La aparición de Macrosalón y la cuarta edición de FAMA

Este texto será un poco largo y pondrá a prueba la paciencia pero se justifica porque este mes, en esta ciudad, sucedió una serie de inconcebibles: MacroSalón inauguró su primera edición como feria comercial de arte contemporáneo, competencia cordial y saludable para FAMA, esta última que este año celebró su cuarta edición, y la misma que al comenzar en el 2018 modificó definitivamente la dinámica ya algo esclerótica del entonces raquítico circuito de producción, galería, y coleccionismo, y lo modificó con el sencillo principio de una feria con una oferta de precios accesibles, idea escandalosísima en el momento para algunos, solución lógica e inevitable para el resto.

MacroSalón está formado por Daniela Garza en la organización y patrocinios, y Rolando Jacob, Beto Díaz, y Maya Cepeda en la concepción y ejecución, un trío que hubiera resultado casi tan genial como Los Panchos si no hubiera sido porque, como la experiencia lo demostró, les faltó un integrante para terminar de darle forma a la tremenda organización que requiere una feria con convocatoria nacional. El nombre de “MacroSalón” es una conjunción entre la eterna obsesión por lo “macro” de Monterrey y el antiguo concepto de salón, la solución clásica para convocar un montón de artistas sin una relación clara entre sí, es decir que MacroSalón es un proyecto que desde su concepción hace ya algunos años, germinado en la cabeza enigmática de Rolando Jacob, era desde entonces un juego muy en serio con aspectos complejos sobre el comportamiento social de la ciudad y del mercado del arte. Por ejemplo, el salón tuvo tres premios, con un jurado de legitimidad incuestionable, armado por artistas y curadores con trayectoria nacional e internacional; el premio principal lo adquirió la artista Gaby Lobato, el segundo Premio (de) Generación,lo recibió Alfredo Esparza. La idea de un segundo premio la aportó Rolando Flores, y es original en que tanto la selección como el dinero del premio lo aportaron los propios artistas del jurado, todos aproximadamente de una misma generación, lo cual significa un gesto de reconocimiento comunitario, que apuesta congruentemente con los principios de la feria: una comunidad de artistas que se apoyan y se reconocen entre sí, con una fragante independencia de cualquier tipo de institución. El tercer premio fue para Roberto Carrillo y consistió en una residencia de un mes en Cobertizo. Adyacentes al salón había una curaduría de vídeo-acción con obra de Melissa García, Ale de la Puente y Gina Arizpe, Calixto Ramírez y Dominique Suberville, por otra parte se sumaron al proyecto expositivo Emma Molina con obra reciente de Tahanny Lee y la Galería Once Alternativa con obra de Marco Treviño y Renard. Tal vez lo más raro de todo, lo que confirma simultáneamente tanto el sentido del humor de los organizadores como sus intenciones de seriedad, fue la invitación a Cachorra, un proyecto de Germán Pech y Pablo Tut. La Cachorra funciona para fines prácticos como un espacio independiente que originalmente está construido en un terreno baldío de Mérida, y que se materializa en la construcción de uno de esos almacenes provisionales a base de lámina negra, cartón cubierto con chapopote, barato y práctico, que se usan para guardar la herramienta y materiales de una edificación, donde los albañiles se cambian y asean y conviven su descanso; el proyecto se llama así porque la gente en el baldío de Mérida lleva a pasear a sus perros y es un lugar orgánicamente comunitario cuya ubicación e “instalación es la metáfora del inicio de una construcción, pero también el espacio de exhibición para los que no tienen lugar dentro de los nuevos modelos inmobiliarios que se han vuelto los bastiones culturales de Yucatán”, según las propias palabras de los creadores en un texto de Itzel Chan. La Cachorra se reconstruyó tal cual dentro del espacio de la feria, tal reconstrucción de la Cachorra dentro de MacroSalón es una expresiva manifestación arquitectónica de la vocación de Rolando Jacob que resulta en todo congruente con la inquietud curatorial de Beto Díaz, siempre una relación tensa de amor y odio por la institucionalidad de los espacios dedicados al arte.

