Fernando Vigueras y el concepto de colaboración

Cuenta una versión nuestro pasado, antes de la historia, antes incluso de la pintura preservada y milenaria en las cuevas profundas, que la coordinación de los cuerpos en la migración, en la cacería y en la disposición de los miembros de un grupo durante el sueño, es gracias a una sistematización del organismo que cuando percibe la cercanía de alguien querido libera ciertos químicos, sobre todo endorfinas y otras sustancias del bienestar y la emoción que nos han conducido a responderle en reflejo y simetría a otros cuerpos, miembros de una filiación. Aprendimos que movernos juntos nos llevaba lejos, lejos en el territorio, lejos en la Historia Natural que complacida nos ha mirado coordinándonos, y cuenta esta versión que tal fue el origen de la danza y el canto como un sólo impulso.

Ha sido un chanfle absoluto que la noción de creatividad se haya ligado inexorablemente a la idea de artista individual, con su genio susurrándole al oído la condición de su soledad, como si el habla no fuera un río en el que nos bañamos chapoteando, chispeándonos agua a los rostros en el juego de la palabra, como si la lengua no fuera un tesoro compartido, como si la Historia Natural no nos acogiera en su seno materno en tanto miembros herederos de una especie que se constituye en una familia de emociones en común. El mito de la creatividad como un acto solitario e individual no está infundado, al forjar tal mito la historia del arte meramente estaba poniendo atención a la dinámica de la institución de las Bellas Artes: un escritor a cuatro manos es una imposibilidad cuando no una anomalía, un pintor de caballete no tiene espacio ni ganas para que otra persona meta las manos, un escultor concibe su forma y le da duro con el cincel y cuando necesita ayuda no tiene colaboradores, tiene ayudantes. Incluso en la muy cercana práctica del arte contemporáneo o conceptual, que se sacudió la tradición de las Bellas Artes con un par de gestos contundentes, el artista conceptual sigue en su estudio o en los territorios que explora solo, y cuando no solo, lo que tiene son asistentes. Lo que salta a la vista en estos ejemplos es que no se trata en ningún caso del sonido, la excepción confirma la regla porque cuando la categoría de las Bellas Artes contempla la música se refiere muy explícitamente a la figura clásica del compositor, un señor con una idea privada, ejecutada por otros siguiendo una partitura con parámetros muy fijos. La colaboración al interior de la lógica de las Bellas Artes no existe, ni podría existir porque si la contemplara como una realidad legítima pondría en crisis todo su sistema conceptual e historia. La tradición de este armatoste ha hecho de la colaboración un misterio, y tal vez haya sido necesario que una persona solitaria estuviera facultada con el deseo y una capacidad inusitada para la escucha como Fernando Vigueras para desarticular el mito de la creatividad en aislamiento. Fernando es un artista sonoro que recurre a la colaboración como un modus operandi, y no solamente al interior de la escena de la experimentación sonora o la improvisación libre, al grado que incluso sus obras que podrían considerarse obras individuales, como sus instalaciones con instrumentos, sólo cobran vida cuando son intervenidas por la invitación a otros artistas o por el público azaroso que se acerca.

Para tratar el tema de la colaboración en el trabajo de Fernando Vigueras seguí un método diferente al que acostumbro: hablar con el artista, asediarlo con preguntas sobre qué, cómo y porqué, y decidí mejor hablar con artistas que han colaborado con él para hacer una especie de retrato hablado recurriendo a diferentes testimonios, reconstruir una imagen que me permitiera verlo con diferentes ojos, la mirada de Galia Eibenschutz, Maricarmen Martínez, Elena Pardo, Ariadna Ortega, Katia Castañeda, Gabriela Gordillo, Concepción Huerta, Aura Arreola, la revisión de algunos trabajos con Rodrigo Ambriz y Sarmen Almond. Hay una constante: si hay algo en común entre cada artista que colabora con Fernando es que no dejan nada fuera, hay una entrega intelectual y un compromiso visceral con su arte, con lo que tienen que decir, sin ambages, un sentido comprometido del profesionalismo, la vocación, a un grado irreductiblemente existencial, donde el virtuosismo pasa a segundo término sin dejar de estar presente.

Concepción ha trabajado durante más de diez años con Fernando, en diferentes proyectos como una instalación octofónica en el Memorial del Centro de Cultura Digital, que requirió de una preparación muy cuidadosa previa a la activación, y proyectos donde esencialmente se ha improvisado. Concepción habla, naturalmente, de una amistad larga con Fernando, pero subraya una conexión por medio del sonido, una práctica que incluso cuando es improvisada es una manera de comprenderse mediante la convergencia de un diálogo profundo. La colaboración entre ellos es particularmente curiosa por la intermediación de elementos análogos y electrónicos, ¿cómo es que sucede un diálogo profundo mediante aparatos maquínicos, programas secuenciales y amplificación voltáica? Es decir, ¿cómo es que un diálogo profundo que refleja amistad y afecto y la afinidad de un sentido muy personal de la estética sonora puede tener lugar, en apariencia, tan lejos del cuerpo, carne y sangre? Respuesta: porque son extensiones naturales de su oído interno, exteriorizaciones de un mundo íntimo que en el sonido se encuentran como se encuentran los cuerpos celestes en sus trayectorias que a nuestros ojos parecerían inauditas, pero no para la escucha. ¿Qué es la colaboración? Una cartografía celeste que aprovecha las coyunturas inmemoriales. Gabriela Gordillo, que también trabaja con cintas magnéticas y mezcladoras, me cuenta lo difícil que es en el caso de Fernando distinguir el artista de la persona, coincide con el resto de las entrevistadas en la gran apertura y generosidad como una característica de la escucha y de actuar en consecuencia. Todo empieza, dice Gaby, con una conversación, una idea pequeña que crece y crece con el continuo compartir con un horizonte de la forma que se va aclarando, método que es posible sólo gracias a la congruencia entre lo que piensa y dice, una honestidad confiable que no se encuentra todos los días. ¿Qué es la colaboración? Tomarse en serio las intuiciones propias y ajenas, dejarlas crecer como dos enredaderas que aprenden a anudarse en unos puntos y alejarse en otros en un plan conjunto a pesar de su raíz ya lejana. Las colaboraciones de la cellista Ariadna Ortega con Fernando han sido pocas, un par de veces dentro de la improvisación libre y otra vez en la instalación del Silabario; Ariadna me aclara que su convivencia ha sido mínima, no son amigos cercanos ni mucho menos su relación es vieja y sin los avatares de confundir artista con persona, y sin embargo sus conclusiones son muy nítidas y casi idénticas en la experiencia: una apertura, una confianza, la completa seguridad de que sin importar la poca preparación previa una va cachar al otro en el momento preciso, confianza que en la acrobacia escénica y la danza sólo es posible después de muchos ensayos, pero que en el campo sonoro significa que saltar sin red es la medida más segura, ¿qué es la colaboración? Una entrega absoluta a la escucha mutua.

A Fernando siempre le ha interesado el cuerpo en sí, tal vez porque entiende al instrumento como una mediación o una mera extensión, tal vez porque al entender al instrumento como una mediación sonora cualquier cosa es un medio y el cuerpo el punto de partida y llegada del evento sonoro. Katia Castañeda ha trabajado muchas veces y a lo largo de años con Fernando, Katia es una artista del performance, lo suyo es intervenir el espacio público, canalizar la potencia de su cuerpo para transfigurar el sentido de un lugar concentrándose en una sintaxis sencilla, ¿qué es el movimiento de los brazos levantados? ¿Qué significa subir y bajar una escalera? Y en estas búsquedas se ha encontrado con Fernando en una elegancia de la sencillez, pero lo importante es que cada vez que colaboran Katia es más y más consciente de su cuerpo entero como un órgano de escucha, el cuerpo sonoro como un elemento de infusión en el espacio público, y Katia observa que a lo largo de este trabajo en conjunto Fernando cada vez se mueve más, cada vez es más sensible a la realidad de su motricidad significativa. ¿Qué es la colaboración? La mutua transformación en la identificación y la diferencia.

Una vez me dijo Fernando que la voz humana era un misterio. La gran diversidad entre artistas de la voz con quienes ha trabajado puede ayudarnos a pensar este misterio en sus exploraciones de la mano de Maricarmen Martínez, Rodrigo Ambriz y Sarmen Almond. Maricarmen también me habló de transformación, porque también han trabajado durante años su amistad y sus conceptos y cada quien ha ido diversificando su camino, trayendo cosas diferentes cada vez que se reúnen, cada vez que se presentan aunque sea el mismo proyecto varía un poco, improvisar cadencias como en el proyecto Cuando el viento aprendió a hablar, aprender a sortear y aprovechar los elementos del azar, explorar diferentes caminos en proyectos ya trazados, rítmicas donde antes eran melódicas. La longitud armónica en el desarrollo interválico de Maricarmen, la visceralidad léxica de Rodrigo, tan animal, tan cercana al rugido y la ternura, la inmensa amplitud expresiva de Sarmen, tan animal también pero inclasificable, nos pueden dar la pista en el interés incansable de Fernando sobre que, efectivamente, el fenómeno de la voz es un misterio, y consiste en que el rango de la voz humana es capaz de expresar todas las realidades emocionales e intelectuales del cuerpo como una misma superficie, y para invocar todo ese universo distinto para cada artista Fernando ha recurrido, de manera muy singular, a la forma de la instalación sonora.

