El solo de Natalia Pérez Turner en el Teatro Lola Cueto

Un solo de instrumento se extiende, dentro de los convenios no escritos de la improvisación libre, alrededor de la media hora como máximo de duración, porque es un período de tiempo aceptable al grado de exigencia en la atención requerida por una forma sin tema, sin repetición y sin variación, periodo de tiempo aceptable antes que la concentración de un público, incluso un público preparado, divague entre las ganas propiamente orgánicas de empezar a reacomodarse en la silla, descansar el oído sometido. Pero ayer, el solo de Natalia se prolongó a lo largo de una hora y veinte minutos. El concepto de la curaduría de Marco Albert para este ciclo en el Teatro Lola Cueto se organizó bajo la palabra alemana Doppelgänger, que se traduce literalmente a algo así como “el doble que camina al lado de uno mismo”, haciendo en este caso alusión al instrumento que para un artista es como su otro, extensión de sí mismo, su reflejo y su fantasma existencial, su doble realidad que proyecta en el sonido todo lo que el cuerpo mantiene en un silencio lingüístico, y Natalia Pérez Turner se tomó el compromiso de esta idea, consigo misma y con su instrumento, con consistencia perfectamente consecuente.

Es un lugar común decir que el violoncelo es el instrumento más cercano a la voz humana, es algo que se dice por el rango de los graves a los agudos del soprano que se alcanzan en el cello con la facilidad de una expresión cantable. En el caso de Natalia, esta metáfora técnica es una realidad que desborda la tradición clásica, porque no hay parte de la anatomía del instrumento que no se explore con el arco, con los dedos y la palma o el puño. Comenzó caminando en el escenario con un arco en cada mano, rasgando el aire, apenas audible pero no era el punto, el punto era la dimensión de un espacio que desdibuja la idea de que tocar el cello empieza con estar en una silla atacando las cuerdas y termina con el silencio de la artista que se incorpora y acepta los aplausos; el punto que estaba sugiriendo Natalia discretamente rasgando el silencio con las cerdas alrededor del escenario es que la música empieza mucho antes de propiamente tocar el instrumento y no se acaba con el concierto, y tal vez sea así con otras artes también, notoriamente con la poesía, pero en virtud del evento sonoro y siendo fieles a la naturaleza de la memoria acústica la huella sonora se extiende, en tanto propiedad del tiempo, en todas direcciones, sin horizonte perceptible.

Cortesía Rafael Arriaga

Es una suerte para mí que este concierto haya tenido lugar justo en la fecha en la que se cumplen dos años de mi estancia en la Ciudad de México, que comenzó con un texto sobre Natalia, y que no es coincidencia que haya publicado hace exactamente un año atrás, el pasado veintisiete de marzo, cuando las jacarandas volvían y vuelven ahora de nuevo, otro texto sobre otro solo suyo en un ambiente punk del centro de la ciudad, ambiente que ilumina un aspecto del arte de Natalia,. Tal vez las coincidencias no existan en materia de arte. Ahora, me voy a poner un poco técnico y pido un poco de paciencia porque quiero llegar a algo: una vez sentada en su silla acomodó la pica en la base y aprovechó el toqueteó con la duela sólo un poco, lo necesario para darse cuenta que aquello era una parte no esencial o que no le interesaba tanto, comenzó con toquidos a la puerta de la espalda del instrumento y luego en el cara frontal, como un cardiólogo que verifica la consistencia de una caja torácica, y procedió a frotar con el arco sobre la cuerda de Do, la primera en el orden del cordal y en la organización cromática de la clasificación del cello en el grupo de las cuerdas. Sobre la cuerda de Do rasgó agresiva, acarició tenuemente, alargó la nota sosteniéndola pero no demasiado antes de deformarla, y una vez que decidió que la cuerda de Do había tenido suficiente pasó a la de Sol y Re, en pasos dobles, para terminar en la cuarta y última de La, experimentando en cada paso, variando la afinación, tomándose su tiempo, calando la tensión y la supervivencia de cada proposición intercalando pizzicatos y manotazos sobre el cuello, a veces en cadencias dulces y exquisitas. Todo este trayecto se caracterizó por un amplio sentido del rango dinámico sumado a la variación tímbrica en un solo glissando, que terminaba conduciendo a otro giro de la muñeca que tomó la manera de un acorde doble más agresivo o abrupto, que le daba la opción de aflautar con el arco ligero sobre el puente, y esta transformación, que es característica en Natalia en cuanto a extremo y mesura, es probablemente una de sus formas favoritas de la frase. Lo que quiero decir con esta descripción es que para la artista, caminar con su doble es conocerlo bien, tan íntegramente como sea posible, y que conocer a la perfección el propio instrumento, conocerlo hasta que ya no guarde más secretos, es al contrario de lo que el sentido común nos podría indicar de un cuerpo con limitaciones y medidas específicas, una tarea imposible. El cello siempre va seguir guardando alguna sorpresa para Natalia justamente porque lo reconoce como su sombra, y cada vez que se acerca a conocerlo mejor se descubre en una nueva dimensión armónica de ella y su persona, lo que hace de Natalia Pérez Turner una maestra del instrumento como una maestra de la confrontación consigo misma en el vacío de la improvisación libre, adentrándose en sí para escucharse y descubrir, con la dignidad propia de una artista comprometida sí con su audiencia pero sobre todo con su honestidad irreprochable, lo que en música quiere decir que no hay un sólo sonido, una sola pausa que no le sea dictada por su corazón, para lo que cerca de una hora y media apenas fue suficiente.