La «Cachorra» dentro de Macrosalón Foto: Michelle Lartigue

Todo estuvo articulado con miras a funcionar como una feria comercial que terminó comportándose como una bienal desconcertante en el mejor sentido del término, fresca, propositiva, disfrutable, los artistas vendiendo y los coleccionistas comprando, los artistas y visitantes varios disfrutando de un fiestón en el que se compartieron créditos con los integrantes de FAMA, con el claro mensaje de que somos los mismos y no tenemos porqué no llevar, literalmente, la fiesta en paz. Los fundamentos que los organizadores de MacroSalón quisieron mantener claros desde el principio fueron un trato digno a los artistas, compartiendo los gastos de envío y manejando un porcentaje decente de ventas, un saludable intercambio comercial que no perdiera nunca de vista que lo importante en el arte es la serie de relaciones simbólicas y de poder que pone en manifiesto, en resumen, una especie de anti-FAIN. Todo muy loable, aunque no sin la carga consubstancial de gentrificación que conlleva al parecer ya todo proyecto artístico al ubicar la feria dentro del Semillero, proyecto que ya tiene algunos años desarrollando la agenda de elevar el valor inmobiliario en el barrio de La Purísima.

Salas de Macrosalón Foto: Michelle Lartigue

Por su parte FAMA acogió dentro de esta edición el proyecto, también inaudito, de Colección Abierta, concebido y producido por Georgia Durán, Marcelo Vallecillo, Yolanda Leal, Eliud Nava, Catalina Escamilla, Rodrigo Odriozola y Gloria Cárdenas. El coleccionismo, en general, es como la dimensión desconocida en la historia del arte, local, nacional y universal, nadie entendemos muy bien cómo funciona ni por qué nace y sigue funcionando. Parte del misterio lo constituye que un coleccionista no compra objetos, adquiere un sistema de relaciones simbólicas, sistema que al final termina confundiendo con objetos, y por su parte un artista no vende una forma material, intercambia la forma de su deseo por reconocimiento y dinero, reconocimiento que al final termina confundiendo con comprensión y legitimación, y en este intercambio de malentendidos todos ganamos la posibilidad de una sociedad más civilizada. La finalidad de Colección Abierta es oxigenar las colecciones que se han venido amasando por parte de coleccionistas jóvenes, haciendo una reflexión sobre las mismas de manera pública y en esta primera emisión se trató de la colección privada de Georgia Durán y Marcelo Vallecillo bajo la curaduría de Ana Fernanda Cadena. Como se comentó en la conferencia Acerca del coleccionismo a cargo de Adriana Melchor y Ana Garduño, una colección es una especie de ecosistema cuya constante evolución y supervivencia exige la exposición constante, la curaduría que la ilumina en sus matices, la revelación de su significancia en un contexto. La conferencia, que sucedió en el auditorio del Museo MARCO, fue un evento periférico de los organizadores de MacroSalón, un signo más de que los vasos capilares entre ferias redundan en un sistema circulatorio que nutre a la comunidad artística en su conjunto.

Proyecto «Colección Abierta» Foto: Michelle Lartigue

Un comentario acerca de la colección de Durán y Vallecillo exhibida en FAMA requería de una visita posterior a la casa de los propietarios. La idea de la visita nace de un comentario de David Pedroza (arquitecto y también coleccionista) quien me hizo ver que el ambiente natural de la colección es la Casa Roja, donde habitan Marcelo y Georgia, un proyecto arquitectónico de Dear Architects, porque la fueron poblando según la fueron haciendo suya, con pasillos propios para el trabajo gráfico, obras más íntimas para el tocador y las recámaras, haciendo de la casa una especie de museo moderno, la evolución insospechada de un espacio artístico contemporáneo donde la vida cotidiana no se distingue de la aventura estética. Para explorar la colección en su hábitat le pedí me acompañara a la arquitecta Andrea Ramos, porque por más que mi erudición compensa mi falta de pudor a veces la sensibilidad no me da para tanto, y conocer una casa es un proceso delicado que requiere de conocimientos anatómicos para detectar el plano recubierto por la experiencia de la habitación. El azar propio de la selección natural nunca se equivoca y la Casa Roja resultó ser un espacio ideal para alojar la colección que resguarda, como Andrea me hizo notar, porque a pesar de estar todo integrado por la columna vertebral de la escalera que organiza los tres niveles, cada órgano de la casa se sostiene con una identidad propia que permite experimentar los distintos espacios de manera autónoma, abriendo la posibilidad de distintos sentidos y acomodos flexibles de grupos de obras. La exposición de la colección de Georgia Durán y Marcelo Vallecillo dentro de FAMA como primer ensayo de Colección Abierta, no podría ser más adecuado, porque su colección que comenzó, como casi todas las colecciones privadas no institucionales, bajo la forma de un deseo embrionario y por lo tanto irreconocible con el tiempo de su desarrollo, es un auténtico muestrario de una época de la producción artística de la ciudad de los últimos cinco años, una época notoria por la proliferación de espacios independientes que se nutrían copiosa e infatigablemente de nuevas generaciones de artistas egresando de la FAV y la UdeM, y en tanto retrato de ese período la colección tiene desde ya un valor histórico que sin duda cobrará mayor relevancia en los próximos años.

