Cuando Jacob Wick y Fede Sánchez anunciaron que iban a tocar standards de jazz en el Bacal me pareció una gran ocasión para causar una buena impresión en un date: artistas que ya conocía su calidad, tocando standards, pasármela bien sin poner demasíada atención, pero cuando empezaron a tocar no pude dejar de escucharlos, mi acompañante se me acercó y me susurró …lo están haciendo mal, se están saliendo del compás, están tocando mal las notas. En retrospectiva fui muy inocente, Jacob y Fede no iban a tocar nomás por divertimento, o a lo mejor me doy poco crédito, tal vez en el fondo ya tenía la certeza de que no me iba a aburrir. Solemos pensar que los críticos no somos presa del inconsciente, pero de lo que definitiva y famosamente somos presa es de los prejuicios, y entre la escena de la improvisación libre y la experimentación circula un prejuicio acerca del jazz y la forma de la canción, como si la canción ya no fuera una forma aceptable para hablar de las cosas de nuestro tiempo, que intuyo es en el fondo un prejuicio hacia una forma del amor y hacia la capacidad de la canción para manifestar un mundo de emociones, que esa noche Jacob impudoroso y con algo de malicia llamó un gusto cursi.

El jazz de la primera mitad del siglo XX resucitó el arte de la improvisación en la música occidental, después de que con la institucionalización del conservatorio se olvidara que Bach era un improvisador, que se dejara de tomar en cuenta que Mozart y luego Chopin y Liszt y etcétera se ganaran la vida improvisando en salones. Ahora, el jazz más encontrable ya no se trata de la práctica de tocar las notas equívocadas de manera correcta (the wrong wrong notes), y el jazz en la Ciudad de México presenta un problema de clase que se manifiesta bajo la textura de las cortinas rojas, sobre una alfombra aspirada y el tamaño de la cuenta, debe ser por esto que el parentesco y la genealogía que indiscutiblemente liga al jazz con la improvisación es un aspecto que no es muy común escuchar en la escena de la impro libre de la ciudad, por una saludable pero no siempre recomendable alergia al esnobismo, y por estas razones, que Jacob y Fede toquen standards de jazz, un jazz auténtico y vivo, es un proyecto que precisamente por su irreverencia a la autoridad del prejuicio me ayuda a pensar a través de su amor al jazz y a la canción. El de Jacob y Fede es un proyecto muy consciente de toda esta problemática, y por lo tanto muy honesto —la honestidad es una de las características que en principio abren la escucha y es una de las características que llevan a un crítico a escribir—, me hicieron sentir que mi interés por el jazz puede ser legítimo justo porque soy ignorante en el tema, y me volvió a sorprender lo efectivo que puede ser el amor para contrarrestar las fuerzas de la Historia, el amor que en el arte es necesariamente desobediencia, es decir, una manera distinta de escuchar.

Lo importante del jazz es que la variación sea libre en la medida en la que la rola siga siendo reconocible, y en el dueto este límite es un juego que arriesga la identidad de una canción. En My funny Valentine las frases de Fede empiezan y parecen no tener fin, a veces de plano no llegan a ningún lado dentro de la estructura y por momentos, por instantes muy cortos que se sienten largos ya parece que se está llendo a otro lado; la identidad de una canción depende de la melodía y en menor medida de una estructura tonal, pero sobre todo, el peso de la forma de una canción recae en la letra, y la voz de Jacob se mueve con muchísima libertad, no sólo en el género original del objeto amoroso, intercambiando, por ejemplo, little girl por little boy para hacer suya una tradición esterotípica heterosexual, sino dentro de las mismas reglas armónicas que el propio dueto ya había planteado en el primer compás, de pronto parece que ya decidieron dar al traste y empezar a construir un universo distinto y luego sencillamente resuelven. Es porque Jacob y Fede se escuchan con tanta confianza para caer en la misma nota que el extravío se acentúa en un placer vertiginoso que como en la danza se cachan justo antes de parecer que van a caer al piso, permaneciendo aún en el juego de la forma; tal vez el acto supremo de amor consista en transformarse persistiendo, tal vez por eso el poeta clásico del amor es también el poeta de las metamorfósis. Es un acto de amor reclamar la belleza, expropiarla de la pretensión del prestigio, y la improvisación reclama deformando, actualizando de acuerdo a gustos personales mediante recursos artísticos que pueden ser discutibles pero sin duda son legítimos en virtud de que la finalidad, como en el caso de Fede y Jacob, no es otra que la belleza que encuentran y comparten.
Erick Vázquez
