierto público. Como cierre, Omar Taméz pronunció un pequeño discurso que confirmó mi última impresión. Dio unas palabras de bienvenida para decir que el Encuentro se trataba de música viva, tomándose la molestia de aclarar que la música viva la hacen los seres humanos que no están muertos, y presentó una buena parte de los músicos como sus amigos cercanos, a quienes invita invariablemente al Encuentro. Se trata pues de una fiesta privada organizada con recursos públicos a la que somos generosamente invitados, como comúnmente sucede en la provincia con esta clase de proyectos que seguramente si fuera de otra manera nadie más se tomaría la molestia de organizar.

Erick Vázquez.

El juicio de los nazis al arte moderno

 

La mejor manera de conocer a alguien –a no ser que nos encontremos en las dimensiones de la política o el amor- es escuchar a los que guardan juicios en su contra. Así, si queremos comprender mejor a los artistas de la Vanguardia, es aconsejable considerar las opiniones que de ellos se formaron en la Alemania del Tercer Reich. Nunca antes se persiguió a ningún artista o movimiento con mayor ferocidad, con argumentos estructurados en una política cultural congruente, como en la Alemania nazi. El partido Nazi, apenas se apoderara de las instituciones, comenzó a dictar qué manifestaciones artísticas eran aceptables y cuáles no. Hitler lo dejó muy claro en uno de sus discursos de 1937: “El cubismo, el dadaísmo, el futurismo, el impresionismo, etcétera, nada tienen que ver con nuestro pueblo alemán. Todos estos términos no son ni antiguos ni modernos: son meramente el balbuceo afectado de una gente a la que Dios ha retirado su gracia y ha en su lugar otorgado una habilidad para decir tonterías y engañar”. Todo arte que se reconociera bajo la bandera del modernismo habría de ser rechazado, perseguido y destruido. Todo arte, en suma, que no se guiara bajo las reglas clásicas del arte. La idea del Fuhrer era bastante clara: saber pintar significaba representar las cosas como se ven de acuerdo al sentido común. Esta resistencia no parece muy original de parte del Fuhrer. Fue la queja constante desde la aparición de los impresionistas y es una queja que aun guarda toda su vigencia, la podemos escuchar todo el tiempo. El nazismo establecería, con Goebbels, que “No es la misión del arte revolcarse en la suciedad por la suciedad misma, pintar el ser humano en un estilo de putrefacción, dibujar cretinos como símbolos de maternidad, o presentar idiotas deformes como representantes de fuerza viril”. La política cultural nazi era clara a más no poder: evitar lo abyecto, lo putrefacto, la suciedad. Se consideraba ofensivo y condenable deformar la maternidad, la maternidad y la fuerza viril, los ejes indiscutibles del conservadurismo. Ahora bien, ¿a qué se referían con “idiotas deformes”? a algo muy específico, muy particular. La Vanguardia fue la Vanguardia precisamente por que ya no presentaba los cuerpos y la naturaleza de acuerdo a la tradición clasicista. Este es en suma el sentido de “Vanguardia” para los artistas europeos de principios del siglo XX, un desmarcarse de la tradición representativa del clasicismo, ya no dibujar de acuerdo a las proporciones dictadas por una retícula. El sentido que dieron los críticos nazis a los resultados de tal deslizamiento se construyó en el marco de una política biológico-psiquiátrica, y en esto consiste su radical novedad, en declarar que los artistas que pintaban deformaciones estaban ellos mismos degenerados en un sentido biológico, y que por eso no podían percibir la realidad tal cual era, y por lo tanto, eran incapaces de adaptarse al mundo del progreso y la decencia moral de una raza pura. En una página de un catálogo destinado a destruir el prestigio de los artistas modernos pueden verse tres imágenes y un pequeño texto. El texto dice: ¿Cuál de estos tres dibujos es la obra de un principiante, un internado de un asilo de lunáticos? Te sorprenderás: ¡El de arriba a la derecha! Los otros dos acostumbraban ser vistos como dibujos maestros de Kokoschka. El “dibujo de arriba a la derecha” es una aguada, muy bonita, de hecho, expresiva, dentro de los parámetros tradicionales. Los dos dibujos de Kokoschka son, por el otro lado, lo que Kokoschka solía hacer: una cierta tosquedad, una brutalidad del trazo, un cierto tormento, y, por supuesto, una desproporción del cráneo y la quijada, unas manchas obscuras en lugar de ojos, es decir, una mirada abismal.

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Los nazis tenían toda la razón al equiparar las obras de los maestros con trabajos de internos del hospital psiquiátrico. André Bretón y Marx Ernst, ya en 1911, eran asiduos coleccionistas del arte que producían los pacientes del manicomio de Heidelberg. En un afamado libro de Paul Schultze-Naumburg, titulado Arte y Raza (Kunst und Rasse, 1928), se reprodujeron fotografías de pacientes con enfermedades degenerativas y deformaciones congénitas para compararlas con retratos de Modigliani y Karl Schmidt-Rottluff.

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La comparación resulta sorprendente por que el parecido entre las fotografías y los retratos no podría ser más estrecho. Sin duda los nazis dieron en el clavo, la Vanguardia era obra de locos, como no dejan de declarar en el catálogo mencionado y en muchas otras partes, la Vanguardia pertenecía al manicomio, en alemán, Irrenhaus, letra por letra, la casa de la errancia. La querella central entre la Vanguardia y el totalitarismo se centró de lleno en la percepción de la realidad, o más bien, la realidad a secas. La realidad, la última, la verdadera batalla de cada uno de los artistas de cada movimiento de la Vanguardia en la Europa occidental, y la única preocupación verdaderamente ideológica del Partido Nazi. El juicio de los nazis contra el arte moderno nos recuerda lo que es tan fácil de olvidar: que los locos simplemente resumen lo que la cultura no puede soportar, que la normalidad es una invención de una psiquiatría que poco tiene de moderna. Mientras el poeta Paul Eluard admiraba la colección de Bretón escribió: «Nosotros, quienes los amamos, comprendemos que los locos se rehusan a ser curados. Sabemos muy bien que cuando la puerta del manicomio se cierra somos nosotros los que quedamos encerrados, la prisión está fuera del asilo, la libertad se encuentra adentro.»

Erick Vázquez