Hay una historia, tal vez apócrifa, que cuenta que cuando Stravinsky por fin regresó a Moscú después de su largo exilio político, una orquesta de jóvenes quiso tocar para él la Consagración de la Primavera. La Unión Soviética buscaba eventos para resaltar la gloria del gran compositor ruso, exaltar el prestigio del proyecto de nación y la unidad indiscutible del pueblo, pero lo que los jóvenes querían era agradecerle al artista por la música que les había dado. Stravinsky apareció en uno de los ensayos y no reconoció su obra, perplejo vió cómo a los jóvenes se les comprimía el rostro con la tensión de una emoción compleja que saturaba la textura en las cuerdas y condensaba los silencios entre los ritmos. El compositor, según cuenta la historia, los detuvo y les dijo: pero… ¿qué están haciendo? Esto son sólo notas, son sólo números. El relato ilustra que la distancia que se abre entre lo que uno quiere decir y lo que termina diciendo, en el caso de la música, es un abismo, y el problema está en si el sentido de la música está en quien la hace o en quien la interpreta, del lado del genio compositor que sabe perfectamente lo que escribe, o del lado de los jóvenes, que aunque tanto se equivocan siempre tienen la razón; el relato también ilustra el problema de darle un sentido a la música, hacerla o escucharla creyendo que es pura forma desnuda de significado o vivirla bajo la convicción de que está expresando un estado específico del pensamiento y los sentimientos, y esta es una discusión que pervive. Por supuesto no es importante saber si la historia es auténtica porque conserva el valor de un mito, es decir, me obliga a tomar una decisión.
La noche del pasado 20 de septiembre, Gibrán Andrade organizó un concierto en la galería 33 1/3 con Amanda Irarrázabal, Remi Álvarez y él mismo, con el primer set de un dueto entre Shaostring y Aleida Pérez. Gibrán presentó a sus invitados diciendo, como lo ha hecho antes, que el criterio para su elección proviene de su admiración profesional y de su afecto personal, que para él son dos cosas indisociables, dos caras de la misma moneda. Es absolutamente inverosímil que en otro contexto se diga algo así, digamos, por ejemplo, para presentar un cuarteto de cuerdas o un ensamble establecidos, o más increíble aún, que un editor anuncie su antología de poetas de esta manera, definitivamente imposible sería que un curador inaugure su exposición de artistas contemporáneos diciendo los que están aquí están porque son mis amigos y son mis amigos porque los admiro. Ese editor, ese curador imaginario, perdería inmediatamente toda credibilidad, porque no hay, ni ha habido, ninguna institución que comprenda la filosofía que se articula en toda amistad auténtica, cuando Gibrán afirma que el criterio de lo que le interesa en el sonido son el afecto y la capacidad musical, y que ambos aspectos son indistintos, está haciendo un gesto político que se sostiene en la pura relación privada entre la gente que ama y ese amor y esa confianza en el talento se traducen en un sonido que tiene algo que decirle al mundo, ¿cómo podría haber una institución que comprenda esta naturaleza, esta relación esencial entre el arte y la amistad, cómo podría haber una institución que soporte el hecho de que no es necesaria? El gesto político de Gibrán acerca de la amistad y de la naturaleza de la música también habla, por lo tanto, de las características de la escena de la improvisación libre en esta ciudad, de las posibilidades de autenticidad artística que permite. Al principio, recién llegado a la ciudad, yo creía que debía circunscribirme, disciplinarme a escuchar nada más que la pura forma de lo que se estaba improvisando y no atender a mis emociones responsivas más que de reojo, pero ante la evidencia de las repetidas experiencias en esta escena me veo obligado a decidir que la crítica musical que he leído para mi placer y referencia, la crítica que he gozado y admirado, la de Bernard Shaw y Virgil Thompson, incluso la de críticos contemporáneos, que se sostiene por entero en la observación de la calidad técnica en relación a un fin formal, es, en el caso de la escena de la improvisación libre, una manera de la irresponsabilidad, y que la regla literaria que dicta que decir menos es decir más es aquí insostenible, y hay que decir más, aunque en el proceso se arriesgue decir alguna estupidez, que es preferible al riesgo de no haber dicho lo suficiente, aceptar que mis emociones ante un concierto tienen efectivamente un grado de realidad que sirve para comprender lo que estoy escuchando y presenciando. Esa noche del sábado la viola de Shaostring y el violín de Aleida definitivamente nos estaban hablando de algo, algo del lado de la sombra.

