La palabra y la piedra

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La literatura, solía pensar, venía del origen de letra dura, piedra y escritura. Ahora sé que estrictamente no es así, littera significa sencillamente letra, algo escrito, la pura distinción respecto de la palabra oral, el paso de la escritura en el viento a la concreción. Ahora bien, littera, en su sentido arcaico y desde que aún faltaron siglos hacia la invención del papel, sí implicaba escribir sobre la roca y el puro vocablo resonaba en la más antigua Roma con el acto de golpear la piedra con un cincel. En todo caso la relación que hace Yolanda entre la palabra y la piedra es una alusión curiosa porque los movimientos de su escritura son descriptivos de una delicadeza elusiva:

La palabra

esa otra piel

que nos descubre.

La palabra, y la extraña enfermedad de amarla. Yo soy ensayista, y eso implica una perversión algo distinta de la de los poetas; mi relación con la palabra no se alcanza a cristalizar porque antes de hacerlo empieza ya a lindar con la paranoia, ya con la histeria, ya con la obsesión compulsiva por igual, entonces tengo, a pesar y gracias a mi oficio, la distancia que me permite ver lo raro, lo inusual y particular que es el amor por la palabra, quitando la obviedad de que todo amor auténtico es ya en sí una anomalía. Creo que podemos decir eso sin temor a equivocarnos, que Yolanda ama la palabra. Es, les insisto, un amor extraño el que se vive por la palabra pues ¿cómo amar algo que no nos abandona ni un instante si es la ausencia el contrapunto indispensable del anhelo? ¿Cómo amar algo que nos habita hasta en los sueños? ¿Cómo amar un sol que no se pone nunca? Tal vez de la única manera en que es posible amar: Transfigurando. Acaso esa sea la relación que nos permita entender algo de las relaciones entre poesía y palabra hablada, la poesía siendo no otra cosa que la palabra en condiciones exacerbadas. En fin, ¿qué es la palabra?

Esa otra piel

que nos descubre

La palabra es una piel. Superficie. La primera vez que leí este poema me sorprendí por su estructura que es como una adivinanza que se responde antes de terminar de ser formulada, y pensé que la sorpresa venía de una contradicción, el contrasentido de que la piel, que se supone debe cubrir nuestro cuerpo, es en el caso de la palabra una desvelamiento. Pero la sorpresa del poema viene más bien de la revelación de que la piel, toda piel, nos descubre, no importa si está hecha de palabras, de escamas o de keratina. Es el cuerpo abierto por el bisturí o la violencia el que realmente nos oculta, para saber quién es el otro no tenemos más que pasar nuestros sentidos, vista y olfato, tacto y gusto por su piel. Esta ambivalencia de las palabras -o bien, de La Palabra como Yolanda preferiría que tratásemos a la deidad- es uno de los cantos sobre los que se desliza la enseñanza de una poética; la enseñanza del tiempo y la presencia por ejemplo. El aprendizaje de que En/su/estremecimiento/las palabras/dejan/marcas/de aire, de que una bocanada de aire puede dejarse escrita en mármol. El hecho alucinante de que una vez que hablamos a las palabras se las lleva el viento, y se las lleva para todas partes y caen en oídos sordos y oídos atentos, y se deshojan en papeles y paredes y permanecen de esa forma curiosa, delicada e inmarcesible de la vida una vez que ésta se disuelve en la muerte, como una ausencia de ausencia. El extraordinario hecho de que las palabras que hablamos corren con la misma suerte que todo ser vivo es el misterio su resonancia. Es decir:

La única forma

de saber al mundo

es saliendo,

dijeron las palabras.

La única forma… Es una invitación, una clara invitación a experimentar “lo desconocido” –el otro nombre de los poetas para “el mundo”-. Además, nos dice Yolanda, es la única forma. Bueno yo no creo que sea la única forma, porque más allá o más acá de las palabras está lo estrictamente animal que no es para nada pobre en mundo, pero es comprensible la radicalidad de la afirmación viniendo de una criatura de lenguaje, y además la forma retórica está plenamente justificada en estos días en los que pareciera que el imperio de las palabras pierde terreno ante una realidad que cada vez nos parece más difícil de entender, de vivir de maneras distintas.

de saber al mundo/ es saliendo … Es una lógica reversible que me recuerda, si ustedes me lo permiten, la dialéctica divina de San Agustín cuando se preguntaba si el amor de Dios entraba por la boca de los que cantaban sus alabanzas. Abrir la boca para dejar salir es la manera que tenemos los hablantes para dejar entrar las cosas del mundo. Es cuando hablamos, cuando dejamos salir a las palabras y confirmamos nuestra ciudadanía en la clase de mamíferos melódicos, que sabemos al mundo, que lo conocemos y éste a su vez nos corresponde dejándonos su sabor sobre la piel que indiscreta nos revela. Tiempo y Espacio un tanto difusos entre sí, como si esta relación entre el adentro y el afuera fuese regulada por la niebla.

La

niebla

es

puro

tiempo

perdido.

Quiero terminar esta presentación contándoles un capítulo en mi historia personal que no he podido olvidar tal vez porque no lo he terminado de entender. En Costa Rica uno de sus más famosos volcanes es el Poás, el lago que se forma en su boca está sedimentado fuertemente por ácido sulfúrico y ello, sumado a la proverbial humedad de Costa Rica, no permite que el volcán pueda ser visible todo el tiempo. Salí en excursión para ver si lo veía y durante el ascenso los viajeros de regreso me decían que ese día no había nada qué ver, que la llovizna, que la humedad, pero ya estaba más para allá que para acá y llegué a la cima para confirmar que efectivamente el volcán estaba oculto por una sólida, blanquísima pared de neblina. Es la primera vez en mi vida que pude ver la nada materializada y el espectáculo de un blancor que me envolvía ilimitado lo preferí mil veces a la boca de abierta de la Tierra justamente porque pude conocer y estrechar la mano del Tiempo en su estado más puro, cuando está perdido. El libro de Yolanda está lleno de pequeñas llaves para comprender experiencias personales justamente por situarse en esa materialidad exigua, rutilante y evanescente, de las palabras que al hablar nos constituyen.

Erick Vázquez

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