Erick Vázquez

Cortesía Rafael Arriaga

  

 

 

 

 

Willy Terrazas en la Tehuanita

¿Qué quiere decirnos Willy Terrazas con todo su soplar y soplar? Hay músicos que se concentran en hablar consigo mismos a través del público, que gracias a la presencia de la escucha de los otros se escuchan mejor a sí mismos y se descubren y se siguen descubriendo; hay músicos que se entregan de lleno a su audiencia y se escuchan a sí mismos en un segundo plano en un trance delirante; hay músicos que se encuentran navegando entre ambas corrientes, entre el conocimiento de sí mismo ensimismado y la escucha atenta a lo que sucede en el mundo con su sonido y su silencio. Creo que éste último es el caso de Willy, por su naturaleza pura de artista y gracias su extenso entrenamiento académico y como compositor, así como por su muy temprana aventura en las turbulentas aguas de la improvisación libre.

Es imperdonable que no haya escrito antes un texto sobre Willy Terrazas pero supongo que se me puede excusar por la cantidad de investigación que requiere un artista con más de cien grabaciones, miles de conciertos, el fundador y posterior heraldo de la que según algunos datos es la anti banda más vieja de improvisación en América Latina. La verdad es que no terminé mi investigación y decidí que era más importante escribir ya antes que el azar haga de las suyas de nuevo con mis decisiones. A fin de cuentas, la función de un crítico no es tener la razón (obligación de los lógicos), ni evitar la contradicción (escarnio de los filosófos), ni siquiera tenemos la obligación de ser congruentes con lo que dijimos hace un año o hace un mes (observancia de los historiadores), la única chamba de un crítico es plantear una discusión pertinente que abra la opción de hablar de temas que por su naturaleza tienden al subterfugio, a la propiedad de la bronca que se considera innecesaria en función de las buenas maneras, en otras palabras y simplemente: tratar de comprender lo que los artistas quieren decir.

La posición de Willy ante lo que la música es (una idea con una intención narrativa), es tan clara como su posición ante lo que la música puede ser (un suceso y una aventura sin puerto ni amarras). Esto quiere decir que cuando compone en papel así como cuando compone improvisando se guía por un sentido de la forma y el desarrollo, y para el caso Willy es como el Ulises de la Odisea, tiene un montón de recursos (πολῠ́τροπος): lo que no resuelve con astucia o inventiva lo resuelve con su experiencia y bagaje como intérprete y compositor. Es decir, Willy es un artista cuya educación e inteligencia resultan evidentes, pero esto no significa que se trate de un artista intelectualizado, su viscera y su expresividad individual, existencial, un sentido del humor y del drama, de lo juguetón en la ternura y la fragilidad y la seriedad de su arte en una potencia lo caracteriza dentro de la epopeya, de una hazaña en estilo elevado lindando lo maravilloso con lo casi sobrenatural.

