Los Rolcanes en el Metro Hidalgo

El metro subterráneo, el tren, el metrobús y el automóvil —con la obvia excepción de la hora pico— inclinan el pensamiento al sueño despierto. Creo que es por la sensación de movimiento en la inmovilidad, que es análoga a la naturaleza del pensamiento: en términos neurológicos soñar y pensar son exactamente el mismo proceso, el trayecto es pensamiento, viceversa, y la interrupción musical en un transbordo tan concurido como la estación del Metro Hidalgo en pleno mediodía, responsabilidad melódica de los Rolcanes, subrayó este soñar diurno que para el consabido alboroto de la Ciudad de México se antoja una imposibilidad sináptica.

Tal vez tocar en conjunto significa siempre soñar el mismo sueño, y la fantasía recurrente de la ciencia ficción, en donde se puede visitar el sueño de alguien otro, no sea más que uno más de sus aciertos, que resultan más ciencia que ficción. En el juego de los Rolcanes el corazón percusivo de Miguel Francisco articula los dulces guitarrazos de Alda Arita, que tiene un oído impecable para responder a las frases en flauta y sax de Feike de Jong, respuestas que fluyen con la misma variedad onírica que cambia de dirección sin anunciar el puente.

Una intervención musical así, en un escenario como ese, podría parecer, antes que una propuesta de cultura pública, un gesto de escapismo. Ahora bien, el escapismo no es que esté tan mal, a veces. Recuerdo una vez en el metro de la ciudad de París, en un entrecruce un cellista y una soprano tocaban su repertorio, clásico y normalito como cabría esperar, ante la prisa absolutamente indiferente de la multiforme muchedumbre que corría para alcanzar su transbordo, entonces la soprano le dijo al cellista: “¿Schubert?”, y con el Ave María el frenesí de los pasos se redujo hasta la inmovilidad, una persona que iba llore y llore se secó las lágrimas para ver mejor, los oficinistas con la torta a media mordida, todo se detuvo por unos minutos a la fuerza melódica del compositor del que Bernard Shaw nunca dejó de repetir que estaba mal de la cabeza. El Ave María terminó, aplausos, y de regreso a la corredera. Se me hizo muy bonito y reconsideré la cordura de los franceses, pero no se trató más que de una pausa, que es a lo más que puede aspirar la belleza clásica en el mundo contemporáneo. La toma del espacio de los Rolcanes en el metro fue por el contrario un acto de resistencia civil, que no por dulce fue menos resistencia, que no es escapismo porque aunque se trate de retazos de lenguajes conocidos —un poco de rock aquí, un poco de pink punk allá— su forma musical está definida por la soltura de las frases a las que se entregan, determinada por el ánimo de los músicos que claramente tiene su origen en el placer de compartir una deriva, una honestidad incuestionable, compartiendo herramientas para mejor experimentar la realidad.

La prueba contundente de esto, que bien podría parecer mi delirio anhelante, sucedió cuando una tropa de niños se detuvo, se sentaron en el piso y se pusieron a observar, a escuchar, olvidándose de hacer historias para el instagram o de buscarse las miradas entre ellos; comportamiento natural de los cachorros ante un estímulo inesperado, aunque tal vez nada califique de inesperado en el metro subterráneo de esta ciudad que se vive como las vías de un inconsciente literalmente colectivo.

Erick Vázquez