Música viva.

Música viva.

Hoy fue el concierto inaugural del onceavo Encuentro Internacional de Jazz y Música Viva [sic.], albergado tradicionalmente en el Centro de las Artes, en el que participaron todos los artistas invitados. El concierto abrió con Omar Taméz soplando en una manguera con alguna boquilla integrada, o tal vez era la manguera sola, pero producía al soplarla un sonido largo y ligeramente ululante en un registro bajo muy característico que sirvió para que entrara Karl Berger, un pianista magistral, con unas notas claramente musicales sin ser obvias, es decir, con un gusto exquisito, porque en la música moderna, sobre todo en la que se caracteriza por nacer de la improvisación, lo grosero es hacer música deliberadamente, así como en literatura es de pésimo gusto escribir pensando que se está haciendo literatura. Y el gusto, en jazz, es un elemento esencial, se trata principalmente de buenas maneras, del arte de la conversación. El tercero en entrar fue Wilfrido Terrazas, con su flauta decididamente dionisíaca, siempre muy cerca del desorden, en los límites de la forma; a Terrazas ya había tenido la oportunidad de escucharlo dentro de la Generación Espontánea haciendo cosas mucho más raras, y fue revelador verlo haciendo jazz con participaciones mesuradas, escalonadas con un oído fino y oportuno. Entonces, todo cambió, Ingrid Sertso, quien en el programa de mano se registra como cantante y poeta, se acercó al micrófono y dijo «Music», musitando frases en una modulación chata, frases que no eran sino lugares comunes que habrían de ser reconocidos como poéticos en una escuela secundaria, cosas que me atrevo no sin vergüenza a citar: music…space and rhythm…like a rainbow…butterflies and the drum of the earth. En serio, ¿a quién se le ocurre que es poético decir la palabra «música» en un concierto de jazz? Es tanto como decir «sexo» en medio del acto sexual, bastante poco erótico incluso para estándares adolescentes, y no conforme, la maestra consideraba pertinente intervenir en una métrica de cuatro tiempos, dentro de un marco que se quiere de improvisación libre. Lo peor es que la voz solista en un ensamble instrumental inevitablemente toma el lugar central.

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El contrabajo de John Lindberg y el sax barítono de Sofía Zumbado se encontraban con un tino prodigioso y conscientes de que no se trataba de su espectáculo personal. Hablando de jazz, hablando de improvisación en general, la metáfora de la conversación entre personas inteligentes es insuperable. La improvisación es un arte de damas y caballeros en competencia. La participación de Emilio Taméz fue como siempre impecable, e hizo algunos sonidos solo frotando las baquetas entre sí que disfruté como un cachorro agradecido. Cerca de la media hora de concierto, cuando ya habían empezado a conocerse mejor, decidieron hablar todos al mismo tiempo en una imagen llena de nítidos colores, el piano de Karl Berger desprendía notas continuas sin tocar el pedal para nada, descansando de lleno en la pura lucidez de las notas individuales. Y entonces sucedió de nuevo, a la maestra Ingrid se le ocurrió decir en la misma voz de siempre, con la misma intensidad de siempre: mind…body…intoxication, una y otra vez. Omar Taméz empezó a cambiar de instrumentos y juguetes «encontrados» como curioseando en un bazar, compensando con inventiva y variedad su falta de talento, y descubrí que no importa que se esté en una conversación con un montón de gente interesante, con un solo desentendido basta para dar al traste con la experiencia. Tal vez sea que yo haga mal en esperar un placer absoluto, acaso Omar Taméz e Ingrid Sertso servían de contrapeso para mejor apreciar la calidad de otras ideas, o tal vez haya sido que el concierto se alargó por hora y media sin interrupción, y como le dijo a Nietzsche su propia sombra: «En una conversación larga, aún el más sabio se vuelve majadero una vez o dos, y tres, un pánfilo.» Cerca del final todos tocaban al unísono y todo era confusión, a Omar Taméz, que ya había agotado su instrumental, le dio por empezar a gritar, al principio pensé que había sido el cansancio que jugaba con mi imaginación, pero tuve ocasión de sobra para constatar que efectivamente, el multi-instrumentista aullaba sin parar, como si estuviese en una fiesta con sus amigos en lugar de un concierto público. Como cierre, Omar Taméz pronunció un pequeño discurso que confirmó mi última impresión. Dio unas palabras de bienvenida para decir que el Encuentro se trataba de música viva, tomándose la molestia de aclarar que la música viva la hacen los seres humanos que no están muertos, y presentó una buena parte de los músicos como sus amigos cercanos, a quienes invita invariablemente al Encuentro. Se trata pues de una fiesta privada organizada con recursos públicos a la que somos generosamente invitados, como comúnmente sucede en la provincia con esta clase de proyectos que seguramente si fuera de otra manera nadie más se tomaría la molestia de organizar.

