El azul de la distancia, el amarillo violáceo de la cercanía

La pintura y la fotografía de paisaje son el testimonio de quienes salen de su casa, viajan, caminan, esperan, trepan, y así, la imagen está ligada a la condición pulmonar y cardiovascular del artista. La perspectiva de un paisaje es estrictamente la que nuestra aspiración pulmonar y cardiaca nos permiten.

El corazón es el único músculo que no podemos contraer a voluntad, el pericardio está poblado de un tejido neuronal y un  sistema eléctrico propio de tal manera que, técnicamente, el corazón tiene su propio cerebro. La proverbial diferencia entre cabeza y corazón es estricta y anatómicamente correcta, y es común que cerebro y corazón tengan ideas distintas que se ven obligados a negociar de continuo para regular el ritmo de una oxigenación cordial o exasperada. Saskia Juárez nació con Síndrome de Wolff-Parkinson-White, condición congénita en la que el corazón cuenta con un exceso de vías eléctricas y neuronales en el pericardio, resultando en una aceleración ventricular que excede las órdenes cerebrales e incluso las cardiacas, una taquicardia puede suceder seguida de un esfuerzo físico o una fuerte emoción inesperada. Naturalmente, el esfuerzo que implica subir una montaña, impulso concomitante de quien se siente atraído a las formaciones, le está prohibido a Saskia, y está obligada a ver las montañas a la distancia, la perspectiva de sus cuadros, y por lo tanto su paleta cromática, le son dictadas por las condiciones de su corazón, el azul de la distancia, el amarillo rosáceo de la altura y la cercanía.

La visité en su estudio y me mostró su obra reciente. Pinturas de Mina, el cerro de la Popa y el Fraile, la Huasteca. El cuadro de la Huasteca está en proceso, el cielo y las orillas del cuadro interminados, y en la paleta podemos ver claramente el comportamiento de la perspectiva. Tal vez lo que no comprendo muy bien es cómo, si la paleta cromática está casi por entero del lado de los colores fríos, cómo es que la pintura resulta tan cálida. El cuadro es impresionante sí pero no es la fuerza que siento con la Huasteca cruda que me hace sentir todo el peso del tiempo profundo, en la Huasteca el sentido de mi organismo es despreciable y ahora sé que es porque no la he comprendido en lo que tiene qué decirme. Si un cuadro de Saskia como el de la Huasteca me permite comprender mejor el susurro imposible del tiempo profundo es gracias a la relación que la pintora tiene con la montaña.

Un cuadro de Saskia es la experiencia de un instante particularmente regional, sin ambición de una esencia universal ni atemporal, es un testimonio mutuo de paisaje y montaña sobre su persona y viceversa, es decir, es una pintora de experiencia viva, de pararse en el lugar de una elección y absorber la experiencia de la perspectiva, el color y la temperatura. Es el momento de la mancha y la composición. En la tradición de ir a pararse en el lugar la influencia de Cézanne es evidente y también en las soluciones geométricas, es decir, la atención a la enseñanza del contraste entre cantera y cielo, contrastes que tienden a anular la línea del horizonte traduciéndola a la experiencia de la pura pintura, pero a diferencia de Cézanne, a Saskia le interesan más las montañas que el arte en sí, y este interés le ha otorgado a la pintora el conocimiento de lo que es una montaña y lo tiene muy claro: una montaña es la voluntad de la Tierra para plegarse en las superficie, pliegues como los del papel arrugado o la ropa con el movimiento diurno, la diferencia de una montaña a otra es la diversidad de las diferentes voluntades geológicas que nosotros experimentamos como sombra y luz, contraste y color, por eso en sus cuadros siempre hay entradas en línea zigzagueante. Saskia tiene en mente que la estratificación de la zona es producto del mar, y el mar es el gran elemento del inconsciente regiomontano, de otra forma no se explica esa obsesión ciudadana por las palmeras y el comentario frecuente de la humedad en las conversaciones, sus cuadros podrían fácilmente imaginarse submarinos sino fuera por la cantidad omnipresente de luz que compensa el elemento acuático.

Las montañas, como las estrellas, organizan un sentido del tiempo y la ubicación en un territorio, son literalmente la cartografía emocional y geográfica de una subjetividad, estar cerca de una montaña que ha organizado el horizonte de una vida es estar cerca de un signo de parentesco, y es por lo tanto sintomática la relación del regiomontano promedio que las admira pero no las cuida y las devasta furtivamente, como la relación del cazador con el venado, que lo admira llenando de cabezas su sala y creo que por esto Saskia a veces decide borrar la ciudad, según su descripción de Monterrey: “Una mala pintura con un marco magnífico.” La mancha urbana de Monterrey debe ser muy difícil de amar para un pintor, una voluntad de progreso que ha ido cambiando los colores del cielo y el sentido de la profundidad mediante una contaminación rampante que ha saturado todo de ocres grisallosos.

El corazón normal, como el gas ideal, no existe, son estrictamente condiciones de la emoción y el conocimiento en referencia a la sístole y la diástole particulares de cada cuerpo. La montaña, objetivamente, tampoco puede ser una, y además de la pintura presencial en el paisaje Saskia tiene otro método usual del dibujo en miniatura sobre transparencia luego proyectada en la tela; el dibujo cabe en la mano y la tela, por lo menos en estas recientes, de 120 por 200 cms. El momento conceptual del cuadro es el de la miniatura en donde toma decisiones para aumentar ángulos, diseñar las entradas zigzagueantes al cuadro, añadir o quitar, y es en la diferencia entre la mirada que diseña el apunte en miniatura y la mancha de color que sucede lo que Saskia llama la voluntad de la montaña, el pliegue particular que indica el comportamiento de la luminosidad. La facultad del arte de sintetizar una forma inmensa en dimensión y tiempo en unos cuantos centímetros para poder pensarla es la facultad de hacernos la experiencia del mundo habitable, cognoscible, transmisible, y la de las montañas es la experiencia netamente cardio-geológica de ser testigos de lo que nos antecede y lo que nos sucederá, sin despecho, porque para la roca cada segundo cuenta.   

Erick Vázquez

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