Germán se arranca tocando sin preludio porque un artista experimentado del sonido comprende al interior de sus fibras que la música no tiene principio ni fin, que el concierto ya ha empezado antes que el sonido vibre a través del aire y que no va a terminar cuando la vibración cese. Germán es por lo tanto un maestro de ceremonias cuyo diminuto protocolo se agradece porque la institucionalidad le es ajena, tiene prisa por sonar, apenas da la bienvenida y estalla el sax empujando la colaboración, como si la presentación solo atendiera un breve intermedio, la formalidad un estorbo necesario que entre más corto mejor. El miércoles de la semana pasada en el Venas Rotas, sin embargo, Germán se tomó unos segundos para expresar cómo se sentía en ese lugar, pequeño y abarrotado de gente anhelante , para decir: “Siento como si esto fuera un pequeño Jazzorca”, conmoviendo el delicado corazón de Víctor Zapata que no esperaba tal reconocimiento, al que todos asentimos en silencio.

El trío entre Germán, Iván y Gibrán es lindo por varias razones, y la primera, la que más me interesa a mí, es la de las distancias generacionales. La diferencia entre edades de artistas compartiendo un escenario es uno de los aspectos que más me interesan porque es un signo expresivo de que la de la improvisación es una verdadera comunidad, en donde el escenario se comparte sin jerarquías de carrera, prestigio, currículum, y en donde, por consecuencia, lo único importante es el arte, el arte de la influencia y la escucha mutua. Estas diferencias generacionales sólo podrían abundar al enriquecimiento de la experiencia de la audiencia y los propios artistas: Germán es un músico que conoce el jazz como conoce el aire que entra a sus pulmones, que habla el idioma del free jazz como habla su lengua materna, y que se mueve en la improvisación libre como se mueve la sangre en su cuerpo. Acerca de Gibrán —y no es algo que se tenga que aclarar para el caso de un percusionista experimentado en la improvisación-, su pulso no tiene la función de un ritmo para la guitarra y los alientos, no es un acompañamiento, es otra voz entre las voces, y es importante subrayarlo porque el Gibrán que escuché esa noche no fue el mismo que he escuchado al lado de Ambriz, Shaostring, u otros, fue un Gibrán de vocalizaciones más discretas, más selectivo en sus explosiones. Los elementos sonoros de una combinación particular de artistas cobran un sentido distinto cada vez, y lo curioso es que esa nebulosa se extiende a la vez que se compacta su núcleo cada vez que tocan, se conozcan los artistas entre sí o no, por diversas razones en un caso u otro, razones de escucha mutua en todo caso. Aunque recurran a herramientas familiares para quienes ya los hemos visto en repetidas ocasiones, hay una distinción, en parte por la ya mencionada particularidad de cada ensamble, en parte porque la audiencia también varíamos, no sólo en personalidades, también en el ánimo que nos habita, y en esto consiste la inconmensurabilidad de la improvisación libre. ¿Cómo es que la masa de emociones y sentimientos, ideas y distracciones de la audiencia afecta a los músicos? Es un misterio que la fenomenología aún no no logra explicar, pero que por lo menos Baudelaire nos salva de la locura, si no del delirio, al afirmar que “la verdadera música sugiere ideas análogas en cerebros diversos”.


Según me cuenta Gibrán Andrade, la primera vez que tocó en el Jazzorca, fue justamente al lado de Iván, hace algunos 15 años. Para Iván lo raro es normal, sin duda porque vivió su infancia y adolescencia en el Jazzorca; imagino, como esas personas cuya suerte les permitió crecer en el circo, su familia los magos, los payasos, los elefantes y las jirafas, a la familia de un circo o de un teatro la realidad del mundo les parece sorprendente con la misma cotidianidad que los poetas encuentran los milagros, para quienes lo extraordinario es ordinario y no les toma desprevenidos, y es por esto que para Iván los elementos de la guitarra clásica acústica y contemporánea confluyen con tanta naturalidad con los recursos de la improvisación libre, porque heredó de la comunidad del Jazzorca la conquista de un lenguaje en donde las reglas ya no fueron algo que él tuviera que doblar, quebrar, modificar, sino un campo franco libre de juegos donde Iván, artista responsable y talentoso, encontró su propia voz, en una exploración que sigue modificando tratando de involucrar su cuerpo entero mediante la invención de un slider armado con tubos de PVC, que va deslizando con los pies, evidenciando otra de las grandes conquistas de la escena de la experimentación y la improvisación: que el instrumento es indistinguible del cuerpo, y a la singularidad orgánica obedece.
Erick Vázquez