La asertiva agresividad de Aleida, su manera contundente para proponer, tiene la virtud de sacar a las personas con quienes improvisa estados de sonoridad a los que de otra forma no accederían. Aleida es siempre definitiva en sus destellos, Shaostring titubea aquí y allá, y tal vez la afirmación resuelta de Aleida sea en el fondo una manera de lidiar con la duda y la reticencia de Shaostring una reflexión de la certeza. La canción de Shaostring es un ritmo sostenido que me ha intrigado desde la primera vez que la escuché porque la melodía en sí es un misterio, y qué debe haber en un corazón para que la melodía surja sin fin, qué sino el deseo de encontrarse, y la viola, tan olvidada por el repertorio, tiene esta capacidad de encontrarse con la sombra y el brillo. La elección del instrumento es la elección de un rango emocional. La improvisación del dueto fue congruente en el sonido no sólo porque la duda y la afirmación se alimentan mutuamente sino porque ambas comparten algo, una especie de la insatisfacción, una exigencia de que las cosas puedan ser de otra manera, una fragilidad comprendida, y una tendencia a las emociones oscuras, difíciles tal vez. No es que la sensibilidad de ninguna de las dos se limite al lado de la sombra, es que en el encuentro de su improvisación, es que los trémolos, los ataques y glissandos de ambas hacia las notas opuestas se contraponían en tensión armónica, la extensión soportada de un conflicto interno exteriorizado entre las notas graves y las alturas casi todo el tiempo, casi, como entre la aceptación y el rechazo pero no de su intercambio, sino de la organización que juntas elaboraban como posición ante la rabia. Hay toda una dialéctica de la rabia presente en no pocos integrantes de la comunidad de la improvisación que nos habla del malestar, un malestar que seguramente tiene algo que ver con la dificultad de encontrar un lugar en el mundo para hacerse escuchar, una soledad irreductible, pero también una manera gozosa de sonar con quienes comparten ese malestar y que se canta en conjunto con una riqueza inexhaustiva. La delicadeza de matices que encuentran la tristeza, la rabia, la melancolía o la simple inconformidad, cuando se formulan a través de una expresión efectiva, a través de la creatividad y el talento, dejan de ser intratables, y entonces las podemos vivir, compartir. La metabolización de la rabia puede dar paso a una especie de goce sin absolverla, tal vez por eso al escuchar, desde el público, siento una especie de descanso. En un momento clave del concierto, en una pausa diminuta, el violín dio un brinco abrupto, luego otro y otro sobresalto, la viola respondió titubeante con las yemas de los dedos calmas ante el rugido áspero de los pasos dobles, y entonces sucedió eso tan inexplicable que sucede en una improvisación, ese lugar de encuentro en que parece que todos estamos de acuerdo en que estamos sintiendo algo parecido, un movimiento perceptible de cabezas que asienten ligeramente y sonrisas en la audiencia se propagan como si pensáramos en un acuerdo discreto que para eso habíamos venido, para una confluencia. La viola inició un camino descendente que el violín jalaba hacía arriba y llegaron a una espesura llena de pequeños colores para detenerse justo en el portal del silencio, sin resolver la situación creada, como si la irresolución fuera la forma correcta ante la noche del alma, para dejar entrar como saliendo de un sueño el ruido del tráfico de la ciudad allá afuera.
Erick Vázquez
