Aura Arreola en la Fonoteca Nacional

21 de marzo, 2025

Querida Aura,

Te escribo esta carta porque la crítica de arte en principio tenía forma de correspondencia y porqué no ser anacrónico si la ocasión lo permite, la ocasión de tener más preguntas y ganas de dialogar que certezas bien articuladas. Ayer, a la Fonoteca fui a ver la más reciente versión de Límbica, peceras llenas con diferentes volúmenes de agua, me parece que con sensores acústicos en el fondo de cada una porque cuando les acercabas un micrófono se producía un feedback distinto de una a la otra, que en alguna producía una disonancia de un grado de distancia y en otra un armónico de una quinta justa y creo que armónicos de hasta una octava. No observo estos detalles tonales por mamón, es que creo que no son tecnicismos, me parece que en tu caso nunca lo son, la relación entre la disonancia cercana y los armónicos de la octava es la relación tensa pero estable entre lo irracional y lo racional, en sentido estrictamente matemático y en el sentido de la ratio que es la misma que describe las decisiones de una mano que se aleja mojada del agua hacia la dirección contraria, la rodilla que cambia de ángulo para permitir la longitud dorsal y alcanzar otra pecera más alta. Quiero hablar contigo del sistema límbico del cerebro, tema que me emociona porque por una razón que sospecho poca gente quiere tocar, sospecho que hablar del cerebro sigue cargando con un cierto tabú, más bien dos: el tabú del reduccionismo y el tabú de reconocer que estamos sujetos a una condición orgánica donde el alma no tiene lugar en una discusión que ha tenido siempre un lugar principal en la danza. Creo que estas limitaciones son injustificadas, primero, porque la neurología resolvió el problema cartesiano de la distinción entre cuerpo y pensamiento sin hacer tanto circo, y segundo e igual de importante, a mí me parece que el sistema límbico es el sistema poético por excelencia, que desde hace cientos de miles de años guarda la memoria del movimiento y la emoción como una misma realidad cognitiva y motriz, sin distinguirlas, así como en tu proyecto la escritura de la partitura y la coreografía son una extensión una de la otra que se originan en un cuerpo que se mueve por naturaleza, por eso creo que no hay tal cosa como un “tecnicismo” en tu trabajo, porque no hay un sólo movimiento o sonido gratuito, que para el caso son una extensión uno del otro, todo obedece a una naturaleza del cuerpo y sus relaciones… quiero decir “homeostáticas” porque es el término preciso que me ayuda para expresar una relación inmediata entre el medio interno y el medio externo, cosa que sólo he visto en el lenguaje animal, en perros, gatos, lobos. El proyecto de Límbica es perfectamente intelectual e instintivo al mismo tiempo, lúcido y delirante sin distinguir el delirio de la lucidez, entonces tengo una pregunta para ti: ¿cuando te encuentras en el medio del trance necesario, aparecen palabras en tu interior, frases susurradas? Y si es así, ¿qué dicen? Seguramente que las palabras discursivas tienen reglas que no son las mismas del lenguaje del cuerpo, pero que se encuentran por ahí, en los límites del sentido, más allá de la memoria y ligeramente lejos del alcance de la Historia, tal vez al centro de la Historia Natural, donde la realidad animal pervive, por eso no es exactamente danza ni performance, no es exactamente arte sonoro ni pura sensibilidad a la diferente fluidez del aire o el agua, es el limbo donde todo encuentra su justo lugar. No sólo con Límbica, con tu proyecto y búsqueda en general de borrar toda categoría, me parece que quieres lo imposible, y tal vez lo imposible sea el deseo más legítimo de todos los deseos concebibles,

                                                                                                                                                Erick

Cortesía Manuel Enríquez

22 de marzo, 2025

Erick,

Muchas gracias por tu carta, amo la forma epistolar y creo que es un acertado comienzo para poner en común ideas al respecto de Límbica, así como encontrar un modo de lo que te venía hablando en mensajes de whatsapp, en donde esa “escritura colaborativa” desvanece una expectativa de ser una sola voz o verdad, sino el desdoblamiento de dos diferencias que se encuentran o intentan encontrarse.

