El gesto insospechado

 

Lo que no me explico de Jackson Pollock es que, antes de aventurarse en la técnica del chorreado, ya era un artista famoso por su uso de la línea y de la herencia expresionista, ya no necesitaba ir más lejos, ya el color y una comprensión muy personal del espacio le habían garantizado una buena renta para su taller, una vida rica en relaciones y estímulos, una vida plena para cualquiera, y sin embargo, acaso por una insatisfacción crónica, siguió buscando, experimentando, acaso gracias al margen de creatividad que le aportaba la tendencia a los enormes lienzos de los pintores norteamericanos que ampliaban con su magnitud espacial las capacidades de la imaginación, metros y metros de tela que hubieran resultado sorprendentes e incluso absurdos para los expresionistas europeos con sus humildes lienzos de caballete, que nunca hubieran podido concebir telas que se podían ver desde muy lejos y que los norteamericanos de la vanguardia sintieron tan necesarias, tal vez por sus trayectos en las inmensas calles de Nueva York, por su soledad de extensión continental. Un día de 1936, Pollock encontró lo que buscaba sin saberlo, sorprendido, vio su sed por la aventura saciada en el cómo Siqueiros pintaba aprovechando el accidente de la pintura que chorreaba. El encuentro de Pollock con el objeto de su deseo se terminó de concretar cuando otro día, en una galería, vio las enormes pinturas de Janet Sobel, y dedujo que seguramente pintaba acostada sobre el lienzo: Aprovechar el accidente, una postura del cuerpo para pintar que nunca se le hubiera ocurrido a un pintor atado a la tradición del caballete y la perspectiva, Pollock comprendió que una inclinación, un caminar alrededor del lienzo sobre el piso, un volcar el cuerpo sobre una superficie plana produciría una imagen insospechada que cambiaría la historia de la pintura para siempre, pero ¿cómo podemos entender los efectos del cuerpo sobre una imagen? Si observamos videos de Pollock inclinado sobre sus lienzos, chorreando aquí y allá y una intención discreta sobre la forma, si vemos fotografías de Janet Sobel acostada sobre sus lienzos, podríamos, sin necesidad de mucho esfuerzo, proyectar, imaginar el resultado, para luego ver la pintura terminada y no entender cómo sucedió aquel color inesperado, aquella línea punteada y esa composición final. Los cuadros de Pollock son siempre sorprendentes en virtud de su relación entre los gestos de un cuerpo y una imagen producida sin saber con precisión cómo. La correspondencia entre los movimientos de un cuerpo para producir una imagen y su resultado es disimétrica, porque el cuerpo es propiedad de la danza y la danza expresa lo imposible, y ¿es igual en la imagen acústica? ¿En la música? Si escucháramos a un baterista, sin la posibilidad de verlo, podríamos, con un esfuerzo de nuestra imaginación y con un grado aceptable de éxito, visualizar los movimientos que el baterista está haciendo, ¿y a la inversa? ¿podemos ver, solamente ver los movimientos de un baterista sin acceder a la escucha, y con nuestro oído interno completar la imagen acústica?