La respiración circular (aspirar y exhalar al mismo tiempo) es una facultad que es más o menos requerida de un instrumentista del aliento, pero Willy ha hecho de esta facultad algo más que una herramienta, el sostenido soplar y respirar al mismo tiempo es la manifestación fisiológica de la disciplina académica que respira y la libertad creativa que exhala, y por más que lo he escuchado desplegar esta facultad de su virtuosismo nunca me ha dejado de impactar precisamente porque no es puro virtuosismo. El solo de improvisación para flauta transversal que presentó en la Tehuanita el pasado 6 de septiembre se vio acompañado de los ruidos de la cocina que habitualmente forman parte de los conciertos en esta fonda oaxaqueña, proyecto de Feike de Jong curado por Clau Arancio, junto con los ruidos que se meten por puerta y ventanas propios de la Diagonal de San Antonio en la colonia Narvarte, las motos, los transeúntes platicando y los aviones. En esta ocasión, la cocina se lució con un staccato de cecina paloteada sobre la barra y el cuchillo cebollero en un ritmo a discreción que Willy supo captar con una riqueza de microtonos desde la casi estridencia hasta la sutileza necesaria para armonizar con el pasajero motor de combustión interna. Cuando Willy se preparaba para alcanzar el silencio concordante a la forma elegida de un trance sostenido la cocina se apresuró, como nunca lo había hecho en toda la temporada de conciertos, con un accidente de trastos que se desplomaron estrepitosos sobre el piso, confirmando, por si quedaba alguna duda, la coherencia.

Erick Vázquez

Retrato cortesía de Rafael Arriaga

Rafael Arriaga y el grano visible del sonido

La noción de público es de sobra problemática para las artes porque la invención de los museos y de los auditorios, a principios del siglo XIX, no contemplaba la realidad de que el sentido de la obra se encuentra en quien la ve y escucha, por la sencilla razón de que eran —y siguen siendo— escenarios que representan la autoridad unidireccional del rey o del Estado. Desde entonces el público ha sido una noción abstracta, una masa de ojos y oídos informe, pero en las artes escénicas, a diferencia de las exposiciones de arte de objetos, la realidad del público y su importancia son evidentes. En una escena como la de la improvisación esta relevancia no es sólo palpable, es tan pequeña que es cuantificable: ahora que el Jazzorca se llena, los que atendemos nos reconocemos los rostros en la repetición, nos reconocemos en los rostros y la manera de escuchar, nuestra escucha se enriquece y complejiza porque oímos en conjunto, intercambiamos impresiones entre un set y otro y fabricamos la realidad que vivimos como una cosa pública. Es, por lo tanto, natural mi deseo de empezar a hablar del lugar de la audiencia, tomando la experiencia de los individuos, tomando el todo por la parte, y de escribir en colaboración, rebotando el texto en el eco del dar y recibir, imitando la dinámica de la improvisación, y empezar hablando con Rafael Arriaga por la sencilla razón de que la fotografía me es más familiar, dados mis antecedentes en la crítica de arte.

Me encontré un apunte de Wittgenstein que dice todo lo que yo quería decir del trabajo de Rafa: “Es como si tomásemos una instantánea de una escena, pero sólo se pudieran ver algunos detalles dispersos: por aquí una mano, allá un fragmento de rostro o un sombrero, y el resto fuera obscuridad. Y luego es como si supiéramos con certeza lo que la fotografía representara por entero. Como si pudiéramos leer la obscuridad.” Me sentí frustrado porque sentí que me la ganaron y porque me la topé citada por accidente en un libro sobre perros. Es una frustración medio mensa porque, en el arte y en el deseo, los accidentes no existen, pero sobre todo porque justo el punto quiero hacer escribiendo sobre el público en los mismos términos que sobre los artistas, y encima escribiendo en colaboración, es que las ideas no están de un lado y del otro lado el que las recibe. La música nos enseña que las ideas están literalmente en el aire, que son de todos y de nadie.

