La nueva temporada de conciertos en la fonda oaxaqueña de la Tehuanita, ahora organizados por Karla Vázquez, se inauguró el jueves pasado con la presentación del álbum de Madoromi Odori, banda integrada por Eli Piña, Reona Sugimoto y Klaus Sour. La del álbum es música compuesta, sospecho, mediante temas encontrados durante la improvisación, sospecha fundada en que la tensión entre lo inesperado y la estructura está muy equilibrada. En “Madoromi Odori”, la rola que da título al álbum y a la banda, se anuncian con mucha nitidez los elementos sonoros de una identidad musical, la reflexiva percusión de Reona, el saxofón rítmico y cadencial de Eli, y la dimensión de atmósfera voltaica, controlada pero expansible de Klaus.
Cortesía Rafael Arriaga
Creo que esta manera de encontrarse en un timbre y en una manera de intervenirse fue una de las razones que los hizo reunirse en un álbum, pero claro que una banda es por supuesto algo más que un timbre, algo más que una manera de entender la reverberación, y tal vez lo más importante, en una banda que no depende por completo de la partitura, es la decisión de sus integrantes sobre cuándo sonar y cómo. La decisión individual de una artista sobre cuándo va sonar y cómo depende de dos cosas: por un lado la necesidad interna de decir algo en un instante específico, y por otro lado la necesidad de la forma sonora que se está construyendo en la escucha de la banda. En Madoromi Odori ambas cosas, la emergencia del mundo interior privado y la escucha su sonido como banda, armonizan admirablemente, como si fueran compas del alma y se hubieran formado en una misma escuela, cosa que no podría estar más lejana a la realidad: Reona estudió música y ritmos orientales en Japón y jazz en Chiapas, Eli tuvo su confrontación más importante con la improvisación libre en el taller de Remi Álvarez, Klaus aprendió guitarra eléctrica de manera autodidácta y con maestros bajo la influencia de bandas como Pink Floyd. Las tres realidades formativas no podrían ser más distintas, lo que me hace pensar que es la afinidad de sus sensibilidades la que soporta toda la congruencia del álbum, un alma rockera que a ratos se viste de free jazz, un impulso punk que se disuelve en armónicos, la distorsión saturada de la guitarra que se encuentra y desencuentra con el aliento del sax, un sentido de la percusión completamente liberado de su clásica función de marcar un compás. En resumen: El sonido que tanto me gusta encontrar entre los jóvenes, en parte porque no lo entiendo, y no nada más por la brecha generacional, sino por la facilidad con la que se dejan influenciar mutuamente, por la flexibilidad para aprender entre sí, para entretejer las frecuencias e infrecuencias orientales de Reona, entre la sugerencia del jazz y el blues, que parece imbuida en la construcción del sax, pero que en Eli vive con el latido del Ská, la idea de la guitarra eléctrica como un viaje cósmico de Klaus.
Cortesía Rafael Arriaga
Madoromi Odori se traduce al español como “la danza del sueño”, y hace alusión a una especie de baile dictado por el influjo suelto de un cuerpo a medio camino entre el dormir y el movimiento, espíritu sonoro que queda explícito en las rolas “Resection du Genou” y “Oyasumi Pumi”, que efectivamente se sienten como sueños por lo flotante de las notas de la guitarra ensoñada de Klaus, la percusión interiorizante e impredecible de Reona y los flujos aéreos en el aliento de Eli. Lo sorprendente es que con todo y que se trata de emociones tentativas de mundos flotantes se siente una banda muy vibrante, experiencia nada somnolienta, es decir, que sí se sienten como sueños, pero qué es un sueño sino la traducción sensata de la vida real, la vida diurna insensata e incongruente, y es tal vez esta sensibilidad compartida la que le da su congruencia al proyecto, que sus integrantes sienten cosas muy parecidas en relación a la realidad que los circunda y esta es su respuesta: sueños contundentes, cargados de intención, de dulzura y de un impulso vital.
El sonido de Eli Piña, dentro de ensambles de improvisación libre o de Ská, se ha caracterizado por su potencia pulmonar y un sentido de la frase fácilmente identificable: imparable, aglutinante, casi infinito entre los brincos entre la vibración baja y la estridencia picosa propios del saxofón tenor, un sonido claramente urbano y festivo, intempestivamente rítmico. El solo para sax tenor, clarinete soprano y voz que presentó el viernes pasado en el Venas Rotas fue un sonido bien distinto a todo lo anterior, y desplegó más bien un muestrario de los sonidos que pueblan su vida privada, sus soledades y sus ideas, una exhibición de su fragilidad, de su intimidad, el rango armónico entre su agresión y su ternura.
Foto cortesía Rafael Arriaga
El catálogo de recursos durante el solo improvisado para la expresión de este universo privado hablaron por sí mismos: soplar al sax sin amplificarlo al sonido, puro aliento de extensión respiratoria sin presión de los labios en la boquilla, sin miedo a sonidos demasiado discretos que apenas llegaban al oído; empezar a dejar salir la voz como consecuencia natural de una respiración profunda que nace en el vientre bajo y sube a la coronilla perturbando la laringe mientras acariciaba percutiendo con escobillas el sistema de las llaves y la boca del instrumento; dejar que la saliva gorgoreara un poco en boquilla y cuello del sax y clarinete para efectos de distorsión que dejaran muy claro que hay un cuerpo y no sólo un instrumento, o más bien, que la distinción entre un cuerpo con sus fibras y fluidos y un cuerpo metálico construido para amplificar la existencia invisible del alma, es una distinción arbitraria. La frase melódica, que pasaba de la voz humana a la voz del saxofón o el clarinete, armada de alientos de medio impulso que le indicaban los tiempos para intercambiar tonos, fue sobre todo la inauguración de las posibilidades creativas de Eli como artista, es decir, una ampliación de sus maneras de sonar como un eco de una vida interna que encuentra sentido en la escucha, posiblemente, maneras de vivir insospechadas. Cambios en lo mismo: maneras privadas, íntimas, rabiosas y dulces pero al final conservando su muy particular impulso por lo urbano y festivo, intempestivamente rítmicas en la angustia y la serenidad de una escucha de sí misma.
Foto cortesía Víctor Zapata
La voz, confirmó Eli durante su entrenamiento en la escuela de Alquimia Vocal, es la salida de la vida interior, la vida privada del sonido que nace en las vísceras articuladas en el sistema óseo, un sonido que, verosímilmente, tiene vida desde antes de que exista en la vibración del aire, para la que el instrumento metálico de la amplificación del aliento es la manifestación formal, pero, también, que una vez que el sonido existe afuera cobra una especie de vida propia que durante un solo de improvisación le habla de regreso al intérprete para decirle quién es, quién puede llegar a ser. El solo de Eli Piña fue una especie de autorretrato con toda la honestidad propia de la improvisación libre, sin correcciones a la imagen, sin pudores estorbosos preconcebidos de acuerdo a ideas de lo bello y lo feo, revelando que un autorretrato realizado en el vacío de una imagen acústica sin otras referencias premia el salto a lo desconocido con la dignidad otorgada por su propio valor.
Aunque le entienda nada o muy poco quiero seguir intentando escribir lo que sucede en un concierto que involucra fundamentalmente una mesa con aparatos electrónicos. Mi intención es buena, y me pone del lado de la mayoría en el público que tampoco entiende nada del cómo entre tanto cable y botón pero sí entiende el qué, lo más importante: la experiencia sonora. La diferencia entre artistas que trabajan con aparatos electrónicos y artistas instrumentistas es que el cuerpo de un instrumento es verdaderamente un cuerpo, es decir, una larga historia institucional fácilmente reconocible, y el tratamiento de un violín, una guitarra, un sax o un cello por parte de los artistas de la improvisación y la experimentación sonora nos permite distinguir las diferencias nítidas con respecto a esa larga historia institucional que el cuerpo instrumental soporta, la agresión a esa misma historia para sacarle posibilidades de presente, de libertad en la que ilusionamos comunitariamente sueños posibles. Una mesa de cables de transducción voltaica se parece más a un proceso de sinapsis al interior de un cerebro, el misterio humano por excelencia, en donde se guardan los secretos que gobiernan las señales emocionales, nerviosas, memorias, la caja negra del ser.