Milo Tamez es un percusionista y es también un investigador muy original, con una curiosidad inmitigable, un interés sobre la dimensión espiritual y fisiológica del cuerpo, las ciencias de la percepción y las teorías acerca del tiempo y el espacio, la naturaleza atómica de la célula y sus vibraciones. Pollock: tambores pintores es uno de los resultados de estas investigaciones, de sus muchas andanzas y lecturas, y es en donde su teoría pasó a ser teorema, presentado en una versión reciente el pasado 12 de octubre, en el Centro Nacional de las Artes, bajo la curaduría de Gonzalo T. Alonso. El día del concierto, en el salón y ante la audiencia, Milo ante su batería, extendiéndose sobre su lienzo, comenzó realizando los movimientos correspondientes del cuerpo para la percusión, las baquetas en las manos, los brazos subiendo y bajando con vigor, el torso girando para recorrer los toms y la tarola, estirándose para alcanzar el platillo, ride y crash, pero sin hacer nunca contacto, sin producir sonido alguno, sólo una muda coreografía estrictamente visual hasta que de pronto, por la naturaleza propia de la cercanía y la potencia de los movimientos, algún accidente, la punta de la baqueta en la mano izquierda alcanzó un disco y la brillantez de un color se expandió por el salón, Milo tomó el accidente y lo cabalgó para ahora sí sonar con la irrupción de un retumbar profundo del bombo para las notas negras, salpicando el contratiempo, lanzando brochazos carmesís marcados por interrupciones sobre el tiempo, con el canto definitivo de los tambores sobre el espacio, para de pronto interrumpirse de nuevo y volver a los puros movimientos en silencio, pero después ya nada fue igual, porque ahora podíamos escuchar los gestos, como en una invocación, los movimientos comenzaron a escucharse metafísicos entre nosotros, como si con el solo tomar un pincel y hacer los brochazos en el aire pudiéramos ver la pintura formarse en la nada, en la conjunción de nuestros oídos internos, en la percusión de nuestros interiores. ¿Es eso la música, la imagen interna de una sutíl sugerencia? En el medio del concierto Milo comenzó a hacer movimientos que no son los usuales de un baterista, movimientos del brazo que caían por fuera del ámbito de las superficies, que se acercaban a agitar la muñeca en el espacio puro, movimientos de la bataca hacia el techo, como picando el cielo, incorporándose para circular el hombro y la mano con la escobilla sobre su cabeza, y nuestra imaginación salió corriendo apresurada a reproducir un sonido imposible que correspondiera, un sonido imposible y perfectamente verosímil. Agitados por el crescendo de un estruendo estrictamente visible, la respiración y los roces de las manos y las cabezas que se inclinaron para escuchar mejor lo que sólo veíamos, la propia palpitación quedó sepultada bajo el estrépito en el remate de una batería que no emitió vibración ninguna y que encontró su eco exacto en el furor de los aplausos, completando la pintura, la imagen estaba hecha.

La función de la curaduría fortalece las posiciones de los artistas dentro de la institución, y al ponerlos en relación sirve también para articular sus propuestas y sus narrativas, aclarándolas, expandiendo sus campos de sentido, por lo menos así funciona dentro de la literatura y el arte contemporáneo, que son campos muy establecidos, de una posición ya plenamente institucionalizada, la diferencia radical entre una curaduría de artistas conceptuales o escritores y una curaduría de artistas de la experimentación sonora es que la de estos últimos recibe una atención tambaleante y escasa por parte de la institución, además que es siempre una obra en constante transformación, la de la experimentación sonora es una escena conformada por artistas con un grado de independencia creativa y de improvisación que ellos mismos no saben exactamente qué esperar del resultado, características que pronuncian aún más la identidad individual, la potencia intrínseca, y bajo estas condiciones el control curatorial se limita a una intuición informada, a una apuesta más o menos calculada. La curaduría de Gonzalo T. Alonso en torno a la percusión fue comprensiva de esta realidad, porque él mismo es músico y compositor, con un interés práctico y teórico, y fue esa comprensión la que le llevó a tomar riesgos que son congruentes con la naturaleza de la experimentación con la que trata, riesgos que resultan indispensables —como también Marco Albert ha demostrado con su curaduría en el teatro Lola Cueto—, al apostar por elementos pertinentes para alcanzar un objetivo desconocido. La importancia de la curaduría para la escena de la experimentación y la improvisación libre de esta ciudad es difícil de exagerar, porque nos ayuda a mejor entender a artistas que, como Milo, tienen toda una investigación detrás, y porque nos ayuda a escuchar de una manera distinta a artistas que tal vez ya creíamos conocer.  

Erick Vázquez

 

 