“Como si pudiéramos leer la obscuridad…” He notado que el momento en el que Rafa se acerca a tomar una fotografía suele coincidir con un momento de felicidad musical, cuando yo me emociono porque se hace un click entre los músicos y la audiencia inmediatamente se escucha el click de la cámara, pero esto significa que el instante que Rafa está cazando no es visual. Rafa quiere capturar el sonido mediante la imagen visual. Como si pudiéramos ver lo que se escucha. Es de sobra peculiar la intención. Lo más común en un fotógrafo de conciertos es buscar el momento dramático en términos estrictamente visuales, el brillo en los metales, el ataque en el cello, las manos del percusionista levantadas para un remate, etcétera. Hay una foto histórica de Tina Turner por Bob Gruen en donde la exposición captura la cantante en un brinco, las luces y el cuerpo medio desdibujado, secuenciado y casi abstracto expresan el movimiento, su energía, forzando los límites de la imagen fija, como en el Desnudo bajando la escalera de Duchamp. Rafa me cuenta que cuando vio esta fotografía fue para él una revelación, un recurso para transmitir eso que él siente al contacto con la música y que en la imagen nos puede hacer sentir como si hubiésemos estado ahí también. Bob Gruen, por alguna razón que no me explico, no siguió explorando este gran hallazgo, y Rafa ha venido haciendo de este recurso todo un desarrollo lingüístico porque sintió que era la manera de hablar del sonido y en particular de una escena que conoce tan bien y que ama con la clara consciencia de lo que Levi-Strauss ha expresado en una fórmula insuperable: “La música se vive en mí, me escucho a través de ella.” La foto es el camino de su música y su improvisación también actúa sobre el tiempo, y con la luz y el espacio que rodea esos momentos que viven en su mente después de cada click.

Rafa forma parte de la audiencia del jazz y la improvisación desde hace más de una década, su archivo fotográfico ya se cuenta en los miles de imágenes. A él lo conocí cuando yo casi recién llegué a la ciudad, platicando afuera del Jazzorca, desde entonces su narrativa me ha ayudado a comprender viscitudes que sólo conozco de oídas y él ha atestiguado de cerca: la crisis de la pandemia en la que se sufrió el silencio feo de la ausencia de la música en vivo; la consolidación de una escena que ha requerido del esfuerzo y la convicción de músicos, gestores y público. Hay un momento clave en su experiencia que sucedió hace unos cinco años, Elena la dueña del restaurante Musas de Papá Sibarita, lugar de comida italiana que ha organizado temporadas de conciertos, le dijo a Rafa, con una firmeza inesperada: “el próximo miércoles no te lo puedes perder.” Ese día escuchó a Germán Bringas improvisar en el piano y en el sax, no había nadie más que ellos dos, el único oyente, situación triste sí, pero privilegiada de un concierto que fue sólo para sus oídos y Rafa lo registró en film de blanco y negro. Desde entonces Rafa ha asistido casi sin falta al Jazzorca y la comunidad de la improvisación se volvió su hogar, totalmente enamorado de la escena y de muchos de sus músicos y músicas, su preferencia no la puede esconder ni quiere, para él la cosa va mucho más allá y se le hace absurdo cuando le dicen algo sobre la linea de sus preferidos.

Su trabajo en conjunto es una ilustración comprensiva y panorámica a fuerza de su atención a los detalles y los instantes, instantes acumulados entre un concierto y otro, a los que asiste a veces hasta a tres lugares distintos en un día. ¿De dónde saca la energía para estar en todos lados todo el tiempo? Del sonido, de la necesidad peculiar de nutrirse del goce inesperado, imposible de planear, de la imagen espontánea. Es un tema recurrente en las conversaciones entre un set y otro la necesidad del sonido en la improvisación, una necesidad de índole existencial y festiva, ligera e importante. Durante la pandemia Rafa sufrió el silencio. Privado de los escenarios recurrió a fotografiar flores, así como los músicos hacen ensayos de exploración instrumental, Rafa hizo ensayos de luz y textura, detalle y forma y detalle, se mensajeaba con su amiga Iraida a la que le contó de su proyecto y ella quiso verlas. La cantante eligió veintiún flores, cada mañana una sola, y escribió un poema para cada flor. Nació un libro, juntos invitaron a veintiún músicos a hacer una pieza por flor y por poema, nació un proyecto en colaboración para resistir el silencio opresivo mediante la belleza que se abre cuando el deseo germina en conjunto. * El desplazamiento al que obligó el silencio, pasar de fotografíar el sonido a fotografiar flores, no podría haber sido más claro. Capturar mediante la imagen fija el movimiento por excelencia, el de una flor que nace y muere imperceptiblemente, es la misma lógica de capturar el sonido con la lente, reflejo de lo evanescente que nos constituye a fuerza frágil de existir en el instante.

