Quema todo

Fui con Karla a un concierto de punk de las bandas Soga y Grave/Mal en el espacio X del Centro Cultural de España. Creo necesario repetir que para comprender qué es la improvisación libre es necesario hablar del público que le da sentido, y Karla, además de formar parte consistente del público y comunidad de la impro, es mi amiga, y las amistades tienen la virtud de ampliar los horizontes. Por amistad usualmente uno termina quién sabe dónde, más allá de los prejuicios personales y los planes de lo tolerable.

El punk murió en el momento en que nos enteramos que existía, por la sencilla razón de que nos enteramos de su existencia por medios de comunicación masiva. Sin embargo, la discusión acerca de la muerte del punk mantiene su vigencia porque, muerto o no, sigue habiendo punks de los que no cabe ninguna duda merecen el título. Ahora, al hablar del tema, siento posarse sobre mi hombro una mirada vigilante: la policía del punk, curiosa contradicción entre los términos. Es normal que haya una policía del Son, es normal también que haya una policía del jazz y del blues, del flamenco —esta última que debe distinguirse de entre todas por ser la más antipática— y es normal porque detrás de estas prácticas de la improvisación hay toda una tradición ancestral, una etnografía, una geografía y una larga ristra de institucionalidad que se apersona en ese alguien que te agüita la fiesta diciendo “ah pero eso no es verdadero flamenco, para escuchar flamenco de verdad tienes que ir a tal pueblo, donde yo…” (si es que hay ya una policía de la improvisación libre es definitivamente inexistente o de plano nadie la pela). Pero si hay una policía del punk, es muy de otra naturaleza, suena parecido, “no, no, eso no es punk, el punk de verdad está contra todo sistema y nunca hubieran grabado en tal sello, mira yo te puedo decir… ” Suena parecido, pero la gran diferencia es que lo que se está discutiendo cuando se habla de punk, no es el derecho a la pedantería y la sabiondez, ni el derecho a una pertinencia ancestral, lo que se discute en el punk es el derecho a la rebeldía, el cual se otorga con mucha más festiva generosidad porque es todo lo contrario a un club exclusivo, aunque de pronto muestre las trazas de una secta (lo cual también resulta simpático si recordamos que el término “secta” se ganó su mala fama gracias a los esfuerzos propagandísticos del FBI y de la CIA que por lo menos en eso sí se pudieron poner de acuerdo).

Foto cortesía de Karla Vázquez

La relación entre el punk y la improvisación libre tal vez no sea tan definitiva como la pensé hace unos meses. Para poder establecer que dos corrientes artísticas tienen una relación de mutua influencia hacen falta por lo menos tres aspectos: establecer una relación genealógica, un circuito de escenarios compartidos y, tal vez lo más importante, relaciones de estructura armónica, construcción sintáctica, etcétera, y esto último en este caso definitivamente es estirar la liga demasiado. Sí, es cierto que Grave/Mal se presentó con una improvisación en la Terraza Monstruo en mayo del 2019, y sí, es muy real el interés entre improvisadores y punks, que si bien no es del todo recíproco, es por lo menos un acercamiento curioso, pero que no va más allá porque los punks tienen bien clara su trinchera y la trinchera de la improvisación libre es diversa como la comunidad que la conforma.

Lo que escuché con Karla en el CCE fue punk joven, transgénero o en todo caso sin género definido (el punk al principio sí se distinguía como un movimiento bien machín, congruente con el tipo de agresión correspondiente a la industrialización rampante de Inglaterra). Con percusiones agresivas y acordes dulces, con la entrega propia de artistas del punk cuyo único interés es compartir un momento de libertad, sonaron las letras “Quema todo, quema todo, quema todo… empieza de nuevo. Hay cosas que son irremediables. Quema todo, quema todo, quema todo… empieza de nuevo.” En entrevista a Grave/Malo para la Jornada, Hernán Muleiro les preguntó: ¿Qué grado de literalidad manejan cuando cantan sobre quemar todo? Respuesta: “Alto, muy alto”. Quemar todo y volver a empezar, idea expresada con convicción y alegría, transmite fácilmente una sensación liberadora, liberadora del pasado sobre todo, y tal vez el punk sea tan hermoso porque está lleno de esperanza, contra toda experiencia, contra toda evidencia. La relación entre el punk y la improvisación libre tal vez no sea tan trascendente como la llegué a pensar, pero es real y consistente, porque lo que tienen en común es este fuego.

Erick Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

El punk y la improvisación libre en la Ciudad de México

Karla cuando entró por primera vez al Jazzorca le dijeron: “Bienvenida al punk del jazz”. Esta anécdota, lejos de ser una mera expresión de la generosidad, mostraba además las trazas de un parentesco y una geografía. Hay una relación compleja, substancial, entre el punk y la improvisación libre, y estoy seguro, por lo pronto, de que es una relación que sólo ha podido suceder en la Ciudad de México.

