Constelaciones y derivas: arte de América Latina desde la Colección FEMSA

Una colección de arte tiende a ser neutra en su tono, y tiene razones para serlo, lo inteligente en términos institucionales y de inversión a futuro es apostar por una posición política flexible. Cómo la colección FEMSA ha logrado cierta neutralidad adquiriendo obras que vienen desde la modernidad, pasando por la ruptura y al arte contemporáneo es una pregunta que sólo tiene una respuesta: el criterio curatorial con el que se ha venido presentando, y la descorazonadora facilidad con la que casi cualquier obra revoltosa se puede presentar sin que escandalice a la burguesía, escándalo que tanto divertía a las vanguardias de las que el concepto de arte que aún usamos proviene. En la exposición con la que la colección FEMSA celebra su 50 aniversario no hay ninguna neutralidad, muy por el contrario, es deliberadamente problemática desde la primera sala y la primera obra.

La milpa seca, Dr Atl. 1955

La exposición abre con una pintura, la Milpa seca del Dr Atl, un óleo de 1955, con sus amadas montañas de fondo, posiblemente volcánicas. Abrir una sección titulada “Territorios: los límites simbólicos de la geografía”, un tema tan relevante y contemporáneo, con una pintura del Dr Atl le devuelve al óleo la gracia con la que el artista hablaba de la realidad geológica y política de un país que ha cambiado muy poco en sus problemas, los espectros de un país que es tan difícil pensar bajo una sola identidad; al dar la vuelta a la pintura domina la sala la instalación “Objetos de mi jardín” (2024), de Miguel Fernández de Castro, una colección de objetos encontrados así nomás sobre la superficie de Sonora durante las andanzas de Miguel y que conforman el panorama de lo real que se cuela como puede entre los discursos políticos y oficiales: botellas, alambre de púas, deshechos de equipo militar o paramilitar, cacharros que nos hablan con fácil elocuencia de lo fácil que se encuentran. La milpa seca del Dr. Atl se conecta con la fotografía del “Zacate” de Manuel Álvarez Bravo, y quiero aprovechar ―porque para esto es esta exposición― y manifestar un malestar que siempre he tenido con Álvarez Bravo, y para el caso también con Siqueiros ―que se encuentra casi al lado con una técnica sorprendente de piroxilina sobre masonite ―, y es que no hay manera de no ver las fotos de Bravo y las pinturas de Siqueiros y no estar de acuerdo en que efectivamente eso es México, pero ¿para cuántos mexicanos? No para mí, que soy del noreste y esos paisajes no se parecen nada a los míos, y son imágenes que me parece que por los acentos que ponen sobre signos tan fáciles de exotizar y mistificar son acentos muy citadinos, centralistas incluso, y tampoco es que se les pueda reducir a eso porque cómo negar que, efectivamente, México es extraordinario en sus imágenes y ni modo que un artista no aproveche la oportunidad.

Cortesía Colección FEMSA

 Este no es ni siquiera el aspecto dominante de la sala y no puedo comentar todo lo que quisiera en una exposición que logró articular en la suma una curaduría congruente entre 170 obras de más de cien artistas, entonces me voy a brincar a mi gusto personal: hay una acepción, no oficial, pero dominante acerca de la pintura abstracta, se le atribuye subrepticiamente una ideología, desde que el comunismo stalinista apostó por la narrativa figurativa y la Central Intelligence of America apoyó a Jackson Pollock y al resto de su grupo, se piensa que la abstracción es particularmente burguesa, de suyo capitalista, al interior de las instituciones gubernamentales en la Ciudad de México encontramos murales y en el lobby de un banco transnacional encontramos pintura abstracta, pero creerse ese cuento es como pensar que la novena de Beethoven es de suyo autoritaria porque la tocan cada que un dictador cumple años, y esta injusticia histórica queda plenamente cuestionada en la sección “Debatiendo la abstracción: Geometría y Forma en América Latina”.

