Ernesto tiene una especie de secreto, un secreto a voces, que son los mejor guardados. No es el secreto de su infancia —verosímilmente la formación del oído interno— abundante en mujidos de vaca y ladridos de perro, sacudidas de belfos equinos en el rancho de su abuelo; tampoco es su pasión por el noise de Japón, país al que fue a adquirir su saxofón tenor, grabado de flores, es la vida de su escucha: Ernesto se educó como músico en la Ciudad de México, en donde la escena de la improvisación libre está fundada en una cultura de la escucha profunda, de una atención concentrada como punto de partida y de llegada en los artistas que comparten el escenario. A veces no podría encontrar el aliento sin la atención a lo que le sugieren los demás durante una improvisación, pero a veces toca sin atender en demasía lo que está sucediendo a su alrededor. La escucha de Ernesto es una especie de elipsis entre la negligencia que exije concentrarse en lo que quiere decir y la atención más fiel: sin un foco preciso, sin una fuente ubicada. Ernesto entiende el sonido como una entidad, una entidad ubicua. Yo también creo eso: la música no empieza a existir en virtud de que un instrumento empiece a sonar y no cesa cuando el concierto llega al silencio; no deja de ser curioso que la música deje margen para las creencias, en particular la música contemporánea y en específico la improvisación libre, a estas alturas, después de tantos siglos de la muerte de los dioses.
María y Ernesto han compartido el escenario muchas veces, forman parte de la banda Torso Corso (con dos discos grabados) y se conocen desde que eran estudiantes, pero el pasado 20 de junio tocaron por primera vez a dueto en el Jazzorca. María es una de esas raras artístas perfectamente discretas con su intimidad, y reserva toda la dimensión de su vida interior para liberarla al momento en que toca su instrumento, que la primera vez que la escuché era el saxofón alto. La elección de un instrumento, para un artista, es parecida a la elección de un perro: desde el primer instante o eventualmente pero inexorable la representación externa y material del alma, una identificación perfecta.
María me contó que durante la pandemia, el aislamiento y el asma, necesitó una prueba que diera testimonio de su propia respiración. Escucharse respirar a través del sax le daba un sentido exterior a una intimidad intensa. El sax alto, me dijo, es exactamente el registro de su voz humana, y todo me hizo sentido, pero luego me contó que realmente su formación inicial es de pianista, y recientemente la veo con un sax tenor. ¿Qué clase de artista es esa cuya alma cambia sus formas pero no su esencia? ¿Qué especie de música cambia de instrumento sin perturbar la identidad de su canto?
A dueto con María, Ernesto decidió ser todo atención, y ese soporte le permitió a ambos evitar correr para alcanzarse, contenerse para no ofuscar al otro. Así fue que entre dos saxofones con el mismo registro nunca hubo confusión, ni aún en la grabación que suelo visitar como referente de la experiencia del concierto. Pareciera que al escucharse atentamente construyeran con una facilidad, que solamente le otorgamos a la naturaleza y al arte, un centro gravitacional para organizar sus mutuas traslaciones melódicas, más bien tímbricas: los dos sax tenores se encontraban a medios tonos o incluso a distancias microtonales entre, alejándose con ideas breves que no exigian demasiado desarrollo, como los poetas orientales que con la pura alusión a una breve imagen, un pájaro que se posa en la rama más delgada del liquidambar o el avión que cruza cercano al mediodía, contienen una realidad entera.
Hay una especie de formato acordado en la improvisación libre que dicta que un set debe contar alrededor de los veinte minutos, regla no escrita que obedece más a cuestiones de tiempo en el escenario, regla que María y Ernesto no obsevaron porque su absoluta dedicación los llevó a la exquisita gracia de la miniatura. Sets de cinco, dos minutos, que son mi alegría personal desde que mi placer por la improvisación es ambigüo, me estresa cuando no es perfecta con la misma euforia con la que celebro sus accidentes.
Erick Vázquez
Corrección de estilo por Aleja de Santiago