Sus instalaciones sonoras nunca son inertes, en una descripción sencilla consisten en ambientes con espacios abiertos triangulados por sensores al sonido y movimiento, por ejemplo, el proyecto del Silabario está armado de espejos sensitizados al movimiento, que responden en instrumentos con armónicos o pulsión de cuerdas a la aproximación de un cuerpo y el sonido, una estructura con la flexibilidad suficiente para que cada artista haga algo muy distinto con la misma instalación. Tenían que ser espejos. Reflejos. Creo que cada instalación de Fernando es un diagrama externo del mapa de su hipersensibilidad interna. La revelación, para escándalo de la psiquiatría y para complacencia de los epícureos, es que un dispositivo tan personal sea el modelo perfecto para que personas tan distintas en personalidad, disciplina y vocación se encuentren con las condiciones para escucharse y sonar en la autenticidad de una búsqueda personal, una privacidad compartida. ¿Qué es colaborar? Invocar los ecos del ser.

Para Aura Arreola la figura de Fernando ha significado un camino importante hacia la sonoridad, y Aura fue en exceso generosa conmigo en compartirme su tesis para el grado de maestría en la UNAM, titulada Intimidades radicales, que viene un montón al caso porque se trata, en lo particular, de la problemática de la colaboración en las artes, performáticas, escénicas, y en lo general, de cómo vivir en conjunto en un una sociedad que ha hecho de la competencia no solicitada una viciosa virtud. Aura comienza su tesis con un diálogo: “¿Qué te duele?— Las formas hegemónicas de lo relacional.” Aura “desea que la escritura sea un proceso menos solitario, menos sedentario y menos doloroso”, y para atravesar conflictos y obstáculos descansa sobre la calidad del asombro, y para lo aquí pertinente, sobre la certeza de que “el sonido atraviesa lo inefable”. La intervención de Aura en el Silabario, movimientos que en un principio provocaron los sensores conectados a las guitarras armadas con motores que las rasgaban o vibraban, muy rápido pasaron a ser movimientos en donde ya no es que fuera difícil distinguir si el movimiento estaba provocando el sonido o el cuerpo respondiendo a las vibraciones sonoras, es que ya no importaba, no se distinguía el estímulo de la reacción, tanto cuerpo como sonido una misma realidad, y tal vez fue así, en el principio de los tiempos, antes de que distinguiéramos canción de sentimiento, palabra de tendón, músculo y cartílago. Galia Eibenschutz es una gran performancera para el caso de trabajar con artistas de la improvisación sonora, como ha hecho con Natalia Pérez Turner y la Generación Espontánea, porque sabe aprovechar el espacio de libertad sin pauta de la improvisación, es decir, porque tiene una experiencia de habitar con calma el azar y los recursos para sostener en su cuerpo lo que en música se llama “silencio”, ¿cómo lo hace? Es tema de un ensayo aparte porque el silencio es toda una dimensión de la belleza y lo terrible en lo humano que otros animales tal vez no sufren; por lo pronto Galia señala en sus colaboraciones con Fer, en particular la intervención en el Silabario, esa misma amplitud de espacio para la experimentación y la búsqueda que es la condición de la escucha auténtica y profunda, que define la colaboración como una apertura generosa a las diferentes voces y donde eso que en términos coloquiales se llama “ego” no tiene lugar.

No es ningún capricho que Fernando haya titulado esta serie Silabario, un juego diseñado para que los niños jueguen al lenguaje, aprendiéndolo, deconstruyéndolo, una estructura donde el control, por parte de quien diseñó la instalación, es apenas un decir. Soltar el control es para los niños una dicha y para el artista tradicional la pesadilla de sus desvelos, porque en la psicología heredada y casi aún intacta del Renacimiento acerca de la creatividad Control es igual a Forma, pero Fernando, no sé si por haber estudiado la revolución científica de la teoría del caos, por su experiencia con la improvisación libre, o por la simple naturalidad de una tendencia hacia la ternura y la irritabilidad ha tenido la disponibilidad y el entrenamiento para la poesía que se encuentra palpitante en la confianza en que alguien más tenga acceso a su corazón, lleno de la música del mundo, gente que le es cercana en la amistad y gente que apenas conoce. Fernando es como esos poetas embriagados de vida del Romanticismo, que repudiaban el concepto de autoría porque sabían que la belleza no le pertenece a nadie, que afrontaban las autoridades estéticas con sorna, que detestaban la ignorancia de las masas y atesoraban la amistades, sobre todo las amistades con talento y sensibilidades afines, brincando del odio a la estupidez de la humanidad hacia el amor incondicional por sus semejantes con todo un abanico emocional entre ambos puntos, juntándolos en un círculo cromático. Un alma centenaria depositada en un corazón de niño. Por todas estas razones el asunto de Fernando Vigueras en la colaboración lo encuentro como un caso particular, ideal para pensar un problema que realmente no es un problema netamente artístico, ni siquiera es netamente humano ni mucho menos animal, ni evolutivo. Es un problema enraizado en un concepto histórico y alimentado por una mitología disfrazada de historia del arte, que se mantiene vivo y coleando porque sirve a vicios de categorización institucional y políticas culturales, cuando colaborar soltando el control es, para citar una vez más a Aura, “no una contradicción sino una paradoja audaz”.

¿Cómo, con tantas variables en juego, es el trabajo de Fer tan consistente a lo largo y ancho de colaboraciones y conceptos? La primera respuesta obvia e insuficiente es el dominio técnico, el voltaje bien calibrado, el conocimiento de los picos y las depresiones acústicas en la amplificación, la dirección efectiva del campo cuadrafónico y un olfato acústico para detectar la posibilidad de una conversación; la segunda respuesta y menos obvia es la consistencia de una emoción. La pregunta por la emoción sigue siendo el rompecabezas de neurobiólogos, conductistas y etólogos, pero siguen batallando porque la quieren resolver en términos de categorías, y la emoción fundamental de Fernando Vigueras es una mezcla indistinguible entre el dolor y el agradecimiento, la expansión y el retraímiento en un mismo glissando, y cuando he tratado de tener con él una conversación en serio nunca estoy seguro de si me está respondiendo bien o si me está vacilando, porque está jugando en serio. No puedo resumir en pocas páginas un trabajo que involucra una larga lista de proyectos, años y artistas, pero puedo mencionar tres aspectos esenciales: la amistad entendida como una mutua comprensión sonora, una capacidad de escucha que tiene el efecto de la confianza y el florecimiento, y la consecuente transformación mutua que le da lugar a una obra de arte viva, aspectos que no podrían ser posibles sin una sensibilidad a la poesía propia de la sorpresa de vivir que no podría sino abarcar todas las prácticas del cuerpo viables, incluyendo hasta el cine experimental. Elena Pardo es una cineasta que perfectamente puede improvisar en tiempo real con cine expandido, y que en sus proyectos más planeados, narrativas documentales acerca de la realidad de la extracción minera, por ejemplo, ha trabajado con Fer para lograr una capacidad de comprensión de universos emocionales distantes, que pueden ser perfectamente tonales y lindos en el sentido más tradicional y acostumbrado del término, hasta universos sonoros completamente desnudos de estructura tonal y cómodos en la lógica aleatoria de un caos invocado.

Navegar sobre aguas plácidas o turbulentas, sumergirse anfibio a las frecuencias casi inaudibles donde los pulmones se encuentran presionados por la angustia en medio de colores radiantes y subir al fluido de la ligera fricción del aire, es la capacidad  y el regalo de permitirse colaborar en la apertura absoluta con artistas que hacen de su mundo la microbiología o la nebulosa galáctica, un órgano de la percepción estética que redescubre que la sabiduría no se encuentra dentro de sí mismo, sino en el encuentro con los diversos corazones por los que Fernando se permite ser atravesado, y que han hecho de él un artista indispensable.  

Erick Vázquez

 

 

La fiesta de Doris Steinbichler

 

Siempre he querido escribir sobre las fiestas de los artistas, porque son distintas en muchos sentidos a una fiesta familiar, una fiesta del trabajo, una fiesta entre amigos de hace años que terminaron dedicándose a diversas cosas apartadas o cercanas a la vocación. Mi deseo de escribir sobre las fiestas de artistas viene de haber sido testigo de la relevancia que tienen los eventos sociales para influir en relaciones que terminan siendo decisivas para alguna colaboración que se estaba cocinando desde hacía tiempo, una nueva simpatía estética o ideológica, una confirmada antipatía personal hacia aquél o aquella, compartir una chela en la fila del baño con alguien con quien no necesariamente se pensó llegar a hablar tanto y terminar riendo. Las relaciones personales y las fiestas que sintetizan tales relaciones al final resultan tan importantes para darle forma a un movimiento artístico cómo podrían serlo las instituciones, y no estoy seguro de estar exagerando por malicia retórica. La relevancia de las fiestas y la amistad entre los artistas son factores determinantes para la historia del arte, que la academia no podría con sus herramientas tomar con la seriedad pertinente porque ¿cómo va un investigador a citar un diálogo que tuvo lugar en medio de una borrachera sin poner en riesgo su posición y credibilidad ante el Instituto de Investigaciones Estéticas? La Historia del arte, selectiva y negligente, se nutre más de los mitos acerca del arte y los artistas que de la mitad frágil, la mitad ridícula y la mitad alegre que realmente constituye la vida de los artistas como sujetos en su vida cotidiana, que se enamoran, se frustran, se influyen mutuamente y se caen gordos o se encuentran indispensables entre sí, y que es el ambiente en el que discuten sus conceptos fundamentales y en el que aprenden a escuchar y escucharse.