Para comprender el sonido de la escena de la improvisación libre en la escena local, su imagen acústica atascada de texturas y colores chillantes que se abanican desde la rabia revienta tímpanos hasta la ternura casi imperceptible, es necesario comprender el sonido de la ciudad que la vio nacer, así como para comprender integralmente la Wassermusik de Haendel es necesario pasearse por el río Thames, teniendo el ritmo de las fuentes en las plazas públicas de Alemania como un recuerdo lejano, así como es inimaginable la serie de Friends en una ciudad que no sea Nueva York, así como es inconcebible ubicar los Simpsons en Francia o Los olvidados de Buñuel filmada en Canadá. La voz de un cuerpo es una especie de huella digital, una expresión de su identidad individual, irrepetible y fiel, y en una escala arquitectónica el sonido de una ciudad sintetiza su historia y se vocaliza sin filtros o, en este caso, sin piedad.

Ahora bien, claro que la improvisación libre no se inventó en la Ciudad de México, es la herencia de una historia europea, como los instrumentos y el lenguaje de una tradición musical que aún puede escucharse, con más o menos justicia, en las orquestas sinfónicas. El punk por su parte también tiene una genealogía anglosajona que no podría estar más kilométricamente lejana de nuestras tierras, ¿qué es entonces lo que me autoriza a plantearme esta relación con la legitimidad que presumo, sobre todo, ignorante como soy de la escena del punk en la ciudad? Es un eje discutible, lo sé, sobre el que afirmo este parentesco, porque, para empezar, por supuesto que hay otros linajes, una multitud de hecho: la relación entre la improvisación libre y la música de las vanguardias europeas; la tercera escuela de Viena; por supuesto el jazz, obviamente el free jazz y el Ská, tan propios de esta urbe; la música tradicional, y tal vez un poco menos presente, pero indudablemente, también el heavy metal y el grindcore, así como las salpicadas cada vez más habituales y contundentes del noise, pero de lo que estoy instintivamente seguro y lo que trato de decir aquí es que la relación entre el punk y la impro está enervada en la genética de la Ciudad de México como tal vez en ninguna otra ciudad del mundo. No es de mi parte una provocación gratuita, estoy tratando de plantear una discusión que nos puede ayudar a entender mejor la escena de la música experimental, que a todas luces es un movimiento a contracorriente.

La primera vez que tuve esta intuición fue durante un solo de improvisación de Natalia Pérez Turner en el Desposeidxs, en la zona de los bares punks que circundan la Mezcalli, en la colonia Tabacalera, y el sentido de claridad que una artista como ella tuvo en un contexto como ese me hizo sospechar lo que algunos meses después pude constatar en el Foro Alicia de la Santa María La Ribera, durante la fiesta de aniversario del Venas Rotas, la tienda de vinilos de Víctor Zapata. El line up del concierto replicó la tendencia en la cartelera de conciertos habituales en la tienda: Madoromi Odori, Fryturama, Dismorfia, Voraz, Torso Corso y Hospital de México. Una gran oportunidad para presenciar cómo es que sucede tal intersección, y, sin duda, se puede afirmar que entre todas las bandas que se presentaron hubo momentos de contigüidad sonora, es decir, que en la estructura armónica sonaban muy cercanos, y hasta de plano se puede decir que, por instantes, estaban haciendo lo mismo, pero no creo que este acercamiento sea el correcto ni que sea suficiente, no sólo porque en términos estrictamente musicales están realmente muy apartados, sino porque no creo que se trate exactamente del sonido, sino de lo que hacen con la música, y ese hacer se traduce en lo que quienes me han dado generosamente su tiempo para hablar sobre este tema resumieron en una palabra: una “actitud” de resistencia. ¿Resistirse a qué? Lo curioso de la etimología de “resistere” es que en latín significa “no moverse”, mantener una posición.

Aniversario del Venas Rotas en el Foro Alicia. Foto cortesía de Juan José Escobar

En el corazón de Victor Zapata se aloja, sistólica y diastólica, la intersección entre la impro y el punk, lo que Víctor me dice es que si algo tienen en común es que ninguno de estos dos movimientos ha dependido de las instituciones, que así como el punk se ha desarrollado en traspatios, bocacalles, la impro también se ha ido conformando en espacios, valga la expresión, improvisados, y en ambos se encuentra un aire recreativo, en el sentido pleno de la palabra, de volver a crear una experiencia “oxígenada por lo dionisíaco del punk y lo catártico de la impro, una experiencia que tiene que presenciarse en vivo para escuchar la realización de lo impredecible, con una consecuencia terapéutica”.  

