Biophilia

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Guillermo Santamarina. 
Progenie inevitablemente mutante (Yoyo), 2002 – 2019.
Ensamble de zapatos de piel natural y piel sintética sobre piedra.

La exposición de Guillermo Santamarina en Emma Molina el pasado 21 de septiembre es una declaración de derechos, a saber, que el arte es esencialmente un ejercicio de libertad individual. Es la experiencia de vida de Guillermo lo que sostiene esta tesis. Su manera de declararlo es juguetona y erudita, imperceptible casi e insumisa, quiere decirnos que el arte no tiene que ser necesariamente político ni trascendente para ser potente, y acaso lo que el propio Guillermo llama “los hipotéticos compromisos sociales del arte en la condición histórica presente”, un imperativo moral para ocuparse de los temas que nos acongojan como la rapiña neoliberal o la represión patriarcal, le resta, la minimiza en sus incontables posibilidades. Para decirnos esto se valió de un pequeño catálogo de referencias a sus amores personales, el Dadá sobre todo, los campos desaforados de la imaginación, y es una muy acertada estrategia de Emma Molina darle visibilidad a este trabajo de Guillermo en este momento dentro de la ciudad porque nos permite comprender mejor de dónde viene su concepto curatorial, sus intenciones con un lugar sin duda ya referencial en el país. Pero la batalla por emancipar la práctica artística de los hipotéticos compromisos sociales del arte en la condición histórica presente es una batalla que en Monterrey no necesita ser librada, lejos de eso, la conciencia política de los artistas regiomontanos se encuentra cifrada casi de lleno en el arte por el arte, como con claridad podemos constatar en la segunda edición de Las Artes Monterrey.

Bajo la premisa de la Biophilia, que para no hacernos muchas bolas podemos sencillamente traducir como amor a la vida, Las Artes Monterrey, la iniciativa liderada cada vez con mayor efectividad por Verónica González, se inserta de nuevo dentro del marco de celebraciones del Festival Santa Lucía, en parte financiada con el erario y en parte con patrocinios privados. La razón para este fundamento mixto es que se trata de arte público, es decir, que tiene lugar en espacios abiertos y de libre tránsito, diversos espacios de la Macroplaza. Guillermo, el curador de la muestra -co-curada por Marco Treviño- y autor del programa conceptual del amor a la vida, nos fue guiando por el paseo inaugural y una de las primeras piezas visitadas a unos metros de la Capilla de los Dulces Nombres fue la de Damián Ontiveros, un asta con ropa usada y maltratada como bandera ondeando más mal que bien al viento, su base un lavadero con un grifo de agua. En la base del lavadero se puede leer la frase: Monumento a la hospitalidad: todos seremos migrantes. Es una de las más claras situaciones de la precariedad migrante el no tener un espacio para la limpieza, la ropa un signo del trayecto. El tema de los migrantes es una especie de tabú en la sociedad regiomontana. Esta es, por lo menos desde la fundición del acero, una ciudad de migrantes, y por alguna especie de tergiversado orgullo identitario -muy propio de la moral regia enquistado en un pensamiento económico reaccionario que casi cuenta como cultura- es algo que lejos de reconocerse se niega a pesar de toda evidencia, y lo que se niega a pesar de la evidencia recibe el nombre técnico pero expresivo de represión.

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Damián es de los muy pocos, poquísimos artistas que tocan el tema con franqueza, junto con Yasodari Sánchez y Gina Arizpe, y es una especie de pequeño triunfo democrático que se halla izado este reconocimiento con la humildad correspondiente.