La fiesta de Doris Steinbichler [SchtaeinBijlah] tuvo todo lo que tiene que tener una fiesta para calificar como tal: metros antes de llegar ya no había duda de dónde quedaba, se sigue el rastro de las risas y los gritos y la gente cargando bolsas de cerveza y otras cosas, alguien te abre la puerta y empieza la saludadera, la sudadera entre el montón y aquellos que quién sabe quienes serán, el camino apretado hacia el balconcito abarrotado de gente tratando de fumar a gusto, los gritos por todas partes y las conversaciones de la risa fácil; de pronto se interrumpió la fiesta unos minutos, Doris le dio el micrófono a alguien que reclamó un objeto perdido, durante el reclamo concernidos nos llevamos las manos a las bolsas para confirmar que aún traíamos lo que llevábamos y alguien gritó “ya pongan la del tiburooón” y procedió a tararearla por si no cachábamos la obscura referencia a Proyecto Uno:  “tararán tararán… tararán, taaan!”

Claro, la diferencia, la enorme diferencia con una fiesta entre godinez o gente de otro gremio es que acá la música estuvo a cargo de los invitados de Doris. Cuando llegué con Karla y Melissa estaba JuanJo Rivas dándole duro al noise, o algo parecido, un proyecto que estrenaba con globos negros rellenos de aire con una especie de confeti que modificaban el sonido cuando Doris los reventaba con una pistola de dardos de juguete, para la algarabía de todos cuando lo lograba, un proyecto que JuanJo nunca había puesto a prueba y que decidió estrenar para el festejo. Maricarmen Martínez improvisó un solo de voz durante el que todos guardaron el silencio correspondiente para la escucha, una exploración de las inhalaciones y las alturas que yo nunca le había escuchado y que, en sus palabras, “en ese espacio es lo que funcionaba bien”. La fiesta reventó en un climax con una improvisación de Carlos Greko, caracterizado por su potencia para mantener una intensidad irrecusable en el sax y que felizmente fue acompañado por Duncan Pinhas que le metió un ritmo fácil de seguir que nos puso a todos a bailar como Dionisio nos dió a entender. Aleida me dijo entre brincos cuánto se agradece un poco de estructura de vez en cuando y sobre todo en una fiesta (la próxima vez que las Lágrimas del Cíclope llorón se presente no me la puedo perder). Edgar Palacios, performer, tomó el centro de la sala, puso su tapete de cartón sobre el piso, se hincó y empezó a soplar un enorme globo con tinta adentro, le pidió a alguién que estuviera por ahí cerca que participara tomando de la tinta para escupirla sobre el globo, que resultó ser Norma Flores. Edgar se quitó la camisa (momento clave en todo performance que anuncia alguna culminación), una persona en medio del lúcido delirio empezó no tan lúcida a gritar que eso era bullying, que porqué nadie lo defendía, y hubiera seguido su defensa acerca de los derechos humanos antes de que el llanto la ahogara. El globo reventó y la tinta llegó a algunas ropas y hasta a las paredes de color claro. En cada habitación había algo diferente sucediendo, la fila del baño que es tradicionalmente la más humorosa porque es donde más se necesita la ligereza ante la crisis antes de llegar a lidiar con la preservación de la higiene en condiciones adversas. Al otro día Doris se encontró un instrumento musical en su closet, cuyo dueño a la fecha de este ensayo no ha aparecido para reclamarlo.

La curaduría de los invitados a la fiesta es una especie de diagrama que expresa la persona en el contexto de su sociedad, y los invitados de Doris son un problema curatorial complejo, aparecieron personalidades del performance de la época dorada de la práctica, como María Eugenia Chellet y Víctor Sulser (el célebre no oficial ExPresidente de la República Mexicana), DJs y personalidades de la improvisación sonora como Bárbara Lázara y Fernando Huerta, que en el conjunto son el reflejo del lugar indefinido que Doris tiene en la comunidad cultural de la Ciudad de México: Inclasificable, que sea tal vez la libertad que la artista ha buscado a todo costo, todo este tiempo, sin descansar y sin parpadear, tanto en su obra como en su vida.

Daniel Lara Ballesteros, artista sonoro, me contó una anécdota de cuando la conoció por allá en el año 2000. Daniel era estudiante de visita en la Ciudad de México y preguntaba por la Steinbichler [s̠tɛi̯nbiχlɐ]. Le respondían “ah claro, Doris la del Epicentro, es un lugar cultural que ella maneja en la colonia Guerrero, una colonia muy peligrosa”. El Epicentro fue un centro cultural por el que se pasearon Gerardo Monsivaís y varios artistas internacionales, con eventos cubiertos por La Jornada y el Canal 22, y cuyos orígenes es mejor que los describa la propia Steinbichler:  

“Nací y crecí en Austria en un edificio construido a principios del siglo veinte; por eso, cuando llegué a la Ciudad de México a inicios de la década de los noventa, los techos altos, pisos chuecos de madera y fachadas barrocas en la arquitectura de los edificios del centro histórico me hicieron sentir como en casa, remontándome a mi propia infancia […] En esa época existía una efervescencia en el mundo del arte alternativo. Recién instalada, gané un concurso de performance en Ex Teresa, y con el premio pude pagar el depósito y la renta del departamento. Para celebrarlo armé un reventón con mis colegas performanceros, sin saber que esa fiesta iba ser el comienzo de algo. Un grupo ecléctico de pintores, videoastas y fotógrafos llegaban sin anunciarse, y las reuniones invariablemente devenían en actos creativos, espontáneos, sin pretensiones; sucedían por el mero placer de crear con libertad absoluta: una fiesta de interacción lúdica y estados alterados”. (Revista Generación Alternativa #157)

Las paredes de la fiesta se adornaron de proyecciones que han sido el signo distintivo de Doris Steinbichler: Improvisar visuales con proyectores de acetatos sobre los que pone mantillas tejidas de esas que se ponen sobre la mesa para protegerla, tapetitos de plástico para los vasos, los hace girar como en un caleidoscopio formando texturas y colores que sugieren un juego de los que le suceden todo el tiempo en su intimidad sináptica que resulta tan comúnmente en un hallazgo humoroso, pero sobre todo, que son expresivos de su manera de actuar, actuar con lo que se tenga a la mano en ese momento y que refleja su realidad inmediata, incluso de mujer casera, trotamundos como ha sido, y que fue la misma lógica con la que operó el Epicentro en la Guerrero desde el 93 hasta el 2004, en el que todo empezó con una fiesta.(1)

Daniel entendió que esta artista era alguien que le había perdido rápidamente el miedo a muchas cosas, principalmente, a operar por fuera de la institución, que en aquellos años era una institución muy abierta a las propuestas distintas, sobre todo el Ex-Teresa, institución cuya vocación ayudó a perfilar y definir Guillermo Santamarina. Doris es amada e incomprendida, comprendida y subvaluada, tal vez el precio y la consecuencia de ser inclasificable entre los inclasificables, tal vez porque, como dice Daniel, cuando recuerda haber participado con ella, transmite mucho de la libertad de hacer lo que en ese momento se te de la chingada gana, y eso, dice Daniel, es admirable y envidiable a la vez: “es un personaje herético”. Y herética fue la fiesta, si algún vecino se hubiera asomado en un algún momento hubiera pensado que se trataba de un ritual satánico, otro vecino en otro momento hubiera pensado que era una misa dedicada a los ángeles, otro vecino hubiera sencillamente pensado que eran un montón de chiflados bailando, nada que reportar a la policía.

Erick Vázquez

 1. El primer espacio de Doris Steinbichler fue en la calle Santa Veracruz (colonia Guerrero), por la Alameda central, entre noviembre 1993 y enero 1996. La primera sede dónde introdujo el nombre EPICENTRO fue en la calle Varsovia de la Zona Rosa, (entre 1996 y 1997, colonia Juarez). Luego, se trasladó a la calle Camelia 185 en la colonia Guerrero , donde permaneció hasta su cierre en 2004.

“En esos años, su localización generó distintas cruces sociales: a pesar del auge de los espacios independientes y de la existencia de públicos para todo, aún así, su ubicación en una de las zonas más peligrosas de la ciudad lo convirtió en un lugar periférico dentro de un circuito periférico local: la distancia de Epicentro respecto al circuito general del arte fue tan topográfica como de clase.” (Lorena Tabares Salamanca)

Corazón de niño

¿Por qué las cosas más simples son las más díficiles de hablar? Tal vez porque no soy un poeta declarado, es decir, porque dentro de mí se debaten dos pulsos contrarios: el impulso de nombrar las cosas, la convicción de que en el mundo ya todo está nombrado. El proyecto de “Niñxs ruidosxs” es un producto del instinto curatorial de Cinthya García Leyva por parte de la Casa del Lago, en respuesta a una invitación de Ana González del proyecto de Niños Tamayo, para colaborar en algún proyecto que involucrara algúna práctica musical. Cinthya supo que Fernando Vigueras era el indicado para el proyecto porque una buena curadora conoce el corazón de los artistas con los que quiere trabajar, y Fernando tiene corazón de niño, lo cual explica una buena parte de sus intereses como artista, y explica el cómo sus compañeras habituales de juego, Sarmen Almond y Katia Castañeda, comparten con él una manera de hacer y acercarse al entendimiento y la forma de sus experiencias del mundo. Fernando, Sarmen y Katia colaboraron con los niños para juntos crear algo, en lugar de sencillamente dictarles una coreografía que los niños habrían de seguir como en los recitales de una escuela. Fernando tiene una larga práctica de colaboración artística que se distingue en el deseo de crear en conjunto —lo cual merece un ensayo aparte-; Sarmen no puede decir dos frases sin empezar a jugar con el sentido y este espíritu es visible y escuchable en la calidad exploratoria y experimental de su práctica artística; Katia por su parte ha venido desarrollando performance en espacios públicos con la muy consciente consecuencia de que un acto, por mínimo que sea, que se aparte de la marcha cotidiana, contiene la fuerza suficiente para transformar la experiencia del espacio y recordarnos el margen de libertad, política y existencial, de lo que implica actuar en un lugar abierto.

