El grano de la realidad

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Yvonne Venegas nos cuenta que tuvo un sueño donde visita San Pedro acompañada de Pierre Bordieu -el sociólogo que supo distinguir cómo operan de manera articulada el poder y la cultura, el gusto y la ideología- y que juntos desentrañaban los misterios de esa sociedad. No es ningún accidente que haya sido un sueño con un sociólogo, la mirada sociológica es cercana a la mirada fotográfica porque tienen una historia conjunta, pero también en el caso de Yvonne porque ella tiene en su trabajo un elemento parcialmente documental, un interés por la realidad. Sus proyectos suelen ser de largo aliento (San Pedro le tomó tres años); las fotografías que toma a veces las revela e imprime después de semanas: el tiempo de capturar, el proceso de revelado, el largo periodo de observar, pensar y editar las fotografías es expresivo de que en su obra la realidad es un mecanismo que por un lado se construye, y por el otro se revela. Su elección del film, la cámara análoga, tiene el sentido de entender la realidad como algo que se reproduce en el tiempo y se revela sobre la sensibilidad del grano en la emulsión, en el caso del proyecto de San Pedro un grano muy fino para poder retratar la clase alta -que debe ser tan difícil de retratar como la clase baja, una cuestión de contraste, de profundidad de campo-. Esta es una de las causas por las que su trabajo es de una sutileza intelectual difícil de aprehender, sus imágenes primero desconciertan un poco al tratarse en principio de cosas muy familiares para luego dar paso a la pregunta por lo que realmente se está viendo.

La secuencia del libro empieza con una fotografía de una casa, la fachada de una casa. Es una fachada que habla de un tiempo, probablemente finales de la década de los 60, y en esto el proyecto es un tanto peculiar, el tiempo es un elemento deslizadizo, difícil de puntualizar -cosa que no ocurre en todos sus proyectos-. Se debe, sin duda y en parte, a que los rituales sociales cambian con mucha lentitud cuando se trata de una sociedad conservadora. El conservadurismo sostiene que el progreso tiene lugar justamente porque las cosas no cambian, y esto se refleja en la moda y el gusto tanto como en el gesto de los cuerpos que confiere a las imágenes de una cierta extemporaneidad, es un signo de la peculiaridad de una realidad, de una sociedad definida como una burbuja que Yvonne no revienta, que en cambio la ilumina para capturarla.

Fachadas hay varias en el libro y todas hablan, naturalmente, de una cierta dimensión. Casas amplias, grandes, que no caben en el encuadre. En el proyecto se encuentra también el motivo recurrente de espacios interiores, patios, albercas y salas vacías. Fachadas e interiores. La tensión entre lo íntimo y lo social es un problema estrictamente fotográfico, no es un problema con el que tengan que lidiar ni la pintura ni la literatura porque la técnica y distribución de estas no implica tomar un fragmento de la realidad para exponerlo a la vista del mundo (en esto Yvonne es acostumbradamente lúcida al observar que en San Pedro la cámara es una máquina especial en tanto representa, proverbial y potencialmente, la mirada del Otro). Esta tensión entre lo íntimo y lo social se juega con particular intensidad cuando una familia -el núcleo de toda vida íntima- tiene y aún busca la posibilidad de una proyección pública mientras procura preservar el código social, como si sus habitantes guardaran un silencio unánime para protegerlo, confiando en la fotografía para preservar y al mismo tiempo subrayar la precariedad de lo fotografiado en una especie de coro silencioso.

De entre las imágenes propiamente arquitectónicas una se distingue porque no se trata realmente de una casa, sino de una casa de juego: una imitación en miniatura de la arquitectura victoriana del siglo XIX estadounidense. Esta pequeña perfección, controlada, imposible, de cuento de hadas, es justamente la sensación que impresionara a la artista, tres años atrás, al visitar el municipio y decidir que debía hacer un proyecto fotográfico. Yvonne cuenta que al cruzar el túnel que une los dos municipios le impacta este mundo inmaculado, es una especie de túnel iniciático que pasa por debajo de una montaña, un túnel que la introduce a este mundo donde todos los contrarios conviven con naturalidad.

