Cursi canción de amor

Cuando Jacob Wick y Fede Sánchez anunciaron que iban a tocar standards de jazz en el Bacal me pareció una gran ocasión para causar una buena impresión en un date: artistas que ya conocía su calidad, tocando standards, pasármela bien sin poner demasíada atención, pero cuando empezaron a tocar no pude dejar de escucharlos, mi acompañante se me acercó y me susurró …lo están haciendo mal, se están saliendo del compás, están tocando mal las notas. En retrospectiva fui muy inocente, Jacob y Fede no iban a tocar nomás por divertimento, o a lo mejor me doy poco crédito, tal vez en el fondo ya tenía la certeza de que no me iba a aburrir. Solemos pensar que los críticos no somos presa del inconsciente, pero de lo que definitiva y famosamente somos presa es de los prejuicios, y entre la escena de la improvisación libre y la experimentación circula un prejuicio acerca del jazz y la forma de la canción, como si la canción ya no fuera una forma aceptable para hablar de las cosas de nuestro tiempo, que intuyo es en el fondo un prejuicio hacia una forma del amor y hacia la capacidad de la canción para manifestar un mundo de emociones, que esa noche Jacob impudoroso y con algo de malicia llamó un gusto cursi.

Cortesía Rafael Arriaga

El jazz de la primera mitad del siglo XX resucitó el arte de la improvisación en la música occidental, después de que con la institucionalización del conservatorio se olvidara que Bach era un improvisador, que se dejara de tomar en cuenta que Mozart y luego Chopin y Liszt y etcétera se ganaran la vida improvisando en salones. Ahora, el jazz más encontrable ya no se trata de la práctica de tocar las notas equívocadas de manera correcta (the wrong wrong notes), y el jazz en la Ciudad de México presenta un problema de clase que se manifiesta bajo la textura de las cortinas rojas, sobre una alfombra aspirada y el tamaño de la cuenta, debe ser por esto que el parentesco y la genealogía que indiscutiblemente liga al jazz con la improvisación es un aspecto que no es muy común escuchar en la escena de la impro libre de la ciudad, por una saludable pero no siempre recomendable alergia al esnobismo, y por estas razones, que Jacob y Fede toquen standards de jazz, un jazz auténtico y vivo, es un proyecto que precisamente por su irreverencia a la autoridad del prejuicio me ayuda a pensar a través de su amor al jazz y a la canción. El de Jacob y Fede es un proyecto muy consciente de toda esta problemática, y por lo tanto muy honesto —la honestidad es una de las características que en principio abren la escucha y es una de las características que llevan a un crítico a escribir—, me hicieron sentir que mi interés por el jazz puede ser legítimo justo porque soy ignorante en el tema, y me volvió a sorprender lo efectivo que puede ser el amor para contrarrestar las fuerzas de la Historia, el amor que en el arte es necesariamente desobediencia, es decir, una manera distinta de escuchar.

Foto Valeria Lailson

Lo importante del jazz es que la variación sea libre en la medida en la que la rola siga siendo reconocible, y en el dueto este límite es un juego que arriesga la identidad de una canción. En My funny Valentine las frases de Fede empiezan y parecen no tener fin, a veces de plano no llegan a ningún lado dentro de la estructura y por momentos, por instantes muy cortos que se sienten largos ya parece que se está llendo a otro lado; la identidad de una canción depende de la melodía y en menor medida de una estructura tonal, pero sobre todo, el peso de la forma de una canción recae en la letra, y la voz de Jacob se mueve con muchísima libertad, no sólo en el género original del objeto amoroso, intercambiando, por ejemplo, little girl por little boy para hacer suya una tradición esterotípica heterosexual, sino  dentro de las mismas reglas armónicas que el propio dueto ya había planteado en el primer compás, de pronto parece que ya decidieron dar al traste y empezar a construir un universo distinto y luego sencillamente resuelven. Es porque Jacob y Fede se escuchan con tanta confianza para caer en la misma nota que el extravío se acentúa en un placer vertiginoso que como en la danza se cachan justo antes de parecer que van a caer al piso, permaneciendo aún en el juego de la forma; tal vez el acto supremo de amor consista en transformarse persistiendo, tal vez por eso el poeta clásico del amor es también el poeta de las metamorfósis. Es un acto de amor reclamar la belleza, expropiarla de la pretensión del prestigio, y la improvisación reclama deformando, actualizando de acuerdo a gustos personales mediante recursos artísticos que pueden ser discutibles pero sin duda son legítimos en virtud de que la finalidad, como en el caso de Fede y Jacob, no es otra que la belleza que encuentran y comparten.

