La sonata de Ligeti es un pequeño monumento dentro del escaso repertorio para viola sola. Como muchas otras sonatas en la historia, por lo menos desde Beethoven, esta obra tiene alma de sinfonía: un sentimiento introductorio, momentos de profundidad reflexiva y otros de furia y alegría, un movimiento a rajatabla para lucir el virtuosismo: todo lo necesario para que un universo se desarrolle en las dimensiones de un solo instrumento, para que la viola en particular pueda tomar su lugar como una fuente de colores distinguible, la viola tan poco comprendida, y Alexander Bruck la presentó el pasado 04 de octubre en la Sala Carlos Chávez, dentro del Festival Cultura UNAM.

La instrucción en la partitura para el primer movimiento es “Da lontano…”, desde la lejanía. Bruck la tocó con unos ataques más quejumbrosos de lo indicado, sonidos más aflautados al final, que de acuerdo a la instrucción “poco a poco diminuendo… morendo…”, indican seguir tocando aunque los armónicos sean casi inaudibles en las últimas notas escritas, y que Bruck interpretó casi como un suspiro. Esta última instrucción no es seguida al pie de la letra por otros intérpretes, porque ¿cómo va a tocar uno sin que se oiga? A Bruck no le tiembla la mano para ser prácticamente inaudible, así como tampoco dudó en hacer de la Chacona del final una danza casi desacompasada, y de hecho, por instantes, las indicaciones de glissando microtonal en la partitura, con las que otros intérpretes serían más conservadores, en manos de Bruck suenan casi a errores, peligrosamente cerca del fuera de tono o incluso acento.
Los riesgos que Bruck toma para la interpetación de una obra clásica del repertorio contemporáneo se podrían considerar ligeramente escandalosos, pero no se sienten para nada poco naturales, al contrario, restauran y rejuvenecen la inquietud propia de un trabajo vanguardista. Las decisiones de Bruck en la interpretación son el reclamo legítimo de lo que de su propio tiempo y práctica reconoce en Ligeti, su propio tiempo y práctica que son la casa de la experimentación y la improvisación libre, libre de toda tonalidad y restricción y culpa; libertad para sacarle a una obra un rango emocional que ya no es romántico (el paradigma del abanico emocional) ni postmoderno, sino simplemente actual, la actualidad de un artista de la viola en la Ciudad de México en nuestros días. Es tal vez la emoción natural de los artistas musicales en general que ahora pueblan la escena local: sin la presión moral de buscar ser nacionales, sin la furia intrínsecamente histórica que acompañó el nacimiento de las vanguardias europeas en el contexto de la postguerra, ya sin la ansiedad por ser contemporáneos. La interpretación de la viola sonata de Ligeti en la sala Carlos Chavez fue una muestra de la seriedad con la que Bruck se toma la música, un amor a la disciplina y a la tradición, una congruencia en la contradicción de amar la tradición occidental y de reventarla con las intenciones irremediablemente punks, probablemente privilegio del Nuevo Mundo, de vivir la historia sin el peso de los siglos.
Erick Vázquez
