La primavera en diciembre

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El pasado 11 de noviembre en el Centro de Compositores de Nuevo León se cerró el ciclo de las sonatas para violín y piano de Beethoven a cargo de Juanmanuel Flores y Noé Macías. Las sonatas restantes a interpretar fueron la número 05, Op. 27 (“Primavera”), y las tres sonatas organizadas bajo el Op. 30 (06, 07 y 08).

El título de Primavera le fue adjudicado a la pieza después de la muerte de Beethoven –al igual que Moonlight, Appassionata, etc- por mano de los editores por la simple razón de que el público las encuentra de esa manera más asequibles intelectualmente y para bien o para mal les asegura cierta popularidad, es sencillamente más fácil de ubicar, entender y vender bajo el título de Appasionata que en lugar de Sonata No. 23 en Fa menor, opus 57. En el caso de la Primavera y por que por ahí del compás 84, cuando el violín empieza a brincar de octava en octava hasta la parte más alta de un Do para luego pasar a una secuencia de caídas y ascensos, crescendos y decrescendos que nos llevan a reencontrarnos con el tema inicial, pero invertido, ahora en el piano, solo para reconocerlo en una dulzura transformada en algo furioso, una gentileza exasperada, por esta manera de entender la sonata podríamos gustosos aceptar la nomenclatura y tomar la sonata de Beethoven como un pequeño tratado sobre la naturaleza. ¿Qué es la primavera? algo que crece, una exaltación pura y sola, sin moral, una aumentación de rango dinámico, un sostenido crecimiento de intensidad al precio del pasado.

El criterio de Juanmanuel y Noé para organizar el programa fue ya en sí una manera original de entender el ciclo de las sonatas, una perspectiva muy apreciada desde que la numeración del catálogo no obedece a estrictas reglas cronológicas y esa arbitrariedad relativa nos permite organizar un punto de vista propio. En el primer concierto interpretaron las primeras tres junto con la décima y última para contrastar los cambios que sufrió Beethoven en su manera de entender la sonata y la instrumentación, en el segundo concierto la cuarta al lado de la novena “Kreutzer”, y éste lunes pasado la quinta, octava y sexta: dejaron la séptima al final.

La decisión de la séptima (op. 30 # 07) para el final se debió a que del lado de los músicos y en sus palabras es muy demandante como esfuerzo físico y emocional; por lo demás del lado de la audiencia requiere también una carga de atención muy especial, que sin duda se debe al aliento de una largura temática y una dimensión masiva de los acordes, una sonata para piano y violín que se podría instrumentar sin problemas al nivel de una masa sinfónica (Leónidas Kavakos sostiene que pertenece al mismo universo que la sinfonía Pastorale), decisión pertinente además como un acto de justicia para ponerle atención a una sonata que debiera ser tan popular como la Primavera o la Kreutzer por la cantidad de riesgos que Beethoven tomaba, cantidad de claroscuros, siempre inconforme al interior de sí.

El pasado sábado 08 de este mes, bajo la cúpula del Obispado, el cuarteto Cromano también cerró sus actividades del año con el opus 110 de Shostakovich que les quedó –sin sombra de exageración- perfecta, y valdría mucho la pena una grabación de ellos en el futuro. En el programa incluyeron el quinteto opus 97 de Dvorak, una manera tupida simbólica para despedir al segundo violín, Eyliana Pérez, y dar la bienvenida a Rodrigo Martínez.

Erick Vázquez

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