Las peceras tienen micrófonos de contacto pero eso no es lo que produce el feedback, sino el acto de acercarles el micrófono de condensador y probar, moviéndolo dentro de cada pecera, a “encontrar fantasmas”. Eso le dije a Iván Naranjo cuando me enseñó a buscar frecuencias resonantes. Estábamos ahí fascinados con las sonoridades que se iban acumulando y descubriendo. Entendí que esto que aprendía a hacer me pedía otra forma de estar, otro movimiento, una contención latente de desbordamiento. Esto es porque el feedback realmente puede disparar volúmenes ensordecedores. Creo que ese estado de metaestabilidad, es de lo que tú hablabas con esa “relación tensa pero estable entre lo racional y lo irracional”. Aunque a propósito de la estabilidad, yo precisaría, que es una condición precaria, frágil, propensa estallar en mil pedazos. Quise buscar la cita de Simondon, porque de él es la noción de metaestabilidad y la define en esos registros de los que hablábamos, cuando la filosofía o la ciencia no alcanzan, parece que sólo queda la poesía. Sin embargo, me perdí en las honduras de Simondon buscando la cita, y preferí regresar a donde estamos conversando tú y yo.

No entendí esto: “el tabú de reconocer que estamos sujetos a una condición orgánica donde el alma no tiene lugar en una discusión que ha tenido siempre un lugar principal en la danza.” No entiendo bien aquí la afirmación implícita que haces de la danza y si puedes aclararme un poco más a fondo a qué te refieres o a quiénes te refieres. Yo no sé nada de alma, nunca me ha hecho mucho sentido esa palabra, y creo que tampoco me hace mucho sentido la palabra danza, o no en ese territorio de categorías generalizantes donde ya aparece un cuerpo en el aire saltando, seguramente mujer, seguramente blanca, estúpidamente delgada.

Concuerdo con tus intuiciones sobre el sistema límbico; yo también lo entiendo así: como algo, una zona, una materia, una parte de este cuerpo que somos, que se resiste a ser develado y sostiene el misterio como derecho, conectándose con una memoria ancestral más que humana.

Tampoco entiendo a qué te refieres con “se mueve por naturaleza” o “obedece a una naturaleza del cuerpo”, creo que aquí se revelan unas ontologías con las cuales no me gusta jugar, yo no obedezco a una naturaleza, ¿qué podría ser a estar alturas una naturaleza del cuerpo? ¿un determinismo cinetificista con sus relatos de categorías fijas, con sus ficciones de verdad?

Recuerdo haber leído una crítica filosófica al término científico de “homeostasis” o, quizá, un buen ejemplo para pensar en las pequeñas narrativas que cada uno de estos términos encierran. ¿Por qué el cuerpo buscaría autoregularse? Tal vez sí, hay la búsqueda de equilibrio metaestable, una tendencia hacia el placer y los afectos alegres. Pero entonces, ¿cómo abrazamos la atracción por el agua contenida en el vidrio? ¿La reducimos a un deseo desviado? ¿A una enfermedad, una perversión, un delirio? Y en ese sentido, sí, hallaste algo en esa relación delirio-lucidez que cobra sentido.

Cuando aparecen susurros seguramente serán disturbios, empezarán a juzgar si el sonido es suficientemente potente, si debería, si soy suficiente, me dicen: ¿por qué estás usurpando un lugar que no mereces? Cuando logro que las voces se disipen, fluye algo más, ahí puedo encontrarme con los seres abisales, nado junto a la bailarina española, aquel nudibranqueo hermoso con faldones elegantes y movimientos envidiables. Ahí puedo respirar bajo el agua y salir a la superficie, ahí hay un refugio para quienes amamos los limbos y los deseos imposibles.

Gracias por acercarte a ellos con tus palabras, gracias por ayudarme a bordear sentido.

Aura

Cortesía Manuel Enríquez

* “Límbica” fue presentada por Aura Arreola en la Fonoteca Nacional el jueves 20 de marzo del presente año, con la colaboración de Iván Naranjo y Jerónimo Naranjo en la asesoría de la performatividad y de la instalación sonora. Diseño de vestuario por Guyphytsy Aldalai

 

 

 

