El solo de Sofía Escamilla

A lo mejor no son tantas las razones detrás de la improvisación libre, como si puede haberlas infinitas para la poesía, para el arte conceptual o la fotografía. El instinto o pulsión de una artista en la improvisación no varía mucho, suele ser una exploración de su ser, y en Sofía Escamilla esta exploración es muy consciente, deliberadamente sensible, perseguida al rededor de los límites sonoros de su instrumento elegido. El lunes pasado en la Tehuanita el concierto —que organizó Ryan Fried para festejar el cumpleaños de Eli Piña improvisando con Arturo Baez, Emiliano Cruz y Elliot Levin— abrió con un set de Sofía para violoncello solo, conectado a un amplificador y pasado por dos pedales, uno de coro y otro de puente en las octavas. Comenzó con el borboteo de una motocicleta que prendida no se apartaba de la banqueta cerca de las ventanas de la fonda y sirvió de fondo a la pica o puntal del cello que Sofía paseó por el piso cuadriculado de cerámica, dibujando un espacio sinuoso y repiqueteante cuando brincaba por los bordes de los cuadros, un espacio que se abrió desde la base del cello en su anatomía menos consonante, diseñada en principio para fijar la estabilidad inmóvil del instrumento.

Foto cortesía de Rafael Arriaga

Al rasgueo saltarín sobre el piso aparecieron como acompañamiento de un nuevo tema punteos con los dedos sobre el brazo cerca del clavijero, y se abrió la oportunidad para que el arco raspara cerca del puente y sobre el cordal, sumando la distorsión de los pedales todo aquello sonaba a todo menos al sonido tradicionalmente cantor de un cello. Hubo momentos en que el arco se paseó cerca de las efes, por donde se supone que el diseño del instrumento indica la sonoridad pertinente, pero sólo para hacer un punto: que todos los sonidos que permite el instrumento, indicados por la tradición o no, tienen la misma validez, la misma pertinencia, que todos son hermosos, terribles y tiernos, en completa independencia de un sentido de la frase y de lleno en la identidad de su registro, ya sea rechinando las tapas con la mano, saturando con pedales la estructura de un ostinato, abusando la fricción de las cerdas sobre el puente, todo el cuerpo del cello tiene el mismo valor, y esta búsqueda y convicción de Sofía la ha conducido naturalmente a modificar la postura en la silla, levantarse, moverse y eventualmente abrir la boca para dejar salir la voz, porque su voz es la del cello y el cuerpo del instrumento una extensión de su propia corporalidad con la que conversa. Improvisar para Sofía es aventurarse a su interior a ver qué encuentra y descubre qué es con la ayuda de las escuchas, explorar la anatomía del cello es explorar la anatomía de su alma. Creo que para la gran mayoría de los artistas de la improvisación este es más o menos el caso, pero, repito, para Sofía, este es de manera más que explícita el punto de partida y de llegada.

Foto cortesía de Rafael Arriaga
Foto cortesía de Rafael Arriaga

Ninguna otra práctica conocida por mí permite mostrar un trabajo en pleno proceso, presentarse ante una audiencia para exhibir una exploración tentativa basada en un impulso que habrá de tomar una forma por la vía de la intuición confiando en que el talento se encuentre con el azar. Ni el cuento, ni la escultura tradicional, ni el performance ni la danza, mucho menos la poesía escrita que es, según Hegel, la forma más acabada del espíritu en donde nada sobra ni falta, permiten mostrar un arte en proceso que transmita con suficiencia la intención, ni siquiera el arte conceptual, que ha proclamado que el proceso es lo que importa y no el producto final, cuenta con la libertad propia a la improvisación libre de presentar un proyecto en vías de encontrar una forma acabada; tal vez las matemáticas y el amor sean la muy singular excepción, que junto con la improvisación libre se encuentren entre las prácticas de lo humano que son generosas para una demostración de lo que apenas es una hipótesis y ser recibidas con la validez de una conjetura que no es menos digna que una certeza.

Siempre me da un poco de risa citar a Hegel porque en sus Lecciones de Estética afirmó, junto con la supremacía de la poesía, la incapacidad de la música para expresar con justicia las dimensiones del espíritu. La música es amorfa y por lo tanto su símbolo indeciso, decía más o menos el filósofo, que sabía poco o nada de música y pensaba que el estudio de la partitura era el mejor método para comprender un arte que se aparece y desvanece con la presencia. Creo que a Hegel le molestaba todo lo que no se dejara atrapar por la disección entre forma y contenido porque le impedía leer la manifestación del espíritu, es decir, la forma individual, subjetiva, de una Historia objetiva. Y Hegel, para variar, tenía razón: la música es efectivamente el ejemplo por excelencia para ilustrar que forma y contenido son indisociables, pero es justamente por esta realidad inseparable que la música concentra todas las problemáticas propias del arte, si bien una improvisación libre como la de Sofía se desarrolla sobre el principio de hacer externo algo íntimo, no se trata de escapismo, al contrario, es una confrontación, se trata de una búsqueda que se hace poniendo en crisis no sólo su experiencia del mundo y su persona, revelando el misterio anatómico de que lo íntimo está afuera y adentro, sino que también pone en crisis el concepto de instrumento, el concepto hegemónico de música, todo mediante un acto de resistencia individual al centro de una comunidad que no puede resultar más que político.

