Angélica Castelló en la Fonoteca Nacional

El viernes pasado en la Fonoteca Nacional, Angélica Castelló presentó su álbum Catorce reflexiones sobre el fin. La idea para el álbum, editado en el 2019 por el sello Gruenrekorder, se desprendió del trabajo escultórico entretejido de cintas magnéticas de la misma Angélica, en el ahora desaparecido Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. El álbum se editó acompañado con un texto de Lorena Moreno Vera, y la misma Lorena acompañó a Angélica en la presentación performática en el auditorio de la Fonoteca que nos transmitió la concepción y naturaleza del proyecto.

Foto: Monica Gold
Foto: Monica Gold

Así como en la tradición de la pintura abstracta, los títulos de cada pieza del álbum no son necesariamente una instrucción para comprender, a Angélica le interesa contar su historia dentro de la ambigüedad necesaria para que quien escucha pueda interpretar la propia. En algunas obras la referencia sí es clara, su versión de La Llorona, interferida con un registro parecido a hojas secas que resuenan al caminar bajo el canto de los pájaros, es como un recuerdo de una canción que se escucha por primera vez. La titulada Ira es también muy clara al respecto: la ira es siempre obvia, siempre manifiesta, inequívoca. La ira tiene un ritmo, respira de una manera ominosa que se coordina con el pulso cardíaco coqueteando con la arrítmia hasta que rechina con la polirrítmia, pero siempre constante, y el trabajo de Angélica para el caso es un entramado cerrado y perfecto de esta emoción primal y contemporánea, casi industrial. En Ira el ritmo percusivo, detrás de frecuencias bajas y medias entrecortadas por rechinidos que se van deformando lentamente, culmina en un desvanecimiento súbito y el canto de unos pajaritos por ahí, qué tal vez ya estaban desde antes durante la grabación pero que en la rabia de la textura no puede percibirse con nitidez desde qué momento entraron. Tal vez, después de todo, la ira, como la alegría, potencialmente contengan una gracia, y por esta razón puede hacerse arte con ella que en principio se presenta como lo indomesticable.

Esta riqueza de sentidos se establece desde Rómpeme, la primera obra del álbum. Sobre algunos de sus elementos favoritos (la flauta Paetzold y las campanitas) la constante interrupción de cristales rotos, de diferentes dimensiones y restos arrastrados de vasos, ventanas o espejos. Un cristal que se rompe es una desgracia, la reacción corporal es inmediata y visceral, sobre todo cuando un objeto precioso y personal se quiebra dentro de nosotros sentimos que algo se fractura también, y es un sonido que puede ilustrar fielmente un deseo roto, pero, por otro lado, qué gozadera estar rompiendo cosas, tengo la fantasía de alguna vez materializar el dicho de una chiva suelta en una cristalería, y cuando en una fiesta una botella se rompe unánimemente y con algarabía decimos que la fiesta comenzó.

En general esta complejidad emocional es lo que se encuentra constante en los conceptos sonoros de Angélica Castelló, y creo que la vía para llegar a este tejido complejo es su amor profundo por todos los fenómenos acústicos, qué otra razón podría haber detrás de andar por el mundo registrando en una cinta magnética los eventos más diversos, las conversaciones en distintos idiomas, los perros dando un repentino coral callejero, los paisajes impresionistas de ciudad y naturaleza. La composición, o el tejido de estas cintas —como ella misma le llama—, el porqué decide anudar tal cinta con aquella otra, es el destilado artístico y el aspecto de su obra más enigmático por personal, y sobre esto no hay mucho qué decir porque las decisiones con las que una artista decide juntar una cosa con otra son su deseo y por lo tanto su forma de habitar el mundo, en el trabajo de este álbum, una armonía de lo diverso, comúnmente de lo inesperado. La sorpresa recurrente en cada una de las piezas —explicó Angélica a su público de la Fonoteca—, proviene en parte de la naturaleza de las partículas en la cinta magnética, que cuando se graba y se vuelve a grabar encima de lo registrado hay elementos sonoros inesperados a los que ella reacciona, atenta a la naturaleza del registro electromagnético que posee una voluntad de permanecer. Tal vez en el álbum haya algunas obras más logradas que otras, como cuando la obra descansa sobre elementos que están más cercanos a sus preferencias, las campanas, las aves, los flujos del aliento y las ondas acuáticas, es donde el tejido de la pieza se siente más seguro y el escucha cae en blandito en esa red, pero a Angélica no sólo le interesa la seguridad de una obra bien armada, y toma riesgos, riesgos calculados por una intuición y escucha entrenada, pero riesgos al fin, parte de su creatividad que queda clara sobre todo cuando toca en vivo, práctica que la hermana a la comunidad de la improvisación en la que la presencia y el instante lo son todo.

Foto: Monica Gold

Estas Catorce reflexiones sobre el fin son tanto finales como lo son comienzos. En pocas obras de arte he escuchado con tanta claridad lo abstracto que puede ser lo material, lo simbólico que puede ser el significante desnudo, lo expresiva que puede ser la realidad así sin más, y Angélica, heredera de la música concreta, ha creado un album muy bello, honesto, que como toda obra de arte nos ayuda a comprender los eventos minúsculos de la materia y el espíritu y libre del sarcasmo recurrente en el arte contemporáneo que implica resistir un mundo a todas luces hostil. Cuando una artista es honesta uno puede confiar en que al final de la experiencia uno se va sentir menos solo, y el tejido de Angélica Castelló es la síntesis de una experiencia que se nos ofrece con una misma inteligencia que ternura hacia la fragilidad de la condición humana.

Erick Vázquez

 

 

 

 

 

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