Un recital de música persa

 

Lorena me invitó a un concierto de música iraní, tradicional y sufí, por el grupo Navaye Mehr (Alejandro Albores en las cuerdas y la voz, Mahdi Ayoughi en la percusión y la recitación) en la Terraza 452 del centro de Azcapotzalco. El concierto fue organizado por Oyuki Calvo Briseño a partir de su gusto y su pasión por la cultura persa, pero el día del concierto, esa mañana del 28 de febrero, nos despertamos con la noticia de los bombardeos. Oyuki y los artistas hablaron y decidieron seguir adelante con el evento justamente por la misma razón, por una confianza lúcida en los poderes del arte para resistir la monstruosidad, la violencia de la tiranía que nos hace sentir de pronto pequeñitos. Es el tipo de conciertos y eventos que siempre han concentrado mi atención, iniciativas por fuera de la institución, gestionadas por medios y recursos pactados entre los participantes, que antes y al final del concierto participan de conversaciones e intercambios entre de manera muy casual, ajenos a la jerarquía de un protocolo institucional. No es que la institución sea absolutamente ineficaz, la legitimidad es necesaria, sin embargo, muchas veces distorsiona los mensajes en favor de una agenda discrecional; por otra parte, la efectividad de compartir saberes y placeres, por fuera del poder, está comprobada.

El concierto inició con un poema recitado en Farsi por Mahdi que Alejandro tradujo para nosotros:

 

Somos pueblos del medio oriente,

algunos caemos en la guerra,

otros se consumen tras los muros de la prisión,

otros se apagan en los caminos,

otros se disuelven en el mar.

Hasta las montañas más altas

descargan sobre nosotros

la venganza de su soledad,

porque nuestro destino,

nuestro oficio silencioso,

es morir.

 

Sé poco o nada de la cultura persa, y creo que mi desconocimiento de la misma era compartido por la mayoría del público, pero esa ignorancia se tornó irrelevante en cuanto ascendieron las primeras notas de la tarra y los piecitos se nos empezaron a agitar con el retumbar fluvial de la percusión.

Entre pieza y pieza nos contaban un poco acerca de los instrumentos, acerca del estilo y la época, obras con una distancia de cientos de años de antigüedad entre una y otra, y sin embargo tan cercanas, tan reconocibles, como si el pasar del tiempo fuera intrascendente y vencido por la permanencia de un pueblo y su cultura. Esta concepción del arte es muy distinta de la tradición musical europea, que recuerda su pasado para reinventarlo radicalmente. En la tradición persa es como si las obras de distintas eras fuesen diferentes a través de los siglos, pero en esencia la misma música, tan parecida cada pieza, pero tan diversa no sólo por el estilo y la función, también en tanto permite un margen de improvisación. La improvisación en la música tradicional, que se transmite de manera oral, se comporta de maneras análogas en otras tradiciones como en la raga hindú y en el son jarocho, y como toda improvisación, se alimenta del gusto y el estilo, de la historia personal del ejecutante.

Cada vez que se toca una pieza es reconocible dentro de forma y tradición, pero en virtud de la improvisación es una obra única e irrepetible, como los individuos de una especie, representantes indiscutibles de toda una población de incalculable ancestría y de una diferencia irreductible. Todo en el oído sucede como si la música la escucháramos por fuera de la historia, en la trascendencia;  es el eje de una tradición milenaria cruzado con el eje de la vida íntima del ejecutante lo que importa una espiritualidad que absorbe la escucha en una rotación hipnótica, una idea del círculo rítmico que eleva el ritmo cardíaco y el alma súbita.

Es curioso cómo funciona la oxitocina, que los poderes del arte sean parecidos a los del amor en que anulan prejuicios ideológicos, superan diferencias históricas y geográficas, pero tal vez, dichas diferencias tengan algo de ilusorio, después de todo la influencia del Medio Oriente es mucho más cercana de lo que podemos llegar a pensar, desde los más de 4,000 vocablos en nuestro día a día, sin los cuales al entrar a la cocina por la mañana no sabríamos cómo llamar al café con azúcar, al mediodía las albóndigas con aceite y zanahorias, tomar un trago de alcohol para la buena digestión después y por la noche no tendríamos palabra para nombrar la alfombra y la almohada en el rincón, no podríamos compartir el chisme del algoritmo antes de dormir ni calcular el álgebra, la próxima semana planear un viaje a Guadalajara.

La afinidad entre las culturas del Medio Oriente y la mexicana se encuentra en nuestro oído y nuestra lengua en todos los sentidos, en Xalapa hace poco hicieron una fusión entre Son jarocho y música persa, recientemente también, los mismos Navaye Mehr junto a Jedidiah Thomas fusionaron música persa con música tradicional oaxaqueña y se llevaron tan maravillosamente como el kebab en tortilla y salsa, como el arroz azafranado con el caldo de espinazo.

 Erick Vázquez

Agradecimientos especiales y muy sentidos a Jedidiah Thomas por su generosidad para platicarme acerca de la cultura musical persa, de igual manera a Darío Bernal y Emiliano Cruz por sus conversaciones y que son mis maestros en percusión y cuerdas respectivamente, y por supuesto a Oyuki Calvo Briseño por la organización de este concierto y el tiempo para responder a mis preguntas, al final, pero no al último, a Lorena de Santiago que me invitó a asistir y colaboró en la producción del evento.