Angélica Castelló y Rodrigo Ambriz trabajaron con cintas, grabaciones en tape que fueron mezclando en su improvisación para el primer concierto del año nuevo en el Venas Rotas. La complejidad emocional de Angélica que la caracteriza en el recurso de ir armando lo que ella llama un tejido de cintas se entretejió con fluidez con las grabaciones que mezclaba Ambriz, permitiendo los registros tan queridos a Angélica de pajaritos ambientales cantando en concierto con el vocabulario gutural de Ambriz, revelándo sorprendentemente lo mucho que éste puede tener de pájaro. El ambiente voltáico de la turbulencia y los flujos de frecuencia eléctrica ricos en texturas sobrepuestas intercalados con las grabaciones de alguna voz registrada en un casete, indiferentemente de quién subía o bajaba el dimmer, nos transportaron a esa realidad tan característica, tan neta de un sonido que estaba cobrando vida instantánea en el momento, la cualidad vital de formar parte de la improvisación, y en donde tanto la voz de Ambriz y la flauta Paetzold y las campanitas de Angélica conformaron una imagen congruente.
El registro de las grabaciones en tape, tanto de una como de otro, son inevitablemente recuerdos de la realidad externa al instante del concierto, pero la abstracción de su trabajo en conjunto nos permite comprender mejor la naturaleza de la memoria, es decir, la apertura de mundos posibles, nuevos y habitables, tal vez de un futuro no tan distante y no privado de belleza.
Las cuerdas vocales y las cuerdas de la guitarra eléctrica no tienen ninguna relación anatómica aparente, por un lado el diafragma, la garganta y la boca, por el otro el cuello de la guitarra, la pastilla y los tensores, no se asemejan entre sí como podríamos decir que un clarinete o un violín imitan la voz humana en sus octavas y mecánica, y sin embargo la experiencia musical del encuentro entre Rodrigo Ambriz y Emiliano Cruz expresa una vecindad y en ocasiones hasta una identidad. En la grabación de este casette, la guitarra eléctrica y la voz humana se encuentran mediante una estrategia del rugido, de la quijada gorgoreante bajo la lengua retraída y hacia la garganta en fricción con el aire, del acero rugoso de las cuerdas borboteante y hacia la tensión que se eleva puntiaguda, existencia sonora sobre el principio de que somos seres de voltaje, el extraordinaro fenómeno de que en términos acústicos el voltaje y el aliento frasean muy parecido, y a ratos de plano igual. En esta grabación, publicada bajo el sello de Afasia, el voltaje se deja sentir.
Un proyecto que involucra a un artista de la voz como Ambriz, que puede sin esfuerzo improvisar al lado de un sax como el de Germán Bringas, y a un artista como Emiliano, que puede él solito llenar todo el escenario con la carga de sus explosiones, nos podría prevenir con la idea de un ruidazo conmocionante, pero la potencia de lo que tienen que decir juntos no los llevó a escupir ni a apresurarse, se tomaron su tiempo, se escucharon. Potencia modulada, se podría pensar, por tratarse de una primera experiencia improvisando juntos, los modales propios de conocerse en el estudio de grabación, pero yo no creo que los encuentros en la improvisación sean un protocolo, más bien, conocer a alguien en la improvisación es conocer a alguien y punto, en la ausencia de las trivialidades propias de la convivencia social. En la impro las posibilidades de amistad, las confluencias sonoras, las afinidades electivas, se revelan inmediatamente en una intuición predestinada como dos niños que se conocen y ya se prestan sus juguetes más preciados, y con el tiempo esa primera impronta no hace más que irse afinando, concentrándose y expandiendose como una nebulosa. Por esta sencilla razón, la edición de “Caer como el sonido” no se siente como su primera colaboración, y es una razón sencilla como todos los misterios que valen la pena pensarse, que prometen en su simplicidad inextricable revelarnos secretos del espíritu y la carne en la que se esconde. El conjunto de las rolas es crudo y elegante, elegante por lo directo e inmediato, crudo porque no es repetitivo. “Su destino frente a la tierra” es una pieza miniatura armada por completo de la exhalación y la prorrupción de los labios y la garganta oclusiva, con el micro muy pegado a la boca abierta, las manos pegadas a las cuerdas y la digitación cerrada, discreta, una pequeña joya en contraste con “Su destino frente a la piedra”, la rola con la que abre la grabación en la libertad de los guitarrazos explorativos y la delicadeza de los tintineos minúsculos de Emiliano, los gatunos silbidos babosos de la boca y viscerales del léxico de Ambriz.
El léxico de Ambriz está poblado de palabras que empiezan y terminan en consonantes, la ï de un rugido apagado, la äo de un grito ahorcado por las erres, un léxico análogo a la vocalización natural de la guitarra eléctrica, y digo léxico y digo palabras porque las vocalizaciones de Ambriz son un claro universo sintáctico: una de las características de Ambriz es un universo verbal poblado de significancia exhaustiva, más acá del animal y el grito del niño, más allá de la conjugación de los tiempos y del otro lado del símbolo. Las relaciones de Emiliano con el silencio, con el rango armónico que va desde el bajo profundo hasta el puntillismo cristalizado de la cuerda reducida al mínimo de su extensión, con las pausas y la suspensión, y no sé si esta realación escandida de silencios sea una consecuencia de la relación performática que tiene Emiliano con el cuerpo de la guitarra, que se originó en la danza Butoh, o viceversa, pero no importa qué fue primero. La danza en general es una posibilidad de la fluidez, de los fluidos internos al cuerpo en comunicación con el medio fluido del aire, la inversión de la gravedad, y por lo tanto una expresión de lo que es o lo que puede ser el tiempo, y en ninguna danza como en el Butoh es más evidente que el cuerpo puede ralentizar el tiempo, suspenderlo, estirarlo, apretarlo y liberarlo. Ambriz es también muy cercano al Butoh en sus proyectos con Raquel Salgado, que le han mostrado cómo la voz se origina desde los pies buscando el soporte en la tierra para vibrar desde las piernas a la cadera, el sostén del diafragma y la caja torácica hasta las manos que en los dedos en el aire convocan la vibración buscada en las cuerdas vocales para salir por la cavidad a bucal. Es por esto que las pausas en la grabación no suenan como silencios indicados como inactividad en una partitura, suenan intensamente contenidos a punto de reventar por fuera de toda indicación de compás, la intensidad silente es consecuencia del movimiento nervioso y muscular de ambos artistas que está sucediendo por fuera del registro magnético de la cinta.¿Qué es el movimiento del cuerpo sino una extensión del sonido en el espectro físico? ¿Qué es el sonido sino una extensión de los nervios y los músculos oxigenándose en su existencia continuamente interna y externa? Tierra y piedra y sangre. “Caer como el sonido”, la rola que da el título al casette, caída espesa, pesada y rocosa, saturada en los armónicos bajos, es una muestra de la concentración dinámica de la lentitud, de la serenidad inquietante de una meditación profunda a duo que suspende la realidad en las fibras del cuerpo mediante una extrañeza de la realidad auditiva que es mucho más que meramente craneal, y una muestra de la seriedad inspirada en la experimentación sonora de estos dos artistas, que no requiere de muchos recursos tecnológicos para llevarnos a dimensiones espirituales netamente cárnicas y sanguíneas.
En teoría todos estamos de acuerdo en que componer es improvisar, y en que improvisar es componer, pero nomas en teoría, porque en la práctica la división institucional entre composición e improvisación, en la que se concibe que para la primera se estudia y se trabaja arduamente pero para la otra no, sigue siendo un prejuicio, una mala maña conceptual que aunque todos, en teoría, sepamos es un error, de alguna u otra manera suscribimos, en nuestras costumbres y caminos comunitarios. Darío se decidió a manifestar un proyecto en donde la composición planeada y la improvisación tienen exactamente el mismo peso, y lo logró, con un recurso muy sencillo e inteligente: aprovechando los huecos naturales de la escritura.