Aniversario del Venas Rotas en el Foro Alicia. Foto cortesía de Juan José Escobar
Aniversario del Venas Rotas en el Foro Alicia. Foto cortesía de Juan José Escobar
Aniversario del Venas Rotas en el Foro Alicia. Foto cortesía de Juan José Escobar

En las pláticas que he tenido sobre el tema, cuando les he contado que pienso que se trata de un fenómeno singular y endémico, han mostrado reservas, me dicen que seguramente hay algún antecedente en Nueva York o en Berlín, que muy probablemente sucede en otras partes dada la naturaleza, la ya mencionada “actitud”; pero según he estado averiguando, no parece suceder de esta manera en Chile ni en Argentina (y es una buena idea plantearnos nuestro sonido en relación al cono sur en lugar de Norteamérica y Europa). Para establecer mi argumento, los casos de Gibrán Andrade y Gabriel Lauber son referencias definitivas porque se encuentran en su elemento en ambas escenas, y aunque se me podría responder sin dificultad que son solamente dos casos y que un solo árbol no hace montaña ni una sola ola tempestad, con la misma facilidad yo podría contestar que nadie que los haya escuchado no se ha sentido ante la súbita elevación de una cumbre rocosa y el fragor intempestivo; se trata de un giro retórico, pero basta para señalar que la carga ideológica, o más bien, la descarga ideólogica que conllevan ambos, el punk y la improvisación libre, se puede medir sin la necesidad de un gran aparato estadístico. Si se quiere medir el grado de contrapeso ideológico de un movimiento en relación a las instancias y los poderes hegemónicos, la prueba es muy sencilla: sólo hay qué ver los escenarios dónde se presentan y la cantidad de representantes del Estado o de alguna empresa transnacional entre el público, el costo del cover en la entrada, y tal contrapeso ideológico es difícil de idealizar si se toma en cuenta que la resistencia y la actitud se posicionan ante la soledad y la marginación existencial que sólo puede producir una gran ciudad moderna (magna civitas, magna solitudo), una masa urbana que empuja a sus artistas a sonar, en palabras de Emiliano Cruz: “A hacerle como puedas, con lo que tengas”. Una ciudad que produce marginados en todas las capas de la sociedad en la experiencia de una soledad muy contemporánea que se empezó a manifestar durante la segunda mitad del siglo XX, durante la integración global del Capital y el Estado, que se gestaba al mismo tiempo que nacía la improvisación libre, al mismo tiempo que se gestaba el punk, mientras David Riesman se preparaba para publicar “The lonely crowd”. Tal vez por eso otra de las características del punk y la impro es que sobreviven gracias a su sentido de la comunidad, y a que todos nos vestimos de negro de acuerdo a la etiqueta dictada por el luto consuetudinario de las garantías individuales.

Aniversario del Venas Rotas en el Foro Alicia. Foto cortesía de Juan José Escobar

En fin, que se trata de una provocación de mi parte, y el trabajo de la crítica es a veces la imprudencia con la intención de suscitar la discusión, porque si la experiencia liberadora de un concierto de improvisación libre, mapeada como lo está en una triangulación urbana desde Municipio Libre hasta el Bosque de Chapultepec y desde ahí hasta el sur de la ciudad, porque si el punk puede brincar desde Ecatepec y Ciudad Neza hasta la Tabacalera en el centro, es porque la necesidad de tal experiencia se hace indispensable como un mecanismo de sistema circulatorio, oxigenante, incomprendido en que se siente natural, cuya incomprensión sólo puede resolverse, en la medida de lo posible, jugando a hablar de las cosas que parecen innecesarias entre la comunidad que las conforma.

Erick Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Natalia Pérez Turner

En el Desposeidxs, uno de los bares al lado de la Mezcalli, plexo del punk en el corazón de la ciudad, el pasado 15 de febrero se presentó con un solo de cello Natalia Pérez Turner, acompañada por unos pedales, un Harmonist, un looper y un space station bastante traqueteado que a ratos jalaba bien y a ratos no (esta última aclaración es importante porque Natalia no suele traer aditamentos para el cello, y esta vez que los usó no fue sin un elemento de inestabilidad). Me encontré entre el público a Omar Osama, conocedor y fiel seguidor de la escena del punk y me pareció natural topármelo por ahí, pero me aclaró que había ido para ver a Natalia: con su postura formal abrazando el cello, ante un público punk con sus caguamas en la mano y los estoperoles, me hizo todo el sentido del mundo.