Erick Vázquez, en colaboración con Rafa Arriaga

*Flores, Iraida Noriega y Rafael Arriaga. Capullito Producciones, 2022.

Milo Tamez o el comienzo sin final

El oído interno es un fenómeno sencillo de explicar: las vibraciones del tímpano se acomodan según su frecuencia en el caracol mucoso que las transforma en estímulos eléctricos específicos, de ahí se transmiten a la corteza auditiva que forma parte del lóbulo temporal y se transducen en sinapsis, pero hasta ahí llegan las certezas de cómo y qué pasa con el fenómeno complejo de lo que es en su integridad la experiencia del sonido, y en particular de lo que escucha un músico que le da salida sonora a esa experiencia interna mediante su instrumental, voz, cuerda o percusión. La parte misteriosa del oído interno es que cuando ya sucedió la transducción, el mapa neuronal de las sinapsis no se localiza —a diferencia del lenguaje por ejemplo, que se ubica primordialmente en el lóbulo frontal—, la música, en el mapa de relaciones sinápticas sucede en toda la caja craneal sin un patrón constante, conectando ambos hemisferios y posiblemente incluyendo la bolsa de tejido conectivo que lo mantiene estable. Debe ser esta parte ubicua del oído interno la que no se distingue de la imaginación, del deseo, del diálogo consigo mismo habitado por los ecos de los seres que amamos y odiamos y los momentos también, y por lo tanto, el oído interno en su integridad, es el sentido del espacio exterior en sentido absoluto y esto nos orienta para comprender cómo trabajan los compositores sordos y los fotógrafos invidentes.

Foto cortesía de Rafael Arriaga

El oído interno de Milo Tamez es una imagen muy clara, sus atmósferas, intenciones emocionales, la composición de sus abstracciones, se transmite con nitidez. Esta claridad es el resultado de su proceso de trabajo. Hay una parte de su trabajo que lo hermana con otros artistas sonoros, la parte en la que no distingue improvisación de composición, en la que la búsqueda de su expresión individual termina deconstruyendo la noción tradicional del instrumento; la parte que lo distingue es su obsesión sobre las versiones de su trabajo, que graba cuando las presenta, las escucha, analiza, juzga, replantea, vuelve a presentar y empieza todo otra vez en un ciclo que parece no tener fin. (Esta claridad expresiva no sucede con todos los artistas, pero quiero subrayar que no es una cualidad que tenga necesariamente que ver con la calidad de una obra artística en general, otros artistas pueden ser confusos, extraviados en su exploración, caóticos en su amplia orientación al accidente, y esa puede ser su belleza y su mensaje y su grandeza).