Los huecos en una partitura, sobre todo en una partitura preclásica o contemporánea, son un problema de interpretación, pero para Darío son una solución, una ocasión para que el intérprete quepa con todo y sus ideas, sus necedades y sus generosidades, y con todas las bondades de la improvisación, sobre todo la más importante y la que es académicamente inconcebible, que si alguien se equivoca en referencia al texto el error se convierte en virtud. En el proyecto de Siete Perros, presentado en la casa de Mar Báltico el pasado viernes, se abrió la posibilidad de escuchar con claridad el pensamiento pausado y comprensible de Ramón del Buey, su entendimiento del silencio y de la reflexión sobre cada nota, donde el lugar de una nota es relativo a otra pero tiene vida propia; el ritmo tumbado de Darío y que amenaza siempre casi desacompasado, irruptivo y melódico; la trompeta de Wick que ama cada uno de los brillos sin detenerse demasiado porque ya viene otro; el sax de David Contreras que Darío describió justamente como el más decente que conoce porque no pretende competir; el trombón de Xavier Frausto en su delicada atención a la potencia propia y de los demás como una criatura equilibrada entre el instinto y la razón, y la sorprendente creatividad de Misha Marks para jugar la guitarra con una digitación que disimula la naturaleza del voltaje.
Cortesía Oscar VillanuevaCortesía Oscar Villanueva
Las seis rolas presentadas, que Darío Bernal ha venido trabajando desde hace cerca de veinte años, estuvieron cosidas entre sí con impulsos orquestales potentes y sonoros para el contraste entre las diferentes intensidades. Darío demostró que no sólo es posible componer para improvisar, mostró un camino análogo a lo que en la composición se resuelve con proyección e imaginario, donde un compositor en sentido tradicional le daría preeminencia a una idea, Darío le dio libertad al intérprete para que pueda ser quien es, gracias o a pesar del texto, y entonces, si instrumentar y orquestar significa saber elegir los colores adecuados, para Darío significa conocer a los artistas con los que colabora, su carácter y sus capacidades, sus personalidades, y así solucionar que el teclado no quede sepultado en la masa de los metales, que la guitarra no se supedite al ritmo de las percusiones. Orquestar e instrumentar con la improvisación pautada, partiendo de un conocimiento personal de los participantes, significa lograr el ideal que los sinfonistas del romanticismo tardío anhelaban alcanzar: una masa de solistas. Una escritura fija que se vive espontánea. Una contradicción que resulta nada más que una fábula institucional, un coco de la historia de la música. El resultado en la escucha es que sí, hay temas y acordes, pero no los experimenté clavándome ubicando si era una tercera aumentada o una progresión, sino solamente en el flujo de una escucha suspendida dando lugar a la sorpresa natural que se vive en una experiencia de improvisación libre.
Cortesía Oscar Villanueva
El sentido del humor de Darío es algo que siempre he querido escribir y no he sabido cómo, el sentido del humor ya de por sí es bien difícil de definir, porque es la manifestación individual que concentra todos los grandes problemas de lo que es un individuo: si logramos definir un sentido del humor ya logramos resolver los problemas filosóficos y psicoanalíticos de lo que es un sujeto, pero cómo explicar que es escuchable toda la ternura juguetona de la intervención inesperada del violín de Carlos Alegre, una gracia elegante que nos seduce a la sonrisa para decirnos algo más importante. La música escrita de Darío Bernal y la personalización individual de los participantes presentaron unos colores chulos, un pulso constante y sabrozón, sorprendente entre los cambios dinámicos, un muy identificable gusto por el rock y el free jazz que no resultarían realmente identificables como tales más que en la sensación de estar rockeando y jugando con las libertades ofrecidas dentro de una estructura, disfrutable de a madre sin ser fácil tampoco, porque los placeres fáciles se olvidan fácilmente y esa noche en la casa de Mar Báltico, apretujados en la sala, aguantándonos el escaso oxígeno y el humo del cigarro, es una impresión sensible entre el claxon de la calle que se mete a confluir con el sonido de las risas, la característica de esta escena donde la ciudad y las escuchas forman parte activa, que no permiten perder nunca de vista que están construyendo una realidad en conjunto y que a esa reunión entre lo inesperado y lo que se desvanece permaneciendo entre los cuerpos presentes se le llama música.
Para nosotros ya es difícil imaginar la normalidad con la que se pensaba la generación espontánea era la explicación para cada nacimiento de cada cosa viva, un evento singular sin un mañana ni un ayer, cada ocasión un eterno inicio, para nosotros, después de la certeza de la genética y los cálculos geológicos de la edad de la Tierra, ya es casi imposible concebir una memoria sin pasado. Pero hace apenas un par de siglos la respuesta por la vida era sencilla: algún dios o diosa creó todo y todo es como ha sido siempre y siempre va ser. Una de las virtudes de creer en la generación espontánea era que cuando algún viajero llegaba de tierras lejanas con historias de criaturas maravillosas, un cuerpo de león con una cabeza y alas de águila y cola de serpiente, la reacción era la sorpresa ante las infinitas posibilidades de una vida generada de la nada, si algún granjero contaba que había nacido en su establo una oveja con cabeza de cerdo por una cruza inesperada, la imaginación corría sin trabas a aceptar la existencia de la criatura y a considerar cómo sería la vida de esa nueva existencia: La cosmovisión de una Tierra sin pasado, una Historia Natural sin registro de evolución, permitía la naturalidad de monstruosidades inauditas. El título para una banda de improvisación libre, que se autodenomina como una anti-banda, no podría ser más adecuado para quienes en cada evento producen la singularidad de una presencia que no tiene la forma reconocible de lo que en términos tradicionales se llama música, una tradición que hasta hace apenas un par de siglos se pensaba casi fija.
Hace cerca de quince años yo vivía en mi natal Monterrey y escribía sobre todo ensayos y crítica de arte contemporáneo. Lo que me hacía más felíz, y que comprensiblemente eran mis textos menos populares, era escribir crítica sobre conciertos, un recital de los lieders de Wagner, un ciclo de los tríos para cuerdas de Beethoven, alguna cosa sobre jazz. Y plácidamente pensaba que la música era el producto sereno de una inspiración escrita y luego interpretada, y que así había sido y habría de ser hasta que un día por azar un amigo me pidió alojo para él y unos amigos que venían de visita de Ciudad de México, uno de ellos, un tal Fernando Vigueras, traía una guitarra y yo me emocioné platicándo con él sobre Messiaen, Mahler, etcétera. Un par de años después Fernando me escribió para decirme que tocaría con su banda en el auditorio del Centro de las Artes de Monterrey y aquello fue un horror inimaginable: el percusionista desatornilló el disco Zidjan y lo empezó a rasgar con la punta de la baqueta, el del clarinete bajo estaba acostado sobre el piso jugando con tapas de botes de yogurt para efectos (eso cuando se decidía a tocar), el guitarrista ni siquiera tocó las cuerdas de la guitarra con sus dedos ni una sola vez, le arrastraba latas apachurradas y le acercaba abaniquitos, la única que tocaba el instrumento como se suponía era la cellista y ni siquiera le entendía lo que estaba haciendo, para colmo el flautista dejó su instrumento para empezar a soplar un globo que prefirió rechinar con la palma de la mano. Ni ritmo, ni progresión armónica, ni nada que yo pudiera identificar como música. No concebí cómo podría escribir sobre eso y me sentí como un granjero medieval tratando de explicarle a mis contemporáneos que había visto un tlacuache con cabeza de gato, patas de dobberman y alas de colibrí, pero lo absolutamente peor de todo es que por primera vez en mi vida pude sentir con cada fibra de mi cuerpo que estaba, auténticamente —y en esto consistió el horror—, por primera vez en mi vida ante la verdadera presencia de la experiencia musical. Supe después, un poco mejor informado, que esa fue también mi primera experiencia con lo que se reconoce como “improvisación libre” y me hice la promesa ese día de en un futuro mudarme a la Ciudad de México para aprender a escribir sobre creaturas que nacen y mueren en la mutación constante a pesar de las leyes de la divina proporción, porque es el deber de un crítico seguir los signos que lo hacen cambiar su manera de percibir el mundo, y así como con la literatura aprendí a observar los sutiles intercambios y negociaciones de las clases sociales en las más anodinas conversaciones, después de escuchar a la Generación Espontánea aprendí a escuchar el zumbido del refrigerador y sus diferentes intenciones condensadas, su confluencia con el ronquido del perro y las hojas arrastradas del otoño bajo la sinfónica de los claxon, y no se trató para nada de un aprendizaje deliberado (tal vez el arte nunca lo sea y por eso sea imposible su pedagogía), fue el puro efecto de una escucha que involucra necesaria el cuerpo entero, la presencia absoluta. Una vez ya en la Ciudad de México y en contacto con la comunidad de la improvisación libre, me pareció claro que las y los artistas que conforman la escena tienen incorporada la famosa estridencia de la urbe, la octava en la lista de las ciudades más ruidosas del mundo alcanzando más de cien decíbeles ambientales, el silbato del camotero sobre el vaivén marítimo del tráfico, el tracateo profundo y metálico del martillo hidráulico de las interminables construcciones pautando el cantadito chilango que alarga las vocales para el endecasílabo en un lujo por mucho excedente de vocales estrictamente utilitarias.