Samuel Cedillo en el Ex Teresa y Membranas Espirales en el CCE

Samuel Cedillo presentó tres obras en el Ex Teresa. La atmósfera de este espacio, con su reverberación eclesiástica, está lejos de ser neutra en acústica y mensaje, y los conceptos de Samuel, aunque vigorosos, son tan delicados que requieren de condiciones de auditorio. Lo curioso es que las obras de Samuel pueden dar la impresión de no requerir este cuidado, podría parecer que aguantan condiciones de competencia ruidosa e industrial, pero si algo quedó claro en el concierto del Ex Teresa es la dimensión de miríada armónica que el peculiar tratamiento de Samuel les saca a los instrumentos. En la primera obra presentada, “Estudio de Contrapunto II”, la guitarra estaba acostada en una mesa, y fue tocada a cuatro manos con serruchos de diversos tamaños, por los intérpretes Alex Bruck y José Manuel Alcántara, protegidos en sus manos con guantes de carnaza. Suena a una tosquedad, pero los sonidos fueron más bien exquisitos en la intensidad cromática de la guitarra en toda su corporalidad, Bruck y Alcántara tocaron en un equilibrio entre una falta de piedad hacia el instrumento musical, sugerida por el método de los instrumentos de trabajo rudo, y una delicadeza y atención a la partitura. Tengo entendido que a Samuel no le interesa la distinción entre la belleza y la fealdad, como a tantos artistas contemporáneos que han dejado atrás la discusión estética para concentrarse sencillamente en la libertad de lo que tienen qué decir, pero la sutileza sonora producto del tratamiento técnicamente arduo es tan cercana a la materialidad sin pretensiones, tan efectiva en el sonido, que el concepto pasa al escucha sin reservas y el resultado es netamente sublime y terrenal. Nunca hay suficiente belleza en este mundo, aunque se desborde en cada metro cúbico del planeta.

Foto cortesía de Rebeca Martell

Con las obras de Samuel Cedillo es común que los intérpretes tengan la experiencia de ampliar los límites de su instrumento. Creo que es gracias a la imaginación del compositor. ¿Qué será la imaginación en la música? El concepto de idea musical es elusivo, igual que muchas otras nociones fundamentales de la práctica, en particular de la música contemporánea, pero no creo que esta elusividad conceptual se deba a que pensar la música sea difícil, creo que solo no tenemos la costumbre y la intención seria de ponerle nombre a las cosas, y posiblemente esta timidez intelectual sea culpa de Hegel —siempre es buena idea culpar a Hegel de todo— por haber dicho que la música no tenía nada que ver con la precisión de la palabra. Pero Hegel no entendía gran cosa de arte. Tal vez con tan solo ponerle atención a lo que los artistas están haciendo logremos decir algo más allá de la emoción que nos causan, y la inspiración de Samuel Cedillo es muy explícita en el cómo se manifiesta empujando la instrumentación hacia sonidos insospechados observando objetos cotidianos e imaginándose el resultado: si no hubiera estado viendo esa noche en el Ex Teresa no hubiera pensado que era un trombón lo que escuchaba, Xavier Frausto tocando con los labios muy apretados para hacerlo sonar aéreo y ligero, enrarecido y sibilante como una nube pero con la potencia de la tromba, pasar a un segundo momento y aprovechar el rugido elefantico del brazo entero del instrumento. En un tercer momento de la obra, Frausto sumergió la boca del instrumento en un bote de peltre con agua, rechinando los bordes de la boca del trombón en las paredes del peltre, ahogando en la sordina borboteante del agua la potencia aún sensible del metal. La obra para trombón solo, “Monólogo VII, Muerte de Poseidón”, se estrenó esa noche; ahogar al dios de los mares, un gesto de humor que a Nietzsche le hubiera le hubiera despeinado los bigotes de la risa.

Foto cortesía de Rebeca Martell

La tercera obra presentada, “La máquina parlante”, es una obra originalmente concebida para voz sola, una sola frase, sin comas, de aproximadamente media hora de duración. La larguísima frase se expresa en inflexiones frenéticas que casi hacen inaudibles las palabras, casi, pero que sí se alcanzan a oír y que se mueven en una reflexión delirante sin final como… “contracción del diafragma descenso del diafragma presión en el tórax frecuencia de respiración repliegue de los músculos membranosos tráquea laringe movimiento de la mandíbula movimiento de la lengua del paladar morfología estructural del esqueleto…” En este frenesí el lenguaje articulado y la función de la palabra se estiran al exceso del sentido, es decir, a su ausencia. La versión coral, a cinco voces, presentada en el Ex Teresa no me pareció que funcionara con la misma contundencia que la voz sola, porque cinco personas hablando al mismo tiempo con la instrucción del delirio borran toda capacidad de distinguir la pronunciación, la riqueza de las cinco voces al nivel del habla forzadas a la escucha simultánea presionan la frase hasta reventarla, y si no se entienden las palabras la tensión del lenguaje articulado al borde del sin sentido se desvanece para dar paso a la intención más puramente musical del alarido, disipando la angustia que siente todo ser racional cuando se le revela que el lenguaje no sirve para comunicar, que la locura habita en el corazón de la lógica, lo cual es la esencia y la potencia original de “La máquina parlante”.

