Elena Pardo y la improvisación y el cine

 

Elena Pardo se encuentra en el cine ahí donde los instrumentistas se encuentran en la música con la improvisación. A lo mejor esta es una frase muy rebuscada, y probablemente también un poco inexacta, pero denme chance y me explico: El sábado pasado, en el Vernacular Institute, Tavo Nandayapa, Sofía Escamilla, Don Malfon, Misha Marks y Carlos Alegre se presentaron junto a Elena en un evento titulado “Ruido Visual”, título que creo distrajo de la naturaleza del evento porque, como le dijo Remi Álvarez a una entonces muy joven Eli Piña: ¿Pero, que no todo es ruido? Remi le quería decir a Eli que se despreocupara de categorías, lenguajes, divisiones arbitrarias y artificiales propias de la historia, que el pasado nos debería preocupar tanto como el futuro. El hecho de que una cineasta pueda improvisar igual que un artista del sonido comprueba e implica, efectivamente, que los filósofos a lo largo de su tradición fallaron el penal, una y otra vez, con la sola y célebre excepción del golazo de Wittgenstein, que no quiso distinguir la ética de la estética.

Como es el caso de todos los artistas que participaron esa noche, la improvisación libre es un aspecto más de entre los muchos intereses de Elena, para dar un ejemplo: su trabajo documental sobre la explotación minera en Oaxaca y Zacatecas, que refleja su profundo compromiso social, naturalmente congruente con su exploración del lenguaje cinematográfico en el llamado “cine expandido” (naturalmente, porque para hablar de los problemas socioeconómicos de la contemporaneidad es indispensable hacerlo con un lenguaje no colonizado). Tanto en sus proyectos más planeados, como para improvisar, Elena trabaja combinando distintos recursos del cine expandido, para este sábado en el Vernacular utilizó un tendedero con loops de film de aproximadamente 10 segundos, y tres proyectores de 16 milímetros, para sus composiciones, evanescentes y sucesivas, en el tendedero las películas divididas en líneas, colores, círculos, imágenes tomadas de agua y plantas, imágenes recuperadas de algún archivo. Las imágenes son distintos materiales que Elena ha ido fabricando a lo largo de años, en su mayoría material intervenido manualmente, film perforado, rayado con dremmel o a mano con un alfiler para dibujar sobre la emulsión.

Entonces, como iba diciendo, la improvisación libre es un aspecto más del trabajo de Elena Pardo, pero no es un aspecto entre otros, por lo menos no para la comunidad de la impro, porque, en términos de la dinámica creativa, esa noche en el Vernacular, como en las anteriores ocasiones en que ha colaborado con los músicos de esta escena, hacer música y hacer cine no se distinguen: tanto Elena, como Misha, Carlos, Sofía, Alfonso y Gustavo, se encontraron en el mismo plano artístico. Todos trabajaron la imagen en igualdad de términos, el cine no estaba meramente ilustrando lo que sucedía en la música ni viceversa, creación pareja tal vez en virtud de la libertad propia de la improvisación, tal vez gracias a que comparten herramientas y usos análogos al cambiar e intercambiar recursos fabricados por sus propias manos e instintos individuales, y muy posiblemente por el grado de abstracción involucrado, lo acústico y lo visual confluyeron en ser sencillamente imagen, y la experiencia del evento fue coherente en tratarse de un flujo temporal único e irrepetible.

Tal vez haya sido porque la experiencia tan palpable, la naturaleza del evento tan sensorial, la ausencia de un lenguaje establecido tanto en film como en música, el evento me recordó algo que en la Historia del arte es muy fácil de olvidar: que la abstracción empieza y acaba con la consciencia de la materia, en específico, del material con el que la artista está trabajando. Elena trabaja sobre la emulsión y la película, manipulando en tiempo real los proyectores, así como los artistas del sonido están plenamente conscientes de la materialidad de sus instrumentos, de la calidad física del sonido, como cuando Don Malfon captura con latas de aluminio las frecuencias que salen de la boca de su saxofón para regresarlas o redireccionarlas. Es fácil de olvidar tal vez por el uso común que ha recibido la palabra “abstracción”, que en la lengua ordinaria remite a cosas que no están en la realidad inmediata, cuando justamente se trata de lo contrario. La imagen visual se distingue de la imagen acústica en la transducción oftálmica y timpánica, pero una vez en el sistema nervioso, la imagen es sencillamente imagen (deberíamos incluir la piel y el tacto, porque es así también como escuchamos). ¿Qué es la imagen? La coordinación del sujeto en el espacio. La abstracción, es decir, la música consciente de su naturaleza vibratoria a través del aire y divorciada de sus lenguajes históricos, la visualidad autoconsciente de su naturaleza luciérnaga y amnésica de sus usos narrativos, resultan ambos en una exploración sobre la naturaleza de la pura imagen, la imagen en sí. ¿Qué es la imagen? La presencia desnuda de símbolos.