La cantidad de recursos que Milo Tamez ha venido desarrollando a partir de la batería no vale el esfuerzo cuantificarlos porque son un montón y no tienen jerarquía —muchos de ellos los comparte con otros artistas de la percusión, como el arco del cello sobre disco o tambor, la exploración de las orillas y superficies—, lo que sí es necesario distinguir en su trabajo es para qué usa esos recursos. Lo raro del fenómeno del arte es que, por ejemplo Milo, al tocar sus percusiones, incluso cuando lo hace de la manera convencional con la baqueta sobre el centro del tímpano, no está escuchando solamente las vibraciones sonoras, está también escuchando lo que su oído interno o su alma le revelan sobre la naturaleza de la realidad, y áun más raro es que en la audiencia, si el artista hace bien su chamba, sucede algo análogo, simétrico, y entonces el arte tiene éxito ahí donde el lenguaje articulado normalmente fracasa: la comprensión de la otredad. Para el caso, Milo es un artista muy ambicioso, porque su tema es el cosmos, la vida animal desde bacteria, insecto y vertebrados, el árbol en su viaje a la semilla, el movimiento de los electrones imitando cuerpos celestes que mantienen nuestra móvil posición sobre la Tierra, comprensión articulada toda en su cuerpo bombeando un pulso constante y estable. Tal vez el instrumento ideal para canalizar esta ambición de magnitudes cósmicas hubiera sido la orquesta sinfónica o el órgano de vapor, pero el destino quiso que Milo amara la percusión, y esta situación en vez de limitar el asunto lo hace más interesante. La investigación de Milo lo ha conducido a los orígenes del tambor, a la raíz de cierta tradición africana y posteriormente latinoamericana donde los tambores cantan, los percusionistas bailan y vocalizan, revelando que la percusión contenía ya desde el principio de su aparición la posibilidad de igualar y hasta superar el rango cromático y melódico de un piano con siete octavas, jugar con el recurso del legato que se piensa tradicionalmente exclusivo a los grupos de cuerdas, exceder la función rítmica del compás para entender la verdadera naturaleza relativa del tiempo.

Milo Tamez con una obra de Lauren Klein

La relación de Milo con la pintura, como explícitamente se puede escuchar en su proyecto de Pollock: tambores pintores, es una clave central para comprender su lenguaje, y el cómo la búsqueda o encuentro de ese lenguaje lo condujo a su exploración sonora de la percusión. Humboldt, en su libro Cosmos, da la mejor definición que conozco de lo pictórico: “A la pintura de paisaje le ha sido dado, en todo caso, suministrar un cuadro más rico y más completo de la naturaleza que el de que es capaz la agrupación artificial de plantas cultivadas. La pintura de paisaje impone lo mágico por encima de la masa y la forma… Si el arte yace en el interior del círculo mágico de la imaginación, de hecho realmente en el interior del alma, la expansión del conocimiento, por el contrario, se basa preponderantemente en el contacto con el mundo exterior.” Humboldt estaría de acuerdo con este artista en que “lo pictórico y lo poético son un portal de lo invisible”. El conocimiento del mundo exterior de Milo es naturalmente el de su cuerpo, pero también es un maestro con décadas de experiencia en la enseñanza, un maestro de la enseñanza, es decir, un no maestro, porque concibe la transmisión del conocimiento como un mutuo acompañamiento en la maravilla de los encuentros de la forma, y la mejor anécdota para ilustrarlo es su experiencia en un taller que impartió para niños en Chiapas, en donde escuchó con los oídos de la infancia, llenos de río y nube, como si el mundo le hablara por primera vez.

Este camino de experimentación para encontrar la propia voz es bien distinto en el campo del arte conceptual, en donde la narrativa histórica dicta que los lenguajes deben ser contemporáneos para verdaderamente decir cosas contemporáneas, repudiar la pintura y su tradición porque ya está superada, etcétera; un dictado arbitrario resultado de una versión más o menos fundada en una secuencia histórica con miras al mercado internacional, pero en el campo de la música la exploración de las capacidades de un instrumento es conducida por la necesidad de darle voz a ese oído interno, la forma el resultado de esa misma necesidad, libre de la injerencia estatal o institucional que usualmente instaura los estilos y las agendas a pintura, escultura, arte conceptual y, sobre todo, arquitectura. Suena a un sueño hecho realidad para un crítico: ocuparse exclusivamente de lo que el artista tiene qué decir, no tener que lidiar con el conflicto entre mercado e historia que termina homogeneizando la producción artística, en donde gana siempre el factor determinante que según sea el caso puede ser el Estado, la iniciativa privada, el circuito de producción, curaduría, galería, local o global, articulado bajo discursos mesiánicos de lavandería ideológica. Lamentablemente, en gran medida, la razón para esta libertad envidiable de los músicos es la negligencia de una política cultural que actualmente descuida a generaciones de artistas cuya calidad México no había escuchado en décadas, de hecho inauditas en la historia del país.