A unas calles del Ex Teresa se presentó esa misma noche el montaje de “Membranas Espirales”, en el Centro Cultural de España, bajo la curaduría de Cinthya García Leyva, invitada por la institución bajo la curiosísima consigna de que las propuestas sucedieran fuera de los espacios que naturalmente se entienden como auditorios. Es inusual la convocatoria de una institución para que se la trate de manera poco convencional, y Cinthya tiene un largo y serio trayecto académico pensando la naturaleza de la huella sonora y cómo ésta se aloja en el cuerpo y la experiencia compartida. Para su curaduría se concentró en pensar las relaciones físicas, las texturas de los espacios, el flujo de los públicos en el uso de las escaleras, en transitar los espacios no considerados escenarios, problemas que fueron soluciones para hacerlos parte de la pieza por parte de Milo Taméz y Jerónimo Naranjo con el equipo museográfico del centro cultural. “Membranas Espirales” es una instalación que se desprende de “La batería suspendida”, obra concebida por Jerónimo con Milo en mente, desarmar la batería para expandirla mediante cables y resortes por todo el lugar. La energía que requiere tocar el instrumento-instalación, agacharse acá, salir corriendo para brincar y tocar allá, es claramente un reflejo del cómo Jerónimo interpreta la fisicalidad de Milo, que ha incorporado en su persona una extensa y consistente investigación para emancipar la percusión del sujeto sentado que se limita a marcar un ritmo, para abrir la sonoridad de la batería a las voces que originalmente fueron.

Foto cortesía Rafael Arriaga
Foto cortesía Rafael Arriaga

La comprensión de Jerónimo de lo que es un instrumento musical es netamente anatómica, una exploración concienzuda y detallada del cuerpo sonoro y de la construcción del mismo. La imaginación de Jerónimo con los instrumentos me recuerda a los anatomistas del Renacimiento, cuya comprensión del cuerpo y sus capacidades los condujo al análisis por la disección y el interés por el volumen, ilustrando la capacidad del pensamiento mediante la consideración del peso del agua en el cerebro, pensando la función digestiva mediante la extensión de los intestinos que pueden llegar a seis metros, como un corno francés desplegado; y mi ejemplo favorito, el de los pulmones que juntos llegan a pesar alrededor de un kilo y medio, dentro de la caja torácica ocupar un área de aproximadamente 26 centímetros, pero que si se sacaran las bolsas extendiendo los árboles de los alvéolos su extensión ocuparía una cancha de tenis, que si se recorriera el camino por los ductos del aire desde la naríz y de regreso se recorrerían 2400 kilómetros. Era lógica la conclusión de que una batería de percusión expandida ocupara toda la interioridad arquitectónica del Centro Cultural de España. La de Jerónimo sobre los instrumentos musicales es una comprensión poética pero que de ninguna manera es un pensamiento metafórico, es la expansión real de una dimensión acústica, la realidad anatómica y material de la vida corpórea de un instrumento, si entendemos que un instrumento está vivo en la medida en la que su sonoridad permanece intacta, y tal vez esta sea la imaginación musical de los artistas en nuestros días, una imaginación matérica, realista e inmediata y por lo mismo desbordada.

Foto cortesía Rafael Arriaga

El concierto comenzó cuando desde el quinto piso del centro cultural descendió un tumulto que parecía un redoble de tambores si tal cosa pudiera ser posible sin percutir la membrana. Es la invención de los resortes que sostenían y atravezaban las tarolas que, al ser tocados, estirados, arrastrados por la textura de los pisos, hacían murmurar las membranas en un espectro armónico amplio y correlón por todo el edificio, del que Milo y Jerónimo hicieron uso en barandales, estructuras metálicas de los polines que sostienen las escaleras, glissando los cables tensados de los que suspendían las diversas partes del instrumento con arcos de cuerda. Nada más efectivo y punk para sacudir los más acendrados prejuicios musicales que poner en jaque la lógica de un auditorio, manifestando la naturaleza arquitectónica de un edificio, en la que mientras permanezca invisibilizada la función jerárquica de pisos y butacas, escaleras y puertas, siempre permanecerá agazapado y discreto el subterfugio del poder político.