A pesar de tanta inesperada novedad, la noticia de todas las noticias es que en FAMA se vendió un video, Melissa García con una acción registrada de su cuerpo de obra A measure of time colocó uno de sus video-performance en la colección de Gloria Cárdenas levantando una oleada de cejas porque, no sé si esto lo sepa todo mundo, pero vender un video en nuestros días casi equivale a haber vendido un readymade en 1918. La venta de un video en una feria de arte contemporáneo en Monterrey es una frase que nunca pensé que iba a escribir, y ahora la historia la ha escrito asegurando, también con la venta de una obra de Mayra Silva en la misma FAMA, su legitimidad como feria de arte contemporáneo. En la opinión de Catalina Escamilla, la directora de FAMA junto con Rodrigo Odriozola, el coleccionismo en la ciudad está creciendo y apareciendo en generaciones cada vez más jóvenes, e independientemente de la relatividad de ese hecho el éxito de dos ferias de arte es síntoma claro de que un coleccionismo local empieza a existir, cosa inconcebible hace apenas diez años, mucho menos hace veinte cuando a la galería BF15 se le ocurrió que podía hacer exposiciones de artistas jóvenes y encima locales, proyecto que en su momento inspiró a hacer lo mismo a Emma Molina y de donde nació también en Hugo Chávez la idea de la Galería Once Alternativa, cuando el joven Hugo hizo sus prácticas profesionales en la galería dirigida por Pierre Raine en 1998.

FAMA 2021 Foto: Michelle Lartigue

Melissa García en FAMA Foto: Michelle Lartigue

El éxito comercial y publicitario de dos ferias de arte sucediendo al mismo tiempo, coordinadas en sus esfuerzos, es coronado con el berrinche que Aldo Chaparro al respecto anualmente hace público y que ya tradicional declara inaugurada la temporada de posadas y tamales. Por supuesto, lo que esto significa para la ciudad a mediano plazo está por verse, si es que hay una segunda edición de MacroSalón y si es que siguen acomodando sus intereses en común con otra feria con la que en principio son competencia, pero por lo pronto lo que la fortuna nos trajo es una constelación de eventos donde hubo muchísimo que ver y que demuestra que la aorta del arte en Monterrey pulsa con una presión sorprendentemente estable, y si se puede leer un optimismo un tanto inaguantable en todo lo por mí aquí escrito puede estar seguro el lector que no se debe a mi ingenuidad ni a mi reticencia para soltar una mordida, por el contrario, ya la edad y la amargura propias de mi edad han hecho su chamba sobre mis juicios y la fuerza de la gravedad es incombatible después cierto número de latidos, es más bien que la evidencia de los hechos es incontestable y, después de un periodo de pandemia que vio desaparecer los espacios independientes que consistían la vida artística más excitante de la ciudad, todo me esperaba menos una forma evolucionada del mercado en una ciudad que hasta ahora se definía por su falta de interés en la cultura.

Erick Vázquez

Lo público y lo privado

La exposición colectiva en la Nave Generadores ha levantado algunas cejas por la razón evidente de tratarse de una iniciativa de galerías privadas para un espacio público. Lo verdaderamente asombroso es que no para todo mundo sea una razón evidente, que tenga que explicarse por qué tal enclave representa un conflicto, la explicación es la siguiente: las galerías no cuentan con ninguna especie de apoyo por parte de Conarte o recurso público, antes que una apuesta estética o intención social son un negocio privado, y operan a discreción para su beneficio y el de sus artistas. Las instituciones culturales, por su parte, dependen enteramente de los impuestos a la población, y por lo tanto deben operar con transparencia con la única agenda de promover la cultura, sin ninguna especie de compromiso para con ningún agente privado, los artistas que la institución decida soportar en sus plataformas adquieren la legitimidad de un criterio que nada tiene que ver con la especulación comercial; por consecuencia, cuando un galerista gestiona un espacio público inevitablemente está especulando con el valor de sus artistas por medio de los recursos públicos, para un beneficio particular.