Es igual de difícil convencer a un color de que no tiene nombre como lo es convencer a una palabra de que no tiene color, es difícil hacerle entender a una lengua que hay más Vicente que carmín en la palabra rojo, pero es esta arbitrariedad, esta ausencia de relación entre la forma, el color y los significados de una lengua es precisamente lo que permite las posibilidades de una brillantez sintáctica pictórica, porque la pintura abstracta se brinca la relación entre significante y significado para llegar directamente al sentido, como la música. El equipo curatorial (Eugenia Braniff, Paulina Bravo, Beto Díaz, y Adriana Melchor como co-curadora invitada) logra exitósamente hacer el caso de que hay una pintura abstracta latinoamericana nítidamente distinta de la anglosajona y de la europea, porque se acercan a resolver el problema del movimiento, por ejemplo en la escultura en el aluminio de Lygia Clark (Brasil), o el hierro de Eduardo Ramírez Villamizar (Colombia), la madera pintada de Julio Le Parc (Argentina) que sí, lo hacen siguiendo los caminos habituales para brindarle ligereza al material pesado, pero con vientos que se distinguen de otras latitudes en su frenesí y amplitud, y en el caso de las pinturas de Vivian Suter (Argentina, 1949), Helen Escobedo (México), Carlos Mérida (Guatemala), Luis Tomasello (Argentina), Águeda Lozano (México), Manuel Felguerez (México), pero sobre todo Suter, logran con gracia desarrollar una sintaxis de la mancha que nos habla de todo un universo sensible, con sencillez y elegancia, sin la testosterónica ansiedad competitiva de comprobar que eran grandes artistas, cosa que en cambio sí se puede decir ―y el amor no me lo impide―de toda la escuela conformada por Pollock, De Kooning, Krasner y Kline. Como curiosidad y excepción que confirma la tesis curatorial, encontramos un cuadro de Diego Rivera que comprueba era un pintor abstracto muy superior todavía al gran pintor figurativo que fue.

Cortesía Colección FEMSA

La última sección, “Identidades: Sobre la (im)posibilidad de un coro” y con la que cierra el nudo de sentido curatorial, está conformada por artistas queer. No era el secreto mejor guardado de la colección, pero ciertamente lo era para los regiomontanos enterarse de que en México muchos de entre sus mejores pintores han sido, y siguen siendo, homosexuales, y la última sala está poblada de ángeles: Ángel Zárraga (Durango), Abraham Ángel (Edo de México), Ángel Cammen de Monterrey, que como regio tiene una relación especial con las montañas, vive a las faldas del cerro del Topo Chico y el cuadro que adquirió la colección es expresivo de la ternura con la que Cammen entiende las relaciones entre hombres, tal vez podría decirse lo mismo de la escena íntima que retrata Roberto Gil (Guadalajara), del humor delicado en los futbolistas de Zárraga, y es una celebración que se cierre una visita en el museo MARCO por fin con una representación queer que no es triunfalista, ni revanchista ni nada por el estilo, que es una representación del amor que no tiene nada de particular, fuera de lo particular que el amor es en sí.

Ahora bien, es cierto que la agenda de ajustar una curaduría acorde a discursos decoloniales, a las políticas de la identidad y los ya consabidos etcéteras, ha pasado a ser una especie de mandato no escrito en las instituciones del centro del país, por decir lo mínimo, pero en Monterrey, la ciudad que todavía se resiste, junto con Guanajuato y Querétaro, a la jurisprudencia de la Suprema Corte para la despenalización del aborto, es un gesto inédito, sobre todo en el museo MARCO, que si bien ha venido modificando su postura desde que Taiyana Pimentel asumiera la dirección general, en el 2019, hasta antes de la llegada de Taiyana el museo se las había arreglado para ser el fiel reflejo del conservadurismo que caracteriza a la ciudad, a pesar de tratarse de un museo de arte contemporáneo.

Como decía al principio, es problemático en sí que obras de artistas provocadores puedan ser presentados con resultados poco seductores, pero comprender cómo puede ser esto posible es comprender la naturaleza misma de la institución. La institución tiene algo de fábula, de mito incluso, al cual le debe sin duda sus poderes de autoridad, pero la institución, por más vieja o venerable que pueda llegar a ser, depende de qué tanto se la crean los individuos que la sostienen, y Paulina y Beto tienen años, seis años para ser más o menos exactos, trabajando desde el interior de FEMSA para alcanzar los resultados patentes en la exposición de su aniversario, y la participación de Eugenia Braniff, desde que asumiera el puesto de consejera y curadora asociada en el 2023, ha asegurado el hecho de que dos instituciones con esta relevancia marquen ―se me perdonará el optimismo al que los críticos no somos perfectamente impermeables―el síntoma de que el sentido de la cultura, que nació con el Museo de Monterrey y con la fundación del museo MARCO como estrategias de posicionamiento empresarial con respecto al centro, ya ha caducado y se permiten dejar de instrumentalizar el trabajo de los artistas en favor del poder en turno, para ahora sencillamente presentar las posibilidades de su sentido.

