Las iteraciones de Milo Tamez en el Jazzorca

Tengo una relación cercana con la cardiología, he conocido la cardiomiopatía en cuerpos que he amado y he aprendido a escucharla, paranoico, a reconocer el pulso en los signos visibles de movimiento, articulación y piel. Desde entonces escucho con regularidad mi corazón con el estetoscopio, los dedos en la aorta cada vez que transito entre la tristeza o la felicidad. Lo curioso del corazón no es que resuene, no es que tenga un ritmo, lo curioso del corazón es que la organización del sistema circulatorio está dedicada por entero a mantener una presión estable, y el sonido es el espectro de esa estabilidad del fluido viscoso. En el concierto de Milo Taméz llegó un momento en que sentí algo parecido al peligro, a una emoción fuera de control, mi cuerpo despojado de la voluntad de mi consciencia, puse mis dedos en el cuello y, para mi sorpresa, mi presión se encontraba tan estable como la de un feto dentro de una madre durmiendo. El concepto de pulso es un misterio para la deliberadamente ignorante tradición del cuerpo en la civilización occidental, y el concepto de pulso es justamente lo que se encuentra al corazón del sistema de percusiones de Milo Tamez.

Los estudios de Milo, que tal vez con más precisión podríamos llamar su amor por la percusión, lo han conducido a investigar cómo en las tradiciones africanas el percusionista no separa sus golpes del baile y la canción, cómo la percusión es movimiento y canto y por lo tanto ritmo orgánico y diferencial de voces. La dificultad para concebir la riqueza de esta dimensión sonora es haber reducido la percusión a la función de la métrica, de servirle al resto de los instrumentos como referencia para marcar el tiempo, y por eso creo que la investigación de Milo es más preciso llamarla amor por su práctica, porque en ningún lado se manifiesta con mayor claridad el amor que en la comprensión y emancipación de su práctica.

La obra varía cada vez que se presenta porque Milo concibe un trayecto, lo experimenta en la escena y atención a su audiencia, lo revisa, lo vuelve a analizar, añade voz, la quita y pone alientos, en fin, que para Milo —como para la mayoría de los músicos practicantes de la improvisación— el concepto de “obra” es lo mismo que decir “este instante de mi trabajo”, la obra no termina nunca, una obra para siempre inacabada porque es el proceso de su alma, de su fantasma, de su espectro sonoro; pero la raíz del concepto de articular cuatro bateristas no ha variado en este momento de su trabajo, y la primera preocupación de Milo, que es explorar todos los cromatismos posibles y el rango desde lo sutil de un despertar hasta sentir que está uno parado debajo de una cascada, se logra con una gracia que parece sin esfuerzo, por más notoria que sea la profundidad del estudio detrás, el flujo de un juego de timbales y resuellos espumosos, la transición que a veces es abruptamente explosiva entre el silencio y lo rotundo de una imagen total, es sensiblemente natural, y esta naturalidad es su regalo para la audiencia.

Lograr deconstruir una acepción cultural en tradiciones formales como el cine, la sexualidad, la higiene, requiere mucho tiempo y estudio y psicoanálisis, una voluntad encabronada para lograr hacer lo que uno deveras quiere, pero la improvisación es una especie de hackeo sobre todo porque ignora la noción de nota equivocada, y de entre todos los recursos musicales en las percusiones ese camino es más seguro porque las vibraciones y estímulos nerviosos se brincan el pensamiento y la ideología con la efectividad y violencia propias de los sistemas respiratorio y circulatorio. Si es cierto que para entender la música contemporánea hace falta tener ya sea el corazón de un niño, o bien un exceso de cultura, en el caso de Milo Tamez es particularmente cierto. En el concierto del sábado en el Jazzorca*, acompañado por Miguel Francisco y Gibrán Andrade, Milo añadió a las percusiones el trabajo de voz de Rodrigo Ambriz. La voz y las percusiones son tal vez el camino más corto a lo que la música contemporánea persigue, una experiencia ancestral, biológica y atávica y que quiere llegar más allá de los límites de una tradición legislada por parámetros arbitrarios. De acuerdo a lo que experimenté y vi en el resto de los presentes esa fuga hacia lo primordial y el horizonte de un futuro se extendió con la elegancia y la agresividad propias de la remoción del pasado y los sueños del horizonte, en los cuerpos y escucha de un presente inescapable. Quiero decir que estuvo chingón, que muy probablemente asistimos a un evento histórico, que se consumó con la participación al final de Germán Bringas, a quien escuché por primera vez y que desde el primer soplido del saxofón me quedó claro porqué ha sido y sigue siendo un faro en las costas de la experimentación: la potencia de una escucha concentrada, una impresionante energía calculada, un sentido de la libertad que sólo puede ser—en las palabras de Clau Arancio— el resultado de muchos años de disciplina saltando al vacío.