Wilfrido Terrazas nació en Santa Rosalía de Camargo, estudió flauta y música contemporánea, composición, y comenzó luego a ampliar sus búsquedas a partir de un cierto desencanto de la música rigurosamente escrita, que requiere muchísimo trabajo que no es proporcionalmente recompensado para llegar a una experiencia musical que a veces está bien a veces está peor, y esa búsqueda lo llevó a la improvisación libre, esa práctica que a pesar de ya contar con casi medio siglo de historia sigue siendo el niño terrible de la música contemporánea. Pero en aquellas épocas cuando Willy se muda a la Ciudad de México, por ahí del 2003 y hasta donde él recuerda, Remy Álvarez apenas tenía un par de años de abrir su taller de improvisación en la UNAM, y fuera del legendario Jazzorca no había apenas escena ni posibilidad. En el 30 de junio del 2006, Jorge González, del Pasaguero, les abrió las puertas para un concierto de improvisación a Willy y el Arto Ensamble (Carlos Alegre, Ramón del Buey y Alex Lara) junto con el maestro Isaac de la Concha, y Márquez Borbón. Ese primer toquín, que se anunció bajo el título de “La Generación Espontánea”, resultó que tuvo público, fue un montón de gente, el periódico Reforma les dio media página. Willy estaba muy contento con que el público hubiera aguantado aquello que según recuerda fue un reto del oído soportar. Les propuso una agrupación con composiciones propias y la organización adecuada de una banda pero rápidamente se dio cuenta que iba ser imposible, que tendría que ser en todo caso una antibanda. Ya para el segundo toquín con Alegre y Ramón ya estaba también Alex Bruck recién regresado de París, Darío Bernal que regresaba de Londres en el 2007 (Alex Lara dejó de aparecer y el maestro De la Concha eventualmente anunció su salida), para que un poco después, entre el 2008 y el 2012, se incorporaran Fernando Vigueras, Misha Marks de Nueva Zelanda, y Natalia Pérez Turner, agrupación que se conserva desde entonces hasta la más recientemente suma de Sarmen Almond en el 2021.
Ya son dieciocho años de la Generación Espontánea y cerca de ciento cincuenta conciertos. Son la banda más persistente en la historia de la improvisación libre en México, y por esa pura razón son un caso importante e interesante, porque la improvisación es un proyecto que por su misma esencia se supone no puede durar mucho, porque para ser improvisación de verdad tiene que estructurarse como una memoria sin pasado, y ¿cómo puede haber memoria sin pasado entre artistas con toda una vida colaborando? Es claramente un contrasentido, y al mismo tiempo es innegable que cada vez que suenan es distinto, si bien son cambios en lo mismo. He escuchado diferentes opiniones, gente que los ha escuchado desde hace años, jóvenes que apenas los han escuchado un par de veces, las opiniones difieren, en la mía, suenan mejor que nunca: ¿Por qué? Una de las razones es que cada uno de los integrantes tiene su propio camino, su propia manera, instrumento, incluso su propio concepto de lo que es la improvisación, que siguen modificando, adaptando. Algunos integrantes con el peso de una influencia fuertemente académica, otros que para nada, y lo difícil es definir cómo es que artistas tan diversos en sus búsquedas, preferencias y formaciones, se encuentran en la más inestable de las formas musicales.
Bueno y entonces, ¿a qué suena la Generación Espontánea? Sí, suena a la Ciudad de México, pero eso no es decir mucho porque vale para la inmensa mayoría de la realidad sonora de los artistas de la improvisación que aquí viven y suenan. Creo que lo que más difícil de describir en el sonido de esta banda es que suena a un exceso de educación en una boca alburera, como los juegos de palabra congaleros de Shakespeare o Chaucer, o más cerquita de nosotros, el intercambio de ingenio y educado duelo entre Quevedo y Góngora, juego divertido y profundo, inesperado y correspondido, lleno de recursos en el fondo de una forma traviesa. Una de las carácterísticas de la Generación Espontánea es que cuando se estabiliza el sonido por momentos de la búsqueda, es decir, cuando se encuentran entre todos en una especie de flujo que podríamos llamar un acuerdo entre un golpeteo del arco sobre el cello, un rasgueo sobre la tapa anterior del violín, una nota sostenida y trémula de la flauta, por dar una imagen, cuando se llega a esta especie de acuerdo suenan en una vecindad histórica a ciertas alturas y texturas de Xenakis, a ciertos ritmos y deslizamientos de Messiaen. La razón de esta afinidad es el ya mencionado estudio profundo de la música contemporánea por parte de Willy, Bruck, Pérez Turner, meseta que no conserva durante mucho tiempo su estabilidad porque se trastorna por las diferencias que Misha y Alegre tienen en su simpatía por los registros de música tradicional, balcánica y sonera del bajío y la huasteca, la muy personal investigación de la deconstrucción instrumental de Fernando y la muy lejana a todo esto corporalidad metamórfica en el metabolismo vocal de Sarmen. En resumen: No suenan a nada de lo que es la suma, o es más que la suma de sus partes o menos que la resta (las cuentas nunca me salen bien con la Generación cuando intento medir los distintos vectores de sus influencias). En congruencia con su relación a la historia de la música occidental y sus rebeldías correspondientes, sus elecciones tienen usualmente una carga de agresión, no es sólo la modalidad estridente de la ciudad imbuida en su oído interno, que puede verosímilmente ser más decisiva que sus formaciones académicas, es una carga de agresión ideológica. La gran diferencia con la agresividad de la música contemporánea europea, es que ésta le estaba reclamando a Occidente su falta de humanidad durante guerras y posguerras y es una agresividad musical cargada de historia pesadamente angustiada de un deseo de nuevos caminos. La agresividad sonora de la Generación Espontánea es por el contrario ligera y sabrozona, es decir, la sacudida acústica de registros deliberadamente muy por fuera de los límites considerados tradicionalmente consonantes, va más allá de la distinción entre consonancia y disonancia, más bien, ya ni siquiera se trata de eso, se trata del concierto de voluntades muy distintas, que ninguna institución está preparada todavía para aceptar con la legitimidad histórica correspondiente. Es una agresividad en contra de un cierto orden, el orden de la normalidad, una apuesta por la libertad por la vía de la diferencia innegociable, que tal vez sólo sea posible bajo las condiciones de un arte con estas carácterísticas en el mundo que nos toca. Hay por lo tanto un pulso reconocible en su forma de entender la improvisación. Hay un pulso, porque tienen si no un ritmo sí un bamboleo de vacilón, un sentido del humor que apela a la idea inesperada, una niñez que pervive a pesar de y gracias a su indiscutible madurez musical. El precio de conocerse muy bien después de tanto año, es que ya tienen maneras más o menos predecibles de encontrarse, lo ganado a cambio es una improvisación que sigue siendo un juego riesgoso, una cosa de niños, que muchas veces no funciona mas que a ratos, que a sus dieciocho años siguen tomando riesgos que escandalizarían a cualquier “músico serio”. Para explicar este fenómeno es necesario hablar de cosas que parecen, desde una perspectiva un tanto estrecha, extramusicales.