Sarmen Almond y Jerónimo Naranjo en el Cenart

El jueves pasado se presentaron con proyectos individuales, en la Galería Manuel Felguérez del Cenart, Sarmen Almond y Jerónimo Naranjo, un evento que vale la pena registrar y comentar por ser uno de esos acontecimientos que hacen de la escena de la experimentación sonora el extraordinario cotidiano que la caracteriza, pero también por su naturaleza conceptual, que ubica ambos proyectos en un lugar un tanto difícil de definir con respecto a la improvisación y la composición, el performance y el arte de un escenario. Además de lo mencionado, ese día fue la oportunidad, inusual por decir lo menos, de presenciar a Jerónimo Naranjo desarrollar un solo con los instrumentos de su propia invención, instrumentos que modifica, crea, objetos que se acercan más a una instalación —en el sentido que esta categoría ha recibido en el arte contemporáneo, una disposición en un espacio de objetos que son relativamente desnaturalizados de su concepción originaria, abriendo posibilidades de sentido—. La naturaleza performática de la obra de Sarmen y Jerónimo es algo que es necesario presenciar, no sólo con el aparato auditivo y las capacidades vibratorias nervioso esqueléticas y epidérmicas con las que asistimos, son obras también de una naturaleza ocular, que requieren del órgano de la vista y nuestra posición en un escenario sin sillas ni orden para su significado.

Visual, por parte de Jerónimo, porque su comprensión de lo que es un instrumento musical linda con los parámetros de la ya mencionada instalación, que subraya del instrumento, percusivo en este caso, cualidades escultóricas, como objetos de arte que uno podría tener en su casa en una convivencia cotidiana, y que le permiten a Jerónimo abrir la anatomía del instrumento para encontrar sus fibras en un uso de capacidades armónicas de otra manera insospechadas. Las vibraciones entre subacústicas y los timbres como electrónicos en la membrana de los tambores de una batería, tensadas por cables y resortes, son el producto de un estudio, de una observación de la naturaleza sensible del instrumento, una disectación sensible, intelectual y delicada, que pone en crisis la historia del instrumento y del cómo lo concebimos. Jerónimo se movía entre un extremo y el otro de ambos tambores tensados, estimulando los cables y los resortes, y creo que delatando un interés geométrico por la línea en sí, haciendo evidente que las líneas entrecruzándose y temblando son el sonido en sí, una manifestación material, como si el amor por el sonido fuera indistinto de su fuente física, de su naturaleza de frecuencia vibratoria. Al final, Jerónimo ejecutó un solo de violín, instrumento también construido por él mismo y que en lugar de caja de resonancia estuvo ligado por los cables a las membranas de los tambores, tocado entre las piernas a la manera de un rebab, evocando de lejos los armónicos de medio oriente e iluminado por luces rojas, melancólicos pero casi rabiosos, en una protesta política por el genocidio que actualmente se lleva a cabo en Palestina, sobre la franja de Gaza.

Ophidia es el cuarto episodio en una investigación que Sarmen Almond ha venido haciendo sobre la naturaleza de la voz, es decir, sobre la realidad expandida de que nuestro aparato fonador se extiende a nuestro exterior, que nuestro cuerpo entero sólo tiene sentido en las condiciones atmósfericas del fluido que llamamos aire, pariente cercano del agua que se mueve sobre las tierras, las arenas, los subsuelos que sostienen las plantas que producen lo necesario para que podamos respirar, oxigenar nuestros pulmones todo en un ciclo rítmico del diafragma que vuelve al aparato fonador. Por eso Sarmen ha venido recurriendo a las metáforas animales, en este caso la serpiente, cercana a la superficie, aire desde abajo y toda columna, vértebras y lengua, tierra y sostén. Las vocalizaciones de Sarmen y sus movimientos reptantes entre los presentes para Ophidia fueron una exploración de la voz profunda en un diagrama vertical y undulante. Se sobreentiende que cantar aquí no se usa en el sentido de vocalizar melodías tonales, cantar, en el caso de Sarmen, toma el sentido estricto de hacer del cuerpo un aparato resonante en todas sus capacidades en relación con el exterior ligado al sentido de sí misma, entonces, cantar es ser, sin ninguna otra finalidad que ser, y ser es desear, es metamorfosis.