Erick Vázquez.

La Generación Espontánea

La generación espontánea.

Una descripción por escrito, cualquier descripción,
es, inevitablemente, una distorsión,
una osificación de un proceso que era fluido,
amorfo y casi del todo empírico.

Derek Bailey

Cuando el joven Arnold Schoenberg componía en su pequeño departamento en Berlín sufría constantes interrupciones por parte del campanario de la catedral, de la que vivía cerca. Se encontraba el maestro en suma concentración y de pronto ahí estaban las campanas. En una carta a su amigo Gustav Mahler le contó su infortunio y Mahler le contestó: ¿Y por qué no las agregas? Algunos años después Mahler se hizo de una cabaña, lejana en la montaña, para evitar cualquier distracción -porque al parecer la interrupción es el chamuco de los compositores y los amantes- y desde ahí le escribió a su amigo Schoenberg para quejarse de las vacas que pastaban con sus cencerros, Schoenberg no la dejó pasar y le respondió: Maestro, ¿y porqué no agrega los cencerros? Y así lo hizo, pero cosa curiosa, que el revolucionario emancipador de la disonancia y el maestro del más fino y a veces hasta rasposo sarcasmo no toleraban las interrupciones. La música «seria» carga con este estigma, acaso por el peso de la soberana historia del arte europeo, de ser la suma de los mundos individuales de los compositores que han escuchado exclusivamente las voces de su muy celosa inspiración. En esta suma, la improvisación sigue siendo la pariente pobre, y está en ella ser así, nunca aceptada en occidente como una de las formas musicales, con su muy merecido y siempre negado lugar al lado de la sonata o el olvidado impromptu, o para llegar mucho más lejos, con Ferand, nunca reconocida como la madre de las formas musicales.

Hace poco asistí al concierto de un ensamble llamado «La Generación Espontánea». El nombre propio se debe precisamente a que sus creaciones musicales se inscriben de lleno en la improvisación y a un peculiar sentido interpretativo de los instrumentos en sí. El nombre les ha quedado perfecto.

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La historia de la teoría de la generación espontánea es una muy bella, tanto como la teoría heliocéntrica, o la alquimia y su búsqueda de la piedra filosofal, el casi justificado afán de convertir el plomo en oro. En principio, la teoría de la generación espontánea dice que es posible la generación de la vida de seres organizados a partir de objetos desorganizados, o seres animados a partir de objetos inanimados, el ánima puede surgir de la quietud, un escarabajo podría nacer de la tierra, un molusco de un coral, una mariposa de la nube. Con el nacimiento de la ciencia moderna y los nuevos instrumentos la teoría se sofisticó hasta grados microscópicos, hasta que llegó Luis Pasteur a aguar la fiesta, y de pasada, según algunos nutriólogos modernos, a arruinar el sistema inmunológico de los humanos. Fue un caso de los que T.H. Huxley llamó la continua gran tragedia de la ciencia: el asesinato de una hermosa hipótesis a manos de un hecho bruto. Ahora no podemos concebir la generación espontánea sin sonreír, pero las leyes musicales no se ajustan a los leyes de la biología, no siempre en todo caso.