Ahora bien, en el caso de la cultura las cosas no son así de simples, la cultura no funciona en un cristalino esquema de diferencias públicas y privadas porque el mercado del arte tiene la peculiaridad de que la gente que trabaja en una institución merece ese puesto gracias a la credibilidad de la que goza en la comunidad artística, porque los conoce y sus lazos de amistad son compartidos, porque el coleccionista es tan amigo del artista y este del galerista como del funcionario y el funcionario del gestor, y la red es tan cerrada que la diferencia entre institución e intereses privados es de pocos grados de distancia. Esperar que pueda funcionar de otra manera es ingenuo e ignorante de la realidad que permite la mecánica, pero, precisamente por este motivo, en cualquier otra parte del mundo se guardan ciertas precauciones, un galerista no puede ser curador de una exposición en un museo y meter en la lista a todos sus artistas, para luego montar una exposición en su galería y ponerlos a la venta; en cualquier otra parte del mundo, en Monterrey ese cuidado por una legitimidad ha sido y es inexistente debido a que el mercado es esencialmente endémico. La vida cultural de la que actualmente goza esta ciudad es inexplicable sin la iniciativa privada, y esta es justamente la razón por la que la práctica de los artistas en Monterrey ha caminado un lento, tortuoso, zigzagueante camino hacia la desobediencia de cualquier tipo, cultural, religiosa, camino que es por su parte inexplicable sin iniciativas como la de los espacios independientes. En esta ciudad, en términos netamente políticos y económicos, no hay conflicto entre lo público y lo privado, y esa desfachatez netamente regiomontana, habitual a una estructura social, es la misma que ha permitido un cierto florecimiento del arte y al mismo tiempo ha dejado al individuo una vida interna exigua, literariamente hambreada. Pero la costumbre no siempre hace ley, el grado de legitimidad en juego cuando los intereses privados y los públicos se entrelazan es inevitable una vez que un mercado empieza a abrirse más allá de las fronteras del Estado, y uno de los signos de que la discusión es necesaria es porque no deja de ser incómoda.

Una de las voces abiertamente opuestas a cualquier compromiso dudoso entre iniciativa privada e institución ha sido siempre la de Ana Fernanda Cadena, y he aquí que ahora se encuentra co-curadora, al lado de Hugo Chávez, en una exposición armada por dos galeristas en un espacio público. La razón que Ana Fernanda me dio es muy sencilla y hasta afrentosa, para agitar un poco las cosas y a ver si pasaba algo, porque en las circunstancias inéditas de una pandemia nos hemos encontrado en la situación de una comunidad artística casi paralizada, sin el tiempo ni la capacidad de fabricar herramientas útiles y plataformas plenamente funcionales, decidirse a una co-curaduría con estas características es un riesgo tomado al costo de la propia persona como cabía esperar de quien operó un espacio independiente durante cinco años. El tema de la exposición, A medida incierta, es una alusión a la incertidumbre y a las medidas tomadas, la incertidumbre social y económica de un futuro amenazante que ha traído a nuestra imaginación fantasías postapocalípticas, y la revelación ha sido que el virus puso en crisis justamente las relaciones entre lo público y lo privado.

La exposición sufre de una incoherencia imposible de ignorar, momentos irremediablemente absurdos como la cercanía entre artistas estrictamente conceptuales como Daniel Pérez Ríos y José Luis Díaz, al lado de obras que son netamente diseño, y no un diseño particularmente emocionante, con la excepción de Ruth Aragón que tiene un trabajo difícil de catalogar y es una rara aparición; esto es lo que sucede cuando una curadora con una experiencia en un espacio independiente lidia con intereses privados e institucionales, un conflicto ideológico manifiesto y que ninguno de los participantes -hay que mencionarlo- quiso disimular de ninguna manera al poner de manera franca los logos de las galerías en la invitación. En la exposición también hay momentos notables de claridad e intención, en particular el trabajo de Ana Fernanda con Marco Treviño resultó revelador de la búsqueda, la insistencia de Marco, usualmente críptica y rebuscada, sobre lo que significa un cuadro, sobre el proceso de las texturas, los pigmentos, el procedimiento que conduce a hacer un cuadro antes de empezar la práctica propiamente pictórica, es algo siempre difícil de adivinar en su trabajo y aquí resulta claramente desplegado, señal de que el proceso de Marco requiere de una curaduría muy concienzuda antes de presentarse. Reveladora también, la relación insospechada entre la práctica pictórica de Tahanny, que es siempre el reducto de un procedimiento netamente conceptual, y la práctica pictórica de Larios, que es siempre una reflexión hacia el interior de su propio lenguaje, esto es, en la forma, que en ambos casos y aquí en particular son reflexiones sobre la pérdida y lo que resta, en el contraste entre los esfumados y los bordes cortados, estructuras geométricas evanescentes de Larios, la técnica de los rastros en el cuadro de Tahanny con el polvo desprendido de un piano durante su restauración, un instrumento con una larga historia familiar, extendido sobre una superficie. En ambos casos, abstracción en el sentido original e histórico del término, de un farbensprache esencial y monocromático.