Fotografía: Ismael Méndez

En el pabellón del museo Tamayo, que se encuentra ya en los jardines del museo que lo conectan con el bosque de Chapultepec, los asistentes nos reunimos alrededor del grupo de niños, en unos altoparlantes portátiles empezó a sonar la grabación de las voces de los niños como un murmullo contenido de secretos revelados, y empezaron a jugar a la fricción sonora con pedacitos de papel celofán, como un eco del crujir de los secretos en voz baja dictados al oído, el papel celofán tan colorido y transparente y el ruido tan distintivo de los dulces que se abren. Los niños estaban, por supuesto, improvisando lo que hacían, y es muy notorio el gesto que es espontáneo (¿es eso la infancia, una predisposición a improvisar? ¿Es eso lo que nos asusta de la infancia, su impredictibilidad?). Empezamos un recorrido por el bosque, siguiéndolos bajo la pauta de los artistas y todos los presentes rodeándolos como instintivamente (tal vez un aprendizaje heredado de nuestra antigua coevolución con los lobos, los lobos piensan que los cachorros deben protegerse a toda costa, y los ubican siempre al centro del grupo durante los trayectos). De pronto los niños se detuvieron en una parte del bosque, las bocinas callaron, y los niños con unos conos apoyados en el oído se dedicaron a escuchar, escuchar el sonido de los alrededores, del suelo, de sus propias pisadas, del viento que traía el vaivén como de una marea en el tráfico cercano del Paseo de la Reforma, y naturalmente, cuando alguien se detiene y se pone a escuchar quién sabe qué, uno espejea la acción (¿es eso la infancia? ¿Un recuerdo de que no todo está nombrado?). Creo que uno de los momentos más brillantes y culminantes fue cuando llegamos al Museo de Antropología, inmenso y pétreo y todo lo contrario de la niñez, monumento a la seriedad y rodeado por una reja metálica y gris, claro símbolo de todas las cosas feas de la civilización occidental. Los niños se subieron al soporte de la reja que se extiende a lo largo de la avenida y empezaron a recorrerla, con la ayuda de palitos en las manos usándo la reja como un gran instrumento de percusión, con ese sencillo gesto deshaciendo momentánea pero muy efectivamente el símbolo de la opresión y el despojo, demostrándonos, momentánea pero contundentemente, lo ilusorio del poder. El trayecto terminó, después de correderas y descansos, en los jardines de la Casa del Lago, donde los niños capitularon soplando con popotes en contenedores de agua, dirigiéndose entre ellos mismos la orquestación del borboteo.

Improvisación, juego, sorpresas dentro de las sorpresas dentro de los planes. Cosas de niños, cosas fáciles de olvidar para un adulto, y por lo mismo sencillas, ingrávidas, pero muy difíciles de hablar creo, por el hecho extraordinario, insensato, de que ser adulto significa haber olvidado que alguna vez se fue niño. ¿Por qué lo olvidamos? ¿Es una conjura del sistema de producción en serie, que nos conmina a la seriedad? En fin, y ya que lo he olvidado, me pregunto: ¿Qué es un niño? Una respuesta posible, y mi favorita porque se ubica en la apacible seguridad de los saberes anatómico y fisiológico, es la cardiológica: el corazón de un niño y un adulto difieren en frecuencia. Un estetoscopio pediátrico tiene la membrana más delgada y la campana más pequeña, diseñado para detectar cambios mínimos en un rango más amplio del de un adulto; la diferencia consiste en que las lecturas registradas del corazón de un niño, si se presentaran en un adulto, se leerían como riesgos de fibrilación, arritmias, el corazón de un niño se carácteriza por su gran flexibilidad para responder a cambios bruscos de emoción. Me gusta esta respuesta porque es congruente con la respuesta de Fernando a qué es un niño: “Una ventana a la posibilidad perceptual, esencia vital que pervive en la tragedia de persistir, una enseñanza fundamental acerca de la escucha. Los niños son maestros de los sentidos.” Tal vez no debiera resultar una sorpresa, pero las respuestas de Cinthya y Ana, las de los artistas y los niños, son no sólo congruentes, son casi palabra por palabra la misma respuesta, como si se hubieran copiado el examen cuando el profesor volteaba para otro lado. Cinthya: “La enorme fortuna de no ser une adulte es una apertura total al juego, y cuando el sonido se entiende desde la capacidad de que todo lo que suene es material potencial de juego, ahí hay un signo de libertad, que es a la vez muy subversivo”. La respuesta de Ana es extensa y merece ser citada en su integridad:

“Para mí hace mucho sentido que sea una pregunta complicada de responder, porque, como muchos otros grupos marginados, la definición de la niñez se construye a partir de una otredad, y solemos definir las otredades desde la diferencia y la carencia. La consideración de que los niños son personas en formación, que todavía no son personas completas, hasta que llegan a la mayoría de edad y finalmente les otorgamos el estatuto, es una idea que encuentro perturbadora. Lo fundamental es partir de la idea de que los niños son personas completas, con agencia y opiniones, definidos por una vulnerabilidad que [una vez llegada la adultez] no queremos recordar, y una serie de capacidades de aprendizaje muy plástico, profundo, acelerado y en general una mayor capacidad, profundamente vinculada al juego en todos sus sentidos, al juego como una tecnología de relación con el mundo.”

Ana, generosa y consistente en su ética de trabajo, me compartió las opiniones de los niños acerca de esta mi pregunta insensata, y sus respuestas, a pesar de contener la crítica implícita de la injusticia de la que son sujetos, están llenas de ternura hacia nosotros, los adultos, como si los vulnerables, los dignos de compasión fuéramos los que ya no somos niños, pues “Los adultos tienen más responsabilidades y menos creatividad, y un niño es un ser humano con muchas cosas por experimentar (Quetzalli). Los adultos se concentran en una sola cosa y eso los hace muy serios (Max)”, pero “Los niños a veces pueden ver cosas diferentes que los adultos (Amy), piensan muy diferente a los adultos porque tienen diferentes experiencias (Teo). La diferencia entre los niños y los adultos es que los niños a veces son más creativos y por eso le ponen más diversión a todo, más entusiasmo, más cosas que los adultos ven como cosas normales en la vida cotidiana (Haiann).”

El proyecto de “Niñxs Ruidosxs” tuvo la virtud de ser una colaboración institucional entre la Casa del Lago, el Museo Tamayo y la UNICEF para darle lugar, dentro de su presupuesto y cartelera oficial, a un trabajo realizado en condiciones de igualdad creativa entre artistas experimentados y niños que tuvieron el espacio para dar forma a su imaginación naturalmente artística, es decir, subversiva, liberadora, divertida en el sentido de que difiere de las versiones acostumbradas. Este entrelazamiento entre instituciones se tradujo sin esfuerzo en un entrelazamiento entre las edades, abriendo la posibilidad de entender que tal vez para comprender la niñez no tenemos que ir a nuestros recuerdos para recuperar la frescura, sólo tenemos que escuchar lo que escucha un niño, sincronizar una condición cardiopulmonar y vivir el riesgo gozoso de ser impredecibles.

Erick Vázquez

La circularidad de la fractura

El performance es una de las artes que con efectividad conjuran entre público y artista una comunión inmediata e indiscutible, no gracias a la convención de guardar silencio y prestar atención a un evento que se desvanece para quedar en la memoria, sino por el grado de azar y riesgo al que el performance se somete graciosamente. Porque el cuerpo es la referencia infinita de las posibilidades de la experiencia, podríamos pensar que no necesitamos ningún otro arte, dispensar de la literatura, de la escultura y la pintura, pero el organismo es finito, y necesitamos extendernos en objetos.

Los objetos que utilizó Aura en su performance el miércoles pasado en Plaza Fátima fueron una serie de platos de cerámica que enmarcaban en el piso el espacio sobre el que Aura transitaba con una frase, “Perdón por estar rota”. La frase, susurrada, gritada, entre el habla y el grito, es decir, entre el lenguaje articulado y los límites del mismo lenguaje, repetida con pautas marcadas por la emoción de la ejecutante, Aura la fue contrapunteando con sus pasos para ir y venir entre un plato y otro que se estrellaba en la cabeza, en una pieza sonora que encontró un equilibrio perfecto entre las octavas de su voz y el crujir y esparcir de la cerámica sobre el piso, los platos rotos el signo inevitable de la nutrición y la privacidad doméstica.

Cortesía de la artista

Los platos, acomodados en un cuadrado alrededor de la artista y según me contó después, estaban organizados en su disposición y fractura de acuerdo a un juego de palabras encontrado en unas ruinas del antiguo imperio romano: Sator Arepo Tenet Opera Rotas, que se puede leer al derecho y al revés, de arriba hacia abajo y viceversa. En la traducción: el remador Arepo mantiene la obra girando. La ruptura de la integridad emocional, la ruptura de los objetos, la acústica de los fragmentos, expresada en un gesto circular simultáneamente con una frase acompasada en octavas, del grito al susurro y viceversa.

