El domingo, en el Auditorio Blas Galindo, regresó Carlos Marks después de cinco años de ausencia, para mí fue la primera vez de escucharlos y la confirmación de mis sospechas: esto es lo que pasa cuando el dominio técnico temperado en la experimentación se fundamenta en un sentido del humor.
Durante el concierto tuve la intermitente impresión de un proyecto que comenzó como un juego, juntarse a tocar lo que se les diera la gana sin prejuicios acerca del aparente conflicto entre tradición popular y experimentación, juego que pronto se les salió de las manos y se volvió una cosa súper en serio, con la preocupación congénita a un proyecto que puede salir mal. La preocupación es comprensible por los riesgos, pero innecesaria: no hay manera que el violín de Carlos Alegre pise en falso, no hay escenario en el que el bajo de Arturo Báez y la percusión de Jacobo Guerrero no sincronicen un pulso sólido y confiable que sin embargo no es nunca mecánico para que los rifts de Misha en Latarra puedan escalar y revolverse libremente en una onda groovie. Más que concierto las ondulaciones de un chamaco punk intelectual haciendo belly dance, una gozadera tremenda, un vacilón de aquellos que desde el principio de la fiesta ya se siente como after. Carlos Marks es una broma muy estructurada, articulada en referencias al jazz, el rock progresivo de los ochentas y noventas, el groove de los sesentas y setentas, momentos épicos de rock sinfónico que conduce a risas que se sienten muy contemporáneas.
Entiendo que para algunos el proyecto pueda resultar ofensivo, la música debe ser edificante y honrar las muchísimas horas de trabajo que cuesta dominar un instrumento, la venerable historia a cuestas, y a veces los chistes de la banda podrían parecer de mal gusto (la resolución típica de un acorde después de forzar el retorno del tema), pero en el fondo son gestos exquisitos porque sólo subrayan lo bien que saben lo que están haciendo al jugar con las formas musicales; igual de insultante resultaba después de todo el propio Karl Marx cuando en los periódicos se burlaba del hecho de que el capitalismo era la vía más efectiva para el aprovechamiento de la producción, hecho que él no negaba, con toda la seriedad filosófica correspondiente.
La rola con la que cerraron el programa fue una delicia total, una frase dulce de violín que abrió en la banda una especie de passacaglia, danzable y cadencial, mostrando el aspecto más adorable del electroacústicomunismo. Después hubo un encore porque el público no dejaba de aplaudir, porque la música contemporánea no se alimenta tanto del pasado como de la audiencia presente, la cual mismo que las variaciones rítmicas de Carlos Marks parecía no tener llenadera.
Erick Vazquez



