Hace algunos años mi hermana, muy involucrada en la educación de sus pequeños, me invitó a una exclusiva reunión de maestras especializadas en pedagogía constructivista congregadas en torno a la persona de Jerome Bruner, pionero de la psicología cognitiva, figura fundamental de la enseñanza para niños en los Estados Unidos. Como cualquiera frente a su héroe, le abrumaron con preguntas acerca de la creatividad, de lo que puede y debe enseñársele a los niños, de la naturaleza de la formación; Bruner, como cualquier héroe de leyenda, sencillo respondía con anécdotas, elipsis, parábolas y chistes. A la pregunta por la creatividad respondió que cuando era un adolescente se juntó con sus amigos para competir en la gran carrera en bote alrededor de la isla de Manhattan. Desarmaron el motor para recubrir con teflon los cilindros, mezclaron la gasolina con jabón para trastes y pulieron la proa hasta dejarla filosa como cuchillo cebollero. Ganaron el primer lugar y dejaron el bote inservible. Una de las maestras, tal vez desesperada por una respuesta directa a sus inquietudes, le dijo que en su colegio se esforzaban por inculcarle a los niños tres valores: la ética, y otras dos cosas por el estilo. Jerome esuchó con atención, se tomó su tiempo y respondió: “Como educadores tendemos a ser muy arrogantes, confiados en nuestra autoridad y la aparente atención que los niños nos prestan, confiamos en que el sentido de nuestras enseñanzas echará raíces en sus mentes, pero la realidad es que no tenemos ningún control, el verdadero aprendizaje sucede entre ellos mismos, en sus juegos entre ellos, cuando nosotros meramente observamos e incluso cuando no los observamos.” Procedió a disculparse por no estar vestido para la ocasión de un lugar tan elegante, lamentarse que la reunión no incluyera un grupo más amplio de interesados, y el sonido de los caballos nos llegaba desde alguna distancia.
En mi búsqueda para aprender a aullar como un lobo Sarmen Almond me contó que en sus peripecias por la voz su aprendizaje empezó, como el de la inmensa mayoría de estudiantes de canto, con una especie discreta de la tortura, la disciplina basada en el error y el acierto, el rechazo y la aceptación, al piano la exigencia de seguir los acordes, y Sarmen brincó entre la decepción y el entusiasmo de un maestro a otra hasta que cayó con una tal Hebe Rosell, que la recibió con una sonrisa en su sala poblada de peluches, fotografías de su papá, símbolos y un cartel pegado a la pared que decía “Allí donde está el peligro también crece lo que salva”. Sarmen volteó alrededor y le preguntó, pero maestra, ¿dónde está el piano? Hebe le respondió con otra sonrisa y otra ternura y dijo “¿piano, cuál piano? Cuéntame, ¿qué poetas te gustan?” Sarmen me aconsejó que buscara a Hebe porque donde el apóstol San Juan escribió que en el principio era La Palabra, donde Goethe dijera que en el principio fue el acto, Hebe afirma que en el principio fue el aullido. Hebe concluyó sus sesiones con Sarmen diciéndole: busca Roy Hart.
La escuela de Roy Hart se origina en una anécdota que vale la pena contar una y otra vez, insistir en ella como si fuera una parábola porque tal vez en ella se encuentre el misterio de la voz y su transmisión: Alfred Wolfsohn fue reclutado por la armada del Imperio Alemán durante la Primera Gran Guerra, su trabajo como camillero llenó sus oídos con los gritos de dolor de los heridos y moribundos. Al regreso de la guerra no podía conciliar el sueño, los gritos de dolor, la vocalización por excelencia que articula todos los esfínteres del cuerpo, se anidó en su oído interno con la fuerza de alucinaciones acústicas. Se le diagnóstico con estrés post-traumático, lo que en aquellos días se llamaba “shellshock”, y Wolfsohn intentó con psiquiatras, terapeutas, hipnosis, sin poder acallar los gritos. La guerra, el sonido, la voz. Quién sabe qué pueda ser peor, si las alucinaciones visuales o las acústicas, pero Wolfsohn, por inspiración o desesperación, un buen día abrió la boca y dejó salir todo aquello que escuchaba, los gritos, el desagarre, una ex-presión en el pleno sentido del término, y el tormento cesó. Las voces que lo acosaban cesaron mediante su expresión como en un exorcismo, volvió el placer de vivir, el silencio en el que podemos escuchar la voz de los demás sin invasión indeseable, el regreso del sueño reparador. Con el ascenso del nazismo, Wolfsohn escapó a Londres y fundó un centro para el estudio de las capacidades terapéuticas de la voz con la sorprendente revelación de que los cantantes que trabajaron en su taller ampliaron el rango de su registro hasta cinco octavas, comprobando su tesis de que la voz es capaz de expresar el rango completo de las emociones humanas. Wolfsohn quiso establecer contacto con Jung, sin éxito. Lo peculiar en la experiencia de Wolfsohn es que sus repercusiones no encontraron suelo fértil en el campo terapéutico, sino en el campo de las artes escénicas, el canto y el teatro, y fue así que el actor y cantante Roy Hart se encontró con Alfred Wolfsohn, se fundo una escuela, una comunidad, una tradición.