Dicho todo esto, tal vez sea sorprendente que la parte de su trabajo que más me interese sea la más estrictamente “musical”, es decir, cuando está tocando simplemente la batería, sin un trazo previamente concebido en la colaboración compleja de colegas y técnicas tentativas, y más bien solamente abandonado a los dictados de su oído y corazón, como en su mantra To Beat or Not To Beat, porque es ahí donde más claro me queda el mensaje de que no hay diferencia entre cuerpo y alma. En mi aún corta experiencia en la ciudad, me parece que la materialidad del espíritu es el punto de encuentro entre la mayoría de los artistas sonoros y por eso uno termina saliendo de los conciertos con una sensación meditativa, de un cambio de frecuencia en la percepción del propio cuerpo, del cuerpo de los otros, es decir, del tiempo y el espacio. Por la vía de una insistencia explícita en la condición matérica del sonido, manifiesta en la exploración hacia el límite del ritmo y el color, la respuesta al final del enigma To Beat or not to Beat es, sencillamente: To Beat! Hamlet nunca pudo llegar a esa elegante solución porque estaba atrapado en el dilema de una carne sólida en exceso que no podría disolverse en el rocío, y si en un principio resultó impertinente preguntarse cuándo termina la obra, tal vez resulte ahora igual de ocioso preguntarse cuándo comienza, pero pocas preguntas valen la pena plantearse como aquellas que no tiene sentido hacerse en primer lugar. En palabras de Milo: “los encuentros y desencuentros en los cuales se incuba y gesta el embrión de un ser que re-nace-muere-renace-remuere en un contínuo de su propio acontecer, se hace eterno en la eternidad de un Eterno desconocido que puede durar y transcurrir un abrir y cerrar de ojos”. La Historia del Parpadeo, que alguna vez tuve el sueño de escribir, ya no es uno más de mis pendientes, porque la escuché capitular en un solo de batería.

Erick Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camilo Ángeles y su Chiroptera en el Jazzatlán

El jueves pasado en el Jazzatlán Camilo Ángeles presentó, después de una improvisación, dos obras de su autoría, acompañado de Misha Marks en Latarra, Tavo Nanda en las percusiones, y Henry Fraser en el contrabajo, banda titulada Chiroptera en alusión a los murciélagos, polinizadores esenciales de un oído excepcional que coordinan su vuelo en relación al de sus compañeros.

Foto de Rafael Arriaga

El Jazzatlán es un lugar muy bonito, los candelabros, los ventanales y las cortinas, el terciopelo, la media luz, y tal vez estas condiciones orillaron a la suerte a decidir que justo esa noche, en las dos mesas enfrentito del escenario, hubiera parejas en un trance de ligue que ni el poder seductor de esa extraordinaria banda de músicos pudo romper. Las risas, la conversación interminable, la alegría erótica de quienes después de todo pagaron su cover y sus botellas fueron una distracción muy difícil de ignorar gracias a su posición estratégica entre la imagen acústica y mi escucha. A lo mejor mi berrinche era pura envidia de no haber sido yo el que estaba fajando con miras a un finale seguido de un encore a todas luces promisorio, y es comprensible que un lugar tan lindo atraiga un público diverso que no espera más que placer y una noche memorable. Pero el staff habló con los amorosos, que amablemente aceptaron moverse a una mesa al fondo y ya podría yo concentrarme por completo en la música y olvidar la individualidad de mi carne. Hay que subrayar que esta fue una circunstancia excepcional, es notorio cómo el público nunca es un tema engorroso en la escena de la música contemporánea de esta ciudad, y es importante decir que hay ya una audiencia considerable y atenta que le da sentido a un movimiento que manifiesta los signos de una salud vigorosa en la cascada de los aplausos.