Pero la naturalidad, que no levanta ninguna ceja, de la relación entre el punk y la improvisación libre a mí no me parece tan obvia. Por genética e historiografía, la relación directa de la escena de la improvisación en la Ciudad de México debería ser con la composición contemporánea e incluso la música de cámara, con las que tiene relaciones exiguas o hasta casuales, en escenarios eventuales de Cepromusic o el Cenart, alguna vez al año, y resulta que los artistas del punk y de la improvisación libre se encuentran compartiendo bandas y escenarios como los bares de la Tabacalera, el sótano del Vacas Verdes, el Chopo, y con reciente y particular frecuencia el Venas Rotas, que en los últimos meses ha tenido una actividad de cartelera intensa, pasando del punk más punk a la improvisación más libre como si se pasara del rock al blues. Le pregunté a Víctor Zapata acerca de esta relación y me respondió: “pienso en eso todos los días”. La relación entre punk e improvisación libre es efectivamente clara en el impulso y la voluntad de honestidad, pero no es para nada obvia ni en el sonido ni en su genealogía. No deja de ser una relación misteriosa porque el punk nace del descontento social, del impulso de tocar instrumentos sin la preparación escolar que se supone requerida, y por su parte la improvisación libre nace de una crítica consciencia histórica de la música llamada “culta” y un estudio disciplinado para tronar los ejes de esa misma disciplina, como una adultez que de tan madura recuperó la sabiduría de una infancia perdida.

Por algunas de estas preguntas, escuchar a Natalia Pérez Turner tocar ante el público del Desposeidxs me resultó revelador, porque en su arte la congruencia concentra todas las contradicciones. La fuerza con la que tensa la cuerda en los pizzicatos no merece llamarse pizzicato (“pellizco” en italiano), son más bien jalones perpendiculares que complacerían zapateando a un tololoche de Fara fara, la suya es una síntesis entre el control, producto del estudio disciplinado, y el auténtico descontrol de encontrarse con la espontaneidad de lo desconocido, confluencia en el estilo elegante de una sensibilidad exquisita, donde si hay rabia es sofisticada, donde si hay delicadeza es dentro de la disonancia desajustada de una afinación personal accidentada y la ausencia de metro. Lo muy particular de Natalia es que una vez que en el camino de la improvisación encuentra un sonido, con eso construye, y una vez que construye y establece casi inmediatamente lo suelta, así como así, deconstruyendo lo creado por el camino amplio de los armónicos que ofrece el cello, a veces abierta y agresivamente reventándolo, cambiando bruscamente de la reverberación profunda al tenue y corto ataque del arco por debajo del puente. Ahora bien, es inexacto decir que un músico, y en particular durante una improvisación libre, “encuentra un sonido”, lo más preciso sería decir que encuentra una forma del espacio construida de tiempo, una forma sonora de existir brevemente en la que se reconoce algo de sí; esta manera de Natalia de entender la música, entre la construcción estable y la desestabilización, evitando compulsivamente la homeostasis, es una de las características de su arte que la ubica dentro de la escena local como una de las artistas que experimentan legítimamente con el sonido, hacia horizontes insospechados, y que la distingue por encontrarse igual de cómoda tocando Bach que tocando algo que ya no cuenta con ninguno de los aspectos que por milenios han servido justamente para definir lo que es la música.

Durante el solo, hubo un momento en que con el pedal Harmonist encontró unos sibilantes muy cerca de Sol, que transformó por todo lo largo del cuello del cello hasta llegar a donde las cuerdas se anudan al cordal, si en ese momento hubiera pasado un organillero con un aparato con severa necesidad de mantenimiento hubieran armonizado como un milagro sonoro de los que en esta ciudad suceden con una frecuencia que nos ha acostumbrado al punto de considerar con negligencia como parte de la normalidad.

Ivanna Donoso me dijo que conocer una escena como la de la improvisación libre, urbana y marginal, inteligente y visceral, es una gran manera de hacer una radiografía de la ciudad, de sus secretos y pulsiones, y creo que tiene razón, y tal vez es así que la práctica del punk y la de la improvisación libre se encuentran confluyentes, en un acto de resistencia política y espiritual que se refleja en los escenarios de la Ciudad de la México que les alojan como en un mapa de lo sensible. En mi caso, la radiografía me reveló puntos cardinales de mi mismo, aprender a conocerme de otra forma. Las jacarandas otra vez tienden su alfombra violeta sobre las aceras en este día que cumplo un año de haber migrado, el olor a chicles de sus flores me recuerda que es un ciclo en esta comunidad que me ha recibido, fiel a su naturaleza, espontánea y generosa, en esta ciudad que me ha enseñado a amarla, sonora y compleja, desconocedora de las líneas rectas, siempre triangulante en su batalla incesante por la dignidad con todo en contra.

Erick Vázquez