Javier Frausto en el Teatro Lola Cueto

Cada vez que he asistido a la serie Doppelgänger, concebida por Marco Albert en el teatro Lola Cueto, vuelvo a pensar lo importante que es la función de la curaduría para recordarnos que realmente nunca terminamos de conocer a los artistas, y en particular y para el caso mucho menos a los que improvisan; para esta escena mucho de la curaduría consiste en el trabajo de buscarles un contexto de escucha adecuado para el concepto del que se parte. En la intimidad del teatro diseñado para marionetas se escucha sin esfuerzo la respiración, se aprecia la baba escurriendo de la llave del desagüe, el claquetear de el puro manejo del trombón entre las varas y las llaves que es tan trascendente para Frausto en su experiencia de un instrumento tan potente, la sutileza de la potencia neumática en todos sus matices, los rasgos de lo que bajo el concepto del doble se acercan a comprender la relación de un artista con su instrumento de la que tan poco se habla y que Albert con su curaduría señala.

Cuando John Cage y Merce Cunningham se encontraron se unieron el amor por el silencio y la pasión por el movimiento en sí, en torno a este encuentro se concentraron más artistas con la ocasión de manifestar su vocación por la danza sin la necesidad de someterse a la violencia de una disciplina académica que tan comúnmente mata la infancia originaria, su interés por el sonido sin tener que someterse a lo que se suponía debía ser la música. En el espacio improvisado de un piso donde se reunían, un bailarín, después de observar todos los días a los trabajadores frente a su departamento durante sus lunch breaks, presentó el proyecto coreográfico de comer un sandwich sentado, otro día alguien más presentó una obra donde todo lo que hacía era mover los muebles del piso para acomodarlos dentro del estudio de Cunningham. Liberar la danza de la idea de la coreografía clásica consistió en otorgarle a los movimientos cotidianos la dignidad del signo y reconocer en la vida moderna la potencia del absurdo. Ahora, yo sé que Javier no estaba pensando en el Black Mountain College cuando concebió su performance, pero creo que la herencia de los artistas que liberaron a la danza de la coreografía y a la música de su lenguaje establecido es un tesoro que gozamos, como toda herencia, cultural o natural, sin la necesidad de una conciencia geneaológica.

La práctica de un instrumentista, sobre todo la de un músico como Javier, que participa en ensambles y sinfónicas, tiene toda una vida que se invisibiliza a la hora del escenario, una vida de repetición incesante de pequeños movimientos, de ajustes del instrumento, una memoria muscular asociada a una carga de angustia ante la posibilidad de la nota equivocada —que en los metales dentro de una sinfónica es un manchón de aguacate en camisa blanca— mezclada a una amorosa devoción a las varas del trombón como una extensión de los propios hombros, brazos, manos y punta de los dedos, una extensión inaudita entre la exalación del aliento en la boca y la largura hacia la campana. El performance de Frausto en el Lola Cueto fue una expresión nítida de toda su vida con el trombón, casi todo se trató de él como si estuviera probando, armando, desarmando, repitiendo una y otra vez el gesto del brazo, de la mano sobre la extensión, poner la sordina y devolverla al tripié, una y otra vez, absurdo y angustiante a ratos, tierno y divertido otras, profundo en la trivialidad de movimientos del cuerpo conviviendo con una herramienta de trabajo que organiza una vida entera. Sonando poco la campana de manera tradicional, arriesgadamente muy poco si consideramos que se trataba de un concierto, pero de esto se trata justamente la curaduría, de abrir las puertas de lo insospechado para hablar de cosas necesarias, y esta es la altura a la que respondió Javier al aceptar el riesgo. Cuando he hablado con artistas de la música muchas veces he tratado de que me hablen de su relación con el instrumento y sus respuestas son invariablemente frustrantes para mi curiosidad y ahora entiendo el porqué, porque la respuesta no podría ser satisfactoria más que de manera performática, mostrando ese universo tan privado de la práctica y el ensayo donde parece que no pasa gran cosa y donde se prepara el espectáculo de la existencia. Frausto pertenece a la curaduría de Albert porque improvisa, es decir, porque sabe que el error no existe, y durante su armar y desarmar los dos trombones con los que malabareaba su destino se le presentó la oportunidad, el trombón se le cayó al piso con un retumbar que tintineó con toda la majestad del accidente y que aprovechó para agacharse a recoger ese manojo de tubos abrazándolos como un ramo de flores de tallos enteros y soplarles delicadamente para llegar al silencio y a la inmovibilidad y al final de su acto. El punto de Javier Frausto es que todo esto tiene todo qué ver con la música, que todo esto es la música,  si fue un concierto o un performance da igual porque su sueño es emancipar esa diferencia, emancipar la diferencia ya a estas alturas absurda entre la música idiomática y la experimental mediante la aventura de atravesar el edificio tambaleante de la improvisación mientras nos mostraba el andamiaje.

