Voraz

 

La guitarra barítono, el sax, la voz humana, comparten un cierto rango armónico, incluso en la distorsión de los pedales, esta revelación expresada contundente al oído es posible gracias a que Voraz es un estado de ánimo complejo e inmediato. Lo que tienen en común las agrupaciones de artistas en la improvisación libre es que, espontáneas o planeadas, y en contraste con una banda de lenguaje musical establecido, no hay jerarquía instrumental, y la música posible es la de las relaciones entre los estilos, las preferencias, las maneras de escucharse y las neurosis y generosidades, para el caso Voraz es una de las bandas que más me desconciertan, que menos comprendo —si la comprensión es la capacidad de poner en palabras lo escuchado— y que me interesan justamente por lo mismo, porque lo que están haciendo muy probablemente no se encuentra descrito en ningún diccionario musical. Es decir: está un poco del lado del rock, del ambient, a ratos del grindcore, y todo eso puede resultar viable en un viaje que permita ciertos brincos modulados por estos lenguajes, lo particular de Voraz es que circulan por todas estas identidades con la improvisación libre como vehículo todo terreno, y en esa nave van, vertiginosas, a horizontes familiares y desconocidos.

A veces, las más de las veces, artistas de la improvisación se encuentran buscando un sonido, adaptándose a las diferencias del accidente y el día que llovío y alguien llegó tarde, igualando la textura o el timbre o generando alguna analogía de ritmo, una paráfrasis, conociéndose con la amabilidad de la escucha primera, o bien, conociéndose de nuevo a pesar de la costumbre de este recurso o aquél, como los viejos amigos lo hacen, redescubriéndose en lo mismo. Cuando así sucede la individualidad de la artista es una negociación entre lo que quiere decir y lo que está sucediendo en términos acústicos, vibratorios, la sonoridad es el lugar donde el encuentro sucede y la forma del presente lo más importante. Con Voraz no es del todo así, en la imagen acústica que proyectan efectivamente no hay jerarquía, ningún protagonismo —que vaya que es posible cuando hay un sax, una guitarra eléctrica y una voz con una percusión—, pero tampoco hay ninguna modulación de los estilos, ninguna regulación de los instintos: la voz de Yuko, en su identidad, me parece escucharla más claramente que cuando la he escuchado en proyectos individuales, la intención tímbrica, melódica de María Goded, no la reconozco cuando toca en el ensamble. Parece que las integrantes de Voraz llegan a su sonido acentúando sus caminos personales, se escuchan entre sí con más facilidad cuando se encuentran, cuando están juntas son más ellas mismas como si estuvieran tocando un solo en privacidad, y por otro lado revelan partes insospechadas de su identidad musical; esta es una buena definición de amistad. Tal vez, hablando un poco de cada de una las partes de un caleidoscópio pueda tener sentido el extravío de una forma, cambiante pero concreta:

***

La capacidad atmosférica de Piaka Roela se organiza en horizontes amplios, sueños profundos y extensos de soledad paisajística, la guitarra eléctrica barítono carga consigo una memoria del country y el folk del western que se entiende mejor cuando uno se para a observar las amplias llanuras del noreste, vacíos inmensos que aún recuerdan el mar que los poblaba, mar nocturno sin duda, donde los viajeros a pesar de las estrellas se extravían. La de la guitarra barítono es una paleta de color más amplia, más pesada que la guitarra eléctrica usual, cuando Piaka, pájaro nocturno, deja que la guitarra vuele y se extienda en toda su capacidad vibratoria y voltáica, a veces nada más deja que la electricidad perviva, y a veces parece que su inspiración viene del Heavy o Black Metal y el Hard Rock, pero no es así, es que la peculiaridad de su rango emocional lleva la música por dentro y cuando se expresa los sueños se intensifican en espesor y la acuarela se vuelve óleo revelando una estructura insospechada, discreta.

***

La voz de Yuko, tal vez por la facilidad aparente del don o del talento, de la apariencia acabada de la preparación invisible, por la ubicuidad de su rango, entre la electrónica y una rabia y una amabilidad que brincan de un estado a otro sin gradación aparente, como hacen los gatos, por su agarre de la función poética de la voz inconfundiblemente humana no se sabe muy bien de dónde viene, pero se sabe a dónde va, a un lugar reconocible y desconocido, terrible por lo mismo, hermoso por lo mismo. Es por que Yuko al sonar está dibujándose, descubriéndose, interrogándose, que puede transmitir ese sentimiento de ubicuidad, de no tener país del que pueda ser desterrada, no tiene país al cual volver, tal es el grano de su voz, un reflejo personal y momentáneo.