Entre Edgar Hernández, el único colega crítico de arte que me es cercano, y yo, tenemos una pregunta y una inquietud constante: lo que define la historia del arte, ya se trate de un movimiento minúsculo y fugaz en una ciudad pequeña o de un movimiento enorme y definitivo de magnitudes continentales, no es la fuerza estética de la propuesta, no es la filosofía detrás de los artistas que conforman el grupo representativo, tampoco, sorprendentemente hasta para cualquier marxista recalcitrante, tampoco es el mercado, es decir, la organización de las tensiones entre productores y coleccionistas, instituciones y consumidores. Todo lo anterior mencionado es lo que nos quiere hacer creer la Historia del Arte como la suma de las causas para explicar un movimiento artístico, la Historia del Arte que es la menos seria de las historias porque está armada en su integridad por una mitología, y no de una sociología, etnografía, y otras etcéteras supuestamente indispensables. No. Lo que define realmente la historia del arte son las relaciones personales entre los artistas, sus afinidades emocionales son sus afinidades estéticas, sus conflictos ideológicos son sus trifulcas personales, la cohesión de un movimiento es la suerte o la contingencia de una generación que se antoja espontánea. Pero como yo no soy historiador, ni musicólogo, ni mucho menos un viejo chismoso, les puedo contar alguna anécdota a modo de ilustración: la invitación a tocar fue en el marco de una feria de arte contemporáneo, el concierto iba ser la improvisación simultánea a la proyección de un videoarte de la artista Daniela Franco. Se reunieron un par de horas antes en un bar para hablar de cómo iban a hacer para improvisar sobre un videoarte con una estructura fija, tres de ellos estaban muy serios apresurando algo parecido a un plan, los demás estaban pidiendo otra y vacilando para al final enterarse del programa. El videoarte terminaba con unas escenas de Juan Gabriel y Darío Bernal replicaba más o menos el ritmo del Noa Noa, Carlos Alegre el tema de Amor Eterno, y entre esos dos temas la voz de Sarmen Almond vibraba undulante sobre la deconstrucción armónica y los repiqueteos ronroneantes del arco del cello de Natalia Pérez Turner, la deformación armónica y cadencial del tema en la viola de Alex Bruck y un elegante por apenas reconocible eco temático en el clarinete bajo de Ramón del Buey. Fernando Vigueras no me acuerdo bien cómo estaba interviniendo (una de las carácterísticas de la experiencia de la improvisación es que la memoria estrictamente auditiva del suceso es confusa, incluso para los mismos artistas, pero la consecuencia estética es por el contrario muy nítida). Durante uno de los sets un voltaje no previsto sobrecalentó una caja de sonido, las bocinas empezaron a tronar, todos pararon y alguno señaló el error con insistencia, lo que molestó naturalmente al acusado. Terminaron y los aplausos pero esa acusación flotaba en la fiesta a posteriori y entre la cacofonía había manos que se levantaban y dedos señalando, entonces y de pronto algunos miembros parecieron llegar a una resolución y cerveza en manos fueron a confrontarse, se abrazaron grupales con una firmeza que tiró las botellas y con el estrépito de los cristales de entre los abrazos surgieron las sonrisas y luego las risas y luego más mezcales y más risas, y comprendí que así como arreglaban los incidentes durante la improvisación así arreglaban los incidentes personales. Natalia Pérez Turner me lo explicó con su acostumbrada precisión y sencillez: La espontaneidad se nutre de la amistad y viceversa. Desde entonces ya no puedo escuchar Amor Eterno ni con Juan Gabriel ni con Rocío Durcal sin sentir que es una buena idea pero que está mal hecha (es otra de las carácterísticas de la escucha de la improvisación libre, que como todo arte nos seduce a una versión de la realidad, no porque sea mejor, sino porque, para el caso en virtud del elemento del azar, es más real). Al siguiente día una de las curadoras de la feria le dijo a Edgar que la Generación Espontánea era de lo más propositivo y fresco y raro y actual que había escuchado (La comunidad del arte contemporáneo no se caracteriza por la amplitud de su educación musical, pero la opinión citada vale como referencia de una escucha externa y desacostumbrada a la escena de la improvisación). Estas dinámicas, repito, son consideradas extramusicales dentro de la perspectiva estrecha que considera que la música es algo que sucede en una mítica independencia de las personas que la hacen, que de extramusicales no tienen nada y al contrario, las relaciones personales entre artistas y sus relaciones creativas son inextricables, indisociables.
La actualidad de la Generación Espontánea es luego una situación contradictoria: ya tienen un sonido reconocible que funciona muy bien gracias a acuerdos previstos –que según el consenso fue una organización fuera del ruido desconcertado gracias a un sentido de la forma, de la lógica del azar, aportada por Darío Bernal– pero que luego no siempre funcionan, que ya es una banda establecida a los ojos de la institución pero que los invitan ahí nomás de vez en cuando, como una obligación de programa o una curiosidad que siguen siendo, que son una referencia para la juventud en tanto sirvió para allanar un camino pero que ya tampoco les interesa mucho seguirlos. Alguna vez Willy –quien sigue pensando que la Generación Espontánea es la mejor idea que ha tenido en su vida– recusó que yo considerara un cierto heroísmo de parte de los integrantes de la banda. Cuando les comenté individualmente la percepción de un heroísmo invariablemente respondieron con una mueca de desprecio, es una de las carácterísticas del mundo moderno, creer que ya no existen los héroes, es decir, que ya no es posible conservar la dignidad de un deseo personal fincado en un ideal, que ya no puede hacerse historia y estamos a la merced de los macropoderes que esos sí merecen el crédito de ser supervillanos. La Generación Espontánea nunca tuvo aspiraciones, ambiciones profesionales, pero justamente por esta razón y entonces cómo se le llama a la persistencia de una batalla perdida desde el principio, una gloria sin laureles ni canción, un reconocimiento sin legitimidad, una fama célebremente desconocida.
Cuando los experimentos de la ciencia desbancaron definitivamente la idea de la generación espontánea y nació la biología moderna llegó el momento para pensar el origen de las especies que encontró su confirmación con el descubrimiento de la genética, el código invisible que contiene la información para la consecuente preservación y modificación de los seres vivos, y las fabulaciones de un ser extraordinario, con forma natural pero compuesto con elementos de araña, lobo y árbol, revivieron en el imaginario moderno. Ahora sabemos que los ácidos codificados se comunican entre sí, se entienden en la combinatoria como en una conversación, improvisan, y gracias a la epigenética sabemos que el refrán de “Dios los hace y ellos se juntan” ya no cuenta con una divinidad verosímil pero conserva toda su vigencia.
Los primeros graznidos del ave que son la overtura de Athene Noctua son difícilmente reconocibles como una voz humana, hasta que se escucha una voz sostenida que empieza a alternar graznidos, silbidos, gorjeos, y a lo largo del performance que tiene que ser también corpóreo asistimos a una transformación: Hay algunos sonidos que requieren de un particular sostén del cuerpo, una cierta inclinación de la cabeza o postura de los hombros y espalda, y en cada uno de los cinco performance vocales que Sarmen Almond presenta cada uno de sus movimientos no son meras representaciones metafóricas, son el movimiento del cuerpo necesario para la expresión de un sonido, una metamorfósis propiamente dicha. La finalidad del proyecto en el ciclo entero, como se aclaró al principio de las cinco presentaciones, es el de un viaje que ella misma define como un proceso en su intención para dejar de ser humana.
