Los Improvisadores del Norte S.A. de C.V.

El pasado dos de agosto, Edgar Reséndez y Daniel Zepeda “el brujo” convocaron en el espacio cultural del Gargantúa para la presentación de Colguije, un fanzin acerca de la improvisación libre en Monterrey.

Elegir la improvisación libre es elegir la contracorriente, esto es cierto en la Ciudad de México y en el norte es todavía más agreste. La oposición a la diversidad de las expresiones culturales en Monterrey no es una ficción, es un aspecto histórico, ubicable con fechas y lugares alrededor de la industrialización, causa de orgullo tribal al menosprecio; lo sé porque está bien documentada, y lo sé porque es mi contexto, crecí en medio de todo eso, pero entre que yo fui jóven allá y ahora algo debió suceder, tal vez el desgaste de una narrativa local e intransigente ante el rampante curso del mundo, tal vez sencillamente la gente nos vamos haciendo viejos y los hijos siguen reinventando a sus padres en la dinámica infinita del tema y la variación, y ahora hay movimientos sociales legitimándose por fuera de la forma establecida del conservadurismo. Cuando me vine a vivir a la capirucha con la intención exclusiva entonces, y expresa todavía, de escribir sobre improvisación libre, en Monterrey no había una escena que se nombrara como tal, afuera del Venas Rotas donde fui a conocer a los improvisadores del norte me dijeron que justamente el año que decidí partir se empezaron a juntar, y desde entonces se encuentran en el camino de entender su práctica.

Para pensar la improvisación libre fuera de la academia no abundan los textos, está el consabido libro de Derek Bailey, están los nuevos libros de Dave Mattews, y en México hemos tenido que ser estrictamente fieles a la naturaleza de la improvisación para inventar los orígenes de una práctica convulsa sin historia escrita. En la presentación del fanzin Edgar nos habló de la necesidad de saber lo que se ha hecho, porque hubo cosas que han sucedido, porque de movimientos en Japón o en los Estados Unidos se pueda obtener quizá una grabación, pero que no nos dice mucho del contexto, la pura grabación no nos dice acerca de qué más estaba pasando alrededor, es necesario narrar una genealogía que, dijeron, se encuentra ausente.

En la Ciudad de México las diferentes afluencias no conforman exactamente un árbol genealógico, es más bien un caldo de cultivo, que a la postre no interesa demasíado porque a la hora de tocar las distintas proveniencias en todas sus diferencias se conjugan en un presente perfecto contínuo: por lo menos en lo que a la crítica concierne, tratar de entender la improvisación libre en términos de una genealogía, de un arte de la influencia, es absolutamente inoperante, porque la improvisación libre es una de esas expresiones artísticas que, como el arte contemporáneo y el verso libre, concentran todos los saberes de una ancestría en un presente sin pasado, y el problema de un recuerdo sin memoria es la invención de un sentido que se crea según va marcando sus pasos, definición de escritura tan cercana a la improvisación que es desconcertante que no haya más relación entre ellas. Para corregir esta diferencia los regios, echando mano de su cultura del atajo, se han puesto ellos mismos a escribir.

¿A dónde se va un concierto de improvisación libre cuando la música cesa? ¿Se comporta su memoria como la genética en los cuerpos, casi imposible de rastrear pero evidente? ¿La experiencia de un concierto sin standard ni partitura, se comporta como los objetos, que una vez dados al mundo terminan quién sabe dónde ni porqué? En el caso de la improvisación libre el problema de la memoria es particularmente intrigante y malportado porque se define como música sin escritura, no es como las palabras proferidas, que se pueden citar más adelante, repercusión oral que se propaga friccionando sobre una red simbólica, sabemos que la experiencia de un concierto se guarda al interior de los cuerpos, en el misterio del recuerdo compartido, pero ese misterio, si no se habla, si no se procesa en el mecanismo de los signos, aunque éste le sea bien ajeno, queda a merced de los avatares de la historia y la institución, que lejos están de ser amables con los hablantes. Creo que los improvisadores del norte tienen razón, que podemos dar cuenta de algo intangible por medio de la extrema tangibilidad de nuestras condiciones.

Daniel sale a tocar a la calle, un día se puso con su sax abajo del desnivel que se encuentra frente al antiguo palacio de gobierno, supongo que por la acústica que rebota el run run de los coches y el sonido propio del centro de la ciudad, y quiso la suerte que un día pasara el maestro Eduardo Caballero que escuchó el metal mientras conducía y saludó con la velocidad de la pista. Cuando Demian tenía catorce años su mamá le compró una batería por unos mil pesos, traquetada y dispuesta a seguir, seis años después es la que usa todavía, parchada y prostética aquí y allá, desastre sin formación, con su atención a los detalles y la insatisfacción, hasta que se mudó al centro y conoció a Edgar; el  Johnny viene de una larga tradición musical, en su ascendencia se encuentra Homero Guerrero de los Cadetes de Linares, desde que estaba en la secundaria tocó la tarola en la banda municipal de su natal Linares y luego se entrenó en el clarinete, no tuvo mucha opción. Cuando en Monterrey la amistad lo encontró con Edgar se encontró también con la improvisación libre y con una manera de reclamar su herencia; Jahir comenzó haciendo punk en la batería, ahora está en vías de una educación formal en el piano, y la improvisación que es uno más de sus muchos intereses le representa una fracción para el cuadro completo de su tesis en la búsqueda de una definición de la música; Diego con su guitarra eléctrica tiene un proyecto de brutal death metal y otro ensamble de corridos,  el serialismo que usa discretamente para frasear dentro del death y del corrido es la discreción con la que se acerca también a la improvisación; Edgar tiene ya una práctica editando publicaciones independientes, poesía, ensayo, una práctica congruente de agrupar el concepto de canción, y para hacerlo se dedica a inventar el propio espacio sin esperar. Cuando empezaron todos a juntarse decidieron tocar en el Betos, la cantina del centro en la que los miércoles está a 35 pesos la caguama, reuniendo grafiteros, escritores, el encuentro natural entre estudiantes y borrachos consuetudinarios, donde la música habitual es la rockola con Intocable o Juan Gabriel, y ha resultado que este público informe ha recibido muy bien sus propuestas.

¿Cómo resolver una genealogía inexistente?  Cuando Daniel hace su tesis y un fanzin sobre “Cómo aproximarse a una teoría que no está escrita”, reconstruyendo las pistas de los jarmolódics de Ornette Coleman, cuando el Johnny toca la tarola con un retumbar de tamborazo en el medio de una improvisación, están expresando su búsqueda conjunta en la pregunta por la síntesis, buscan una estructura móvil y flexible que dentro de la existencia del motivo o el tema, el sujeto identificable permita la improvisación libre en lugar de excluirla.  ¿Qué significa inventar el propio origen? ¿Qué clase de nombre es el de la autodenominación? El animal humano es esa especie que puede reinventar su origen, brincando sobre el vacío sobre el que va escribiendo simultáneamente. Se nombraron Improvisadores del Norte, Sociedad Anónima de Capital Variable, porque saben de dónde son, están plenamente conscientes de sus orígenes, y por lo menos en el horizonte visible simplemente no se piensan retractar. 

Erick Vázquez