El tiempo recuperado

Foto Daniel Cobos

La experiencia de la infancia con los muros de la casa es parecida a la experiencia de un paisaje sin punto de fuga, es decir, la mirada de la infancia fijada en las paredes que rodean el crecimiento es la experiencia de la abstracción. A lo largo de distintas visitas a la casa donde vivió su adolescencia en Coatzacoalcos, abandonada desde hace más de 10 años en un barrio casi fantasma, Libertad Alcántara fue encontrando fotografías viejas, carcomidas por la humedad como las paredes, ambas, paredes y foto, una paleta de color y una textura compartidas. Esa casa abandonada, residencia de la angustia adolescente y reflejo prismático de las insostenibles políticas sociales de la vivienda en México y su retórica corrupta del progreso, han servido a la artista para sintetizar una problemática cultural y encontrar la expresión de la degradación social mediante la gradación de las tonalidades, la paleta de Libertad es la coloridad del tiempo recuperado para hacer sentido de su presente. El centro de sus preocupaciones pictóricas es el color descarapelado por el sueño desvelado de la modernidad, y ahora, todo lo que Libertad ha venido pintando y conceptualizando desde hace años respecto a sus memorias personales y su consciencia crítica de la sociedad ha encontrado su punto culminante en la exposición “80m2”, un trabajo que logra conectar la técnica de la pintura con la preocupación conceptual en una exhibición casi perfecta.

Foto Daniel Cobos

Casi perfecta, pues un par de obras desentonan un poco con lo bien ejecutado del resto, exploraciones escultóricas que no logran ser esculturas y tampoco dejan de ser pintura desencajada, una intención de articular el cuerpo de la artista confrontado a un objeto con la naturaleza pictórica de la realidad, la experiencia viva de la ruina, pero que resultan apenas intuiciones, y aún así, estas excepciones no distraen del acierto de incluir las fotografías recuperadas, la utilización de las columnas del edificio para extender los lienzos obligando a la mirada a subir y bajar, transitar la pintura dando vueltas para encontrar sorpresas en otros muros, una comprensión tal de las tonalidades que reflejan decadencia que pareciera que las pinturas fueron creadas con el edificio en mente y no pinturas hechas en su taller; un conjunto curatorial resumiendo un cuerpo de obra que no deja lugar a dudas sobre el sentido de la exposición llevándonos a la rara experiencia de un arte que no requiere explicación alguna.

Foto Daniel Cobos

El edificio Lolyta, fábrica de ropa construida en 1946 en estilo Art Decó  modernista o Streamline, y abandonado desde 1990, es el escenario ideal para el discurso de Libertad, sus lienzos en ocasiones apenas se distinguen de los muros y el óxido de las láminas en las escaleras, los escurridos de la humedad que permiten la contigüidad de distintos tonos a veces contrastantes son la naturaleza misma de la memoria. El lienzo enorme prolongándose hasta el piso, casi mural ilimitado, implica el cuerpo de la artista de manera visceral porque el área obliga a pintar estirando todo el cuerpo o de rodillas sobre el piso o tal vez incluso acostada sobre el mismo, y ha sido porque su sentido pictórico se desprende de la experiencia arquitectónica que Libertad naturalmente se ha extendido fuera del bastidor y el formato rectangular de la pintura entendida como ventana, una violencia necesaria respecto a la historia del arte para estirar la técnica de acuerdo a lo que la artista necesita decir, el lenguaje del olvido que permanece, de la memoria confusa que sólo puede explicar el presente de manera fragmentaria y en jirones, las exploraciones en yeso la solidificación quebradiza de lo acumulativo.

Foto Daniel Cobos

La exhibición, armada con un apoyo del FONCA, gestionada mediante Casa Gotxikoa, con un edificio modernista y abandonado como el marco de un trabajo experimental tan minucioso como osado, con una música de fondo de Sam Katz desarrollada a partir de sonidos domésticos envolventes, hacen de “80m2” un evento verdaderamente imperdible y confirman a Libertad Alcántara, fresca y expresiva, como una de las voces imprescindibles del arte en la ciudad.

Erick Vázquez

Lo visible y lo invisible

El Blast tuvo por fin la esperada primera exhibición de su obra y para aquellos que ya conocían su trabajo debe haber sido tan decepcionante como lo fue para mí. Aquellos que no tenían antecedentes de su pintura pueden haberse ido a sus casas con la impresión de haber asistido a la obra de un artista ornamental, un decorador para arquitectura de vanguardia, cosa que en todo sentido el Blast está muy lejos de ser.