El control de Aura sobre su voz y su resistencia física son las herramientas esenciales, mínimas, que se esperan de una performer, pero que uno suele dar por descontado, la forma que tuvo el performance, en términos visuales y acústicos, nos permiten también comprender la planeación de un acto que permite la flexibilidad necesaria para la autenticidad. Después que acabó de romper los platos, Aura juntó los fragmentos en el piso con sus manos y sus pies, en uno de los gestos más hermosos que la civilización nos ha dado para expresar la fractura de la vida interior y la impotencia del sujeto para conservar la fractura de las relaciones con los otros, consigo, de los sueños.

Cuando la artista terminó de reunir los platos rotos la obra estaba terminada, en forma y ritmo, pero luego la artista procedió a leer una carta a su hija, cosa que ya no tenía nada que ver con el performance en lo que a la participación del público refiere, y que tuvo por lo menos la fortuna de dejarnos impávidos sin saber si aplaudir o no, dejándonos en un silencio que, discutiblemente, es la manera más decente de recibir un performance para no confundirlo con un espectáculo de mero entretenimiento. Yo le agradezco un montón a los artistas cuando me dan una manera de entender lo que el lenguaje articulado cascabelea para expresar, porque nos dan una herramienta nueva para vivir y comprender lo que la cultura se esfuerza por ocultar, y el performance de Aura -ganadora del II Concurso Nacional de Performance en el Espacio Público- nos ofreció una de esas maneras, con el goce que sólo el objeto de la escucha puede proporcionar, entre la abstracción y la concreción. Me hubiera encantado ver este performance en un espacio independiente, la experiencia a quemarropa y sin la solemnidad propia de toda institución, pero el esfuerzo que Lucía Lara y Gloria Cárdenas han mantenido, desde ya poco más de un año, por procurarle espacios al performance en esta ciudad, ese esfuerzo sí que merece un aplauso.

Erick Vázquez

El símbolo encarnado

La exposición del trabajo de Juan José González por Rocío Cárdenas en el CEIIDA ha representado para la ciudad uno de los eventos más significativos del año en términos de performance y también, sintomáticamente, uno de los menos atendidos.

Juanjo, el artista de performance que representó a la ciudad durante toda la década de los 90 dentro de esta disciplina, desarrolló durante la ponencia, acompañado de Rocío Cárdenas, el contexto de la pieza IRH: Inmunodeficiencia relacionada con homosexuales. El problema del sida Juanjo lo conoce de cerca. Le consta el precio de la enfermedad y de la muerte.  Juanjo cuidó de enfermos de VIH en su propia casa, los acompañó en la clínica 25 del IMSS y en otros “sidarios”, lugares donde de acuerdo a la experiencia olfativa de Juanjo la mierda se confundía con el olor de los vivos; porque eso hace la cercanía de la muerte, se anuncia con parsimonia recordándonos y estableciendo la condición de la carne parpadeante, despojándonos de toda dignidad posible, y acaso el esfuerzo tanto artístico como activista de Juanjo pueda resumirse como una batalla por la dignidad incluso ante el rostro indiferente de la muerte. ¿Por qué los artistas se ubican con naturalidad del lado de la marginalidad, de acuerdo a la categorización establecida por Arendt: los artistas, los criminales, los perros sin nombre? La sociedad y las leyes del Estado de Nuevo León no permitían y siguen sin permitir una confrontación clara y abierta del problema, por una razón ideológica enraizada en un sistema económico. Rocío Cárdenas: El género es el aparato mediante el cual tienen lugar la producción y regulación junto con las formas biológicas, psicológicas y performativas que el varón asume como eje fundamental, no solo de la estructura patriarcal, sino de la maquinaria obrera e industrial en la cual se basaba el modelo económico y político de Monterrey.

El estigma de la prohibición, pecado y delito, moral, religioso y social de la preferencia homosexual, ha dado como resultado la expresión de la sexualidad como nada menos que una revuelta social, un acto de resistencia marginal como única afirmación de la identidad y del derecho a gozar de la libertad. Esto quiere decir estrategias: encontrarse en zonas específicas de la ciudad a ciertas horas, en zonas del lecho del Río Santa Catarina, y es por esto que la respuesta por parte de Juanjo fue necesariamente la forma del trayecto.

mapa

Juanjo partió de la esquina de la esquina de Juárez y Morelos, vestido con una falda de novia, a medias amortajado con sábanas del IMSS aun manchadas de sangre, con una silla malinche amarrada a su lomo y cargando con una grabadora tocando Dios nunca muere (la familia de Juanjo desciende de migrantes de Oaxaca, su querida abuela le heredó la tradición de entenderse mediante rituales). El trayecto realizado, a lo largo de la calle Morelos que ya en el 1994 era una calle peatonal, durante la noche funcionaba como punto de encuentro y ligue entre hombres homosexuales, así como de lugar para la venta de productos provenientes de Oaxaca y otras regiones del país. Al final del trayecto, entre Parás y Morelos, el artista extendió sábanas sangradas sobre el suelo y repartió veladoras entre los asistentes desplegando un altar. El performance se realizó el 02 de noviembre, el día de muertos. Rocío Cárdenas describe: El performance IRH consistió en travestirse en una mujer que leía una lista de ausentes. Haciendo un pase de lista de los fallecidos: amigos, conocidos, desconocidos muertos por la enfermedad. Gritando su nombre y llorando -como la mujer que sufre por sus hijos- rasgándose el vestido en girones, cubriéndose la cara (emblanquecida con maquillaje y moretones) pidiendo a los presentes que frente a un altar improvisado encendieran veladoras a diferentes santos e imágenes religiosas. Juan José González se caracterizó por realizar a través de sus abordajes performáticos acciones públicas que obligaron a los espectadores a enfrentarse a las emociones de horror y terror presentes en cualquier ser humano sin importar su preferencia sexual. Estos trabajos de acompañamiento activista por parte de González a través de sus performances fueron innovadores en todos sentidos, debido a que emplearon la catástrofe que vivió su generación de amigos y colegas artistas homosexuales, que murieron debido a las complicaciones en su salud debido al VIH. Por consiguiente, el performance que llevó por titulo IRH tuvo por objetivo exigir un espacio tanto público como privado de atención a la salud además de la irrupción de campañas de prevención e información a la comunidad en general.

El trayecto sobre una región específica de la ciudad, el tiempo que toma transitarla de acuerdo al ritmo acompasado con Dios nunca muere, el cuerpo del esfuerzo que involucra cargar con la materialidad simbólica de sábanas del IMSS y de su herencia migrante, hacen de su caminar una procesión de signos, un cuerpo real sosteniendo una carga deliberadamente simbólica (¿es eso el performance, siempre y en todo caso?). Un desplazar el cuerpo a través de la ciudad como la necesidad absoluta, irrecusable, de hacerse cargo de decir lo que no se estaba diciendo y lo que sigue sin decirse, es el antecedente imperativo en la historia de esta ciudad que nos permite comprender una realidad en la que el performance debe estar unido a una cierta especie de activismo y su lugar natural ha de ser el espacio público. El performance de Juanjo es un grito rabioso y hermoso en su rabia, lleno de compasión, para contestar un silencio homicida, un silencio infanticida, un silencio feminicida.

Foto 12 [IRH  Primer performance en colaboración con el movimiento abrazo. Inmunodeficiencia relacionada con los homosex_1

Foto 13 [IRH].jpg

La revisión y adecuada categorización de este antecedente, el registro de esta memoria, se lo debemos a la curadora e investigadora Rocío Cárdenas y a nadie más, y es, repito, harto sintomático que en esta ciudad y país desmemoriado haya habido tres personas entre el público y ninguno o ninguna de quienes hacen performance en la actualidad. Pudo haberse tratado de que el CEIIDA se encuentra inmisericordemente alejado del centro de la ciudad, y que la difusión de sus eventos es equivalente al recurso con el que cuentan, es decir, prácticamente inexistente. Pero en el mismo día se inauguró Ladrón galería y la asistencia se agolpaba en cada esquina del lugar, una galería igualmente difícil de acceder y que no contó para su difusión con más de un post en Instagram. La galería se inauguró -porque tratándose de ironías nunca quedamos cortos- con una muestra individual de un bastante tradicional pintor de Oaxaca (ironía que me señaló generosamente Libertad Alcántara, quien a su manera es siempre perspicaz). Spinoza tenía y sigue teniendo razón: la desmemoria es el otro nombre de la obediencia, el otro nombre de la tristeza y de la represión.

Erick Vázquez

*Todas las citas: “La generación del IRH “Inmunodeficiencia Relacionada con Homosexuales” en Monterrey”. El papel de la representación performática del cuerpo en la obra de Juan José González, Dra. Rocio Cardenas Pacheco.