Un aspecto de lo más impresionante en el arte de Sarmen es su capacidad de transformación, que ante nuestros ojos deja de ser humana en el reconocimiento habitual, que en virtud de su exploración vocal y corpórea se ubica en los límites de la especie y el género, para conducirnos a una experiencia de nosotros mismos que desconocíamos, o que aprendemos a reconocer. ¿Qué es la metamorfosis cuando la forma se mantiene? ¿Cómo es que un ser humano se transforma ante nuestra mirada en algo extraño, reconocible apenas como semejante, siendo otra cosa sin dejar de ser lo mismo por medio de la voz-cuerpo? ¿Es eso la belleza (la belleza, forma en latín)? Debe ser una propiedad de lo que llaman performance, que significa, si se me permite un juego de palabras a modo de una etimología moderna, a través de la forma, pero no es la pura capacidad fisiológica la que produce la transformación, es necesaria una emoción anidada en una idea para que el performance sea efectivo. Es necesario un concepto trabajado en la intimidad de un taller, de un estudio, y en esto la experimentación sonora que tanto Sarmen cómo Jerónimo realizan se distingue de la experimentación que tiene lugar en un concierto de improvisación libre. La prueba de esta distinción es la fragilidad de la obra conceptual ante la irrupción de la vida cotidiana, el ruido de un celular que accidentalmente suena durante la obra, un estornudo o una puerta que se entreabre, son pequeños desastres que nos sacan momentáneamente del trance, accidentes que durante un concierto de improvisación libre no sólo nos tienen sin cuidado sino que hasta pueden nutrirse de los mismos, porque el sonido de la improvisación es el destilado esencial de la Ciudad misma en su plena exterioridad.

En ambos casos, ya se trate de un concierto de experimentación libre, ya de una obra de arte sonoro desarrollada delicadamente sobre un concepto personal y por lo tanto la forma sensible de una intimidad, en ambos casos, dentro de la escena de la experimentación sonora de la Ciudad de México, se trata de un espacio que los artistas han creado en una comunidad conformada por una asistencia educada, un espacio que los artistas han creado mediante la dignididad de su disciplina y el respeto a su propio trabajo, para producir instantes de libertad, donde, en palabras de Fernando Vigueras, puede triunfar la belleza, aunque sea por instantes fugaces, y el jueves pasado asistimos a este triunfo, que acaso nos quepa entre los dedos, para podérnoslo llevar a  casa, y permitirnos seguir con nuestras vidas privadas con una fragilidad mejor estructurada gracias a un evento compartido.

Erick Vázquez

Samuel Cedillo en el Ex Teresa y Membranas Espirales en el CCE

Samuel Cedillo presentó tres obras en el Ex Teresa. La atmósfera de este espacio, con su reverberación eclesiástica, está lejos de ser neutra en acústica y mensaje, y los conceptos de Samuel, aunque vigorosos, son tan delicados que requieren de condiciones de auditorio. Lo curioso es que las obras de Samuel pueden dar la impresión de no requerir este cuidado, podría parecer que aguantan condiciones de competencia ruidosa e industrial, pero si algo quedó claro en el concierto del Ex Teresa es la dimensión de miríada armónica que el peculiar tratamiento de Samuel les saca a los instrumentos. En la primera obra presentada, “Estudio de Contrapunto II”, la guitarra estaba acostada en una mesa, y fue tocada a cuatro manos con serruchos de diversos tamaños, por los intérpretes Alex Bruck y José Manuel Alcántara, protegidos en sus manos con guantes de carnaza. Suena a una tosquedad, pero los sonidos fueron más bien exquisitos en la intensidad cromática de la guitarra en toda su corporalidad, Bruck y Alcántara tocaron en un equilibrio entre una falta de piedad hacia el instrumento musical, sugerida por el método de los instrumentos de trabajo rudo, y una delicadeza y atención a la partitura. Tengo entendido que a Samuel no le interesa la distinción entre la belleza y la fealdad, como a tantos artistas contemporáneos que han dejado atrás la discusión estética para concentrarse sencillamente en la libertad de lo que tienen qué decir, pero la sutileza sonora producto del tratamiento técnicamente arduo es tan cercana a la materialidad sin pretensiones, tan efectiva en el sonido, que el concepto pasa al escucha sin reservas y el resultado es netamente sublime y terrenal. Nunca hay suficiente belleza en este mundo, aunque se desborde en cada metro cúbico del planeta.