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El primer sujeto fotográfico es una niña en un columpio que mira a la cámara con atención, vestida de fiesta, de blanco, y con un enorme moño que acentúa su edad, sus manitas acercándose al rostro. Las fotografías de niñas son una presencia recurrente en un libro que retrata una condición de clase, niñas en la alberca, jugando en las afueras de una iglesia, en situaciones sociales. La presencia de las niñas me parece que es una especie de crítica y confirmación del espacio del ritual, porque no lo respetan cabalmente y hacen una mueca de aburrimiento, de fastidio o de indiferencia y así confirman la existencia de la regla. Los temas de las fotos para este proyecto tenían que centrarse en los rituales porque estos constituyen la memoria de una sociedad: el bautizo, la boda, el cumpleaños, son los escenarios para dar cuenta de una sociedad acostumbrada al lente de la cámara que idealmente culminaría en una revista de sociales, el Sierra Madre, la consciencia y registro de lo sucedido en el municipio. El trabajo de Yvonne sin embargo no podría ser más disímil: la fotografía de sociales no es nunca desconcertante, es estereotípica, pasteurizadora y homogeneizante, oculta las diferencias, el grano de la realidad. La fotografía de sociales es una mirada hostil, una mirada hegemónica, un instrumento del poder. La mirada de Yvonne en cambio se encuadra en la imperfección, sus imágenes están siempre un poco disimétricas, al punto que parecen accidentales -demasiado para tratarse de un fotógrafo profesional o uno amateur-. Imágenes de la novia, de tal personalidad en su sala o recámara, pero no es el ángulo ideal, no es la sonrisa perfecta. No se trata de algo tan trivial como de que la vida se encuentra en los accidentes, ni en el momento justo, se trata de algo más amplio, se trata del concepto de imperfección, la imperfección necesaria para que quepa la cantidad de luz precisa entre el que ve y el que es mirado. El objeto de su crítica es la mirada que oculta cierta realidad a través de una ficción, una ficción de sobreexposición. Su caso es el de la fotografía contra la fotografía.

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El trabajo de Yvonne, luego, es uno crítico de la mirada oficial, la mirada establecida, por todo esto resulta harto sintomático que se lo confunda con un trabajo de sociales, cosa que no sucede en el extranjero, con códigos tal vez similares pero lo suficientemente distintos para que la confusión no tenga lugar, es sintomático porque confirma las tesis esenciales de su trabajo, su ética por encontrar la diferencia y la singularidad en esa trama ideológica, agobiante y aplastante, de la vida perfecta, de la imagen perfecta. Creo que es por estas razones que su trabajo es tan comúnmente incomprendido, porque no hay la ventana ideológica para vernos desde afuera en la compleja problemática de clases de nuestro país. ¿Quién se atreve a ver estas fracturas, estos resquicios sobre todo en la clase alta, y hacerlo libre de prejuicios? El trabajo de Yvonne nos aporta una oportunidad para cualquiera que desee pensar, comprender qué sucede al interior de una comunidad como la de San Pedro, que se especifica por su exclusividad, que por definición no puede verse desde afuera y no puede hablarse desde adentro. Es la oportunidad para pensar la realidad de los que vivimos en el estado, y de tratar de comprender con profundidad y a través de un ojo neutro, un grado cero de sentido, pero el libro de Ivonne es más que eso: es la mirada de una artista que ha sabido aprovechar las condiciones únicas para poder mostrarnos un mundo hermético y en tanto tal rebasa y excede las circunstancias de San Pedro, un objeto de reflexión para cualquiera que en este país u otro se interese por desentrañar las complicadas relaciones entre estética y sociedad.

Erick Vázquez