Los misteriosos tiempos del cuerpo

En las últimas semanas dentro de la escena de las artes han pasado un montón de cosas sobre el cuerpo. El 29 de junio en La Cresta, Lucila Garza tensó hilo de sedal en diferentes secciones, a diferentes distancias, del piso al techo, de algunas paredes al piso, para transitar el área a veces había que levantar los pies, a veces agacharse, pautando los principios de un tránsito acústico. Entrar en contacto con un sedal tensado produce un sonido que no se produce por resonancia sino por la velocidad del hilo al cortar el aire, el sonido por lo tanto no viaja muy lejos ni se sostiene por mucho tiempo, los hilos son literalmente cortes en el espacio. La elección de usar hilo de nylon es manifiesta también de una voluntad acerca de la imagen a la distancia, los visitantes a la exposición de un lado al otro de la habitación lo que veíamos era una especie de danza muda, accidentada y juguetona. En una pantalla se reproducía el registro del movimiento de Lucila interpretando su propia intervención, la figura de su cuerpo, recortada en negro, en una relación de figura contra el fondo neutro de la habitación en obra gris, pulsando las cuerdas y desplazándose pausada, como entendiendo el espacio, pensándolo con gracia y de diferentes maneras. El que la consecuencia sonora sea poco perceptible a la distancia significa que la imagen del cuerpo moviéndose es el eco de la imagen acústica. El que la obra haya sido lograda con apenas un puño de clavos y un carrete de hilo pronuncia los alcances de sus posibilidades simbólicas, congruente con la curaduría que Abril Zales ha venido formalizando con sus reflexiones sobre el cuerpo.

archivo.ars
Registro archivo.ars

El viernes 04 de julio, nos encontramos a Regina Hoyos escribiendo con la mano llena de lodo “resistir es inútil” sobre uno de los blancos muros de la galería Emma Molina. Regina alrededor del cuerpo de la mujer organiza los saberes sobre las plantas que en la Edad Media los monjes no podían investigar, los cuerpos de las propias mujeres que los mismos monjes no podían observar, con el tiempo la mujer pasó de ocupar el lugar de la medicina a ocupar el lugar de la herejía: la bruja. Así como ahora se sabe bruja alguna vez Regina pensó que era el Diablo, y que la maldad del mundo dependía de su cuidado. De esta manera se traza una serie de relaciones personales con la Historia, la bruja que se acerca a la serpiente, la serpiente que extiende su cuerpo como brazo para estrechar la mano y compartir el conocimiento. Es un lenguaje como de fábula, como de cuento, y como todos los cuentos y fábulas ancestrales, es infantil y terrible por partes iguales, un error tomarlo demasiado en serio, un error tomárselo a la ligera. El trabajo de Regina es esencialmente tinta sobre papel. Es el formato donde claramente la artista se siente más cómoda (el video es interesante, divertido y expresivo, pero el recurso es poco explotado; los lienzos de un metro no tienen la fuerza que los dibujos tamaño carta). Está muy bien que una galería como la de Emma Molina apueste por el trabajo de una artista joven que dibuja con tinta, más que necesaria compensación al prejuicio de que el arte serio es el que se sostiene en los lienzos pesados de gran formato.

ba15cfa4-1732-4c6b-aa39-86fa50f65031.JPG
Registro GEM

IMG_3116.jpg

El 13 y 14 de julio, bajo la curaduría desordenada y descuidada de Alejandro Zertuche y el techo invariablemente ingrato del Colegio Civil sucedieron cosas maravillosas que atestiguan más sobre la sencilla fortaleza individual de las propuestas que sobre la salud de una institución cultural propia de la Máxima Casa de Estudios: Melissa García, Sara Medina, Calixto Ramírez y Paola Livas.

De las cuatro intervenciones la de Paola fue la única accidentada y no de la manera en la que una intervención debiera serlo, con el uso de lo contingente como síncopa de lo planeado. La acción de Paola se desarrolló investigando el lema de Vasconcelos que se puede leer sobre el marco de la entrada del edificio, Mi raza como norma, la humanidad como horizonte. Paola encontró que tal lema no es el que originalmente fue decidido en 1933. La frase original elegida mediante concurso era Baluarte de la raza y atalaya de su espíritu (no menos mística y eugenésica que la vasconcelista) y su autora era Elodia Villarreal. Paola colgó una manta con la frase original de Elodia por encima de la de Vasconcelos, en clara reivindicación de una voz femenina silenciada en favor de una masculina mediante mecanismos de poder institucional. En concepto suena muy bien, pero la manta estaba mal calculada en peso y dimensiones y se la llevaba la menor brisa de manera que no podía leerse más que si la suerte quería que el viento se mantuviera quieto al momento de voltear la mirada hacia arriba, cosa que en una explanada es una apuesta las más de las veces perdedora. La frase olvidada de Elodia Villarreal se rescató para que no pudiera ser leída y quedara colgada como una tela sin substancia, condenándola a un segundo olvido. No podemos pensar que es un detalle técnico, en arte conceptual como en cualquier otro la forma es el contenido.

IMG_3379.jpg

Calixto sobre el suelo de la explanada del Colegio Civil escribió con comida para palomas la frase Sienpre Asendiendo, a partir del lema en el escudo del Estado que quiere decirnos que el progreso es inevitable y es vertical. La crítica implicada en el error ortográfico de una  frase progresista que efectivamente ascenderá mientras se borra, sólo para volver a caer en forma de mierda, es además una crítica socialista y pagana porque el ascenso es realizado por una comunidad entera de animales que llevan su mensaje a los cielos sobre sus alas, despojados de cualquier espíritu trascendental o de cualquier carga histórica de paz, una solución sencilla y elegante, como las que Calixto suele.

Registro del artista
Registro del artista

Registro del artista
Registro del artista

Este es el segundo autorretrato que Melissa hace recién sobre un ciclo de elementos, Autorretrato en tierra, invitando a una larga lista de mujeres artistas, curadoras, para que tomaran tierra de sus jardines, macetas, banquetas o donde la pudieran encontrar, incluyendo en el grupo a su propia madre. En esta tierra mezclada por las manos de las participantes el cuerpo de Melissa fue cobijado por las mismas hasta el cuello en posición fetal y allí permaneció, respirando, durante una cantidad inexplicable de tiempo (tanto en el de Melissa como en el de Sara, ¿por qué el tiempo se vive de manera distinta durante un performance?). La convocatoria y la realización implicaron los cuerpos de varias mujeres que tienen alguna relación con el cuerpo de la artista, enterrarse y resurgir, bajo los términos de un autorretrato, quiere decir que el signo de la propia identidad puede resignarse siempre y cuando sea bajo los términos de otros cuerpos en connivencia, en la medida del afecto.

Registro archivo.ars
Registro archivo.ars

Registro archivo.ars
Registro archivo.ars

Sara Medina tiene una cierta relación con el maíz, una relación de gusto y afecto. En un cierto alimento, una cierta manera de cocinar, un reunirse, en las circunstancias de un alimento compartido por el ritual, Sara formaliza las consecuencias de la identidad. Acumuló el equivalente de su peso corporal en harina de maíz y la amasó hasta conformar el equivalente de su propio volumen. Pero se trataba de Maseca, el producto industrializado que inexorablemente ha venido destruyendo la tradición y el sabor del maíz nixtamalizado, la cultura misma que durante siglos resistió y se adaptó a los embates tanto de conquista como de posteriores intercambios económicos. La acción de Sara, al tocar esta masa y luchar con todo su cuerpo para dar forma a un volumen que requeriría el esfuerzo conjunto de todo un grupo de personas para ser amasado implica una potencia de resistencia contradictoria. Yo hubiera esperado algo mucho más violento, que se arrojara de lleno sobre la harina y la golpeara con brazos, torso y pies, pero el procedimiento, realizado con la delicadeza de quien calcula un cuerpo con el que se tienen relaciones de tensión, se extendió por cerca de cuatro horas. Al final Sara empujó el cuerpo de masa, percutió un poco, abrazó, reconoció. Es una manera de reconocer aquello con lo que se tiene un conflicto de deuda y afecto, de falta y reconocimiento de esta, de ternura, para nombrar el propio término que la artista consiente como el fundamento de sus estrategias. Con este performance Sara Medina no sólo demostró ser digna de la compañía en la que fue presentada sino razón sobrada para ponerle cercana atención a lo que sea que vaya a presentar en ocasiones futuras.

IMG_3415.jpg

archivo.ars
archivo.ars

Last not least, en la galería Once Alternativa se presentó una improvisación performática con Gerardo Monsiváis en las percusiones y Daniel Pérez Ríos en la guitarra eléctrica, Charlie Renard se encargó de hacer lo suyo. Usar su cuerpo como un instrumento de percusión le permitió toda la violencia y virtud que Renard requiere para su insistencia sobre la indiferencia entre carne y expresión, ya sea musical o pictórica, desde que ni el sufrimiento ni el goce se toman la molestia de hacer tales distinciones escolásticas.

La improvisación, que Renard desarrolló con base a un Tap pervertido sobre una tabla en armonía con las pautas variables de Gerardo y el fondo invariablemente disonante de la guitarra de Daniel, trastocó con efectividad ferviente los cuerpos de los presentes, permitiéndonos por un momento olvidar que la exposición de fondo con piezas sonoras estuviera desastrosamente montada, comprobando una vez más que la Once Alternativa, aun y con todos sus descuidos, es la galería comercial más interesante de la ciudad, porque las propuestas contemporáneas de Emma Molina son esporádicas -aunque harto agradecidas-, y las de Heart-Ego son casi tan predecibles, conservadoras y acartonadas como las exposiciones de Arte Actual Mexicano, respecto a la que me permito citarme al repetir que ni es arte ni es actual y a duras penas es mexicano.

Con estas acciones queda claro que son sobre todo mujeres las que se están haciendo cargo del cuerpo en lo que a las artes y la política concierne, y chulo me voy a ver aventurando interpretaciones sobre este hecho, pero ya que nadie más parece estar dispuesto a hacerlo, vox mea virilis sive suavissima, me limitaré a señalar la evidencia: desde los performances de JuanJo en los años noventa, con una temática claramente sexual y homosexual, los de Marcela y Gina a principios del 2000, con una explosiva y humorística transgresión de espacios y cuerpos, no se había visto tal atención. Pareciera que, con la excepción y reciente de Calixto en la ciudad, la responsabilidad de hacer hablar los cuerpos recae en el cuerpo portador del útero o bien del cuerpo portador del falo con orientación homosexual, la razón necesaria es que la resistencia consistente en resignar los usos y placeres ha de provenir de los cuerpos que tienen poco o nada que perder en términos de derechos civiles, y la respuesta ahora por parte de los jóvenes registra una lista felizmente larga y diversa.