Foto cortesía de Rebeca Martell

Con las obras de Samuel Cedillo es común que los intérpretes tengan la experiencia de ampliar los límites de su instrumento. Creo que es gracias a la imaginación del compositor. ¿Qué será la imaginación en la música? El concepto de idea musical es elusivo, igual que muchas otras nociones fundamentales de la práctica, en particular de la música contemporánea, pero no creo que esta elusividad conceptual se deba a que pensar la música sea difícil, creo que solo no tenemos la costumbre y la intención seria de ponerle nombre a las cosas, y posiblemente esta timidez intelectual sea culpa de Hegel —siempre es buena idea culpar a Hegel de todo— por haber dicho que la música no tenía nada que ver con la precisión de la palabra. Pero Hegel no entendía gran cosa de arte. Tal vez con tan solo ponerle atención a lo que los artistas están haciendo logremos decir algo más allá de la emoción que nos causan, y la inspiración de Samuel Cedillo es muy explícita en el cómo se manifiesta empujando la instrumentación hacia sonidos insospechados observando objetos cotidianos e imaginándose el resultado: si no hubiera estado viendo esa noche en el Ex Teresa no hubiera pensado que era un trombón lo que escuchaba, Xavier Frausto tocando con los labios muy apretados para hacerlo sonar aéreo y ligero, enrarecido y sibilante como una nube pero con la potencia de la tromba, pasar a un segundo momento y aprovechar el rugido elefantico del brazo entero del instrumento. En un tercer momento de la obra, Frausto sumergió la boca del instrumento en un bote de peltre con agua, rechinando los bordes de la boca del trombón en las paredes del peltre, ahogando en la sordina borboteante del agua la potencia aún sensible del metal. La obra para trombón solo, “Monólogo VII, Muerte de Poseidón”, se estrenó esa noche; ahogar al dios de los mares, un gesto de humor que a Nietzsche le hubiera le hubiera despeinado los bigotes de la risa.

Foto cortesía de Rebeca Martell

La tercera obra presentada, “La máquina parlante”, es una obra originalmente concebida para voz sola, una sola frase, sin comas, de aproximadamente media hora de duración. La larguísima frase se expresa en inflexiones frenéticas que casi hacen inaudibles las palabras, casi, pero que sí se alcanzan a oír y que se mueven en una reflexión delirante sin final como… “contracción del diafragma descenso del diafragma presión en el tórax frecuencia de respiración repliegue de los músculos membranosos tráquea laringe movimiento de la mandíbula movimiento de la lengua del paladar morfología estructural del esqueleto…” En este frenesí el lenguaje articulado y la función de la palabra se estiran al exceso del sentido, es decir, a su ausencia. La versión coral, a cinco voces, presentada en el Ex Teresa no me pareció que funcionara con la misma contundencia que la voz sola, porque cinco personas hablando al mismo tiempo con la instrucción del delirio borran toda capacidad de distinguir la pronunciación, la riqueza de las cinco voces al nivel del habla forzadas a la escucha simultánea presionan la frase hasta reventarla, y si no se entienden las palabras la tensión del lenguaje articulado al borde del sin sentido se desvanece para dar paso a la intención más puramente musical del alarido, disipando la angustia que siente todo ser racional cuando se le revela que el lenguaje no sirve para comunicar, que la locura habita en el corazón de la lógica, lo cual es la esencia y la potencia original de “La máquina parlante”.

A unas calles del Ex Teresa se presentó esa misma noche el montaje de “Membranas Espirales”, en el Centro Cultural de España, bajo la curaduría de Cinthya García Leyva, invitada por la institución bajo la curiosísima consigna de que las propuestas sucedieran fuera de los espacios que naturalmente se entienden como auditorios. Es inusual la convocatoria de una institución para que se la trate de manera poco convencional, y Cinthya tiene un largo y serio trayecto académico pensando la naturaleza de la huella sonora y cómo ésta se aloja en el cuerpo y la experiencia compartida. Para su curaduría se concentró en pensar las relaciones físicas, las texturas de los espacios, el flujo de los públicos en el uso de las escaleras, en transitar los espacios no considerados escenarios, problemas que fueron soluciones para hacerlos parte de la pieza por parte de Milo Taméz y Jerónimo Naranjo con el equipo museográfico del centro cultural. “Membranas Espirales” es una instalación que se desprende de “La batería suspendida”, obra concebida por Jerónimo con Milo en mente, desarmar la batería para expandirla mediante cables y resortes por todo el lugar. La energía que requiere tocar el instrumento-instalación, agacharse acá, salir corriendo para brincar y tocar allá, es claramente un reflejo del cómo Jerónimo interpreta la fisicalidad de Milo, que ha incorporado en su persona una extensa y consistente investigación para emancipar la percusión del sujeto sentado que se limita a marcar un ritmo, para abrir la sonoridad de la batería a las voces que originalmente fueron.