Erick Vázquez

El solo de Natalia Pérez Turner en el Teatro Lola Cueto

Un solo de instrumento se extiende, dentro de los convenios no escritos de la improvisación libre, alrededor de la media hora como máximo de duración, porque es un período de tiempo aceptable al grado de exigencia en la atención requerida por una forma sin tema, sin repetición y sin variación, periodo de tiempo aceptable antes que la concentración de un público, incluso un público preparado, divague entre las ganas propiamente orgánicas de empezar a reacomodarse en la silla, descansar el oído sometido. Pero ayer, el solo de Natalia se prolongó a lo largo de una hora y veinte minutos. El concepto de la curaduría de Marco Albert para este ciclo en el Teatro Lola Cueto se organizó bajo la palabra alemana Doppelgänger, que se traduce literalmente a algo así como “el doble que camina al lado de uno mismo”, haciendo en este caso alusión al instrumento que para un artista es como su otro, extensión de sí mismo, su reflejo y su fantasma existencial, su doble realidad que proyecta en el sonido todo lo que el cuerpo mantiene en un silencio lingüístico, y Natalia Pérez Turner se tomó el compromiso de esta idea, consigo misma y con su instrumento, con consistencia perfectamente consecuente.

Es un lugar común decir que el violoncelo es el instrumento más cercano a la voz humana, es algo que se dice por el rango de los graves a los agudos del soprano que se alcanzan en el cello con la facilidad de una expresión cantable. En el caso de Natalia, esta metáfora técnica es una realidad que desborda la tradición clásica, porque no hay parte de la anatomía del instrumento que no se explore con el arco, con los dedos y la palma o el puño. Comenzó caminando en el escenario con un arco en cada mano, rasgando el aire, apenas audible pero no era el punto, el punto era la dimensión de un espacio que desdibuja la idea de que tocar el cello empieza con estar en una silla atacando las cuerdas y termina con el silencio de la artista que se incorpora y acepta los aplausos; el punto que estaba sugiriendo Natalia discretamente rasgando el silencio con las cerdas alrededor del escenario es que la música empieza mucho antes de propiamente tocar el instrumento y no se acaba con el concierto, y tal vez sea así con otras artes también, notoriamente con la poesía, pero en virtud del evento sonoro y siendo fieles a la naturaleza de la memoria acústica la huella sonora se extiende, en tanto propiedad del tiempo, en todas direcciones, sin horizonte perceptible.

Cortesía Rafael Arriaga

Es una suerte para mí que este concierto haya tenido lugar justo en la fecha en la que se cumplen dos años de mi estancia en la Ciudad de México, que comenzó con un texto sobre Natalia, y que no es coincidencia que haya publicado hace exactamente un año atrás, el pasado veintisiete de marzo, cuando las jacarandas volvían y vuelven ahora de nuevo, otro texto sobre otro solo suyo en un ambiente punk del centro de la ciudad, ambiente que ilumina un aspecto del arte de Natalia,. Tal vez las coincidencias no existan en materia de arte. Ahora, me voy a poner un poco técnico y pido un poco de paciencia porque quiero llegar a algo: una vez sentada en su silla acomodó la pica en la base y aprovechó el toqueteó con la duela sólo un poco, lo necesario para darse cuenta que aquello era una parte no esencial o que no le interesaba tanto, comenzó con toquidos a la puerta de la espalda del instrumento y luego en el cara frontal, como un cardiólogo que verifica la consistencia de una caja torácica, y procedió a frotar con el arco sobre la cuerda de Do, la primera en el orden del cordal y en la organización cromática de la clasificación del cello en el grupo de las cuerdas. Sobre la cuerda de Do rasgó agresiva, acarició tenuemente, alargó la nota sosteniéndola pero no demasiado antes de deformarla, y una vez que decidió que la cuerda de Do había tenido suficiente pasó a la de Sol y Re, en pasos dobles, para terminar en la cuarta y última de La, experimentando en cada paso, variando la afinación, tomándose su tiempo, calando la tensión y la supervivencia de cada proposición intercalando pizzicatos y manotazos sobre el cuello, a veces en cadencias dulces y exquisitas. Todo este trayecto se caracterizó por un amplio sentido del rango dinámico sumado a la variación tímbrica en un solo glissando, que terminaba conduciendo a otro giro de la muñeca que tomó la manera de un acorde doble más agresivo o abrupto, que le daba la opción de aflautar con el arco ligero sobre el puente, y esta transformación, que es característica en Natalia en cuanto a extremo y mesura, es probablemente una de sus formas favoritas de la frase. Lo que quiero decir con esta descripción es que para la artista, caminar con su doble es conocerlo bien, tan íntegramente como sea posible, y que conocer a la perfección el propio instrumento, conocerlo hasta que ya no guarde más secretos, es al contrario de lo que el sentido común nos podría indicar de un cuerpo con limitaciones y medidas específicas, una tarea imposible. El cello siempre va seguir guardando alguna sorpresa para Natalia justamente porque lo reconoce como su sombra, y cada vez que se acerca a conocerlo mejor se descubre en una nueva dimensión armónica de ella y su persona, lo que hace de Natalia Pérez Turner una maestra del instrumento como una maestra de la confrontación consigo misma en el vacío de la improvisación libre, adentrándose en sí para escucharse y descubrir, con la dignidad propia de una artista comprometida sí con su audiencia pero sobre todo con su honestidad irreprochable, lo que en música quiere decir que no hay un sólo sonido, una sola pausa que no le sea dictada por su corazón, para lo que cerca de una hora y media apenas fue suficiente.

Erick Vázquez

Cortesía Rafael Arriaga