Erick Vázquez

 

Willy Terrazas en la Tehuanita

¿Qué quiere decirnos Willy Terrazas con todo su soplar y soplar? Hay músicos que se concentran en hablar consigo mismos a través del público, que gracias a la presencia de la escucha de los otros se escuchan mejor a sí mismos y se descubren y se siguen descubriendo; hay músicos que se entregan de lleno a su audiencia y se escuchan a sí mismos en un segundo plano en un trance delirante; hay músicos que se encuentran navegando entre ambas corrientes, entre el conocimiento de sí mismo ensimismado y la escucha atenta a lo que sucede en el mundo con su sonido y su silencio. Creo que éste último es el caso de Willy, por su naturaleza pura de artista y gracias su extenso entrenamiento académico y como compositor, así como por su muy temprana aventura en las turbulentas aguas de la improvisación libre.

Es imperdonable que no haya escrito antes un texto sobre Willy Terrazas pero supongo que se me puede excusar por la cantidad de investigación que requiere un artista con más de cien grabaciones, miles de conciertos, el fundador y posterior heraldo de la que según algunos datos es la anti banda más vieja de improvisación en América Latina. La verdad es que no terminé mi investigación y decidí que era más importante escribir ya antes que el azar haga de las suyas de nuevo con mis decisiones. A fin de cuentas, la función de un crítico no es tener la razón (obligación de los lógicos), ni evitar la contradicción (escarnio de los filosófos), ni siquiera tenemos la obligación de ser congruentes con lo que dijimos hace un año o hace un mes (observancia de los historiadores), la única chamba de un crítico es plantear una discusión pertinente que abra la opción de hablar de temas que por su naturaleza tienden al subterfugio, a la propiedad de la bronca que se considera innecesaria en función de las buenas maneras, en otras palabras y simplemente: tratar de comprender lo que los artistas quieren decir.

La posición de Willy ante lo que la música es (una idea con una intención narrativa), es tan clara como su posición ante lo que la música puede ser (un suceso y una aventura sin puerto ni amarras). Esto quiere decir que cuando compone en papel así como cuando compone improvisando se guía por un sentido de la forma y el desarrollo, y para el caso Willy es como el Ulises de la Odisea, tiene un montón de recursos (πολῠ́τροπος): lo que no resuelve con astucia o inventiva lo resuelve con su experiencia y bagaje como intérprete y compositor. Es decir, Willy es un artista cuya educación e inteligencia resultan evidentes, pero esto no significa que se trate de un artista intelectualizado, su viscera y su expresividad individual, existencial, un sentido del humor y del drama, de lo juguetón en la ternura y la fragilidad y la seriedad de su arte en una potencia lo caracteriza dentro de la epopeya, de una hazaña en estilo elevado lindando lo maravilloso con lo casi sobrenatural.

La respiración circular (aspirar y exhalar al mismo tiempo) es una facultad que es más o menos requerida de un instrumentista del aliento, pero Willy ha hecho de esta facultad algo más que una herramienta, el sostenido soplar y respirar al mismo tiempo es la manifestación fisiológica de la disciplina académica que respira y la libertad creativa que exhala, y por más que lo he escuchado desplegar esta facultad de su virtuosismo nunca me ha dejado de impactar precisamente porque no es puro virtuosismo. El solo de improvisación para flauta transversal que presentó en la Tehuanita el pasado 6 de septiembre se vio acompañado de los ruidos de la cocina que habitualmente forman parte de los conciertos en esta fonda oaxaqueña, proyecto de Feike de Jong curado por Clau Arancio, junto con los ruidos que se meten por puerta y ventanas propios de la Diagonal de San Antonio en la colonia Narvarte, las motos, los transeúntes platicando y los aviones. En esta ocasión, la cocina se lució con un staccato de cecina paloteada sobre la barra y el cuchillo cebollero en un ritmo a discreción que Willy supo captar con una riqueza de microtonos desde la casi estridencia hasta la sutileza necesaria para armonizar con el pasajero motor de combustión interna. Cuando Willy se preparaba para alcanzar el silencio concordante a la forma elegida de un trance sostenido la cocina se apresuró, como nunca lo había hecho en toda la temporada de conciertos, con un accidente de trastos que se desplomaron estrepitosos sobre el piso, confirmando, por si quedaba alguna duda, la coherencia.

Erick Vázquez

Retrato cortesía de Rafael Arriaga