Erick Vázquez

 

Quiero agradecer a Paulina, Beto, y a Maricruz Garrido por su generosidad en el tiempo que me dieron para las entrevistas, el acceso a las listas de obra y otros materiales. La corrección del estilo en este ensayo la realizó Alejandra de Santiago.

Alta tensión

Esta es la primera exposición de su trabajo en donde pudo desplegar los diferentes ángulos de la problemática que ella lee en el enredo de los cables en los postes de la ciudad como signo y retrato de las relaciones entre los unos y los otros, si es que es del todo posible la relación entre los semejantes, si es que las relaciones cotidianas constituyen una tensión de frecuencia informativa, un vínculo auténtico, la posibilidad real de una mutua validación existencial y no sólo un embrollo que se sostiene por inercia. Parece un problema social, urbano y político, de ciudad mal planeada, y puede tratarse de todo eso, pero a Atenas la forma le interesa a un nivel personal que no pretende ser arte político, por lo menos no ahora. La multiplicación de cables entre postes y postes es para la teoría de la comunicación como una pesada broma informática, y en el dibujo de este enredo Atenas Orozco lee la distancia existencial de lo que en la actualidad entendemos por conexión, otredad.

Registro: Michelle Lartigue
Registro: Michelle Lartigue

En la invasión de la totalidad del espacio, que se extendió desde la puerta de la calle hasta todas las habitaciones disponibles de La Perrera (el espacio organizado por Erick Vázquez, Melissa Aguirre García y Beto Díaz), no había manera de no toparse con un cable, la necesidad de agacharse o levantar las piernas para pasar, pisar los cables del piso que por la naturaleza de su grosor poseen una voluntad propia para dibujar una sinuosidad que les es pertinente y muy difícil de negociar. Se trató de dibujo entonces, pero la experiencia estuvo dominada por el ruido blanco que emiten las torres de alta tensión, sonido producido por la vibración del metal de las torres en respuesta a los armónicos de las frecuencias eléctricas y reconstruido por la artista con la sencilla solución de un aluminio de calibre espeso interpuesto entre el feedback emitido por un micrófono y un amplificador, sonido de efectos sensibles en el cuerpo que inmediatamente percibe el sistema nervioso como una señal de peligro, de intensidad que eriza el pelo corto de la nuca.

Además de la experiencia de transitar el espacio bajo una sonoridad electromagnética Atenas realizó con los asistentes el juego de resistir la electricidad emitida por una máquina de toques, de esas que se usaban en las cantinas, jugando a sumar personas tomadas de las manos para construir una resistencia, ejercicio de investigación para probar cuántas personas son capaces de transmitir una señal eléctrica antes de que la misma pase de lo insoportable a lo imperceptible, metáfora del lazo afectivo y sus capacidades de tensión y transferencia en el sentido que le dio el psicoanálisis, el de un deseo anclado en un mensaje invertido, una frecuencia de onda que o bien se extiende o se cancela.

Entre los cables tensados por diferentes ángulos inevitablemente se forman espacios vacíos, geométricos, triángulos y rectángulos irregulares, que la artista comprende como espacios de resistencia, silencios expresivos, que la artista intentó resolver mediante papel de color translúcido, solución que le quedó más o menos satisfactoria porque se trata de la parte menos resuelta en la posibilidad de este cuerpo de obra que sintetizó. El color es un problema muy difícil de solucionar cuando se trata de pasar de lo bidimensional a la presencia porque el cromatismo es parecido a la música en que está pesadamente codificada, pero al mismo tiempo está completamente ausente de símbolos inequívocos, y entonces la artista debe tomar decisiones para desarrollar su propio léxico con miras a que su cromatismo le diga algo a alguien más también. Esto Atenas todavía no lo logra, pero los proyectos en la Perrera son para eso, para jugar con las posibilidades que no necesariamente, y de hecho, idealmente, no podrían ser presentadas en ningún otro lugar. Por lo pronto, este gran desmadre que Atenas desplegó ofrece un atisbo de lo que la joven artista puede llegar a desarrollar en diferentes salidas formales, acústicas, visuales, espaciales y performáticas sobre el problema de la conexión entre los habitantes de una ciudad, problema que parece decir siempre que las proporciones de una mancha urbana son las proporciones de la soledad de sus individuos.