Tanta inteligencia y genialidad y belleza en una sola noche. Son este tipo de eventos en la escena de la experimentación musical de la Ciudad de México las que me hacen pensar qué tal vez la música en el país no haya sido tan rica e interesante desde los tiempos de Chavez, Ponce y Revueltas, cosa que he dicho en un par de ocasiones, levantando algunas cejas, ante esta afirmación una persona casi se para de pestañas, pero cada vez me parece menos exagerado confiar en mi propio criterio, sobre todo porque ahora la musica en México, en una muy buena medida, se encuentra libre del peso que gravitó en la época en que los compositores quisieron ser nacionales, mexicanos, apegarse a la dicción a la que se montaron los muralistas y moralistas de los treinta y cuarenta del siglo XX. Sólo la crítica más conservadora se escandaliza ahora cuando se considera al arte contemporáneo con la misma dignidad de ocupar un museo que se le atribuye a los Riveras y los Orozcos. Si la música contemporánea en México no es considerada todavía con la trascendencia con la que se considera a los compositores consagrados de la primera mitad del siglo pasado no es por falta de audacia y talento, es porque la música no cuenta ahora con el apoyo y los recursos que la agenda nacionalista designó en su momento a los que ahora se consideran grandes. En fin, es mi opinión que no tiene nada de humilde, en todo caso la historia me juzgara de payaso por mi derecho a equivocarme, por lo pronto me quedan el placer y el privilegio.

Erick Vázquez

Milo Tamez o el comienzo sin final

El oído interno es un fenómeno sencillo de explicar: las vibraciones del tímpano se acomodan según su frecuencia en el caracol mucoso que las transforma en estímulos eléctricos específicos, de ahí se transmiten a la corteza auditiva que forma parte del lóbulo temporal y se transducen en sinapsis, pero hasta ahí llegan las certezas de cómo y qué pasa con el fenómeno complejo de lo que es en su integridad la experiencia del sonido, y en particular de lo que escucha un músico que le da salida sonora a esa experiencia interna mediante su instrumental, voz, cuerda o percusión. La parte misteriosa del oído interno es que cuando ya sucedió la transducción, el mapa neuronal de las sinapsis no se localiza —a diferencia del lenguaje por ejemplo, que se ubica primordialmente en el lóbulo frontal—, la música, en el mapa de relaciones sinápticas sucede en toda la caja craneal sin un patrón constante, conectando ambos hemisferios y posiblemente incluyendo la bolsa de tejido conectivo que lo mantiene estable. Debe ser esta parte ubicua del oído interno la que no se distingue de la imaginación, del deseo, del diálogo consigo mismo habitado por los ecos de los seres que amamos y odiamos y los momentos también, y por lo tanto, el oído interno en su integridad, es el sentido del espacio exterior en sentido absoluto y esto nos orienta para comprender cómo trabajan los compositores sordos y los fotógrafos invidentes.

Foto cortesía de Rafael Arriaga

El oído interno de Milo Tamez es una imagen muy clara, sus atmósferas, intenciones emocionales, la composición de sus abstracciones, se transmite con nitidez. Esta claridad es el resultado de su proceso de trabajo. Hay una parte de su trabajo que lo hermana con otros artistas sonoros, la parte en la que no distingue improvisación de composición, en la que la búsqueda de su expresión individual termina deconstruyendo la noción tradicional del instrumento; la parte que lo distingue es su obsesión sobre las versiones de su trabajo, que graba cuando las presenta, las escucha, analiza, juzga, replantea, vuelve a presentar y empieza todo otra vez en un ciclo que parece no tener fin. (Esta claridad expresiva no sucede con todos los artistas, pero quiero subrayar que no es una cualidad que tenga necesariamente que ver con la calidad de una obra artística en general, otros artistas pueden ser confusos, extraviados en su exploración, caóticos en su amplia orientación al accidente, y esa puede ser su belleza y su mensaje y su grandeza).

