La mala relación que tiene Daniel Montero con la realidad es la que le permite ser tan buen académico. En la segura calma de las bibliotecas y las hemerotecas, se ha dedicado a lo que nadie más se quiere dedicar, a tratar con registros del pasado de la crítica de arte, un pasado que le importa a muy pocos, y por eso sus libros resultan indispensables para la historiografía de la crítica de arte en la Ciudad de México y el centro del país, porque son documentos exhaustivos; pero cuando se trata de lidiar con eventos que suceden en el presente ya su precisión académica no acude a socorrerlo, y todo lo que en la academia resultan virtudes, en el mundo real son meros desatinos.
En Ready-Image, su último libro publicado, Daniel cita una discusión entre Guillermo Santamarina y Erik Vásquez (Sic) en Facebook, una breve discusión que se puso buena no porque uno tuviera razón y el otro no, sino porque los lectores de ese intercambio aprovecharon para reflexionar los diferentes puntos, y de eso se trata la crítica de arte, de propiciar discusiones sobre problemas actuales, de promover ideas distintas sobre temas en común. Claro, a veces también se trata de otra cosa, los críticos de arte le servimos a la buena salud del mercado del arte, a sus relaciones discursivas, es decir, los críticos de arte le servimos al poder, cosa que no siempre aceptamos abiertamente porque hacer circo es a veces también parte de la chamba. Daniel Montero es ante todo historiador, y no le sirve al poder, le sirve a la academia, que a diferencia del poder no sirve para nada, más que para generar más academia, pasto de profesores y alumnos naturalmente angustiados por su futuro. Dentro de su labor registrando los vaivenes de la crítica, como decía, Daniel se tomó el trabajo de comentar mis decires en el Facebook:
Erik Vázquez (Sic) entiende a la crítica como un valor relacional entre el artista, el crítico y lo que él llama “la comunidad”. Lo que importa no es la valoración sino el reconocimiento de uno en el otro. Y es que para él, cuando ese reconocimiento ocurre, hay una evidencia de que la crítica ha tenido lugar. En ese sentido no importa el formato porque esa doble identificación se puede dar a partir de diferentes tipos de textos. Una suerte de empatía entre todos los actores. Lo que es preocupante es que Vázquez no reconoce que haya “ni subjetividad ni objetividad posible en la crítica”, como si no hubiera un momento reflexivo entre lo que se ve y lo que se dice y como si no pudiera haber un dato material circunscrito en la obra que permita ciertas condiciones de juicio. Es particularmente significativa la frase “una crítica de arte no se legitima citando autores y estudios, una crítica de arte resulta legítima cuando el artista se reconoce en lo escrito por un sujeto que aventura sus juicios personales.” ¿Por qué sería deseable que el artista se reconozca ahí, y no las personas a las que no les compete esa obra de manera tan directa? ¿Por qué despreciar las citas y las referencias de otros autores y apelar más bien a la inmediatez del reconocimiento? Puedo inferir que Vázquez no se atreve a emitir un juicio de valor de la obra ni mucho menos reconocer la voz de otros en su propia crítica porque al final, lo que le interesa es cómo la obra lo interpela y no pensarla en función de una serie: no se trata de señalar si la obra es buena o mala sino, más bien, la crítica él y la artista mediado a su vez por la obra. Lo que es sugerente es que esa visión de la crítica no está justificada en una razón de ser, más allá de ese reconocimiento.