Erick Vázquez

La aparición de Macrosalón y la cuarta edición de FAMA

Este texto será un poco largo y pondrá a prueba la paciencia pero se justifica porque este mes, en esta ciudad, sucedió una serie de inconcebibles: MacroSalón inauguró su primera edición como feria comercial de arte contemporáneo, competencia cordial y saludable para FAMA, esta última que este año celebró su cuarta edición, y la misma que al comenzar en el 2018 modificó definitivamente la dinámica ya algo esclerótica del entonces raquítico circuito de producción, galería, y coleccionismo, y lo modificó con el sencillo principio de una feria con una oferta de precios accesibles, idea escandalosísima en el momento para algunos, solución lógica e inevitable para el resto.

MacroSalón está formado por Daniela Garza en la organización y patrocinios, y Rolando Jacob, Beto Díaz, y Maya Cepeda en la concepción y ejecución, un trío que hubiera resultado casi tan genial como Los Panchos si no hubiera sido porque, como la experiencia lo demostró, les faltó un integrante para terminar de darle forma a la tremenda organización que requiere una feria con convocatoria nacional. El nombre de “MacroSalón” es una conjunción entre la eterna obsesión por lo “macro” de Monterrey y el antiguo concepto de salón, la solución clásica para convocar un montón de artistas sin una relación clara entre sí, es decir que MacroSalón es un proyecto que desde su concepción hace ya algunos años, germinado en la cabeza enigmática de Rolando Jacob, era desde entonces un juego muy en serio con aspectos complejos sobre el comportamiento social de la ciudad y del mercado del arte. Por ejemplo, el salón tuvo tres premios, con un jurado de legitimidad incuestionable, armado por artistas y curadores con trayectoria nacional e internacional; el premio principal lo adquirió la artista Gaby Lobato, el segundo Premio (de) Generación,lo recibió Alfredo Esparza. La idea de un segundo premio la aportó Rolando Flores, y es original en que tanto la selección como el dinero del premio lo aportaron los propios artistas del jurado, todos aproximadamente de una misma generación, lo cual significa un gesto de reconocimiento comunitario, que apuesta congruentemente con los principios de la feria: una comunidad de artistas que se apoyan y se reconocen entre sí, con una fragante independencia de cualquier tipo de institución. El tercer premio fue para Roberto Carrillo y consistió en una residencia de un mes en Cobertizo. Adyacentes al salón había una curaduría de vídeo-acción con obra de Melissa García, Ale de la Puente y Gina Arizpe, Calixto Ramírez y Dominique Suberville, por otra parte se sumaron al proyecto expositivo Emma Molina con obra reciente de Tahanny Lee y la Galería Once Alternativa con obra de Marco Treviño y Renard. Tal vez lo más raro de todo, lo que confirma simultáneamente tanto el sentido del humor de los organizadores como sus intenciones de seriedad, fue la invitación a Cachorra, un proyecto de Germán Pech y Pablo Tut. La Cachorra funciona para fines prácticos como un espacio independiente que originalmente está construido en un terreno baldío de Mérida, y que se materializa en la construcción de uno de esos almacenes provisionales a base de lámina negra, cartón cubierto con chapopote, barato y práctico, que se usan para guardar la herramienta y materiales de una edificación, donde los albañiles se cambian y asean y conviven su descanso; el proyecto se llama así porque la gente en el baldío de Mérida lleva a pasear a sus perros y es un lugar orgánicamente comunitario cuya ubicación e “instalación es la metáfora del inicio de una construcción, pero también el espacio de exhibición para los que no tienen lugar dentro de los nuevos modelos inmobiliarios que se han vuelto los bastiones culturales de Yucatán”, según las propias palabras de los creadores en un texto de Itzel Chan. La Cachorra se reconstruyó tal cual dentro del espacio de la feria, tal reconstrucción de la Cachorra dentro de MacroSalón es una expresiva manifestación arquitectónica de la vocación de Rolando Jacob que resulta en todo congruente con la inquietud curatorial de Beto Díaz, siempre una relación tensa de amor y odio por la institucionalidad de los espacios dedicados al arte.