 

***

¿Cómo se expresa la intuición en el aliento, cómo sucede que fluye la honestidad en la respiración? Con sencillez. María me ha contado que la respiración ha sido para ella todo un asunto, el asma, sensación de opresión en la caja toráxica y la evidencia más patente entre el interior y el exterior. La delicadeza y la fuerza en el rango del saxofón alto, es el mismo rango en el registro de su voz hablada, tentativa, intermitente y fluida en la rítmica, tenue y brusca en el timbre, porque aprende a ser y en el sonido inmediato se conjuga. Últimamente también toca el sax tenor, porque ahora le hizo más sentido descender un poco en la vibración de la laringe. María no tiene lugares comunes, dice lo que tiene que decir, sin prisa, sin drama, sin reducirlo, sencillamente habla por la boca del saxofón con la naturalidad del amanecer, del atardecer, saliendo y volviendo al silencio.

***

André Cravioto tiene un álbum que tituló “Registros del Amanecer”, los acordes dulces de tercera y sexta que brincotean sobre sus percusiones y disvarían hacia la disonancia y la síncopa en la cantada dejan claro que lo bonito es invencible, inmitigable, su confianza en la legitimidad de su voz humana y de su sostén rítmico, cuando es desbordada y quema es dentro de la seguridad silenciosa de que todas las mañanas del mundo podrán ser sin retorno pero también son sin derrota, en sus palabras, “entre el frío y el jazmín”. Las percusiones de André son fundamentales para marcar el ritmo de las sensaciones abismales que se tensan entre la voz y el sax, entre el sax y el voltaje de la guitarra. Sé que puede sonar extravagante pero André en Voraz es la voz de la razón, y las razones que da son buenas, no disuelven el delirio, no maquetan un orden artificial, nos ayudan a seguir ese viaje que se siente como un extravío dirigido, incluso en sus rolas que no son más que algunos signos acordados, muy abiertos a la improvisación, y un cierto sentimiento vagamente perseguido en grados localizados de intensidad dinámica. ¿Qué es la intensidad, la fuerza contundente de una sonoridad? La voracidad es la de un crecimiento, una extensión armónica que se estira transfigurándose, agrandamiento que inunda y consume el espacio. El sonido de Voraz puede llegar a ser meditabundo, dulce, y terrible.

Erick Vázquez

Ave nocturna

 

La larga historia del goce de hacer sonar una cuerda cambió para siempre con la aparición del voltaje. La guitarra eléctrica es el instrumento insignia del siglo XX porque tiene el rango suficiente para expresar toda el espectro de rabia y ternura propias de una civilización que aceptó la electricidad como parte de su naturaleza. Piaka empezó a tocar la guitarra de manera completamente intuitiva, completamente autodidacta, su camino es el suyo y tal vez por eso su estilo es su persona misma y su forma la forma de una soledad expandida, una soledad que es la forma externa y representable de un mundo interior.

Todo arte es una manifestación de una cierta privacidad, pero la música, a diferencia de las imágenes visuales o el lenguaje articulado, parece ser de entre todas las artes la privilegiada para formular una intimidad hecha para ser compartida, tal vez en virtud de una dialéctica entre las vibraciones  y el caracol del oído,  un sonido que se encuentra tanto adentro como afuera, y tal vez toda la música, desde que aprendimos el placer de sonar, ya con nuestros propios cuerpos, ya percutiendo huesos y rocas, no esté tan alejado del goce de sonar que experimentan los leones marinos, las ballenas, y por supuesto, los pájaros. Piaka es un ave nocturna, que se encuentra natural entre las sombras, cómoda en su camuflaje con la inmensidad de la noche, y la particularidad de la noche es que tiene una velocidad, una densidad distinta al día. La primera vez que la escuché la vi subir solita con su guitarra, yo tenía acá ya un año y estaba acostumbrado a pensar que los sets de impro eran combinaciones de diferentes artistas, y recuerdo ahora cada vez que la escucho mi sorpresa de aquella primera ocasión en que ella con una sola guitarra y un par de pedales comenzó a invadir el espacio, mi sorpresa ante esa masa eléctrica emanando de una persona tan discreta, invalidando toda dimensión: el bar era enorme —considerando lo pequeños que suelen ser los venues que brotan y desaparecen espontáneamente en la comunidad de la improvisación— gradualmente el sonido amplificado de la guitarra eléctrica crecía como una vibración espesa y envolvente, como una invocación de una presencia que parecía que iba seguir creciendo, más allá del escenario, más allá de nosotros, excediendo las paredes del edificio, igualando la mancha urbana, mezclándose con la noche entera.