Daniel pone comunidad entre comillas porque no entiende lo que eso significa. El crítico es el trabajo analítico de su circunstancia, que yo decidí, siendo y estando entonces en Monterrey, era una circunstancia muy local. Esa decisión de ser deliberadamente local la tomé en primer lugar porque uno de los malestares en el discurso de los artistas regios era el centralismo (que a Daniel Montero le tiene muy sin cuidado, como demuestra una y otra vez en su libro anterior, “Crítica de Arte en México: 1940-1966”, refiriéndose a la Ciudad de México y a México como si fueran la misma cosa), y porque la realidad de esa pequeña comunidad de la que me ocupé de escribir durante algunos años no dependió de una realidad externa a la ciudad más que en referencias abstractas, y dependió más bien, y de manera muy explícita, del desarrollo de una red de espacios independientes cuya realidad se definió precisamente en el reconocimiento de una función recíproca, y no de la valoración de instituciones, y eso es una comunidad; esta es justamente la manera que encontré para ejercer la crítica siendo responsable y congruente con los artistas de los que hablo y que ahora replico en la Ciudad de México con la escena de la improvisación libre, que se ha legitimado por su propio trabajo y en el reconocimiento mutuo, en una relativa exterioridad a las instituciones culturales, situación que no les ha impedido un prestigio internacional. Como Daniel no entiende nada de esto, confunde el “reconocimiento” con la “empatía”, que pertenece a un campo semántico alejado kilométricamente como la Ciudad de México lo está de la ciudad de Monterrey. Todo este contexto Montero lo ignoró, no por mala leche, sino porque sus herramientas conceptuales, repito, no le permiten concebir una realidad que no se pueda consultar de manera bibliográfica, y por eso encuentra preocupante que yo no distinga objetividad de subjetividad, que sostenga mis palabras en mis experiencias directas con los artistas y su trabajo, en mi criterio personal en lugar de citas y autores, porque a Daniel Montero le corre atole por las venas, y el atole es muy mal conductor del oxígeno y de las hormonas encargadas de la emoción.
La decisión de Montero de comentar mi trabajo sobre un post en el Facebook, a propósito de una nota publicada en el periódico, resulta muy particular, porque mi trabajo como crítico de arte no se encuentra en ningún periódico o revista, se encuentra en mi blog, en donde he publicado por ahí de unos ciento cuarenta textos, y en donde los juicios de valor, que Montero pide como constitutivo mínimo de una crítica, abundan sobre la calidad de obras en particular, curadurías y eventos institucionales, y abundan con las consecuencias de las enemistades y connivencias tan chistosas que suelen resultar de tan curiosa práctica. Acepté la invitación del editor de cultura a publicar alguna que otra cosa en el periódico a cambio de nada y menos de dinero, porque sabía que no pagaban pero que a algunos artistas les convenía que sus exposiciones salieran publicadas en un periódico y no en mi reputado blog. Se trataba de un servicio a la comunidad, que los críticos a veces tenemos que hacer en favor de una decencia que no muy seguido se nos atribuye, pero que le aseguro a quien esto lee, no nos falta. Mis publicaciones en el periódico no pasaron de tres: el editor me hizo saber en llamada telefónica que se veía en la penosa necesidad, en sus palabras, “de realizar el primer acto de censura de su carrera.” Le dije que no se preocupara, pero le dejé de mandar textos, para publicar gratis y bajo censura mejor seguir publicando en mi blog lo que se me viene dando la chingada gana y como a mí me gusta. Es curioso luego que Montero haya elegido una publicación que no es representativa de mi trabajo, sobre todo cuando ya antes se había referido a mí como “uno de los críticos que mayor seguimiento a dado a los eventos locales [de Monterrey] en su blog elescudoyelespejo”, en una columna escrita por él mismo para la revista Código hace no tanto, en el 24 del abril del 2019. Esta incongruencia no debe sorprender: el año pasado en la presentación de su libro, “Crítica de Arte en México: 1940-1966”, en la librería EXIT, Daniel afirmó al público que “la crítica de arte en México no existe”, un público de menos de una veintena de personas entre el que nos encontrábamos su servidor y Edgar Hernández, este último no sólo el crítico de arte más activo en la Ciudad de México, sino el que edita y sostiene ya desde hace varios años “Cubo Blanco”, la que es la última revista exclusivamente dedicada a la crítica de arte aún en pie. A la publicación de este texto no tengo que esperar una respuesta porque Daniel siempre responde lo mismo: “no me han entendido, me han interpretado mal, lo que yo quise decir…” y cada vez que así ha respondido ha tenido razón: Daniel sufre de una soledad crónica, y por eso cuando lee palabras como “reconocimiento”, “comunidad”, “subjetividad”, su reacción ineludible es la confusión intelectual, la incapacidad para entender la inestable materialidad humana de la que está constituida la realidad artística y de la que ninguna academia concebible lo puede proteger.
Erick Vázquez