La «Cachorra» dentro de Macrosalón Foto: Michelle Lartigue

Todo estuvo articulado con miras a funcionar como una feria comercial que terminó comportándose como una bienal desconcertante en el mejor sentido del término, fresca, propositiva, disfrutable, los artistas vendiendo y los coleccionistas comprando, los artistas y visitantes varios disfrutando de un fiestón en el que se compartieron créditos con los integrantes de FAMA, con el claro mensaje de que somos los mismos y no tenemos porqué no llevar, literalmente, la fiesta en paz. Los fundamentos que los organizadores de MacroSalón quisieron mantener claros desde el principio fueron un trato digno a los artistas, compartiendo los gastos de envío y manejando un porcentaje decente de ventas, un saludable intercambio comercial que no perdiera nunca de vista que lo importante en el arte es la serie de relaciones simbólicas y de poder que pone en manifiesto, en resumen, una especie de anti-FAIN. Todo muy loable, aunque no sin la carga consubstancial de gentrificación que conlleva al parecer ya todo proyecto artístico al ubicar la feria dentro del Semillero, proyecto que ya tiene algunos años desarrollando la agenda de elevar el valor inmobiliario en el barrio de La Purísima.

Salas de Macrosalón Foto: Michelle Lartigue

Por su parte FAMA acogió dentro de esta edición el proyecto, también inaudito, de Colección Abierta, concebido y producido por Georgia Durán, Marcelo Vallecillo, Yolanda Leal, Eliud Nava, Catalina Escamilla, Rodrigo Odriozola y Gloria Cárdenas. El coleccionismo, en general, es como la dimensión desconocida en la historia del arte, local, nacional y universal, nadie entendemos muy bien cómo funciona ni por qué nace y sigue funcionando. Parte del misterio lo constituye que un coleccionista no compra objetos, adquiere un sistema de relaciones simbólicas, sistema que al final termina confundiendo con objetos, y por su parte un artista no vende una forma material, intercambia la forma de su deseo por reconocimiento y dinero, reconocimiento que al final termina confundiendo con comprensión y legitimación, y en este intercambio de malentendidos todos ganamos la posibilidad de una sociedad más civilizada. La finalidad de Colección Abierta es oxigenar las colecciones que se han venido amasando por parte de coleccionistas jóvenes, haciendo una reflexión sobre las mismas de manera pública y en esta primera emisión se trató de la colección privada de Georgia Durán y Marcelo Vallecillo bajo la curaduría de Ana Fernanda Cadena. Como se comentó en la conferencia Acerca del coleccionismo a cargo de Adriana Melchor y Ana Garduño, una colección es una especie de ecosistema cuya constante evolución y supervivencia exige la exposición constante, la curaduría que la ilumina en sus matices, la revelación de su significancia en un contexto. La conferencia, que sucedió en el auditorio del Museo MARCO, fue un evento periférico de los organizadores de MacroSalón, un signo más de que los vasos capilares entre ferias redundan en un sistema circulatorio que nutre a la comunidad artística en su conjunto.