Camilo es un artista serio, que rara vez juega en la irreverencia que seguido veo en otros artistas que exploran los límites de su práctica; pero la suya no es la seriedad inflexible de la disciplina y el respeto incuestionable por la historia, de hecho, en dirección simétrica e inversa, la suya es una seriedad profunda desprendida de un amor concentrado en el tema que está soplando, tal vez el tema de todos aquellos que trabajan con el aliento: el enigma del cómo el adentro se engarza con el afuera y viceversa en un nudo ininterrumpido, topología avanzada que pone en entredicho lo absoluto de una distinción entre el yo y el exterior. La pregunta de dónde empieza y dónde acaba el instrumento es por lo tanto una clave para comprender la poética de Camilo, porque ya sopla, canta o gruñe a diferentes distancias de la boquilla de la flauta, que a veces amplifica por un primer micrófono el sonido limpio y por un segundo micrófono modifica conectado a una caja de efectos que varían la reverberación, pitch, overdrive, frequency shifters, etcétera. Es necesario mencionar estos recursos que Camilo usa para ampliar su cuerpo y el cuerpo de la flauta porque la tradición del conservatorio comprende los alientos, y en particular la flauta, como un instrumento de la línea melódica en el sentido más restrictivo del término, y con enfásis en “línea”: el aliento sale por un resonador de diámetro delgado e invariable como el de un lápiz. Los elementos que usa Camilo ponen en crisis tal idea porque crean una imagen amplia y compleja que se encuentra con la guitarra eléctrica por un lado y se reúne con el contrabajo hasta la vibración del piso y las percusiones. La singularidad de Camilo es el cóctel de un goce existencialista y elegante. Existencialista, porque involucra su identidad al nivel más íntimo y personal, al nivel de las influencias de tradiciones ancestrales de su tierra del Perú, y al nivel de la transmutación que actualmente sufre la tradición occidental en manos de la experimentación contemporánea; “elegante” en música sólo puede referirse al sentido matemático del término: una solución clara, que sintetiza con efectividad la forma de una cuestión. Camilo no recurre tanto a la respiración circular, de hecho creo que nunca, y esta decisión, en el marco de una exploración del instrumento, responde por una idea de la respiración, del aliento como puntuación de la frase, y la frase en Camilo es como la frase en Flaubert: el elemento fundamental que contiene la idea y del que se desprenden párrafo y página y libro, frase en el significado de una imagen que lanza un vector en el plano tridimensional de una banda de músicos que lo acompañan en el sentido; frase, siempre y cuando no se distinga figura y fondo en la imagen acústica en su integridad.

Camilo, como cualquier otro improvisador libre, no discrimina la naturaleza de la composición sobre el papel de la composición en el instante de tocar lo que su oído interno le dicta, y su atención a lo que Misha, Henry y Tavo Nanda estuvieron haciendo durante el primer set fue muy claro en la colaboración, pero sí hay una diferencia importante con relación a las dos obras escritas que presentó en el segundo set (Chirn Guan, y Cien flores cien cabezas doscientas patas), y la diferencia es la frase con una intención mucho más sintética que encuentra la manera de expresar lo que tiene que decir de una manera mucho más veloz y comprimida (Chirn Guan dura aproximadamente dos minutos y no le falta ni le sobra nada), más contundente en la cohesión de los puntos en los que se anuda o se aleja la flauta del contrabajo de Henry, la percusión hipnótica y citadina de la batería de Tavo, la casi perfecta sincronía armónica con Latarra de Misha.

Foto de Rafael Arriaga

Lo que no distinguió para nada la improvisación libre de Chiroptera de las obras escritas presentadas ese jueves en el Jazzatlán fue la honestidad. Me es difícil explicar cómo me doy cuenta que un artista está siendo honesto cuando se trata de un músico. Tratándose de un artista conceptual o un poeta la honestidad es evidente, se revela en la singularidad de una emoción reflejo del conocimiento de sí mismo, bajo una forma reconocible en conflicto con los lenguajes establecidos de su práctica, pero ¿en música? Puede ser algo similar, pero el problema de la música es que no distingue forma de contenido ni tiempo de espacio. Tal vez en un día cercano, con la ayuda de los músicos, logre decir algo más preciso al respecto, por lo pronto le pido encarecidamente a quien esto lee lo que casi nunca estoy dispuesto a regalar: paciencia, y también confianza en mi criterio cuando afirmo que un artista está siendo fiel a su realidad simbólica y estética, como estoy seguro es el caso de Camilo Ángeles.

Erick Vázquez

*Gracias a Rafa por su generosidad en compartir la calidad de su trabajo fotográfico y también por compartir conmigo su mirada panorámica de la escena musical contemporánea de esta ciudad.