La importancia de la geneaología

Mientras esperábamos fuera del Venas Rotas la hora de empezar el concierto —que caracteriza a esta escena en que puede llegar a ser un margen muy amplio de convivencia— pasó un músico ambulante con su violin, vió la gente congregada y aprovechó con un Son carnavalero. Cuando terminó de tocar y pasó entre los presentes para la recaudación de las propinas se metió hasta la tienda del Venas Rotas, y de pronto salió acompañado de alguien que lo condujo a Carlos Alegre, el músico le ofreció su violín a Carlos que se arrancó con un Son guerrerense, intercambiaron luego palabras y más música. El señor contó que venía de Hidalgo. Contó la historia de cómo se había venido a la ciudad para comprar el instrumento, y se armó una pequeña algarabía inesperada que todos gozamos en la banqueta, a la puerta del evento.

Este encuentro me parece importante narrarlo porque es expresivo de dos cosas: primera, revela las prácticas y preferencias de Carlos Alegre, externas a su formación académica, su amplia experiencia y placer en la música tradicional, preferencias que una vez teniéndolas claras se las puede escuchar en los recursos que utiliza a la hora de la improvisación libre; y segunda, el intercambio espontáneo entre un artista de la improvisación y un artista ambulante, intercambio que sólo podría haber tenido lugar con ese respeto mutuo y nivel de significación en el contexto de un evento de los que sólo pueden suceder en esta escena artística, tejida de afectos y resistencias espontáneos, en este país y en esta ciudad.

Sería importante poder hacer el mapeo de la migración de los artistas que se vienen a la Ciudad de México a tocar en las calles porque no pudieron vivir de la música en sus poblaciones de origen, no nada más por el interés sociológico, sino por la riqueza de un capital estético. Las cosas que se pueden escuchar en las calles de esta ciudad… en una ocasión me encontré siguiendo una imagen sonora inmensa que llegué a pensar se trataba de una banda oaxaqueña completa andando por las calles, y a la vuelta de la esquina eran nada más dos jóvenes, en la preadolescencia apenas, con una tarola y un clarinete y una potencia armónica apoderada fácil del espacio entero; en otra ocasión una voz operística me obligó a hacerme paso entre la muchedumbre para descubrir una soprano transgénero con un aria de Puccini que sin ayuda de amplificación alguna abarcaba la calle Madero de esquina a esquina. La riqueza y la competitividad de la música callejera en la Ciudad de México es sintomática de la pulsión musical propia de la cultura mexicana y de la terrible orfandad a la que las instituciones culturales la confinan, forzando la migración. No es un accidente que se trate de un síndrome centralista: En otras ciudades del país, que por su flujo económico también atraen la música ambulante, pero que han perdido casi por completo su identidad en favor de una maqueta turística, la calidad de los artistas callejeros es pésima, porque esa es la calidad de su público también. La realidad contradictoria, de una afirmación de la identidad comunitaria como reacción a las situaciones adversas, en conflicto con el tradicional entreguismo que nos aqueja, se resuelve en la fórmula, dolorosa pero precisa, de que la cualidad moral de una ciudadanía se mide por la calidad de sus músicos callejeros.

Por fin llegó la hora del concierto, que se trató de un cuarteto de cuerdas: Carlos Alegre en el violín, Shaostring en la viola, Sofía Escamilla en el violoncello y Pax Lozano en el contrabajo. El encuentro fue inmediato: Shaostring y Alegre se entienden con la misma velocidad de una vieja amistad, que apenas uno empieza a hablar y la otra ya sabe cómo responder, y Sofía tenía tantas cosas que decirse con Shaostring que igual pudieron terminar de decirse todo en dos frases que intercambiar sonido durante horas sin agotar los temas (ayudó que Pax usó el contrabajo casi a la manera de un basso continuo). Todo esto sin dejar de ser improvisación libre. Una explicación para esta fácil y sutil concordia puede ser que el cuarteto de cuerdas es un formato con mucho antecedente histórico, que tanto Carlos, Shaostring como Sofía cuentan con una formación académica de base, pero, sospecho que este fundamento no va más allá, y que equivale a decir que todos los participantes hablaban español, lo cual no es una garantía de ningún acuerdo entre hablantes. Shaostring tiene un gusto que ella considera formativo en un abanico de influencia que va desde Rigo Tovar hasta Siouxsie and the Banshees pasando por Joan Sebastian; Carlos, como ya he dicho, se siente naturalmente atraído al son, la cumbia y lo guapachoso; y el caso de Sofía es aún más claro desde que ella se acercó a la improvisación con el deseo deliberado de desencasquetarse la formación académica y volver a conocer su instrumento desde su propia voz, la propia voz que se encuentra —en sus palabras— aprendiendo a escuchar a los demás en la confluencia de un sonido espontáneo.