La cantidad de recursos que Milo Tamez ha venido desarrollando a partir de la batería no vale el esfuerzo cuantificarlos porque son un montón y no tienen jerarquía —muchos de ellos los comparte con otros artistas de la percusión, como el arco del cello sobre disco o tambor, la exploración de las orillas y superficies—, lo que sí es necesario distinguir en su trabajo es para qué usa esos recursos. Lo raro del fenómeno del arte es que, por ejemplo Milo, al tocar sus percusiones, incluso cuando lo hace de la manera convencional con la baqueta sobre el centro del tímpano, no está escuchando solamente las vibraciones sonoras, está también escuchando lo que su oído interno o su alma le revelan sobre la naturaleza de la realidad, y áun más raro es que en la audiencia, si el artista hace bien su chamba, sucede algo análogo, simétrico, y entonces el arte tiene éxito ahí donde el lenguaje articulado normalmente fracasa: la comprensión de la otredad. Para el caso, Milo es un artista muy ambicioso, porque su tema es el cosmos, la vida animal desde bacteria, insecto y vertebrados, el árbol en su viaje a la semilla, el movimiento de los electrones imitando cuerpos celestes que mantienen nuestra móvil posición sobre la Tierra, comprensión articulada toda en su cuerpo bombeando un pulso constante y estable. Tal vez el instrumento ideal para canalizar esta ambición de magnitudes cósmicas hubiera sido la orquesta sinfónica o el órgano de vapor, pero el destino quiso que Milo amara la percusión, y esta situación en vez de limitar el asunto lo hace más interesante. La investigación de Milo lo ha conducido a los orígenes del tambor, a la raíz de cierta tradición africana y posteriormente latinoamericana donde los tambores cantan, los percusionistas bailan y vocalizan, revelando que la percusión contenía ya desde el principio de su aparición la posibilidad de igualar y hasta superar el rango cromático y melódico de un piano con siete octavas, jugar con el recurso del legato que se piensa tradicionalmente exclusivo a los grupos de cuerdas, exceder la función rítmica del compás para entender la verdadera naturaleza relativa del tiempo.

Milo Tamez con una obra de Lauren Klein

La relación de Milo con la pintura, como explícitamente se puede escuchar en su proyecto de Pollock: tambores pintores, es una clave central para comprender su lenguaje, y el cómo la búsqueda o encuentro de ese lenguaje lo condujo a su exploración sonora de la percusión. Humboldt, en su libro Cosmos, da la mejor definición que conozco de lo pictórico: “A la pintura de paisaje le ha sido dado, en todo caso, suministrar un cuadro más rico y más completo de la naturaleza que el de que es capaz la agrupación artificial de plantas cultivadas. La pintura de paisaje impone lo mágico por encima de la masa y la forma… Si el arte yace en el interior del círculo mágico de la imaginación, de hecho realmente en el interior del alma, la expansión del conocimiento, por el contrario, se basa preponderantemente en el contacto con el mundo exterior.” Humboldt estaría de acuerdo con este artista en que “lo pictórico y lo poético son un portal de lo invisible”. El conocimiento del mundo exterior de Milo es naturalmente el de su cuerpo, pero también es un maestro con décadas de experiencia en la enseñanza, un maestro de la enseñanza, es decir, un no maestro, porque concibe la transmisión del conocimiento como un mutuo acompañamiento en la maravilla de los encuentros de la forma, y la mejor anécdota para ilustrarlo es su experiencia en un taller que impartió para niños en Chiapas, en donde escuchó con los oídos de la infancia, llenos de río y nube, como si el mundo le hablara por primera vez.

Este camino de experimentación para encontrar la propia voz es bien distinto en el campo del arte conceptual, en donde la narrativa histórica dicta que los lenguajes deben ser contemporáneos para verdaderamente decir cosas contemporáneas, repudiar la pintura y su tradición porque ya está superada, etcétera; un dictado arbitrario resultado de una versión más o menos fundada en una secuencia histórica con miras al mercado internacional, pero en el campo de la música la exploración de las capacidades de un instrumento es conducida por la necesidad de darle voz a ese oído interno, la forma el resultado de esa misma necesidad, libre de la injerencia estatal o institucional que usualmente instaura los estilos y las agendas a pintura, escultura, arte conceptual y, sobre todo, arquitectura. Suena a un sueño hecho realidad para un crítico: ocuparse exclusivamente de lo que el artista tiene qué decir, no tener que lidiar con el conflicto entre mercado e historia que termina homogeneizando la producción artística, en donde gana siempre el factor determinante que según sea el caso puede ser el Estado, la iniciativa privada, el circuito de producción, curaduría, galería, local o global, articulado bajo discursos mesiánicos de lavandería ideológica. Lamentablemente, en gran medida, la razón para esta libertad envidiable de los músicos es la negligencia de una política cultural que actualmente descuida a generaciones de artistas cuya calidad México no había escuchado en décadas, de hecho inauditas en la historia del país.