Hay dentro de la muestra de Biophilia por supuesto una que otra intervención que contrasta con grosería a este tipo de sensibilidades como el monumento -y para seguir en la tónica abiertamente neoliberal y casi insultante- de Generoso Villarreal: un cubo de metal que se puede transitar para encontrar adentro un pequeño jardín vertical, la intención de producir un espacio de pausa y meditación ante la armonía de las plantitas, como si la Macroplaza no estuviese rodeada de jardines y necesitáramos un cubo de metal que de Bios no tiene nada para enseñarnos que la naturaleza existe y que hay que dejar afuera el contexto. El gesto es simétrico a la estrategia del Estado en su alianza con las alfombras Terza para en lugar de jardines extender alfombras de plástico que simulan el verdor. Un gesto profundamente congruente con la hostilidad regiomontana cuya voluntad se fija con todas las fuerzas de la que es capaz para circunscribir la naturaleza y decirle: tú creces donde yo te digo y tu función es mi sano esparcimiento.

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El contingente artístico que conformábamos se detuvo un momento para apreciar la intervención de unos petroglifos facsimilares que Adrián Dávila hizo grabar en uno de los pasillos de concreto de la Macroplaza, intervención cuyo infortunio se pronunció al entrecruzarse con otro contingente, el de las mujeres con sus pañuelos verdes marchando por su derecho a decidir, gritando con furia igualada con alegría Aborto legal en el hospital, Ni puta por coger, ni madre por deber, ni presa por abortar ni muerta por intentar, Mujeres contra la guerra mujeres contra el capital mujeres contra el machismo y el terrorismo neoliberal. En la marcha se encontraban, para salvar en lo posible la dignidad de la comunidad artística, Libertad Alcántara, Melissa Aguirre, Jeimy Galaviz, Virginie Kastel, Sandra Leal y Stephanie Rose. Una verdadera, auténtica, profundamente física lucha por el amor a la vida con una feroz y gozosa batucada jugándose el pellejo, luchando -a veces sin éxito- para que no se las llevara la policía, exhibiendo nuestra frivolidad, nuestra vanidad, poniéndonos en vergüenza, misma que no batallamos mucho en tragarnos para seguir a la siguiente obra, pero esta de Tahanny Lee, que como siempre nunca decepciona.

La pieza de Tahanny se encontraba desplegada en una de las partes mejor arboladas de la Macroplaza, colgando de las ramas había 50 hojas de latón golpeado, martillado en forma de hojas de árboles y bajo los árboles 50 personas de distintas edades, que al escuchar la señal de un silbato lejano se reclinaron sobre el césped buscando las hojas que el otoño ya había empezado desprender y haciéndolas crujir entre los dedos, a la segunda señal del silbato se incorporaron para hacer sonar los troncos de los árboles, percutiendo, pasando la palma de la mano por la rugosidades, en la tercera señal, el corazón de la pieza, tomaron largas varas para hacer sonar las hojas de latón, cada quien con su ritmo de niños, adultos, de la juventud adolescente, de escucharse entre sí, la improvisación la forma musical más cercana al naturaleza probablemente. Al final, como si se tratara de una forma sonata, el silbato marcó la cuarta y última vez para que los participantes dejaran las varas y se volvieran a inclinar sobre el césped en busca de las hojas completando el ciclo de la naturaleza, volviendo a la pérdida crujiente revelándose como la dura victoria de la especie. El despliegue corporal y acústico coincidió con la puesta del sol, empezando con la luz natural hasta acabar con la luz mercurial de la plaza. Biophilia sin duda, arte público también, porque Bios en griego clásico designa todo aquello que crece, y Philia es literalmente la inclinación por conocer aquello que se ama, que se levanta de la tierra para volver a ella.

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Estudio La Sombra

La otra obra que sin duda responde al concepto es la de Calixto Ramírez, usando su cuerpo como medida de las cosas para comprenderlas, tomar diversas piedras entre los dedos, hacer rodear su torso sobre fragmentos de roca y tierra para imitar con el movimiento natural de los latidos y el aliento el imperceptible respirar de las placas tectónicas, el aliento de la tierra, el desplazamiento de las hormigas en su construir y reconstruir, tal vez el insecto más psicológicamente cercano al homo sapiens, estos pequeños gestos que Calixto hace como impresiones, bocetos rápidos del cuerpo, que parecieran decir que el cuerpo es incomprensible si no se lo retrata en movimiento.

