El violín de Carlos Alegre

Comenzar con una confesión es una pésima estrategia por parte de un crítico, pero después de todo la honestidad no es mal contrapeso de la inteligencia: la primera vez que vi el violín de Carlos Alegre sentí un escándalo moral en mi interior, todo rasguñado, partes de las tapas más desgastadas que otras, la madera, la piel intemperizada como cicatriz descuidada. Pocas cosas me escandalizan, pocas cosas lo han hecho, creo que en mi historia personal hasta las puedo contar con una mano, y un escándalo moral, en un crítico, es una oportunidad dorada, el Santo Grial de los Síntomas que si lo toma le puede ofrecer, tal vez, la salida de sus prejuicios.

Un instrumento musical es un objeto muy peculiar, merecedor de toda la mitología que ha despertado en tanto es el producto de una historia muy pegada a la anatomía y fisiología del cuerpo humano, una extensión natural del mismo; la propia descripción del cuerpo de un instrumento de cuerdas se organiza explícita en un vocabulario que sin empacho utiliza términos como cordal, voluta, brazo, oídos, alma. La historia del instrumento musical es la de un aparato que manifiesta en el mundo sensible la vida íntima, discreta e invisible del espíritu, la subjetividad, la consciencia. El conjunto de prácticas para su cuidado, poblado de caricias de fieltro y emolientes olorosos, guardado afelpado y transportación, está definitivamente del lado del ritual, y muy cerca de lo sagrado. Cuando vi el violín de Carlos Alegre lo primero que pensé fue que seguro tenía otro, éste que usa para la improvisación libre en el que puede rasgar con tornillos industriales, friccionar con gomas duras y rasposear con la parte dura del arco, y otro violín bonito y guardado en la seguridad de su hogar para cuando va tocar la música que requiere de una regla de etiqueta, me contestó que no, que es el único que tiene, ese que al que más de una vez le he visto saltar el puente porque el alma está acomodada apenas provisionalmente.

La improvisación libre, como se dice incansablemente y con razón indudable, es esa práctica en la que artistas se encuentran de manera espontánea en el evento sonoro, encuentro que involucra de una manera muy activa al público y que por lo tanto es el musgo fértil para provocar lazos comunitarios, pero últimamente he estado más interesado en la improvisación libre cuando se trata de un solo, porque es una vía para conocer al artista en sus diálogos internos en voz alta, una ocasión para mejor comprender sus búsquedas individuales, el rango de su condición emocional y, para acabar pronto, su sentido de la belleza. Barthes alguna vez sugirió que conocer a alguien acaso sea conocer su deseo, tal vez Arendt hubiera dicho que conocer a alguien es conocerle en sus actos políticos, en mi experiencia puedo decir que conocer a un artista es, con toda seguridad, conocer su sentido de la belleza.

Retrato del violín de Carlos Alegre por Manuel Enríquez

En el solo de Carlos Alegre del pasado miércoles en el Venas Rotas —dentro de un programa en residencia de Marco Albert—, fueron reconocibles en su diálogo interno las distintas voces que forman parte de su experiencia: una elegante por degenerada tendencia al vals y una escucha de la forma que deviene muy rápido un cambio extraordinariamente bien cadenciado hacia la deformación tonal, ya sea porque tuerce y destuerce mientras toca las clavijas de la afinación, adaptándose a la metamorfosis de la tensión en las cuerdas, ya sea por el puro recurso del brazo. Los ecos del son huasteco se pueden escuchar lejanos, casi olvidados, sino fuera por la expresión felizmente carnavalesca que se manifiesta de manera muy particular a su estilo en la elección de un intervalo que cambia de pareja con un tema cada seis o siete compases de duración irregular, que a ratos coquetea con el silencio o con la irrupción de un nuevo tema que se explora, de nuevo, en cadencias perfectamente desmedidas. El virtuosismo y el famoso oído absoluto de Carlos por supuesto que no son el punto pero ayudan bastante al estilo de su espíritu sorprendente, porque si el virtuosismo normal y comprensiblemente es un vehículo para apantallar, para Carlos no podría tener menor importancia, porque lo porta con la misma ligereza con la que Gokú termina sus batallas, con una sonrisa sencilla ante la terrible seriedad de los asuntos humanos. En el último set, el violín lo tocó sentado directamente con un piano de pulgar, directamente sobre las cuerdas del violín en un zapateado rico en tensiones percutidas que hicieron sufrir la estructura madérica del violín hacía un rasgueo metálico, y de pronto, como de las mismas cuerdas atormentadas del instrumento sonó un rugido de la garganta de Carlos Alegre, un rugido venido de la caverna sonora que se volvió un lamento, tonal y bailable en los términos africanos que igual nos hablan con una ternura profunda de un dolor fácilmente reconocible que se resolvió en una serie de ataques cortos y el frenesí alcanzó el silencio y el final de su solo.

En cualquier artista, el pánico (la percepción desorganizada y exacerbada de la realidad) es sustituido por la inspiración (la solución espontánea a un problema formal), en un gran artista el pánico y la inspiración son simultáneos. El violín de Carlos Alegre, todo puteado de las aventuras y los juegos, es un instrumento hermoso, porque es un testimonio palpable de que Carlos una vez que empieza el viaje no deja nada para después, como la mariposa monarca que emprende el viaje como una obligación correspondiente a la gracia sin reservas de su fragilidad, como el colibrí que migra miles de kilómetros y cuyo corazón es, igual que el de Carlos, capaz del rango inaudito de la casi imperceptibilidad a la velocidad imposible, dejando la marca de su historia escrita en el viento que no se guarda nada para el regreso.

Erick Vázquez

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