IMG_3126.jpg

Erick Vázquez

La flama y la extinción del sentido

La primera semana del mes fue una marcadamente intensa en términos de performance, con la pronunciada distinción de que las acciones de Melissa García Aguirre, Tahanny Lee Betancourt y Charlie Renard, se sucedieron fuera de un festival o convocatoria. Se trata de tres trabajos importantes que parecen haberse sucedido sin otra razón que la necesidad intrínseca y es una cosa notoria para la ciudad sobre todo si le sumamos la consistente pregunta desde el cuerpo, la tangente que ha venido planteando la curaduría de Abril Zales desde la Cresta a lo largo de un año.

Melissa tiene ya un amplio recorrido sobre el tema del autorretrato y el primer miércoles del mes, en Espacio en Blanco, realizó una nueva versión de un trabajo presentado en Brasil en el 2010. Con la ayuda de su propia madre y hermana, así como de Libertad Alcántara, Abril Zales, Angélica Piedrahita, Perla Tamez, Sara Medina, Virginie Kastel, Ana Cadena y Miriam Medrez, tejió una red con fibra de henequén tensada entre las paredes de la habitación de tal manera que al subir a ella quedaba suspendida sobre una cama de velas encendidas. Autorretrato en calor. El autorretrato es una de las formas esenciales del arte porque al tratarse el problema de la propia imagen y de la propia identidad se plantea y replantea el problema de la imagen en cuanto tal, el corazón de las relaciones entre el sujeto y la mirada, las mecánicas de la identificación, el anclaje imaginario del símbolo.

Autorretrato es una palabra de un tanto obscura traducción etimológica compuesta por el griego auto y el latín retracto. El griego auto tiene el uso clásico de “volver, otra vez, repetir,” sumado a un pronombre reflexivo. Retracto conserva para nosotros el eco fonético de volver a tocar, volver a asir, tomar de nuevo entre las manos y por lo tanto volver a aprehender, pero también el sentido de retractare, volver a traer, revocar, repugnar y resistirse. La palabra compuesta quiere decir literalmente algo así como volverse hacia sí mismo en un sentido trascendental del tacto, y aún, si buscamos más lejos, la raíz indoeuropea tragh (tracto, traer, arrastrar) dio origen en el latín a la palabra trama, que se usaba de antiguo para designar la tela de la araña. La tela tejida concéntrica por Melissa, la suspensión de su cuerpo, la luz titilante, imponían un silencio entre los presentes que se instauraba desde el tener que agacharnos por entre los hilos, silencio que le otorgó al tiempo transcurriente la narrativa de la suspensión. El cuerpo inmóvil de Melissa sólo podía verse por brevedad a través de los huecos de la trama. El tejido que sostiene es una historia de varias manos, manos de mujer, la fibra del henequén es flexible y fuerte, maltrata la piel y la quema, la luz que ilumina, encendida también por otras manos de mujer, tiene el color propio de la madriguera, el nido y el peso del cuerpo, ¿qué es la identidad? El propio peso, el tema que es sostenido por una trama urdida y concebida por las manos propias y ajenas. Hay un elemento de ritual en todo esto que le aportaba una intensidad excepcional y Espacio en Blanco demostró una vez más ser uno de los espacios más flexibles para transformarse de acuerdo a las circunstancias, intensidad que se fue disipando gradualmente al acercarse a la hora y media de duración, tal vez con el riesgo de disipar la fuerza del mensaje que fácil e inmediatamente se transmitía a los inclinados bajo la silenciosa tensión de una intimidad expuesta en la necesidad de volver a nacer, un alumbramiento.

ELE_3011 copie.JPG

Autorretrato en calor significa que a lo que debemos poner atención es a la temperatura del performance. La masa de calor producida por las velas, parte integral de un mecanismo de suspensión, lastimaba y cobijaba una cuerpa sostenida y expuesta, contenida y extendida, ¿qué es la suspensión? ¿Cuál es el sentido de gestarse bajo la propia iniciativa? El tejido del henequén es transductor de las vibraciones, sobre la red Melissa podía sentir el tejido como una extensión de su propio pulso cardiaco. El material vegetal es parte integral de su comprensión del cuerpo que crece, se fortalece, se marchita y florece, porque en el reino vegetal encontramos el discurso ejemplificado, una y otra vez, de un equilibrio entre la fragilidad y la resistencia que es la médula neurálgica de la fibra intelectual y muscular de Melissa.

Melissa es una artista del cuerpo, y todo lo que ella hace debe entenderse en ese sentido, incluida su literatura y su activismo.

ELE_3030 copie.JPG

El jueves del siguiente día Tahanny Lee citó en la galería Emma Molina para llevarnos en peregrinación de ahí a una sala vacía con seis instrumentos dispuestos en círculo, seis Tam-Tams con tres velas sobre el marco que los sostenía como única luz de la habitación. El Tam-Tam es un instrumento idiofónico, es decir, que su sonido depende de la vibración del instrumento entero y no de una interacción con el mismo mediante cuerdas o caja resonante. Esto es importante para el caso porque el cuerpo de estos instrumentos proviene de una historia, un Tam no es un instrumento temperado, sus tonalidades no están definidas y varían de un instrumento al otro, sobretodo por el hecho de estar construidos de manera artesanal y en este caso por la propia Tahanny. Los Tams son originalmente construidos con hojas de bronce, pero estos eran de latón en la insistencia de una pregunta por el fragmento. La historia es larga, y es necesario volverla a contar cada vez porque esta longitud es una parte consustancial de una consecuencia. Tamara Lee Betancourt, la hermana de Tahanny, muere en un accidente y desde entonces Tahanny no ha dejado de simbolizar, de problematizar la cuestión de la ausencia y de la pudorosa reacción social ante la muerte. En un ritual performático el piano familiar donde ambas crecieran aprendiendo a tocar fue restaurado.

La restauración de un piano es hasta dolorosa de observar, se lija la superficie, se le desprende de su piel por entero, se desarticula para intercambiar teclas y cuerdas, y al final sigue siendo el mismo piano porque conserva un registro de timbre. De esta restauración Tahanny conservó los pequeños fragmentos de la piel del piano para preguntarse si en cada uno de esos pequeños residuos se contiene toda la historia. Explorar los fragmentos ha significado dibujarlos, copiar la forma y traducirla a otros materiales pertinentes (el latón es un elemento formal del piano), en otros tamaños para indagar cómo es que la ausencia se conserva en un objeto, cómo es que un fragmento contiene un todo, la resonancia de esa forma en un instrumento musical, curvándolo, el sonido de un nombre pronunciado en su ausencia. Tam-ara.

TAMTAM_0000_IMG_20190402_132707 copy 5.jpg

Lo que Tahanny presentó el jueves pasado fue una improvisación sobre una partitura que incidía sobre la nominación vocal de Tahanny, taaaaaammmm, en diferentes tonos de su voz sampleados para la base armónica de los seis instrumentos (explorados mediante diversas baquetas y arcos de cuerdas por Samuel Reyes, Ethan Othon, Arturo Mena, Antonio Castillo, Eusebio Sánchez y Ramón Villagomez) que en el conjunto extraían la gama completa del latón en una exploración tímbrica y rítmica, cardíaca qué duda cabe, de las intensidades sonoras del duelo. Hacia el final de la improvisación sobre la partitura y las variaciones vocales sobre el tema de Tam por parte de Tahanny cada uno de los músicos se iba retirando y apagaba las velas de su instrumento dejándonos gradualmente subsumidos en el silencio y la obscuridad.

IMG_0986.jpg

Las velas, manufacturadas a partir de la cera de la abeja por la artista, son el símbolo de una vida que por arder se apaga, pero también, desde Descartes, el problema de la esencia. Fue ante una vela que Descartes se preguntó por lo que cambia y permanece, en la segunda de sus Meditaciones Metafísicas escribe: “Tomemos por ejemplo esta vela, viene justamente de haber sido fabricada, no ha perdido aún todo el sabor de su miel, retiene aún algo del olor de las flores de donde fue recogida. Su color, su figura, sus proporciones son manifiestas (ejus color, figura, magnitudo, manifiesta sunt). Es dura y fría, es fácil de tocar y si se la golpea con el dedo emite un sonido (ac si articulo ferias emittet sonum). En suma, encontramos en ella todo lo requerido para que un cuerpo sea conocido de la manera más clara posible. Pero mientras esto digo he aquí que la acerco al fuego, el olor se vapora, su color cambia, su figura desaparece, sus proporciones se extienden, se transforma en líquido, se vuelve caliente, lastima al tacto y si se la golpea con el dedo ya no emitirá ningún sonido (fit liquida, fit calida, crescit magnitudo, nec jam si pulses emittet sonum). ¿Se trata de la misma vela? Nadie lo negaría, nadie creería otra cosa.” En el largo proceso de las variaciones sobre el duelo Tahanny se aleja cada vez más de los símbolos naturales de la pérdida al mismo tiempo que recurre con mayor importancia sobre el cuerpo, y esa inversión no puede sino plantear la pregunta sobre la distancia que recorren los signos de la pérdida mientras se transforman sobre su existencia residente en los objetos que cada vez se diversifican para confirmar una insistencia, tal y como un piano restaurado, que pierde todos los elementos de su anatomía para recuperarlos y permanecer.