Athene Noctua, la primera obra presentada el pasado miércoles en el auditorio del Museo del Chopo, es el nombre científico del búho pequeño que en algunas ilustraciones antiguas acompaña a la diosa Athena, un juego de palabras derivado del nombre con el que comúnmente se le llamaba en el griego ático: γλαῦκ’ Ἀθήναζε, “Athena la de los ojos de búho”, derivación de γλαῦξ: glaucos, “que brilla en la noche”, un título onomatopeyico que responde por el ¡Glau! ¡Glau! del mochuelo, el sonido de un ave que nos avisa de su presencia invisible. El primer llamado del ave con el que Sarmen abre la pieza es suficiente para erizar los vellos de la nuca a cualquiera, pero lo repite muy pocas veces, para evitar el efectismo, por elegancia y exceso de recursos sí, pero también porque se trata de un proceso de etapas, en donde ya de golpe ya gradualmente su voz y su cuerpo se modifican hacia nuevas dimensiones de la posibilidad de la existencia córporea y sonora. El concepto que Sarmen tiene de la forma sonora corresponde a este trayecto: que no hay voz sin consecuencias metamórficas, que la atención a los efectos del ir y venir del sonido circular nos regresa nuestra propia imagen redibujada, como los ecos del animal alado que conoce su lugar entre la obscuridad.Para el caso de Athene Noctua, creo que todo lo demás está de más, los visuales e incluso gran parte de la intervención voltáica de la caja de sonidos podrían ser accesorios, el puro viaje de su voz y cuerpo resulta más que convincente.
Cortesía: Mónica García
Reo, la obra presentada a la siguiente noche del jueves en el mismo auditorio, debe ser la obra más inaccesible del ciclo, requiere de parte de la audiencia un compromiso casi wagneriano, pero las razones son importantes: El tema es el pez. ¿Cuál es el habla de los peces? El paso de Athene Noctua a Reo es consecuente: entre el aleteo del ave y aleteo del pez la diferencia es apenas de densidad en la fluidez elemental; pero el viaje de la memoria hacia nuestro pasado marítimo es de millones de años, cientos de miles de millones, que recordamos verosímilmente en la placenta, que olvidamos en el primer instante en que el oxígeno entra a los pulmones y nace la voz. Los sonidos que produce Sarmen dentro de su cuerpo y que apenas exceden el límite de la cavidad bucal serían inaudibles e intransmisibles sin los procesos electrónicos a los que recurre en Reo. Es muy difícil saber cuándo el sonido es sólo de su aparato fonador y cuándo es transducción electrónica, y los escuchas, por tendencia o por prejuicio, queremos distinguir un caso del otro; en Reo, en oposición a Athene Noctua, el recurso electrónico y los visuales son parte fundamental de la fortuna en la transmisión de un sentido. Los sonidos de movimiento diafragmático, turbulencias y labios en una práctica ausencia de vocales durante toda la obra que dura casi media hora, a Sarmen se le desarrollan las agallas necesarias para respirar oxígeno en ausencia de aire, para lograr una sensación de profundidad aérea, flotante, donde el sonido viaja en burbujas y frecuencias dimensionales envolventes, hacia el final aparece una sola vocal: äoü, para cerrar las famosas agallas de Sarmen Almond para aventarse a un proyecto de esta naturaleza.
Cortesía: Mónica García
En contraste, Triturus, la tercera entrega del ciclo en el pasado viernes, es toda aliento. Tritón, hijo de Poseidón y Amfrodite, mitad pez y mitad humano, es en el reino animal el título del molusco que lleva el mismo nombre porque su concha es como la trompeta en las ilustraciones del semidiós, y porque se mueve entre el mar y la tierra. Pero el viaje de Sarmen no es el sonido de la concha soplada, no es la salida del viento desde la profundidad hacia el cielo amplio espejo de los mares, es mucho más discreto, y riesgoso. Lo que interesa a Sarmen es la forma de la concha en sí, la fisiología que análoga nace en el vientre desde el piso pélvico articulado por el diafragma dibujando con el aliento las cavidades de garganta y laringe hasta la curva del paladar y la posibilidad de la oclusión entre dientes y labios, es decir: desde la cola del pez que navega el espesor de las aguas hasta el rostro reconocible que se asoma a la superficie, pasando por el cambio de una naturaleza ambivalente en un cuerpo anfibio. Los sonidos que pueblan la obra son en su mayoría oclusivos, labiodentales, fricativos, oscilando en un vaivén hacia vocales sumergidas interrumpidas por espasmos del diafragma cada vez más frecuentes y violentos. El diafragma es el segmento meridiano de una naturaleza oxígenada, que en el imaginario mítico define la línea natural de la sirena, y es uno de los músculos que hacen de esta obra la más exigente.
Cortesía: Mónica García
Ophidia, presentada la noche del sábado, es el nombre de la taxonomía moderna para el grupo de serpientes que abarca desde las reptantes terrestres hasta las más pequeñas acuáticas, es para Sarmen también la vibración de la Tierra que se presiente desde la matriz como un índice de las fuerzas del suelo y sus conmociones: el sonido sibilante de la lengua con la que el órgano sensible de la serpiente percibe las temperaturas y las vibraciones mínimas circundantes y sobre todo el órgano sensorial más grande de todos: la piel. En la obra de Ophidia no hay imágenes acompañantes, y los sonidos registrados de campo son congruentes con el reptar y undulación de la columna de Sarmen que comienza desde la punta de los pies hasta el parietal del cráneo en una línea continua, culminando en consonantes de “m” y “s” alternados con exhalaciones provenientes de lo más profundo del vientre. Durante el performance la artista se arrastra con la planta de los pies, repta y se desliza entre el público sentado disperso sobre el piso (de ahí que las imágenes proyectadas hayan sido innecesarias, porque la imagen éramos los presentes). El punto climático vocal, a la mitad del desarrollo, aparece como una irrupción cuando vuelve a alcanzar reptando el centro del escenario y abre la boca para dejar salir un eco cavernoso, gutural y nasal que se apodera animal de la obra determinando la transformación de su cuerpo y ser en una creatura que es toda columna vertebral, babeando un rastro que llega, por fin, a una subida vocal hacia las notas más altas, sólo para volver a las consonantes craquelantes del paladar y las ululantes de los labios apretándose, sonidos siseantes de hierba y ramitas quebradas al pasar con el viento corriendo sus trayectos por encima, la fuerza del sonido de un cuerpo arrancada del piso y jalada de la atmósfera.
Umbra, del latín sombra, presentada la noche del domingo y cierre como la última del ciclo, resulta la metamorfosis más sorprendente de las cinco, porque no se trata de un hocico, una piel escamada, unas alas o un pico afilado, se trata de la sombra, ese fenómeno en apariencia óptico por contraste al que nunca nos acostumbramos y que nos habla de la parte constituyente que no vemos. Resulta un final sorprendente porque Sarmen comienza el sonido con una especie de frase repetida, símiles de palabras susurradas con el aliento enunciante entre exhalado e inhalado que se transforma rápidamente descendiendo a pura consonante de laringe tensada y relajada en su camino hacia el diafragma, y luego, una vez que el proceso electrónico lo disolvió todo en una niebla acústica, volvió la voz. La voz soprano que apareció en el ciclo completo por primera vez inadulterada con una melodía con vocación de penumbra, trasladándose, como era natural pero tal vez por eso mismo inaudita, al aullido. El aullido nace entre una línea tensa de la cola en dirección al diafragma que corre hacia las cuerdas vocales un instante antes de empezar a sonar, cuando pasa la frontera del techo donde el paladar blando y el paladar duro se entrecruzan un lobo levanta la nariz al cielo y la vibración que culmina en el hocico se abre en un cono a la inmensidad, con la ayuda de la programación digital el aullido de Sarmen se volvió manada. Si el aullido es todo lo que es el lobo, un lobo es la nota más alta de la Historia Natural que nos escribe. El eco sonoro que se extiende entre las sombras sobre el valle y dibuja la montaña, el aullido que corre reverberante es la canción sistémica que también sirve para armonizar las inquietudes de la especie, el aullido nocturno es todo lo que es el mundo y su representación y su voluntad. Pero Sarmen volvió a las vocalizaciones, arrastrándose esta vez, y a diferencia del reptar en Ophidia, el arrastrarse de esta obra fue el pegarse al piso mediante la voz, como Peter Pan cosiéndose su sombra de regreso. Después de una larga síntesis de vuelos de aves, graznidos y gruñidos, metamorfósis divinas y animales, Sarmen volvió a la voz humana de sus semejantes, que como todo final de aventura auténticamente filosófica, capitula solamente, sencillamente, en un ser desnudo. ¿Qué es una metamorfosis? Aquello que cambia de forma permaneciendo, lo reconocible en lo irreconocible, lo imposible, y Sarmen Almond ha demostrado ser con este ciclo una terrible capacidad de enunciación inmediata en el goce salvaje de la pura y completa uteración del sonido, ha demostrado ser una maestra de lo imposible.