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El esfuerzo de Las Artes Monterrey es promontorio dentro de las actividades anuales de la ciudad, para aclarar las intenciones de la iniciativa las palabras del co-curador de la muestra Marco Treviño: Es importante subrayar que para realizar un proyecto como la exposición de arte público en el marco del Festival Internacional de Santa Lucia tienen que ocurrir una serie de sinergias y compromisos. En nuestro caso existen tres factores claves que comparten números iguales de responsabilidad para que esta plataforma asegure su frecuencia y año con año pueda ir mejorando su propuesta y ejecución; en primer lugar la colaboración con el FISL (Festival Internacional Santa Lucía) quienes entienden la relevancia de incluir arte contemporáneo dentro de su agenda. En segundo, el apoyo de la iniciativa privada quienes están por la labor de apoyar el talento local y en tercero, todas y todos quienes se han sumado a la vocación de Las Artes Monterrey para promover y desarrollar en diversos niveles el campo del arte contemporáneo regiomontano. Durante los primeros tres años de Las Artes Monterrey han sido evidentes y absolutos los esfuerzos, apoyos y compromisos por parte de galeristas, promotores, artistas, curadores y colegas involucrados con la finalidad de seguir construyendo una escena de arte local profesional, dinámica y potente. La exposición de arte público en el marco del Festival internacional de Santa Lucía, Los Sábados de Arte o el PreMaco Monterrey como ventana para que los artistas se vinculen con curadores, agentes de museos y coleccionistas son algunos ejemplos de como en la época reciente se están realizando esfuerzos significantes para construir un calendario anual propositivo y de calidad desde nuestra ciudad.

Fue un acierto haber invitado a un curador para organizar esta segunda muestra, la anterior fue objeto de críticas, más murmuradas que expresadas para no perder la costumbre; sobre todo el malestar residía en identificar una práctica que se identificaba con la privatización del espacio público (limitar el acceso del libre tránsito y establecer discursos externos al contexto), de cuya práctica en la ciudad tenemos una rica tradición. Guillermo espera que en la tercera edición tengan una mayor resonancia convocatoria, una mayor participación de las generaciones emergentes, y una decidida intención de seguir acentuando las prácticas performativas que supongo él identifica con la efectiva semilla de la disensión y que en la historia de esta ciudad encuentran sus más notables manifestaciones dentro del arte contemporáneo. Una de las piezas más logradas en términos formales en este caso la de José de San Cristobal, una plataforma de sillar (diseñada y construida por el taller de arquitectura Covachita) bajo un frondoso mezquite, en la que cada jueves y sábado de 7:00 a 8:00 pm un cuarteto de mariachi se acuesta a lo largo del festival, un trabajo sonoro pero mudo; la otra intervención esencialmente performática es la del Colectivo Timba, conformado por Carlos Lara e Isabela Arciniega, que cada semana iza una bandera sobre el asta del Condominio Acero, frente al Palacio Municipal y la catedral hasta ahora han ondeado -entre otras- las banderas de Emiliano Sánchez con el escudo de un puente sobre un canal de agua, la de JuanJo González, por la paridad de género, y la bandera verde con el puño blanco de Melissa Aguirre y varias colectivas por el derecho a decidir, la siguiente semana se tiene planeado izar la bandera de Yasodari Sánchez armada de bordados pequeños por manos de mujeres migrantes de Nuevo León. El de Timba es el programa más punk y anarco de toda la muestra, acompañado de charlas informativas y discusiones, manifestaciones y desorden, y no puedo más que imaginar la cantidad de esfuerzo en la gestión que se encuentra detrás de Biophilia. La aparición y desarrollo de Las Artes Monterrey debe ser, justo atrás de FAMA, uno de los eventos más trascendentes en la intensidad de las dinámicas involucradas, sin los cuales la aparición de las nuevas generaciones de artistas difícilmente podrían articularse con las que les preceden.

Erick Vázquez

 

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