Tahanny es una artista de la transfiguración, y todo lo que ella hace debe ser entendido en ese sentido, sobre todo cuando más parece alejarse para transitar terrenos que guardan relaciones de tensión, como la música, la pintura y un cuerpo que se agita y sonoriza.

Finalmente, el sábado se presentó en la persona de Charlie Renard la segunda edición de Mal de Ojo (la primera estuvo a cargo de Marco Treviño), el project room de la galería Alternativa Once, y fue todo un evento por dos razones, por la intensidad del performance y por el riesgo tomado por la galería, hasta donde yo sé una galería no se tomaba esa clase de riesgos en esta ciudad desde hace ya veinte años, con la desaparición de la galería BF15 en 1999, riesgo consistente en la apuesta por Charlie en un trabajo muy difícil de tragar del que no se conserva ningún resultado material destinado a la venta, por lo menos no preparado intencionalmente en la concepción original del performance. Desde antes de entrar nos recibía un audio grabado, un balbuceo largo e interminable. Al entrar nos encontrábamos con que todas las paredes estaban llenas de la violenta escritura de Renard. La escritura de Renard es una parte extensiva de su noción del dibujo y de la línea, una lógica del garabato. Y ahí estaba Renard, balbuceando sin parar, desnuda del torso para arriba, sus gesticulaciones, sus ademanes, todas sus expresiones faciales eran las de alguien que conversa con fluidez, a veces plácida y a veces enérgicamente, pero no salía una sola palabra inteligible de su boca, en una especie de asociación libre vertida y pervertida por entero en la materialidad de la voz.

0.jpg

El esfuerzo de hablar sin decir una sola palabra, ni siquiera un monosílabo, es equivalente a tratar de caminar sin ritmo, raya en lo imposible, y Charlie lo hizo por horas, por días incluso (cuando el performance se abrió al público el artista tenía ya una semana entera trabajando sobre las paredes y sobre su propio cuerpo y lengua); hablar y no decir una sola palabra inteligible es llevar a la lengua a donde ni siquiera el silencio puede empujarla, al sinsentido absoluto, y nada puede haber más agresivo. En el centro de la habitación había un frasco con bajalenguas de madera. En una de las paredes había el dibujo de una lengua, un dibujo figurativo y anatómico casi, elección de estilo que debe ser subrayada desde que el dibujo de Charlie se distingue por estar siempre en los límites de la abstracción. Las paletas depresoras de la lengua sirven para fines clínicos y para inducir el vómito. El nombre de Kali se encontraba escrito una y otra vez a lo largo de la viga de soporte de la habitación. Kali, la diosa de la creación y la destrucción, la diosa madre, la larga noche de la muerte, en cuyas primeras apariciones registradas es ilustrada con las cabezas de sus enemigos asidas por sus multiplicadas manos mientras saca la lengua para que sea vista como un sarcasmo (sarx, portar la piel del enemigo). La iconografía de la diosa Kali sirve a Renard para organizar la figura de la lengua materna, el habla que sirve igual para crear y destruir, que puede liberarnos de demonios o consumir nuestra carne, el órgano fonador que concentra lo que verosímilmente es reconocido como lo que nos distingue y separa del resto de los mamíferos, que igual sirve para hablar y para provocarse el vómito. El vómito, el acto moderno subversivo por excelencia para rechazar las imposiciones de la cultura. Una constelación de significantes armada consistentemente para violentar el corazón de todo lo filosóficamente virtuoso y bueno, la inteligencia y la razón articuladas, para igualar locura y discurso, femenino y masculino, borrar toda diferencia en un cuerpo que al final no es.

Charlie Renard es un artista del vaciamiento del sentido, de la rabia gozosa de la nada, y todo lo que hace debe entenderse en esa dirección, incluida su vida personal que en poco o nada se distingue de su obra.

2 Charlie.jpg

En suma, se ha tratado de una semana de intensa actividad sobre un trabajo de performance, cuya calidad está fuera de toda duda y de apuestas sumamente arriesgadas si tomamos en cuenta que dos de ellas se sostuvieron bajo el cobijo de dos galerías comerciales y una tercera en un espacio independiente que fue gestionada y soportada por la generosidad del coleccionismo local. Tal calidad de madurez conceptual y de propuesta, sostenida enteramente por recursos privados, es sintomática de un grado de organización que justifica sobradamente las recientes discusiones acerca de la solidez de una comunidad, de un nivel de profesionalización en las artes de esta ciudad que se expresó cuando los presentes en cada uno de los tres performance manifestaron su sentido involucramiento con una sostenida ovación silenciosa.

Erick Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Habla todo lo que quieras

IMG_0636

Con la reciente presentación de su libro en el CEIIDA Melissa García confirmó su lugar en la historia del performance de esta ciudad pero además dentro de la misma inauguró también una nueva especie de articulación, una que se sitúa por partes iguales entre el cuerpo y la literatura, por partes iguales entre el análisis disciplinado de los conceptos y la pasión que involucra la historia personal de un cuerpo, borrando así la diferencia densamente ideológica, netamente imaginaria, entre cuerpo y palabra, carne y lenguaje. Después de los comentarios sobre el libro por parte de Issa Téllez, Veronika Sieglin, y la editora Virginie Kastel, Melissa, cargando el cuerpo de una sábila de proporciones similares a las suyas, cortó con una segueta brazos de la planta mientras hablaba palabras del libro. Había un ritmo entre el silencio y las palabras pronunciadas en una discreta contramarcha con el acomodo de la sábila y las mutilaciones, acomodo que Sara Medina describió con precisión como «los movimientos de un ejecutante acomodando su instrumento de cuerdas»: el sonido de las pencas al caer, el silbido sordo de la segueta al cortar, el peligro de hacerse daño, estaba más cerca del étude que del impromptu, es decir, más cerca del estudio analítico del instrumento y de sus posibilidades expresivas que de la improvisación de una circunstancia. Un equilibrio entre la fragilidad y la fortaleza, la posibilidad del daño y la resistencia. Tal vez resistencia sea una de las palabras clave para pensar el trabajo de Melissa, su escritura y su performance, resistencia en sentido fisiológico, emocional y político, porque al cargar un volumen similar al propio para desmembrarlo mientras se deshojan verbalmente páginas de un libro autobiográfico se requiere de una resiliencia que ya en sí misma es la sustancia de un acto social, la confirmación de una identidad y la postura de afirmarla en condiciones adversas.

IMG_0659

El libro, publicado por la editorial TresNubes, es pues un ensayo autobiográfico inscrito en la tradición inaugurada por San Agustín y Michel de Montaigne, pero con la marcada y segura diferencia de tratarse de una experiencia corporal de mujer y de violencia. Tal y como aseguraron Sieglin y Kastel en sus ponencias, lo personal es político, y lo es gracias al trabajo de la construcción simbólica que encuentra, en este caso, su plataforma en los dispositivos públicos del arte. El que lo político tenga invariablemente consecuencias privadas no significa que a la inversa opere de manera regular, muy por el contrario, se requiere de un trabajo intenso que el cuerpo tiene que fabricar con actos, como punto donde confluyen los poderes simétricos y opuestos de la intimidad y las legislaciones. Kastel, en su presentación, concluyó con elegante sencillez que el cuerpo es escritura, una escritura que en la historia de Melissa comienza con una escucha:

«Y esto me parece un gran descubrimiento. Es en este descubrimiento que ella comienza su libro. Por eso hay que hablar. Hablar acalla el miedo porque el miedo hace ruido. Es ruidoso, y es también un ruido que se escucha en el silencio porque hubo violencia, hubo escenas de las que nunca habla. Entonces de inicio, estamos en el ruido que es silencio y en el silencio que es ruido. Entramos por una cavidad al cuerpo, es la oreja. De la oreja a la lengua, de la lengua a la piel, de la piel al recuerdo, del recuerdo al objeto, del objeto a lo femenino, de lo femenino a la circunstancia que simultáneamente es historia y genealogía, y de ahí, al útero y del útero a la matriz, de la matriz a la muerte que también es la vida. El círculo quedó cerrado para comenzar de nuevo.»

Es luego un momento importante en la historia de la autora, de su pensamiento y acción, al hacer un epílogo a su libro con un performance en el que el cuerpo de una sábila encarna su subjetividad, y los problemas propios del lenguaje articulado son parte de una dimensión artística que colaboran para su simbolización. Melissa es una artista de la expresión con una carga emocional sostenida en el armazón de una disciplina intelectual, que con el acto de soportar una planta entre sus brazos desarrolló una narrativa del desmembramiento para dejar flor y raíz solas, la posibilidad de la semilla, en un discurso biológico casi. La usada es la misma segueta con la que cortó el candado de una vivienda que guardaba secretos de una vieja historia familiar, la sábila la constatación de una práctica doméstica en la que colindan siempre lo que a veces da salud y a veces daña.

IMG_0686

Tal vez no haya estado errado al hablar de un performance en términos musicales, porque la música produce ideas análogas en espíritus distintos, es gracias a una estructura que problematiza una idea corporal que pensamos ideas simétricas en una diversidad de sentidos, y porque como con la música, al final de la presentación y del performance y en el protocolo usual de una presentación donde se da la palabra al público, envueltos en el olor acre de la sábila, sólo pudimos restar en silencio.

 

 

El libro aquí.

 

Erick Vázquez