Los movimientos del cuerpo exigidos para producir un sonido consonante entre lengua y paladar que se disuelven en pura exhalación hacen visible la transformación física de un cuerpo que se desnaturaliza de la forma reconocible en los movimientos de la vida cotidiana, ay la vida cotidiana, tan efectivamente disfrazada de normalidad. El cuerpo de una artista que se transforma en otra cosa, el espectáculo extraordinario de que lo familiar se vuelva maravilloso, como sucede con una gran performer o una gran bailarina, pero que tal vez para un niño no resultarían tan raros. Por eso los lingüistas se interesan tanto en la infancia, porque ahí es donde podemos atestiguar el nacimiento de la forma sonora del lenguaje, porque según afirma Zaratustra “un verdadero hombre oculta dentro de sí un niño que quiere jugar”, o mejor, en palabras del etnomusicólogo Hornbostel: “Lo que sabíamos de niños debemos ahora buscar a tientas, porque la mirada y el sonido han perdido su relación intrínseca.” Son Fauces, la serie de proyectos al definirla Sarmen Almond como un viaje para dejar de ser humana, por causas antropológicas, filosóficas, artísticas, por todas las causas que se me llegan a ocurrir, tiene razón: la voz humana tiene una historia que corresponde a una imagen de lo que se supone debemos ser los miembros de la especie en términos puramente culturales. Es muy probable que la forma sonora del lenguaje no sea estudiada de acuerdo a su importancia por parte de la lingüística (negligencia señalada ampliamente por Roman Jakobson) porque tal estudio revelaría dimensiones animales del aparato fonador y el cuerpo entero que no se explican por la cultura, y que más bien pondrían la cultura en crisis a nivel universal, tan universal como el lenguaje mismo, empezando por la supuestamente insuperable oposición articulada. El viaje de Sarmen Almond es una crítica seria, contundente y necesaria a la mal llamada “naturaleza humana”, de la que se han desprendido toda una moral y una serie de prácticas con una urgente necesidad de revisión para, de acuerdo al sueño de E.E. Cummings, superar la limitada chatura de la univocidad de lo verbal, evitar los empobrecedores y fútiles intentos de la desambiguación, y afirmar la creatividad de la lengua liberada de toda infusión de banalidad, en donde todo pueda sonar como deseaba el poeta intraducible: “Everywhere tints childrening, innocent, spontaneous, true.”
Erick Vázquez
*El performance de Athene Noctua fue precedido por una presentación de los alumnos de Sarmen Almond en un laboratorio. Los performance de Reo, Triturus y Ophidia fueron precedidos por trabajos de Natalia Pérez Turner, Jerónimo Naranjo y Fernando Vigueras, que naturalmente requieren un ensayo aparte.
Cuando escuché tocar a Sofía Escamilla y a Shaostring, junto a Carlos Alegre y al Pax Lozano hará hace un mes en el Venas Rotas, me pareció que se habían encontrado dos personas con mucho de qué hablar, porque formaban un dueto consanguíneo que no sólo se explicaba por el puente armónico natural del centro gravitacional que comparten la viola y el cello, sino por una confluencia de estilos en la expresión. El dueto en la Tehuanita el viernes pasado, ya las dos solas, me confirmó la intuición. Después de poco más de un año de atención me parece reconocer con claridad algunas de sus decisiones recurrentes: el ritmo subyacente y la capacidad melódica de Shaostring, el gusto por la intervención sincopada y el ataque consistente que se disuelve en traslaciones por lo largo del cuello del cello de Sofía. Pero luego en una de las grabaciones que hice y que uso como referencia para revivir la experiencia de pronto me confundí para distinguir quién estaba haciendo qué, en virtud de la amplitud de ambos instrumentos según se acercan al puente o de la viola cuando toca dos cuerdas simultáneamente. Puede ser que mi confusión se deba a mi falta de formación académica, pero más bien estoy seguro de que se trata de una profundidad del diálogo en la entrega de dos subjetividades que se espejean para conocerse mejor, porque hubo instantes que sonaban con la dimensión de un trío.
En la Tehuanita
Durante la improvisación se acercó a saludarme Mariane Junes y me dijo estaban haciendo una imagen muy acuática, me resistí a la observación, pero recordé que Mariane es joven y seguramente tenía razón, que efectivamente había una liquidez en el cómo fluían juntas. Durante mucho tiempo me abstuve de pensar la música de la improvisación por fuera de los márgenes de la abstracción pura, como una precaución para ser más fiel al oído de mis contemporáneos, para alejarme de la crítica clásica que se empeña en encontrar sentidos siguiendo un léxico tradicional propio del imaginario del siglo XIX y que yo ya consideraba criterios extramusicales, pero es tiempo de cambiar de opinión porque es esa precaución la que ya está pasada de moda, es ya un prejuicio. Sofía y Shaostring, propias de su tiempo y sin otro compromiso que el personal, buscan expresarse, si no con un mensaje codificado, sí con una emoción específica que no tiene lugar en condiciones de repertorio, es decir: la dicha de compartir un mundo interior.
Este miércoles, para inaugurar la residencia de Sofía Escamilla en el Venas Rotas, abrieron con un dueto entre Shaostring y Xavier Frausto, que desgraciadamente no grabé porque soy un señor que sin lentes no le pica bien al celular, pero que recuerdo nítidamente en los gestos, casi performáticos de Xavier que se puso a desensamblar el trombón y jugar con las piezas como si no supiera cómo volverlo a armar, soplando en las secciones sueltas, repiqueteando en el contacto. No hay amor más grande al instrumento que en quien lo quiere anatomizar, deconstruir para volverlo a armar, conocerlo parte por parte en exploraciones metonímicas, además Xavier conoce muy bien los alcances biblícos del anuncio de sus metales y sus sutiles exploraciones permiten el espacio para que la viola pueda sonar acordemente, sin que uno tenga que estar agudizando el oído para encontrar las cuerdas por detrás del trombón.
En el segundo set Sofía y Fernando Vigueras compartieron la que creo es su primera colaboración. La creciente versatilidad de Sofía para buscar en su alma la emoción adecuada encontró fácilmente la sensibilidad trémula, de nervios sin insular de Fernando, liga siempre a punto de romperse, y Sofía supo recurrir a un exceso de trémolo y micrófonos en el arco, para después pasar a la yema de los dedos estrujantes sobre el puente (siempre me ha sorprendido la capacidad y el interés de Fernando para la colaboración que de tan lúcidos a veces hasta me parecen un instinto de supervivencia, y qué es la colaboración sino supervivencia, pero este es un texto pendiente y para otra ocasión).
El tercer set fue un poco el desorden esperable de una improvisación libre entre un trombón con múltiples recursos, una guitarra intervenida con procesos, una viola que tiende al ritmo y al vuelo del murciélago, un cello que pasa de los silencios tenues a la pasión desbordada. Cosas de la impro que quién sabe cómo pero al final todo sale bien. Cuando hubo momentos de extravío, la viola y el cello se encontraban, repito, no porque fueran cuerdas en un registro contiguo, sino por las cosas que tienen qué decir, como dos que se encuentran en una reunion con más personas y la gravitación de un sentimiento de saberse de una manera particular en el mundo terminan platicando. ¿Qué se dijeron? Todavía no supero mis prejuicios, pero tal vez sea una manera de hablar con discreción latente, una soledad momentáneamente compartida que cobra la forma de una melodía ligeramente fuera de color sobre un pizzicato contundente y considerado, sobre el que Fernando y Xavier supieron interrumpir para cobrar una forma distinta, accidentada, y —para usar otro término pasado de moda— hermosa.
Fui con Karla a un concierto de punk de las bandas Soga y Grave/Mal en el espacio X del Centro Cultural de España. Creo necesario repetir que para comprender qué es la improvisación libre es necesario hablar del público que le da sentido, y Karla, además de formar parte consistente del público y comunidad de la impro, es mi amiga, y las amistades tienen la virtud de ampliar los horizontes. Por amistad usualmente uno termina quién sabe dónde, más allá de los prejuicios personales y los planes de lo tolerable.