Dicho todo esto, tal vez sea sorprendente que la parte de su trabajo que más me interese sea la más estrictamente “musical”, es decir, cuando está tocando simplemente la batería, sin un trazo previamente concebido en la colaboración compleja de colegas y técnicas tentativas, y más bien solamente abandonado a los dictados de su oído y corazón, como en su mantra To Beat or Not To Beat, porque es ahí donde más claro me queda el mensaje de que no hay diferencia entre cuerpo y alma. En mi aún corta experiencia en la ciudad, me parece que la materialidad del espíritu es el punto de encuentro entre la mayoría de los artistas sonoros y por eso uno termina saliendo de los conciertos con una sensación meditativa, de un cambio de frecuencia en la percepción del propio cuerpo, del cuerpo de los otros, es decir, del tiempo y el espacio. Por la vía de una insistencia explícita en la condición matérica del sonido, manifiesta en la exploración hacia el límite del ritmo y el color, la respuesta al final del enigma To Beat or not to Beat es, sencillamente: To Beat! Hamlet nunca pudo llegar a esa elegante solución porque estaba atrapado en el dilema de una carne sólida en exceso que no podría disolverse en el rocío, y si en un principio resultó impertinente preguntarse cuándo termina la obra, tal vez resulte ahora igual de ocioso preguntarse cuándo comienza, pero pocas preguntas valen la pena plantearse como aquellas que no tiene sentido hacerse en primer lugar. En palabras de Milo: “los encuentros y desencuentros en los cuales se incuba y gesta el embrión de un ser que re-nace-muere-renace-remuere en un contínuo de su propio acontecer, se hace eterno en la eternidad de un Eterno desconocido que puede durar y transcurrir un abrir y cerrar de ojos”. La Historia del Parpadeo, que alguna vez tuve el sueño de escribir, ya no es uno más de mis pendientes, porque la escuché capitular en un solo de batería.

Erick Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las iteraciones de Milo Tamez en el Jazzorca

Tengo una relación cercana con la cardiología, he conocido la cardiomiopatía en cuerpos que he amado y he aprendido a escucharla, paranoico, a reconocer el pulso en los signos visibles de movimiento, articulación y piel. Desde entonces escucho con regularidad mi corazón con el estetoscopio, los dedos en la aorta cada vez que transito entre la tristeza o la felicidad. Lo curioso del corazón no es que resuene, no es que tenga un ritmo, lo curioso del corazón es que la organización del sistema circulatorio está dedicada por entero a mantener una presión estable, y el sonido es el espectro de esa estabilidad del fluido viscoso. En el concierto de Milo Taméz llegó un momento en que sentí algo parecido al peligro, a una emoción fuera de control, mi cuerpo despojado de la voluntad de mi consciencia, puse mis dedos en el cuello y, para mi sorpresa, mi presión se encontraba tan estable como la de un feto dentro de una madre durmiendo. El concepto de pulso es un misterio para la deliberadamente ignorante tradición del cuerpo en la civilización occidental, y el concepto de pulso es justamente lo que se encuentra al corazón del sistema de percusiones de Milo Tamez.

Los estudios de Milo, que tal vez con más precisión podríamos llamar su amor por la percusión, lo han conducido a investigar cómo en las tradiciones africanas el percusionista no separa sus golpes del baile y la canción, cómo la percusión es movimiento y canto y por lo tanto ritmo orgánico y diferencial de voces. La dificultad para concebir la riqueza de esta dimensión sonora es haber reducido la percusión a la función de la métrica, de servirle al resto de los instrumentos como referencia para marcar el tiempo, y por eso creo que la investigación de Milo es más preciso llamarla amor por su práctica, porque en ningún lado se manifiesta con mayor claridad el amor que en la comprensión y emancipación de su práctica.

La obra varía cada vez que se presenta porque Milo concibe un trayecto, lo experimenta en la escena y atención a su audiencia, lo revisa, lo vuelve a analizar, añade voz, la quita y pone alientos, en fin, que para Milo —como para la mayoría de los músicos practicantes de la improvisación— el concepto de “obra” es lo mismo que decir “este instante de mi trabajo”, la obra no termina nunca, una obra para siempre inacabada porque es el proceso de su alma, de su fantasma, de su espectro sonoro; pero la raíz del concepto de articular cuatro bateristas no ha variado en este momento de su trabajo, y la primera preocupación de Milo, que es explorar todos los cromatismos posibles y el rango desde lo sutil de un despertar hasta sentir que está uno parado debajo de una cascada, se logra con una gracia que parece sin esfuerzo, por más notoria que sea la profundidad del estudio detrás, el flujo de un juego de timbales y resuellos espumosos, la transición que a veces es abruptamente explosiva entre el silencio y lo rotundo de una imagen total, es sensiblemente natural, y esta naturalidad es su regalo para la audiencia.