Marco Treviño. Registro Estudio La Sombra
Tahanny Lee Betancourt. Registro Estudio La Sombra
Francisco Larios. Registro Estudio La Sombra
Francisco Larios. Registro Estudio La Sombra

Calixto Ramírez por su parte nunca decepciona, y tal vez su trabajo y el de Manuela García son en la exposición quienes han sabido pensar con fortuna los efectos de una pandemia, seguramente porque su asunto es el cuerpo y es en el cuerpo donde la residencia de la angustia y las medidas de la distancia se han dejado caer con el mayor y súbito desconcierto. La acción sencilla de Calixto al girar sobre su propio eje con un spray amarillo, la línea nebulosa que dibuja una circunferencia dudosa mediante el radio del brazo, la acción de una tensión sostenida con un tronco entre dos cuerpos que no pueden acercarse, la acción de una distancia que se cierra entre dos manos avanzando a la medida de los dedos, son movimientos expresivos de un aislamiento que no puede comprenderse sino en la medida de una otredad, de una soledad estrictamente epidérmica que recapacita en el encuentro. Pensar con la piel: en la circunstancia de una amenaza invisible los límites de mi piel son los límites de mi capacidad para persistir en acercarme y ser tocado. El columpio balancín de Manuela requiere de dos personas para poderse experimentar, cada uno se sienta de un lado y el juego, para poderse columpiar, requiere del equilibrio de los cuerpos, un equilibrio precario para permitir un vaivén, la experiencia de dos cuerpos que no pueden sostener su peso si no es en relación al otro, que no pueden alejarse ni acercarse del todo, que no pueden parar de intentarlo. El doble columpio es negro, por si quedaba alguna duda, recordando lo lúgubre del juego, dialogando con los videos de Calixto atrás.

Manuela García. Registro Estudio La Sombra
Calixto Ram´írez. Registro Estudio La Sombra

El tema de los fantasmas aparece en dos cuadros, uno de Nacho Chincoya y otro de Rubén Gutiérrez, espectros naturalmente culturales, los fantasmas de la Historia que son los únicos que verdaderamente corresponden al horror de un futuro incierto. Curiosamente el cuadro de Rubén bajo esta luz demuestra su obra envejecida considerablemente, Rubén tiene tantos años hablándonos del apocalipsis en puerta que ahora es Casandra anunciando la tragedia cuando la ciudad ya está ardiendo, y eso en lugar de otorgarle fuerza a su trabajo lo iguala en estatura a cualquier meme que uno se encuentra pasando el dedo por su Instagram.

Rubén Gutierrez. Registro Estudio La Sombra

El experimento resultó entonces incongruente en lo general, como sólo cabía esperar de una co-curaduría entre galeristas y una directora de espacio independiente, pero por lo menos se ha tratado de Emma Molina y Hugo Chávez, este último el único galerista de la ciudad que se toma riesgos dignos de ser recordados; por lo menos, esta exposición sienta el precedente de dos galeristas que se organizaron para abordar un tema que ahora a todos nos concierne y cuyo acuerdo fue que del resultado de alguna venta Conarte recibiría un porcentaje, lo cual expresa una buena voluntad para lograr algo que exceda los intereses individuales. Por lo menos y finalmente, la experiencia ha servido para mostrar las vías de la fractura en una estructura, y que cuando la ciudad tiene algo más o menos interesante para mostrar es en las alianzas, por frágiles que puedan llegar a ser, que los criterios independientes están en el mismo barco que el mercado en general, sin el cual no podrían aparecer en primer lugar ni sostenerse en segundo, punto que sin duda Ana Cadena quiso subrayar.

Por involucrar personajes representativos de la comunidad artística y los elementos de una crisis de la distinción entre lo público y lo privado, tanto en la esfera de una política cultural como al interior de una práctica que no logra resolver las condiciones simbólicas de una realidad nueva y extraordinaria, esta exposición parece marcar el final de una época, la de un periodo floreciente de espacios independientes y generaciones de artistas jóvenes que tantas expectativas levantó.

Erick Vázquez