El punk murió en el momento en que nos enteramos que existía, por la sencilla razón de que nos enteramos de su existencia por medios de comunicación masiva. Sin embargo, la discusión acerca de la muerte del punk mantiene su vigencia porque, muerto o no, sigue habiendo punks de los que no cabe ninguna duda merecen el título. Ahora, al hablar del tema, siento posarse sobre mi hombro una mirada vigilante: la policía del punk, curiosa contradicción entre los términos. Es normal que haya una policía del Son, es normal también que haya una policía del jazz y del blues, del flamenco —esta última que debe distinguirse de entre todas por ser la más antipática— y es normal porque detrás de estas prácticas de la improvisación hay toda una tradición ancestral, una etnografía, una geografía y una larga ristra de institucionalidad que se apersona en ese alguien que te agüita la fiesta diciendo “ah pero eso no es verdadero flamenco, para escuchar flamenco de verdad tienes que ir a tal pueblo, donde yo…” (si es que hay ya una policía de la improvisación libre es definitivamente inexistente o de plano nadie la pela). Pero si hay una policía del punk, es muy de otra naturaleza, suena parecido, “no, no, eso no es punk, el punk de verdad está contra todo sistema y nunca hubieran grabado en tal sello, mira yo te puedo decir… ” Suena parecido, pero la gran diferencia es que lo que se está discutiendo cuando se habla de punk, no es el derecho a la pedantería y la sabiondez, ni el derecho a una pertinencia ancestral, lo que se discute en el punk es el derecho a la rebeldía, el cual se otorga con mucha más festiva generosidad porque es todo lo contrario a un club exclusivo, aunque de pronto muestre las trazas de una secta (lo cual también resulta simpático si recordamos que el término “secta” se ganó su mala fama gracias a los esfuerzos propagandísticos del FBI y de la CIA que por lo menos en eso sí se pudieron poner de acuerdo).
Foto cortesía de Karla Vázquez
La relación entre el punk y la improvisación libre tal vez no sea tan definitiva como la pensé hace unos meses. Para poder establecer que dos corrientes artísticas tienen una relación de mutua influencia hacen falta por lo menos tres aspectos: establecer una relación genealógica, un circuito de escenarios compartidos y, tal vez lo más importante, relaciones de estructura armónica, construcción sintáctica, etcétera, y esto último en este caso definitivamente es estirar la liga demasiado. Sí, es cierto que Grave/Mal se presentó con una improvisación en la Terraza Monstruo en mayo del 2019, y sí, es muy real el interés entre improvisadores y punks, que si bien no es del todo recíproco, es por lo menos un acercamiento curioso, pero que no va más allá porque los punks tienen bien clara su trinchera y la trinchera de la improvisación libre es diversa como la comunidad que la conforma.
Lo que escuché con Karla en el CCE fue punk joven, transgénero o en todo caso sin género definido (el punk al principio sí se distinguía como un movimiento bien machín, congruente con el tipo de agresión correspondiente a la industrialización rampante de Inglaterra). Con percusiones agresivas y acordes dulces, con la entrega propia de artistas del punk cuyo único interés es compartir un momento de libertad, sonaron las letras “Quema todo, quema todo, quema todo… empieza de nuevo. Hay cosas que son irremediables. Quema todo, quema todo, quema todo… empieza de nuevo.” En entrevista a Grave/Malo para la Jornada, Hernán Muleiro les preguntó: ¿Qué grado de literalidad manejan cuando cantan sobre quemar todo? Respuesta: “Alto, muy alto”. Quemar todo y volver a empezar, idea expresada con convicción y alegría, transmite fácilmente una sensación liberadora, liberadora del pasado sobre todo, y tal vez el punk sea tan hermoso porque está lleno de esperanza, contra toda experiencia, contra toda evidencia. La relación entre el punk y la improvisación libre tal vez no sea tan trascendente como la llegué a pensar, pero es real y consistente, porque lo que tienen en común es este fuego.
¿Qué quiere decirnos Willy Terrazas con todo su soplar y soplar? Hay músicos que se concentran en hablar consigo mismos a través del público, que gracias a la presencia de la escucha de los otros se escuchan mejor a sí mismos y se descubren y se siguen descubriendo; hay músicos que se entregan de lleno a su audiencia y se escuchan a sí mismos en un segundo plano en un trance delirante; hay músicos que se encuentran navegando entre ambas corrientes, entre el conocimiento de sí mismo ensimismado y la escucha atenta a lo que sucede en el mundo con su sonido y su silencio. Creo que éste último es el caso de Willy, por su naturaleza pura de artista y gracias su extenso entrenamiento académico y como compositor, así como por su muy temprana aventura en las turbulentas aguas de la improvisación libre.
Es imperdonable que no haya escrito antes un texto sobre Willy Terrazas pero supongo que se me puede excusar por la cantidad de investigación que requiere un artista con más de cien grabaciones, miles de conciertos, el fundador y posterior heraldo de la que según algunos datos es la anti banda más vieja de improvisación en América Latina. La verdad es que no terminé mi investigación y decidí que era más importante escribir ya antes que el azar haga de las suyas de nuevo con mis decisiones. A fin de cuentas, la función de un crítico no es tener la razón (obligación de los lógicos), ni evitar la contradicción (escarnio de los filosófos), ni siquiera tenemos la obligación de ser congruentes con lo que dijimos hace un año o hace un mes (observancia de los historiadores), la única chamba de un crítico es plantear una discusión pertinente que abra la opción de hablar de temas que por su naturaleza tienden al subterfugio, a la propiedad de la bronca que se considera innecesaria en función de las buenas maneras, en otras palabras y simplemente: tratar de comprender lo que los artistas quieren decir.
La posición de Willy ante lo que la música es (una idea con una intención narrativa), es tan clara como su posición ante lo que la música puede ser (un suceso y una aventura sin puerto ni amarras). Esto quiere decir que cuando compone en papel así como cuando compone improvisando se guía por un sentido de la forma y el desarrollo, y para el caso Willy es como el Ulises de la Odisea, tiene un montón de recursos (πολῠ́τροπος): lo que no resuelve con astucia o inventiva lo resuelve con su experiencia y bagaje como intérprete y compositor. Es decir, Willy es un artista cuya educación e inteligencia resultan evidentes, pero esto no significa que se trate de un artista intelectualizado, su viscera y su expresividad individual, existencial, un sentido del humor y del drama, de lo juguetón en la ternura y la fragilidad y la seriedad de su arte en una potencia lo caracteriza dentro de la epopeya, de una hazaña en estilo elevado lindando lo maravilloso con lo casi sobrenatural.
La respiración circular (aspirar y exhalar al mismo tiempo) es una facultad que es más o menos requerida de un instrumentista del aliento, pero Willy ha hecho de esta facultad algo más que una herramienta, el sostenido soplar y respirar al mismo tiempo es la manifestación fisiológica de la disciplina académica que respira y la libertad creativa que exhala, y por más que lo he escuchado desplegar esta facultad de su virtuosismo nunca me ha dejado de impactar precisamente porque no es puro virtuosismo. El solo de improvisación para flauta transversal que presentó en la Tehuanita el pasado 6 de septiembre se vio acompañado de los ruidos de la cocina que habitualmente forman parte de los conciertos en esta fonda oaxaqueña, proyecto de Feike de Jong curado por Clau Arancio, junto con los ruidos que se meten por puerta y ventanas propios de la Diagonal de San Antonio en la colonia Narvarte, las motos, los transeúntes platicando y los aviones. En esta ocasión, la cocina se lució con un staccato de cecina paloteada sobre la barra y el cuchillo cebollero en un ritmo a discreción que Willy supo captar con una riqueza de microtonos desde la casi estridencia hasta la sutileza necesaria para armonizar con el pasajero motor de combustión interna. Cuando Willy se preparaba para alcanzar el silencio concordante a la forma elegida de un trance sostenido la cocina se apresuró, como nunca lo había hecho en toda la temporada de conciertos, con un accidente de trastos que se desplomaron estrepitosos sobre el piso, confirmando, por si quedaba alguna duda, la coherencia.