Lograr deconstruir una acepción cultural en tradiciones formales como el cine, la sexualidad, la higiene, requiere mucho tiempo y estudio y psicoanálisis, una voluntad encabronada para lograr hacer lo que uno deveras quiere, pero la improvisación es una especie de hackeo sobre todo porque ignora la noción de nota equivocada, y de entre todos los recursos musicales en las percusiones ese camino es más seguro porque las vibraciones y estímulos nerviosos se brincan el pensamiento y la ideología con la efectividad y violencia propias de los sistemas respiratorio y circulatorio. Si es cierto que para entender la música contemporánea hace falta tener ya sea el corazón de un niño, o bien un exceso de cultura, en el caso de Milo Tamez es particularmente cierto. En el concierto del sábado en el Jazzorca*, acompañado por Miguel Francisco y Gibrán Andrade, Milo añadió a las percusiones el trabajo de voz de Rodrigo Ambriz. La voz y las percusiones son tal vez el camino más corto a lo que la música contemporánea persigue, una experiencia ancestral, biológica y atávica y que quiere llegar más allá de los límites de una tradición legislada por parámetros arbitrarios. De acuerdo a lo que experimenté y vi en el resto de los presentes esa fuga hacia lo primordial y el horizonte de un futuro se extendió con la elegancia y la agresividad propias de la remoción del pasado y los sueños del horizonte, en los cuerpos y escucha de un presente inescapable. Quiero decir que estuvo chingón, que muy probablemente asistimos a un evento histórico, que se consumó con la participación al final de Germán Bringas, a quien escuché por primera vez y que desde el primer soplido del saxofón me quedó claro porqué ha sido y sigue siendo un faro en las costas de la experimentación: la potencia de una escucha concentrada, una impresionante energía calculada, un sentido de la libertad que sólo puede ser—en las palabras de Clau Arancio— el resultado de muchos años de disciplina saltando al vacío.

Incluso cuando alguno de los músicos se ha llegado a perder por instantes en la lectura de la gráfica de Milo, eso no ha afectado para nada la efectividad del trance, la integridad de la imagen acústica, es decir, la relación sonora que afecta a un cuerpo en el espacio para decirle dónde se encuentra y las posibilidades de su existencia, la promesa de su expansión cognitiva. Si uno de los integrantes se extravía por un momento y eso no deforma el proyecto, no es gracias a que haya un caos y en el desmadre no se note, lo cual de hecho es una imposibilidad técnica, es más bien la solidez de la estructura en la invención y el sentido de una presión estable, que es lo suficientemente flexible para que exista lo inesperado, lo que en términos cardiológicos se nombra Heart Rate Variability (no es una metáfora, es una realidad rítmica que Milo toma de sus estudios sobre Milford Graves). Durante el concierto me fue muy difícil no pensar en que así debió sonar el Big Bang, en esos pocos minutos en los que el espacio se movía más rápido que la luz y el todo se concentraba en la nada, que así debe sonar la sinápsis de la red neurológica, en la que verosímilmente cabe la actividad del universo, durante el diálogo entre el sax de Germán y la voz de Ambriz, que así debió sentirse el amanecer de la especie en el encuentro de la consciencia consigo misma. Estoy seguro que no estoy exagerando, y Milo todavía está en el camino.

Erick Vázquez

*Constelación ORCA, Iteración I, II, III consistió en varios Sets y Sesiones. Este texto fue escrito sobre la Sesión 3 de Iteración II. Constelación ORCA nace de la iniciativa de Milo Tamez para celebrar los 30 años del Café Jazzorca (1993-2023), cuyo concepto básico fue integrar una «familia» de diversas generaciones, que han sido formadas, afectadas, inspiradas y motivadas al trabajo y practicas de la improvisación libre y del free jazz gracias a Germán Bringas y lo que el Jazzorca ha sido y significado, para la ciudad y para toda la comunidad que conforman los músicos y audiencia.