Incluso cuando alguno de los músicos se ha llegado a perder por instantes en la lectura de la gráfica de Milo, eso no ha afectado para nada la efectividad del trance, la integridad de la imagen acústica, es decir, la relación sonora que afecta a un cuerpo en el espacio para decirle dónde se encuentra y las posibilidades de su existencia, la promesa de su expansión cognitiva. Si uno de los integrantes se extravía por un momento y eso no deforma el proyecto, no es gracias a que haya un caos y en el desmadre no se note, lo cual de hecho es una imposibilidad técnica, es más bien la solidez de la estructura en la invención y el sentido de una presión estable, que es lo suficientemente flexible para que exista lo inesperado, lo que en términos cardiológicos se nombra Heart Rate Variability (no es una metáfora, es una realidad rítmica que Milo toma de sus estudios sobre Milford Graves). Durante el concierto me fue muy difícil no pensar en que así debió sonar el Big Bang, en esos pocos minutos en los que el espacio se movía más rápido que la luz y el todo se concentraba en la nada, que así debe sonar la sinápsis de la red neurológica, en la que verosímilmente cabe la actividad del universo, durante el diálogo entre el sax de Germán y la voz de Ambriz, que así debió sentirse el amanecer de la especie en el encuentro de la consciencia consigo misma. Estoy seguro que no estoy exagerando, y Milo todavía está en el camino.

Erick Vázquez

*Constelación ORCA, Iteración I, II, III consistió en varios Sets y Sesiones. Este texto fue escrito sobre la Sesión 3 de Iteración II. Constelación ORCA nace de la iniciativa de Milo Tamez para celebrar los 30 años del Café Jazzorca (1993-2023), cuyo concepto básico fue integrar una «familia» de diversas generaciones, que han sido formadas, afectadas, inspiradas y motivadas al trabajo y practicas de la improvisación libre y del free jazz gracias a Germán Bringas y lo que el Jazzorca ha sido y significado, para la ciudad y para toda la comunidad que conforman los músicos y audiencia.

 

 

 

Los Rolcanes en el Metro Hidalgo

El metro subterráneo, el tren, el metrobús y el automóvil —con la obvia excepción de la hora pico— inclinan el pensamiento al sueño despierto. Creo que es por la sensación de movimiento en la inmovilidad, que es análoga a la naturaleza del pensamiento: en términos neurológicos soñar y pensar son exactamente el mismo proceso, el trayecto es pensamiento, viceversa, y la interrupción musical en un transbordo tan concurido como la estación del Metro Hidalgo en pleno mediodía, responsabilidad melódica de los Rolcanes, subrayó este soñar diurno que para el consabido alboroto de la Ciudad de México se antoja una imposibilidad sináptica.

Tal vez tocar en conjunto significa siempre soñar el mismo sueño, y la fantasía recurrente de la ciencia ficción, en donde se puede visitar el sueño de alguien otro, no sea más que uno más de sus aciertos, que resultan más ciencia que ficción. En el juego de los Rolcanes el corazón percusivo de Miguel Francisco articula los dulces guitarrazos de Alda Arita, que tiene un oído impecable para responder a las frases en flauta y sax de Feike de Jong, respuestas que fluyen con la misma variedad onírica que cambia de dirección sin anunciar el puente.

Una intervención musical así, en un escenario como ese, podría parecer, antes que una propuesta de cultura pública, un gesto de escapismo. Ahora bien, el escapismo no es que esté tan mal, a veces. Recuerdo una vez en el metro de la ciudad de París, en un entrecruce un cellista y una soprano tocaban su repertorio, clásico y normalito como cabría esperar, ante la prisa absolutamente indiferente de la multiforme muchedumbre que corría para alcanzar su transbordo, entonces la soprano le dijo al cellista: “¿Schubert?”, y con el Ave María el frenesí de los pasos se redujo hasta la inmovilidad, una persona que iba llore y llore se secó las lágrimas para ver mejor, los oficinistas con la torta a media mordida, todo se detuvo por unos minutos a la fuerza melódica del compositor del que Bernard Shaw nunca dejó de repetir que estaba mal de la cabeza. El Ave María terminó, aplausos, y de regreso a la corredera. Se me hizo muy bonito y reconsideré la cordura de los franceses, pero no se trató más que de una pausa, que es a lo más que puede aspirar la belleza clásica en el mundo contemporáneo. La toma del espacio de los Rolcanes en el metro fue por el contrario un acto de resistencia civil, que no por dulce fue menos resistencia, que no es escapismo porque aunque se trate de retazos de lenguajes conocidos —un poco de rock aquí, un poco de pink punk allá— su forma musical está definida por la soltura de las frases a las que se entregan, determinada por el ánimo de los músicos que claramente tiene su origen en el placer de compartir una deriva, una honestidad incuestionable, compartiendo herramientas para mejor experimentar la realidad.

La prueba contundente de esto, que bien podría parecer mi delirio anhelante, sucedió cuando una tropa de niños se detuvo, se sentaron en el piso y se pusieron a observar, a escuchar, olvidándose de hacer historias para el instagram o de buscarse las miradas entre ellos; comportamiento natural de los cachorros ante un estímulo inesperado, aunque tal vez nada califique de inesperado en el metro subterráneo de esta ciudad que se vive como las vías de un inconsciente literalmente colectivo.

Erick Vázquez