La larga historia del goce de hacer sonar una cuerda cambió para siempre con la aparición del voltaje. La guitarra eléctrica es el instrumento insignia del siglo XX porque tiene el rango suficiente para expresar toda el espectro de rabia y ternura propias de una civilización que aceptó la electricidad como parte de su naturaleza. Piaka empezó a tocar la guitarra de manera completamente intuitiva, completamente autodidacta, su camino es el suyo y tal vez por eso su estilo es su persona misma y su forma la forma de una soledad expandida, una soledad que es la forma externa y representable de un mundo interior.
Todo arte es una manifestación de una cierta privacidad, pero la música, a diferencia de las imágenes visuales o el lenguaje articulado, parece ser de entre todas las artes la privilegiada para formular una intimidad hecha para ser compartida, tal vez en virtud de una dialéctica entre las vibraciones y el caracol del oído, un sonido que se encuentra tanto adentro como afuera, y tal vez toda la música, desde que aprendimos el placer de sonar, ya con nuestros propios cuerpos, ya percutiendo huesos y rocas, no esté tan alejado del goce de sonar que experimentan los leones marinos, las ballenas, y por supuesto, los pájaros. Piaka es un ave nocturna, que se encuentra natural entre las sombras, cómoda en su camuflaje con la inmensidad de la noche, y la particularidad de la noche es que tiene una velocidad, una densidad distinta al día. La primera vez que la escuché la vi subir solita con su guitarra, yo tenía acá ya un año y estaba acostumbrado a pensar que los sets de impro eran combinaciones de diferentes artistas, y recuerdo ahora cada vez que la escucho mi sorpresa de aquella primera ocasión en que ella con una sola guitarra y un par de pedales comenzó a invadir el espacio, mi sorpresa ante esa masa eléctrica emanando de una persona tan discreta, invalidando toda dimensión: el bar era enorme —considerando lo pequeños que suelen ser los venues que brotan y desaparecen espontáneamente en la comunidad de la improvisación— gradualmente el sonido amplificado de la guitarra eléctrica crecía como una vibración espesa y envolvente, como una invocación de una presencia que parecía que iba seguir creciendo, más allá del escenario, más allá de nosotros, excediendo las paredes del edificio, igualando la mancha urbana, mezclándose con la noche entera.
Como toda ave nocturna, Piaka tiene algunas costumbres, el arte de improvisar es el arte de estar absolutamente en el presente, sí, pero toda artista carga un mínimo de equipaje, y entre las constantes de Piaka hay una insistencia en el punteo circular de las cuerdas muy cerca de las pastillas, una melodía infinita que mantiene como una mirada puesta sobre el extenso horizonte de acordes con intervalos muy amplios, que sostiene octaveados y espesos mediante los pedales que usa para ir abriendo cada vez más la ya ampliada vibración de los intervalos, momentos dilatados de suspenso marcados por un pulso constante como el un tic tac de un reloj de cuerda o la contracción y distensión cardíacas. La imagen total es un paisaje, por eso alguna vez pensé que por su parte la guitarra barítono era una elección natural, por la historia que el instrumento tiene con el western, los paisajes abiertos que inevitablemente nos despiertan una nostalgia por lo remoto desconocido, pero como todo mundo sabe y recuerda, los desiertos comparten su linaje con los océanos, la profundidad del mar y la altura inalcanzable de la bóveda celeste son un espejo, y el reflejo en esas dimensiones sonoras es el deseo de disolverse, como el rocío en la atmósfera, donde lejos y cerca ya no tienen mucho sentido, en un paisaje acústico que nos envuelve por completo el yo tiende a la disolución. Piaka no hace pausas porque el océano tampoco se interrumpe, porque su relación con el silencio no es con el silencio en sí, es con su silencio interno, y parecería que Piaka toca para desaparecer, que desaparece para saber quién es. Es un talento peculiar, saberse abandonar dentro del sonido para encontrarse, es un raro talento saber cómo extraviarse, y para el caso la improvisación libre es un camino ideal porque lo que ofrece es de lo que carece, porque a la improvisación no le pertenecen ningún recurso identificable como alguna relación tonal, ninguna estructura establecida como tema y variación, es precisamente por esta ausencia de referencias que el extravío de la identidad, de la historia personal cruzada con la historia en letras mayúsculas es posible para inventar, aunque sea por los momentos fugaces, borrones de la persona.
Piaka forma parte de varios ensambles, Grietas, Ronronoise, Voráz, Western Nereidas, y un ensayo para reflexionar cómo se influyen entre sí artistas tan distintas y diversos tal vez pueda ayudar a comprender cómo es que formaciones musicales de conservatorio, autodidactas, provenientes de una orquesta de banda, de un grupo de punk, del performance, del jazz o el free jazz sean reconocibles bajo un sólo e indefinido concepto que inmediatamente sabemos llamar “impro”; la tarea de realizar esta serie de relaciones en una escena tan rica suena a un ensayo imposible, por la cantidad de entrecruces que habría que analizar pero sobre todo porque el arte de la influencia es un arte justamente desde que no sabemos exactamente cómo ni cuándo encuentra su origen. Tal vez la influencia sólo sea un despertar de algo que ya estaba ahí esperando el contacto. Piaka Roela tenía hace algunos años bandas de rock y punk donde también cantaba, y ya sea por influencia o por recuerdo Piaka ha venido recientemente involucrando la voz de su garganta, palabritas murmuradas, sugeridas casi, la huella indeleble de su persona y cuerpo. Es muy difícil involucrar el lenguaje articulado con la improvisación libre, porque el orden que sostiene una palabra está atado a una lógica del sentido, a un sistema de códigos preestablecidos, pero no es absolutamente imposible, y el hecho de que Piaka esté usando palabras fusionadas sobre un paisaje de disolución tal vez indique que se encuentra en el camino de unir los puntos parabólicos de aparecer mediante la desaparición, y acaso todo arte del extravío sea más bien un arte de la reaparición, de la reinvención de sí en un acto místico, extraordinario de dejar de ser para sólo ser siendo, aunque sea sólo por los breves instantes de un concierto, el sueño legítimo de libertad del que el arte es promesa.
Erick Vázquez