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Hay un momento que Blast recuerda con nitidez: un día en la escuela primaria tomó un esterbrook y rayó sobre el pupitre. Ese puede muy bien haber sido uno de los momentos definitivos en la historia de su identidad: un acto impulsivo, una creativa huella gráfica de sí, incursiva e ilegal. Este instante sobre el pupitre es un buen punto de partida para distinguir en su trabajo tres características:

Primera. Su errancia por las calles de la ciudad es fundamental para un sentido de la intervención. En un principio, cuando era sólo el impulso de intervenir se trataba, como con muchos artistas de la calle, de escribir su nombre. Luego, en parte por la influencia del diseño gráfico y en otra buena medida por un interés sobre un mensaje más amplio, dejó de lado su nombre para pintar figuras, manos, personajes que más que invadir convivían con el lugar en específico. Esta transformación es importante porque involucra dejar atrás el nombre propio para en su lugar inscribir un mensaje a medias abstracto que comprendiese los alrededores. Es una estrategia que asigna una tesis: que para poder comprender una realidad circundante hay que ser un tanto anónimo, que es más importante el mensaje que el sujeto que lo expresa.

Segunda. En términos estrictamente gráficos el lenguaje del grafiti implica una intuición del espacio, por la razón obvia de que la obra debe poder verse a diferentes distancias, y eso explica cierta incomodidad que podemos ver en uno que otro de sus lienzos. Esta misma comprensión espacial lo llevó eventualmente a experimentar con lo que se podría llamar una lógica ecosistémica que hace voltear la mirada sobre la intervención y al mismo tiempo es congruente con el espacio intervenido. Por ejemplo: sobre el muro de un cine en ruinas una serie de figuras monocromáticas que nos hablan de la misma ruina.

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Tercero. En términos estrictamente personales, ahora es un artista que sigue siendo un grafitero, también un diseñador gráfico que busca banda para tocar la batería, y este vaivén sugiere que entre tanto ir y venir ya no pertenece a ningún lugar. En el tipo de sociedad que tenemos tal vez la única posibilidad de libertad que nos queda sea, en vez de no pertenecer a ninguna clasificación, pertenecer a todas las nomenclaturas posibles.

Hay otro momento que Blast recuerda con nitidez, por ahí del 2014, fumando Salvia divinorum, percibió el paso del tiempo en su grano más fino, el instante, y como cualquiera sabe, la consecuencia de percibir el instante en su materia más cruda y esplendente es percibir la inmensidad, avistar la vasta, inmarcesible edad de la Tierra y del vacío que la rodea; es entonces que empezó a crear el lenguaje abstracto que más mal que bien pudimos ver en La Cresta el pasado jueves 07 de junio; un lenguaje que se forma de figuras rocosas porque es en la piedra donde se escribe la amplia naturaleza sostenida del instante, que se forma de geometrías que recuerdan pinturas rupestres porque los primeros pintores procedieron en las cavernas sin duda bajo un acto impulsivo, una creativa huella gráfica de sí, incursiva y transigente.

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Es la cosa más natural del mundo inclinarse por la abstracción para dar cuenta del paso del tiempo, tal vez sea el único lenguaje que permita expresar dicha naturaleza en tanto el tiempo es en parte una invención humana, en parte un decurso inhumano. No deja de ser curioso sin embargo que la pintura sea el medio ideal para expresar el paso del tiempo y de todo lo visible y lo invisible, en lugar de la imagen en movimiento como lo son el cine o el video, pero es porque estos últimos están sujetos a una linealidad engañosa que nos sugiere que el pasado se encuentra irremediablemente atrás y el futuro invariablemente adelante, imperfección que la escritura geológica no entraña.

Es por estas razones que su primera exposición en el espacio independiente de La Cresta, organizada con la ayuda de la galería Heart-Ego –estrategia, dicho sea de paso, inteligente y nueva en la ciudad– resultó, en comparación con su trabajo usual, una exposición de pintura confusamente adornada como una sala de estar contemporánea para un rave trasnochado con una intervención domesticada, tímida y aburrida justamente por tratarse de La Cresta, espacio operado por Abril Zales que está  abierto y concebido expresamente para hacer lo que no se podría hacer en espacios más codificados, si en un lugar de esta ciudad podía haberle dado recio era justamente ahí. Pero se ha tratado de una primera experiencia y estoy seguro que las incursiones iniciáticas del Blast en su adolescencia por las paredes de la ciudad no deben haber sido particularmente interesantes, las calles y ventanas del vericuetoso y encriptado mundo del arte le deben parecer aún obscuras, las mismas razones por las que el Blast, insisto, por encontrarse a medias ajeno al enrarecido ambiente del arte, está en condiciones de ofrecerle algo que éste en escasa ocasión puede a su vez ofrecer: frescura sin trivialidad, espontaneidad sin superficialidad, calidad compositiva en una obra que no necesita poder llamarse arte para inscribirse de lleno en lo que uno esperaría de tal experiencia. Para el caso, él no se llama a sí mismo artista, yo sí lo llamo tal porque naturalmente la autoridad y la disciplina me asisten.

Erick Vázquez

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