Hebe recibe al grupo con una sonrisa, un abrazo y un mezcal. Nos habla de su padre ciego: cuando ella era una niña pequeña en alguna ocasión tenían que bajar del autobús y ella lo guiaba por las escaleras de descenso, la lentitud del tacto y los titubeantes pasos sobre los desniveles impacientaron al chofer que comenzó el movimiento, el tropel de los pasajeros acrescentó la presión hacia el empujón y la niña ante el temor de ver a su padre caer abrió la boca y gritó, un grito largo y compulsivo que requirió todo su pequeño cuerpo y frenó los empujones, frenó el autobús, detuvo el tiempo entero para que su padre encontrara el espacio y descendiera hacia la tierra firme. Nos cuenta su historia porque se trata de la voz. Se trata del cuerpo entero involucrado con toda su historia en la presencia. Antes que instruirnos en la entonación, el solfeo, las escalas, nos cuenta su historia para decirnos que la voz encarnada se trata de la defensa de lo que se ama. Hebe nos habla también de su experiencia con la dictadura militar en su natal Argentina, los grupos de resistencia comunitaria que se reunían para hablar, para cantar, para darse el sonido y compartirlo, siempre bajo la posibilidad de una redada, de un bombazo, de una desaparición forzada. Acudían a las reuniones con la voz presta para darse fuerza y escucha, la voz lista para ser levantada y contestar, con sus niños en los brazos, con un arma entre la ropa, porque sabían que la fuerza de la dictadura militar es su poder de silenciar. En una ocasión interrumpió nuestra sesión de clase con una súbita inspiración urgente y nos dijo denme un minuto que tengo que leerles algo muy importante, salió de la habitación para volver con un libro de poesía en una mano y una fusca en la otra, invirtiendo la lógica de la militarización, acentuando la naturaleza de la palabra como un riesgo vial. Toda la intención de Hebe Rosell, en sus cuarenta y cinco años de enseñanza, puede resumirse en su insistencia en que la voz sólo tiene sentido en el compromiso del amor hacia los nuestros y la rabia política, indivisa, por eso a veces se desespera y nos dice con la prisa obligada de la edad avanzada que entendamos de una vez que el alma nace en el piso pélvico, en el tambache, la ética de su pedagogía es necesariamente política y erótica porque sostiene la lucha por la vida incluso y sobre todo ante la muerte. Por eso su pedagogía es tan particular, que tal vez ni siquiera pueda llamarse así, porque con mayor precisión lo que Hebe hace con sus alumnos merece el nombre de lo que la escuela lacaniana llama “transmisión” y no enseñanza, porque la enseñanza implica una jerarquía y la transmisión sucede en el intercambio de las cosas que sabemos sin saber, y lo que se transmite no es un conocimiento, es un objeto, el objeto de la voz.