Erick Vázquez

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

Música viva

Música viva

Hoy fue el concierto inaugural del onceavo Encuentro Internacional de Jazz y Música Viva [sic.], albergado tradicionalmente en el Centro de las Artes, en el que participaron todos los artistas invitados. El concierto abrió con Omar Taméz soplando en una manguera con alguna boquilla integrada, o tal vez era la manguera sola, pero producía al soplarla un sonido largo y ligeramente ululante en un registro bajo muy característico que sirvió para que entrara el pianista Karl Berger con unas notas claramente musicales sin ser obvias, es decir, con un gusto delicado, porque en la música moderna, sobre todo en la que se caracteriza por nacer de la improvisación, lo grosero es hacer música deliberadamente, así como en literatura es de pésimo gusto escribir pensando que se está haciendo literatura. Y el gusto, en jazz, es un elemento esencial, se trata principalmente de buenas maneras, del arte de la conversación. El tercero en entrar fue Wilfrido Terrazas, con su flauta decididamente dionisíaca, siempre muy cerca del desorden, en los límites de la forma; a Terrazas ya había tenido la oportunidad de escucharlo dentro de la Generación Espontánea haciendo cosas mucho más raras, y fue revelador verlo haciendo jazz con participaciones mesuradas, escalonadas con un oído fino y oportuno. Entonces, todo cambió, Ingrid Sertso, quien en el programa de mano se registra como cantante y poeta, se acercó al micrófono y dijo «Music», musitando frases en una modulación chata, frases que no eran sino lugares comunes que habrían de ser reconocidos como poéticos en una escuela secundaria, cosas que me atrevo no sin vergüenza a citar: music…space and rhythm…like a rainbow…butterflies and the drum of the earth. En serio, ¿a quién se le ocurre que es poético decir la palabra «música» en un concierto de jazz? Es tanto como decir «sexo» en medio del acto sexual, bastante poco erótico incluso para estándares adolescentes, y no conforme, la maestra consideraba pertinente intervenir en una métrica de cuatro tiempos, dentro de un marco que se quiere de improvisación libre. Lo peor es que la voz solista en un ensamble instrumental inevitablemente toma el lugar central.

image

El contrabajo de John Lindberg y el sax barítono de Sofía Zumbado se encontraban con un tino prodigioso y conscientes de que no se trataba de su espectáculo personal. Hablando de jazz, hablando de improvisación en general, la metáfora de la conversación entre personas inteligentes es insuperable. La improvisación es un arte de damas y caballeros en competencia. La participación de Emilio Taméz fue como siempre impecable, e hizo algunos sonidos solo frotando las baquetas entre sí que disfruté como un cachorro agradecido. Cerca de la media hora de concierto, cuando ya habían empezado a conocerse mejor, decidieron hablar todos al mismo tiempo en una imagen llena de nítidos colores, el piano de Karl Berger desprendía notas continuas sin tocar el pedal para nada, descansando de lleno en la pura lucidez de las notas individuales. Y entonces sucedió de nuevo, a la maestra Ingrid se le ocurrió decir en la misma voz de siempre, con la misma intensidad de siempre: mind…body…intoxication, una y otra vez. Omar Taméz empezó a cambiar de instrumentos y juguetes «encontrados» como curioseando en un bazar, compensando con inventiva y variedad su falta de talento, y descubrí que no importa que se esté en una conversación con un montón de gente interesante, con un solo desentendido basta para dar al traste con la experiencia. Tal vez sea que yo haga mal en esperar un placer absoluto, acaso Omar Taméz e Ingrid Sertso servían de contrapeso para mejor apreciar la calidad de otras ideas, o tal vez haya sido que el concierto se alargó por hora y media sin interrupción, y como le dijo a Nietzsche su propia sombra: «En una conversación larga, aún el más sabio se vuelve majadero una vez o dos, y tres, un pánfilo.» Cerca del final todos tocaban al unísono y todo era confusión, a Omar Taméz, que ya había agotado su instrumental, le dio por empezar a gritar, al principio pensé que había sido el cansancio que jugaba con mi imaginación, pero tuve ocasión de sobra para constatar que efectivamente, el multi-instrumentista aullaba sin parar, como si estuviese en una fiesta con sus amigos en lugar de un concierto público. Como cierre, Omar Taméz pronunció un pequeño discurso que confirmó mi última impresión. Dio unas palabras de bienvenida para decir que el Encuentro se trataba de música viva, tomándose la molestia de aclarar que la música viva la hacen los seres humanos que no están muertos, y presentó una buena parte de los músicos como sus amigos cercanos, a quienes invita invariablemente al Encuentro. Se trata pues de una fiesta privada organizada con recursos públicos a la que somos generosamente invitados, como comúnmente sucede en la provincia con esta clase de proyectos que seguramente si fuera de otra manera nadie más se tomaría la molestia de organizar.

Erick Vázquez.