Como toda ave nocturna, Piaka tiene algunas costumbres, el arte de improvisar es el arte de estar absolutamente en el presente, sí, pero toda artista carga un mínimo de equipaje, y entre las constantes de Piaka hay una insistencia en el punteo circular de las cuerdas muy cerca de las pastillas, una melodía infinita que mantiene como una mirada puesta sobre el extenso horizonte de acordes con intervalos muy amplios, que sostiene octaveados y espesos mediante los pedales que usa para ir abriendo cada vez más la ya ampliada vibración de los intervalos, momentos dilatados de suspenso marcados por un pulso constante como el un tic tac de un reloj de cuerda o la contracción y distensión cardíacas. La imagen total es un paisaje, por eso alguna vez pensé que por su parte la guitarra barítono era una elección natural, por la historia que el instrumento tiene con el western, los paisajes abiertos que inevitablemente nos despiertan una nostalgia por lo remoto desconocido, pero como todo mundo sabe y recuerda, los desiertos comparten su linaje con los océanos, la profundidad del mar y la altura inalcanzable de la bóveda celeste son un espejo, y el reflejo en esas dimensiones sonoras es el deseo de disolverse, como el rocío en la atmósfera, donde lejos y cerca ya no tienen mucho sentido, en un paisaje acústico que nos envuelve por completo el yo tiende a la disolución. Piaka no hace pausas porque el océano tampoco se interrumpe, porque su relación con el silencio no es con el silencio en sí, es con su silencio interno, y parecería que Piaka toca para desaparecer, que desaparece para saber quién es. Es un talento peculiar, saberse abandonar dentro del sonido para encontrarse, es un raro talento saber cómo extraviarse, y para el caso la improvisación libre es un camino ideal porque lo que ofrece es de lo que carece, porque a la improvisación no le pertenecen ningún recurso identificable como alguna relación tonal, ninguna estructura establecida como tema y variación, es precisamente por esta ausencia de referencias que el extravío de la identidad, de la historia personal cruzada con la historia en letras mayúsculas es posible para inventar, aunque sea por los momentos fugaces, borrones de la persona.

Piaka forma parte de varios ensambles, Grietas, Ronronoise, Voráz, Western Nereidas, y un ensayo para reflexionar cómo se influyen entre sí artistas tan distintas y diversos tal vez pueda ayudar a comprender cómo es que formaciones musicales de conservatorio, autodidactas, provenientes de una orquesta de banda, de un grupo de punk, del performance, del jazz o el free jazz sean reconocibles bajo un sólo e indefinido concepto que inmediatamente sabemos llamar “impro”; la tarea de realizar esta serie de relaciones en una escena tan rica suena a un ensayo imposible, por la cantidad de entrecruces que habría que analizar pero sobre todo porque el arte de la influencia es un arte justamente desde que no sabemos exactamente cómo ni cuándo encuentra su origen. Tal vez la influencia sólo sea un despertar de algo que ya estaba ahí esperando el contacto. Piaka Roela tenía hace algunos años bandas de rock y punk donde también cantaba, y ya sea por influencia o por recuerdo Piaka ha venido recientemente involucrando la voz de su garganta, palabritas murmuradas, sugeridas casi, la huella indeleble de su persona y cuerpo. Es muy difícil involucrar el lenguaje articulado con la improvisación libre, porque el orden que sostiene una palabra está atado a una lógica del sentido, a un sistema de códigos preestablecidos, pero no es absolutamente imposible, y el hecho de que Piaka esté usando palabras fusionadas sobre un paisaje de disolución tal vez indique que se encuentra en el camino de unir los puntos parabólicos de aparecer mediante la desaparición, y acaso todo arte del extravío sea más bien un arte de la reaparición, de la reinvención de sí en un acto místico, extraordinario de dejar de ser para sólo ser siendo, aunque sea sólo por los breves instantes de un concierto, el sueño legítimo de libertad del que el arte es promesa.

Erick Vázquez