La experiencia de ver la Generación Espontánea en concierto ha sido muy educativa. De hecho, ahora que escucho su grabación «Cátedra», no puedo evitar imaginar cómo es que están haciendo las cosas que hacen, porque parecen determinados a no tocar los instrumentos como lo enseñan en el conservatorio, desde las nuevas técnicas en el uso de los instrumentos hasta la invención de intervenirlos por medio de artefactos ajenos, un ábanico de mano en la guitarra, un clavo en el platillo de la batería, el rechinido de un globo, con el resultado de una riqueza de texturas cada vez insospechada y una secuencia accidentada de clusters armónicos que rayan en la naturalidad, muy cerca del ruido. En la Generación Espontánea la música está libre de línea melódica, lo que la estructura es más bien una superposición de registros, no hay tema y desarrollo, o bien el tema es simplemente un sin fin de pulsaciones, de aliento, de percusión, instantes abruptos o pausados de ritmo, una creación constante, y esto, sencillamente, antes del 1946 no se llamaba música, aún, de acuerdo a la más autorizada academia, no lo es. ¿Es música concreta? No. Si bien la asociación es posible -a mí me gusta-, porque el Estudio sobre los caminos de fierro de Pierre Schaffer en 1948, compuesto por entero con sonidos de tren, silbatos de la estación y otros sonidos similares, es muy hermoso, y fue perfectamente coherente que la música de Schaffer haya nacido en una estación de radio durante la resistance. Efectivamente, la genealogía de esta música se puede rastrear hacia los inicios de la llamada «Música Nueva», pero la línea de parentesco es meramente una deuda feliz, porque el trabajo de la disonancia en la Generación Espontánea, a diferencia de aquellos, no está signada por los estragos, por ser hijos de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Si bien los juegos de textura y dinámica son desconcertantes, no por eso son la experiencia horrenda de Penderecki o los escalofriantes exploraciones de Xenakis, esta es la música sin las ataduras de un prejuicio contra la disonancia o contra la ausencia de las formas -si bien la forma sonata puede ser reconocida si se la quiere a chaleco por ahí- se trata del puro goce, un goce sin edad, sin historia, de la libre asociación de los sonidos.

Según Darwin, un pensador clave en la histórica polémica de la generación espontánea, la vida se produce bajo el principio del tema y variación, como en el jazz clásico, o en las exploraciones de Johann Sebastian Bach. La teoría de la evolución es lo que Schoenberg le dijo a John Cage que la música era: la música es repetición, repetición y variación, y la variación es también repetición. Acaso debido a la cultura dominante, con respecto a la improvisación y en particular a las cosas que hace la Generación Espontánea, como con otras manifestaciones del arte moderno, para acceder al placer se necesita ser o un verdadero conocedor de la materia, o tener un alma de niño. Para mí la gran enseñanza de esta música es haber aprendido a escuchar las notas en el rechinar de mi portón, que me resisto a engrasar porque he llegado a amar su poderosa secuencia, el camión de la basura, con su largo, sostenido lamento, melancólico como el canto de una ballena, sus campanas casi religiosas, el concierto de un taller industrial, con sus sonoros agudos en sí mayor, el bostezo de mis perros y el gran repertorio de las cosas del mundo, como fuente de placer sin fin, porque Dios sabe que lo que no se puede encontrar en esta vida es silencio.

La distancia radical de la improvisación para con la música compuesta revisión tras revisión es una imperfección fundamental, gracias a que se suele practicar en conjunto, pues la improvisación, como orgullosamente los que la experimentan como un estilo de vida no dejan de recalcarlo, es una práctica, no menos que una doctrina. ¿Porqué la discusión acerca de la generación espontánea ha resurgido en la historia, tan recientemente como la era victoriana? Porque dejando de lado las experimentos científicos es una discusión acerca de la coherencia del universo, del azar y la lógica de la consecuencia, la existencia de Dios o el sentido de la existencia a nivel biológico, porque si la teoría de la generación espontánea fuese una posibilidad ninguna religión se sostendría ni la naturaleza tendría leyes estables para decir quién vive y quién muere. La improvisación es una de las formas más serias en la ambición de hacer algo real, con vida propia, verosímilmente, y contra la opinión de Hegel, la más completa forma de las artes.

Erick Vázquez.