Por supuesto, y tal y como sucede en cualquier concierto de improvisación libre, hubo momentos en los que cada quien estaba por su lado, instantes de búsqueda errantes, pero eventualmente sucedió ese momento, tan misteriosamente frecuente en la escena de la improvisación libre, en el que todo pareció como planeado, el sonido saturado de las percusiones se acolchó en un vaivén por todo el cuello del cello, el violín y Latarra se reunieron en pellizcos puntillosos que se agitaron hasta casi lo insoportable con las subidas y subidas del sax, hasta que reventó la imagen entera precipitándolo todo hasta el silencio y la obscuridad. ¿Qué es la imagen? El tiempo sin otro referente que el tiempo mismo. La extrema contemporaneidad de los artistas esa noche nos hizo el regalo de asistir a un evento para el que la Historia estaba preparada, pero en donde la historia claramente no se estaba repitiendo, en ningún sentido, en ninguno de nuestros sentidos.

Erick Vázquez

La Generación Espontánea+Galia Eibenschutz en el Vernacular Institute

La improvisación libre no requiere ensayos, lo que normalmente hacen los músicos es ponerse de acuerdo acerca de algunas ideas unos minutos antes del concierto, ideas que tampoco se van a seguir rigurosamente. Para el concierto de antier, la Generación Espontánea invitó a la artista de performance Galia Eibenschutz y convinieron en que la artista se moviera por la casa del Vernacular Institute, en donde los músicos estarían repartidos a discreción, y los artistas responderían al ir y venir de la performer.

Tocar a los músicos es una especie de tabú, una especie de transgresión a la moral que se debe haber establecido en la corte real, cuando tanto el cuerpo de los intérpretes como la música misma eran propiedad divina de la autoridad del rey, y Galia, muy consciente de la extraordinaria circunstancia, actuó a la altura de la libertad, saltando entre los charcos de la lluvia recién caída, variando la calidad del contacto entre los músicos: Misha Marks traía una tuba saousafón desarmada que empezó a arrastrar por el piso como trastes de cocina bien temperados y Galia empezó a hacer vibrar su cuerpo consonante, se acercó a Fernando Vigueras para despeinarlo y Fer entendió que tenía que tocar la guitarra con un arco como una viola da gamba, luego Galia recorrió el pasillo para delicadamente abrazar a Natalia Pérez Turner despertando los ataques en el cello, pasó por las escaleras incitando los golpes secos del clarinete bajo de Ramón del Buey, y fue a encontrar a Alex Bruck que estaba por ahí abajo preparado para sumarse con la viola. Todo esto sucediendo entre el público acomodados como mejor pudimos en un escenario que no está diseñado para un concierto, y que justo por no ser un espacio de disposición institucional permite que suceda lo impensable: que todos nos sintamos incluidos en la experiencia artística y partícipes de la alegría de un juego espontáneo, producto consciente de una historia musical que culmina con la emancipación de la técnica y las formas.

Foto: Mónica García Rojas
Foto: Mónica García Rojas

Cuando entró Willy Terrazas el resto del grupo dejó sus instrumentos para dejarlo en un solo de flauta transversal, un espacio para darle la bienvenida con el afecto y respeto correspondientes a volver a tocar juntos tras de un par de años de ausencia, y Willy se siente efectivamente como el flautista de las fábulas, hipnótico en la sobresaltada movilidad entre las claves sostenida por una respiración circular estable que lo caracteriza, tanto cuando improvisa como cuando compone en papel.

Foto: Mónica García Rojas

Después de que se empezó a sentir que el solo de flauta terminaba el resto de los músicos decidieron que era el momento de la integración, pero tuvieron un poco de problemas para encontrarse, tal vez porque debe ser difícil adaptarse a la intensidad sonora de Willy, que sin el cálculo adecuado puede ser un vórtice, tal vez por la sencilla razón de que seis solistas que se ponen de acuerdo en un instante sucede con la misma frecuencia de un acto divino —y eso es lo curioso de la improvisación libre, que en ausencia de tonalidad o lenguaje de base, es aún claro para un escucha sin preparación musical darse cuenta de una coordinación, de un movimiento en una misma dirección—. La confusión duró apenas un momento, de pronto ya todo era una misma masa crítica, Fernando y Misha bajaron las escaleras y Galia decidió intensificar el contacto y el juego, precipitando una culminación. Esto es lo que pasa cuando una performer experimentada se encuentra con músicos con la disciplina e imaginación, la flexibilidad que requiere la improvisación, que de tan libre parece planeada. La Generación Espontánea cumple diecisiete años y este fue uno de los festejos previos al concierto de celebración que va suceder en algún momento del próximo septiembre, para ser un festejo previo dejaron la barra bastante alta.

Erick Vázquez