Dice Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna, que la lengua es un río, nuestro momento de la palabra es un instante dentro de ese flujo, una mano que se alarga para tomar un puñado de la corriente, y que por lo tanto no existen lenguas más antiguas unas que otras, toda lengua, toda habla actual es un momento que ininterrumpidamente comenzó cuando los humanos abrieron la boca para por medio de la voz alertar sobre un peligro, llamar a alguien que se amaba, susurrar con el cálido aliento cerca del rostro de una cría el sentido de una presencia. La voz humana, como el aullido de un lobo que convoca a los suyos, es un curso milenario que sólo puede entenderse en la realidad de un cuerpo, miembro de una especie, heredero de un pasado, que tiene un presente sólo en la medida de las fibras, nervios y tendones memoriosos que conservan inculcadas las experiencias sonoras de una Historia Natural. Pero en nuestra historia la voz es una de esas practicas corporales que han sido objeto de una educación corporal, un condicionamiento social, una educación organizada alrededor de una inhibición fundamentalmente sexual: la idea de que lo que sale de nuestros orificios corporales y sus órganos de secreción representan una contaminación, saliva, eructo, bostezo, que sólo se pueden exhibir y exponer bajo condiciones de privacidad pidiendo disculpas, que la palabra no es más que una idea abstracta manifestación exclusiva del cerebro. Enseñar una realidad del cuerpo es, en muy buena medida, sacudir una formación, y Hebe nos sacude muy literalmente: Con una sacudida de sus manos en la espalda baja y unas frases que nos guían hacia un saber desconocido nos explica de un manazo lo que los lingüistas se la pelan tanto para explicar, que dar la voz es dar el cuerpo, y por eso es recibir, que la naturaleza de la voz es circular, hablar con la verdad profunda y hacer el amor es una distinción meramente formal que se articula de todas las maneras en la fisiología de la cadera. Hebe Rosell entonces insiste, nos insiste desde que llegamos hasta el final de la sesión en una sola cosa, ya sea que estemos haciendo un ejercicio individual, grupal, o que sólo estemos escuchando, toda su intención es una sola y siempre la misma: persistir en que seamos conscientes de que tenemos una cadera, una cadera que organiza y que contiene las vísceras del intestino y los órganos sexuales, la red de músculos y tendones que organizan la salida del cuerpo y el soporte, un diafragma que bajo las condiciones más primitivas y atávicas se conecta por nervios y sistema muscular y óseo al diafragma encargado de la respiración, techo de los intestinos y cama del corazón, vecino de los pulmones que encuentran su salida y entrada a través de la traquea y en la boca, la boca con la que besamos, mordemos, saboreamos y finalmente exhalamos.
Lo extraordinario de las artes del cuerpo es que no pueden documentarse en cintas magnéticas o dispositivos digitales, la transmisión de una manera de expresarse en el cuerpo sólo puede ser transmitida por otro cuerpo, la historia del canto y la danza es literal y materialmente el grupo de alumnos y maestros que viven y perviven en sus enseñanzas de una generación a otra, el archivo de la escuela Roy Hart son las personas que transmiten su experiencia y por eso son tan renuentes en llamarlo una “técnica”. No se aprende leyendo libros y viendo videos, se trata de darle cuerpo a un pensamiento, de pensar con el cuerpo entero, una experiencia de enseñanza que no tiene lugar dentro de la cátedra, que no puede tener lugar en una posición del saber de un lado y la ignorancia del otro; la transmisión sucede porque la pura presencia de Hebe ya te enseña algo, porque no se le mueve un pelo si no es con una intención vital de tratar de compartir su experiencia y su talento y don consisten en saberlo dar con una mirada tierna, con un gesto agresivo de la mano, con su cercanía o lejanía, y que por lo tanto es un acto de responsabilidad. No hay ninguna metafísica, ninguna espiritualidad a no ser que entendamos la experiencia animal como una experiencia del espíritu, porque se encuentra en los límites de la palabra.
Hebe nos habla de su padre ciego como una de sus experiencias formativas porque así aprendió que el tacto y la voz son una extensión uno de la otra y viceversa, algo que curiosamente ya sabemos, y que luego aprender se trata más bien de recordar la experiencia del cuerpo de un bebé que tiene perfectamente conectada su sonoridad del balbuceo, el grito y el llanto articulando los músculos de la exhalación, vientre, pecho y espalda, con un empujoncito de la cadera y los pies apuntando hacia el abdomen. El talento natural de Hebe Rosell consiste en su efectividad para enseñar a recordar, recordar mediante ejercicios grupales que el sonido sólo tiene sentido cuando se dirige a alguien que nos significa, una constitución animal, gastrópoda, animales con una boca y un ano, la historia de una especie que aprendió a dar el sonido para sobrevivir en grupo, y Hebe nos subraya en que una vez que se experimenta la voz como una fuerza necesaria que nace desde el fondo de la cadera y resuena hasta el cráneo esa voz transforma a quien la emite y a quien la recibe, y que no hay vuelta atrás, así como cuando se experimenta el amor, como cuando se conoce la muerte, ya no se puede volver a entender la palabra sin una carga mínima de poesía, es decir, de un pensamiento sonoro incorporado, un compromiso consigo y con lo que se ama, un derecho profundo a la indignación política.
Esta semana no tuvimos clase porque Hebe se fue a Baja California a dar un curso de canto en presencia de las ballenas, las ballenas que no distinguen el canto de la palabra, las ballenas que no distinguen la prosa de la poesía porque son embajadoras del mar del que salió toda vida mamífera y sobre la superficie y en la profundidad el concierto de sus armónicos es un registro que nunca ha olvidado la dignidad absoluta de la majestad involucrada en vivir para amar, cantar.
Erick Vázquez





