Torso Corso en el Parker & Lennox

Hay una diferencia entre los artistas jóvenes y los jóvenes a secas, ambos quieren ver el viejo mundo arder, ambos desean la caída de una obsolescencia que no los satisface, un sistema que no les interesa, la diferencia entre unos y otros es que los artistas tienen un plan, un plan que para el escándalo de la hegemonía en turno es un juego en serio.

Cortesía Raziel Photography

Las primeras veces que escuché a la banda de Torso Corso fue en los escenarios no institucionales que son los ideales para una exposición a quemarropa, y fuera de la experiencia neta y cruda de una rabia inteligente la verdad no entendí gran cosa. Los cambios bruscos pero sensiblemente orgánicos entre formas reconocibles del jazz clásico, el free jazz y el punk no confunden una intención de fondo, el golpe sólido del ritmo y la síncopa, la presencia nítida de una idea previa trastornada por la obvia intervención de la improvisación libre nomás no la cachaba, hasta que los escuché en el Parker & Lennox.

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El Parker & Lennox es uno de los escenarios especializados, junto con el Jazzatlán, el Zinco y la Casa Franca, que se distinguen en el catálogo de las opciones para los amantes del jazz por su buena barra de cocteles, restaurante, pero sobre todo por la calidad de sus artistas y la calidad de su sonido. La arquitectura acústica del Parker es lo que el audiófilo más obsesivo sueña, un lugar a salvo de sus pesadillas privadas de saturación y rebote alucinante entre techo y paredes. Fue bajo estas condiciones que por fin pude escuchar en Torso Corso la estructura de una idea fluida del compás, del ritmo, la habilidad de Ayamel, el bajista, y Eitán el baterista —miembro original que va y viene de la banda cuando Dalí anda en otras cosas— para fluir entre la estructura del blues o el jazz para escuchar las frases reflexivas, personales y poco anticipadas en el sax de María Goded, el impulso hacia el free jazz del sax de Ernesto del Puerto siempre listo para brincar al espíritu del punk, la guitarra eléctrica, hipersensible al pitch, de Emiliano Cruz, la textura del rock pesado en la guitarra de Bernardo Moctezuma que con placer pasa al jazz más idiomático en los teclados, y el confiable bajo de Ayamel que con la batería juntos son como un camaleón transfugado que soporta todos los climas. Esta mezcla se salva de la confusión, repito, por una idea del compás concebido como una estructura flexible en la genética tan cercana que se conserva entre el punk, el rock, el blues, y el jazz con el free jazz y su pariente, aunque lejano, de la improvisación libre. Haber hecho las cuentas para hacer la relación casual de los tiempos se sumó a un sentido del timbre que se soporta muy bien en este árbol genealógico plagado de influencia vanguardista, que gravita ingrávido de un momento a otro gracias a que han acordado ciertos cues, señales que marcan pautas en la estructura de cada rola y que sirven para avisar que un flujo de improvisación ha terminado o está por inaugurarse como un caudal siempre abierto al caos, es decir, a la posibilidad expandida de una organización distinta. Desde que se trata de una banda esencialmente diatónica, es el centro elíptico entre el caos organizado y la estructura coqueteando con la disonancia lo que le da su frescura y sus posibilidades de ser lo que se les venga en gana según el ánimo, por eso la misma rola nunca es la misma cada vez que la tocan. Pero lo importante no es el dato técnico, lo importante es que no son trucos para sorprender, lo importante de su búsqueda y estrategia es el gesto de autenticidad, si bien son una banda con ambiciones legítimas e inteligentes en Torso Corso no hay subterfugios subliminales ni aspiraciones artificiosas de teoría musical, es un experimento a puertas abiertas que busca conectar con su audiencia, una invitación a jugar, el deseo de que quien los escuche los acompañe en una aventura que borre todos los límites arbitrarios internos a la historia de la música, desvanezca la diferencia entre el humor y la seriedad, la tradición y la vanguardia, por eso, si bien el Parker & Lennox me dio la posibilidad de una escucha más lúcida y analítica, el ambiente natural de la banda es el escenario y público arriesgado donde una energía rasposa eleva la presión arterial y satura los oídos confundiendo el pulso de la rola con una posible arrítmia cardiaca, es un problema interesante que no se requiera de la alta definición para escuchar el corazón de un proyecto que sólo puede ser posible tomando la amistad como punto de partida, porque sólo la amistad permite la coherencia en la contradicción como un plan sostenido.

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¿Qué es la amistad? La respuesta clásica en la historia de la filosofía es la que le dió Epícteto al Emperador Adriano: Concordia, el vocablo latino que alude al órgano cardíaco y que se traduce al español como Armonía. Las relaciones entre forma musical, en un ensamble instrumental que carece de frontman o protagonista, los juegos de timbre y el amor al ritmo y la disonancia responde a la pregunta por la amistad, en el muy particular caso de Torso Corso, como una conversación entre las diferencias, una identificación que acentúa las individualidades para permitir que cada quien desarrolle su propia voz en compañía. Tal vez la pregunta por la amistad varíe con la edad, cuando somos niños la amistad es el accidente de la cuadra y la escuela, con la adolescencia ni me quiero meter porque la presión social y las hormonas lo hacen todo muy confuso, en la juventud acaso sea la búsqueda y en la edad madura las ganas de persistir en el sueño de una búsqueda ya perdida que se quiere seguir encontrando, en la vejez acaso la amistad sea como en la niñez, el accidente de compartir un pastillero y un pasillo. La historia de Torso Corso es particular también en este sentido porque algunos se encontraron desde niños porque sencillamente vivían cerca, otros se toparon durante la adolescencia en un concierto de The Cure, ahora tienen el gusto por los libros y el cine en común, y todo eso se traduce en una manera de sonar que me tiene un tanto impaciente de escuchar qué van a hacer después.

Erick Vázquez