Foto cortesía Rafael Arriaga
Foto cortesía Rafael Arriaga

La comprensión de Jerónimo de lo que es un instrumento musical es netamente anatómica, una exploración concienzuda y detallada del cuerpo sonoro y de la construcción del mismo. La imaginación de Jerónimo con los instrumentos me recuerda a los anatomistas del Renacimiento, cuya comprensión del cuerpo y sus capacidades los condujo al análisis por la disección y el interés por el volumen, ilustrando la capacidad del pensamiento mediante la consideración del peso del agua en el cerebro, pensando la función digestiva mediante la extensión de los intestinos que pueden llegar a seis metros, como un corno francés desplegado; y mi ejemplo favorito, el de los pulmones que juntos llegan a pesar alrededor de un kilo y medio, dentro de la caja torácica ocupar un área de aproximadamente 26 centímetros, pero que si se sacaran las bolsas extendiendo los árboles de los alvéolos su extensión ocuparía una cancha de tenis, que si se recorriera el camino por los ductos del aire desde la naríz y de regreso se recorrerían 2400 kilómetros. Era lógica la conclusión de que una batería de percusión expandida ocupara toda la interioridad arquitectónica del Centro Cultural de España. La de Jerónimo sobre los instrumentos musicales es una comprensión poética pero que de ninguna manera es un pensamiento metafórico, es la expansión real de una dimensión acústica, la realidad anatómica y material de la vida corpórea de un instrumento, si entendemos que un instrumento está vivo en la medida en la que su sonoridad permanece intacta, y tal vez esta sea la imaginación musical de los artistas en nuestros días, una imaginación matérica, realista e inmediata y por lo mismo desbordada.

Foto cortesía Rafael Arriaga

El concierto comenzó cuando desde el quinto piso del centro cultural descendió un tumulto que parecía un redoble de tambores si tal cosa pudiera ser posible sin percutir la membrana. Es la invención de los resortes que sostenían y atravezaban las tarolas que, al ser tocados, estirados, arrastrados por la textura de los pisos, hacían murmurar las membranas en un espectro armónico amplio y correlón por todo el edificio, del que Milo y Jerónimo hicieron uso en barandales, estructuras metálicas de los polines que sostienen las escaleras, glissando los cables tensados de los que suspendían las diversas partes del instrumento con arcos de cuerda. Nada más efectivo y punk para sacudir los más acendrados prejuicios musicales que poner en jaque la lógica de un auditorio, manifestando la naturaleza arquitectónica de un edificio, en la que mientras permanezca invisibilizada la función jerárquica de pisos y butacas, escaleras y puertas, siempre permanecerá agazapado y discreto el subterfugio del poder político.

Tanta inteligencia y genialidad y belleza en una sola noche. Son este tipo de eventos en la escena de la experimentación musical de la Ciudad de México las que me hacen pensar qué tal vez la música en el país no haya sido tan rica e interesante desde los tiempos de Chavez, Ponce y Revueltas, cosa que he dicho en un par de ocasiones, levantando algunas cejas, ante esta afirmación una persona casi se para de pestañas, pero cada vez me parece menos exagerado confiar en mi propio criterio, sobre todo porque ahora la musica en México, en una muy buena medida, se encuentra libre del peso que gravitó en la época en que los compositores quisieron ser nacionales, mexicanos, apegarse a la dicción a la que se montaron los muralistas y moralistas de los treinta y cuarenta del siglo XX. Sólo la crítica más conservadora se escandaliza ahora cuando se considera al arte contemporáneo con la misma dignidad de ocupar un museo que se le atribuye a los Riveras y los Orozcos. Si la música contemporánea en México no es considerada todavía con la trascendencia con la que se considera a los compositores consagrados de la primera mitad del siglo pasado no es por falta de audacia y talento, es porque la música no cuenta ahora con el apoyo y los recursos que la agenda nacionalista designó en su momento a los que ahora se consideran grandes. En fin, es mi opinión que no tiene nada de humilde, en todo caso la historia me juzgara de payaso por mi derecho a equivocarme, por lo pronto me quedan el placer y el privilegio.

Erick Vázquez