El sonido de Eli Piña, dentro de ensambles de improvisación libre o de Ská, se ha caracterizado por su potencia pulmonar y un sentido de la frase fácilmente identificable: imparable, aglutinante, casi infinito entre los brincos entre la vibración baja y la estridencia picosa propios del saxofón tenor, un sonido claramente urbano y festivo, intempestivamente rítmico. El solo para sax tenor, clarinete soprano y voz que presentó el viernes pasado en el Venas Rotas fue un sonido bien distinto a todo lo anterior, y desplegó más bien un muestrario de los sonidos que pueblan su vida privada, sus soledades y sus ideas, una exhibición de su fragilidad, de su intimidad, el rango armónico entre su agresión y su ternura.

El catálogo de recursos durante el solo improvisado para la expresión de este universo privado hablaron por sí mismos: soplar al sax sin amplificarlo al sonido, puro aliento de extensión respiratoria sin presión de los labios en la boquilla, sin miedo a sonidos demasiado discretos que apenas llegaban al oído; empezar a dejar salir la voz como consecuencia natural de una respiración profunda que nace en el vientre bajo y sube a la coronilla perturbando la laringe mientras acariciaba percutiendo con escobillas el sistema de las llaves y la boca del instrumento; dejar que la saliva gorgoreara un poco en boquilla y cuello del sax y clarinete para efectos de distorsión que dejaran muy claro que hay un cuerpo y no sólo un instrumento, o más bien, que la distinción entre un cuerpo con sus fibras y fluidos y un cuerpo metálico construido para amplificar la existencia invisible del alma, es una distinción arbitraria. La frase melódica, que pasaba de la voz humana a la voz del saxofón o el clarinete, armada de alientos de medio impulso que le indicaban los tiempos para intercambiar tonos, fue sobre todo la inauguración de las posibilidades creativas de Eli como artista, es decir, una ampliación de sus maneras de sonar como un eco de una vida interna que encuentra sentido en la escucha, posiblemente, maneras de vivir insospechadas. Cambios en lo mismo: maneras privadas, íntimas, rabiosas y dulces pero al final conservando su muy particular impulso por lo urbano y festivo, intempestivamente rítmicas en la angustia y la serenidad de una escucha de sí misma.

La voz, confirmó Eli durante su entrenamiento en la escuela de Alquimia Vocal, es la salida de la vida interior, la vida privada del sonido que nace en las vísceras articuladas en el sistema óseo, un sonido que, verosímilmente, tiene vida desde antes de que exista en la vibración del aire, para la que el instrumento metálico de la amplificación del aliento es la manifestación formal, pero, también, que una vez que el sonido existe afuera cobra una especie de vida propia que durante un solo de improvisación le habla de regreso al intérprete para decirle quién es, quién puede llegar a ser. El solo de Eli Piña fue una especie de autorretrato con toda la honestidad propia de la improvisación libre, sin correcciones a la imagen, sin pudores estorbosos preconcebidos de acuerdo a ideas de lo bello y lo feo, revelando que un autorretrato realizado en el vacío de una imagen acústica sin otras referencias premia el salto a lo desconocido con la dignidad otorgada por su propio valor.
Erick Vázquez