Proyecto «Colección Abierta» Foto: Michelle Lartigue

Un comentario acerca de la colección de Durán y Vallecillo exhibida en FAMA requería de una visita posterior a la casa de los propietarios. La idea de la visita nace de un comentario de David Pedroza (arquitecto y también coleccionista) quien me hizo ver que el ambiente natural de la colección es la Casa Roja, donde habitan Marcelo y Georgia, un proyecto arquitectónico de Dear Architects, porque la fueron poblando según la fueron haciendo suya, con pasillos propios para el trabajo gráfico, obras más íntimas para el tocador y las recámaras, haciendo de la casa una especie de museo moderno, la evolución insospechada de un espacio artístico contemporáneo donde la vida cotidiana no se distingue de la aventura estética. Para explorar la colección en su hábitat le pedí me acompañara a la arquitecta Andrea Ramos, porque por más que mi erudición compensa mi falta de pudor a veces la sensibilidad no me da para tanto, y conocer una casa es un proceso delicado que requiere de conocimientos anatómicos para detectar el plano recubierto por la experiencia de la habitación. El azar propio de la selección natural nunca se equivoca y la Casa Roja resultó ser un espacio ideal para alojar la colección que resguarda, como Andrea me hizo notar, porque a pesar de estar todo integrado por la columna vertebral de la escalera que organiza los tres niveles, cada órgano de la casa se sostiene con una identidad propia que permite experimentar los distintos espacios de manera autónoma, abriendo la posibilidad de distintos sentidos y acomodos flexibles de grupos de obras. La exposición de la colección de Georgia Durán y Marcelo Vallecillo dentro de FAMA como primer ensayo de Colección Abierta, no podría ser más adecuado, porque su colección que comenzó, como casi todas las colecciones privadas no institucionales, bajo la forma de un deseo embrionario y por lo tanto irreconocible con el tiempo de su desarrollo, es un auténtico muestrario de una época de la producción artística de la ciudad de los últimos cinco años, una época notoria por la proliferación de espacios independientes que se nutrían copiosa e infatigablemente de nuevas generaciones de artistas egresando de la FAV y la UdeM, y en tanto retrato de ese período la colección tiene desde ya un valor histórico que sin duda cobrará mayor relevancia en los próximos años.

A pesar de tanta inesperada novedad, la noticia de todas las noticias es que en FAMA se vendió un video, Melissa García con una acción registrada de su cuerpo de obra A measure of time colocó uno de sus video-performance en la colección de Gloria Cárdenas levantando una oleada de cejas porque, no sé si esto lo sepa todo mundo, pero vender un video en nuestros días casi equivale a haber vendido un readymade en 1918. La venta de un video en una feria de arte contemporáneo en Monterrey es una frase que nunca pensé que iba a escribir, y ahora la historia la ha escrito asegurando, también con la venta de una obra de Mayra Silva en la misma FAMA, su legitimidad como feria de arte contemporáneo. En la opinión de Catalina Escamilla, la directora de FAMA junto con Rodrigo Odriozola, el coleccionismo en la ciudad está creciendo y apareciendo en generaciones cada vez más jóvenes, e independientemente de la relatividad de ese hecho el éxito de dos ferias de arte es síntoma claro de que un coleccionismo local empieza a existir, cosa inconcebible hace apenas diez años, mucho menos hace veinte cuando a la galería BF15 se le ocurrió que podía hacer exposiciones de artistas jóvenes y encima locales, proyecto que en su momento inspiró a hacer lo mismo a Emma Molina y de donde nació también en Hugo Chávez la idea de la Galería Once Alternativa, cuando el joven Hugo hizo sus prácticas profesionales en la galería dirigida por Pierre Raine en 1998.

FAMA 2021 Foto: Michelle Lartigue

Melissa García en FAMA Foto: Michelle Lartigue

El éxito comercial y publicitario de dos ferias de arte sucediendo al mismo tiempo, coordinadas en sus esfuerzos, es coronado con el berrinche que Aldo Chaparro al respecto anualmente hace público y que ya tradicional declara inaugurada la temporada de posadas y tamales. Por supuesto, lo que esto significa para la ciudad a mediano plazo está por verse, si es que hay una segunda edición de MacroSalón y si es que siguen acomodando sus intereses en común con otra feria con la que en principio son competencia, pero por lo pronto lo que la fortuna nos trajo es una constelación de eventos donde hubo muchísimo que ver y que demuestra que la aorta del arte en Monterrey pulsa con una presión sorprendentemente estable, y si se puede leer un optimismo un tanto inaguantable en todo lo por mí aquí escrito puede estar seguro el lector que no se debe a mi ingenuidad ni a mi reticencia para soltar una mordida, por el contrario, ya la edad y la amargura propias de mi edad han hecho su chamba sobre mis juicios y la fuerza de la gravedad es incombatible después cierto número de latidos, es más bien que la evidencia de los hechos es incontestable y, después de un periodo de pandemia que vio desaparecer los espacios independientes que consistían la vida artística más excitante de la ciudad, todo me esperaba menos una forma evolucionada del mercado en una ciudad que hasta ahora se definía por su falta de interés en la cultura.

Erick Vázquez