¿Qué tan importante podrá ser la genealogía de las influencias, para el caso de la escena de la improvisación libre en esta ciudad? Creo que para el caso de lo que me interesa a mí, que es no tanto la música como las relaciones de sentido que ésta permite — es decir, el evento sonoro—, muy poco. Sin duda no es intrascendente, desde que definitivamente la formación clásica provee al ejecutante de una técnica y un conocimiento del instrumento, pero nada de eso define la imagen acústica en una improvisación, y eso es extraordinario para un crítico de arte. Un crítico literario no puede, por disciplina ni derecho, soslayar el sistema de la influencias de un autor, bajo pena de no comprender cabalmente los gestos escriturales que definen la individualidad de una propuesta; un crítico de arte contemporáneo debe conocer la red de antecedentes en la producción que hace posible la relativa originalidad de un artista, y resulta que en la escena de la improvisación libre nada de eso es indispensable para poder articular un discurso de sentido, porque se trata de una comunidad del presente, porque la improvisación es esencialmente una práctica emancipadora de la historia, agente y subterfugio discreto del poder; y más importante todavía, a la comunidad que conformamos la asistencia, la gestión, las amistades, no nos interesa para nada dónde estudiaron, quiénes fueron las influencias. El musicólogo debe ser, junto con el psicoanalista y el filósofo, el más solitario espécimen del Homo sapiens.

Doris Steinbichler estuvo particularmente conmovida por el encuentro espontáneo entre los violinistas sobre la calle, porque ella es violinista por formación, y resultó que ese día cumplió años. Se festejó como se festejan los artistas, ofreciendo su trabajo, sumándose al cuarteto de cuerdas con un performance vocal y repartiendo un pastel entre todos los presentes, que ella misma llevó, con la confianza de dividir el dulce y la celebración en un espacio que ya se caracteriza por su espíritu independiente y que por lo mismo se siente como una casa de todos y de nadie.

Erick Vázquez

La fiesta de Doris Steinbichler

 

Siempre he querido escribir sobre las fiestas de los artistas, porque son distintas en muchos sentidos a una fiesta familiar, una fiesta del trabajo, una fiesta entre amigos de hace años que terminaron dedicándose a diversas cosas apartadas o cercanas a la vocación. Mi deseo de escribir sobre las fiestas de artistas viene de haber sido testigo de la relevancia que tienen los eventos sociales para influir en relaciones que terminan siendo decisivas para alguna colaboración que se estaba cocinando desde hacía tiempo, una nueva simpatía estética o ideológica, una confirmada antipatía personal hacia aquél o aquella, compartir una chela en la fila del baño con alguien con quien no necesariamente se pensó llegar a hablar tanto y terminar riendo. Las relaciones personales y las fiestas que sintetizan tales relaciones al final resultan tan importantes para darle forma a un movimiento artístico cómo podrían serlo las instituciones, y no estoy seguro de estar exagerando por malicia retórica. La relevancia de las fiestas y la amistad entre los artistas son factores determinantes para la historia del arte, que la academia no podría con sus herramientas tomar con la seriedad pertinente porque ¿cómo va un investigador a citar un diálogo que tuvo lugar en medio de una borrachera sin poner en riesgo su posición y credibilidad ante el Instituto de Investigaciones Estéticas? La Historia del arte, selectiva y negligente, se nutre más de los mitos acerca del arte y los artistas que de la mitad frágil, la mitad ridícula y la mitad alegre que realmente constituye la vida de los artistas como sujetos en su vida cotidiana, que se enamoran, se frustran, se influyen mutuamente y se caen gordos o se encuentran indispensables entre sí, y que es el ambiente en el que discuten sus conceptos fundamentales y en el que aprenden a escuchar y escucharse.

La fiesta de Doris Steinbichler [SchtaeinBijlah] tuvo todo lo que tiene que tener una fiesta para calificar como tal: metros antes de llegar ya no había duda de dónde quedaba, se sigue el rastro de las risas y los gritos y la gente cargando bolsas de cerveza y otras cosas, alguien te abre la puerta y empieza la saludadera, la sudadera entre el montón y aquellos que quién sabe quienes serán, el camino apretado hacia el balconcito abarrotado de gente tratando de fumar a gusto, los gritos por todas partes y las conversaciones de la risa fácil; de pronto se interrumpió la fiesta unos minutos, Doris le dio el micrófono a alguien que reclamó un objeto perdido, durante el reclamo concernidos nos llevamos las manos a las bolsas para confirmar que aún traíamos lo que llevábamos y alguien gritó “ya pongan la del tiburooón” y procedió a tararearla por si no cachábamos la obscura referencia a Proyecto Uno:  “tararán tararán… tararán, taaan!”

Claro, la diferencia, la enorme diferencia con una fiesta entre godinez o gente de otro gremio es que acá la música estuvo a cargo de los invitados de Doris. Cuando llegué con Karla y Melissa estaba JuanJo Rivas dándole duro al noise, o algo parecido, un proyecto que estrenaba con globos negros rellenos de aire con una especie de confeti que modificaban el sonido cuando Doris los reventaba con una pistola de dardos de juguete, para la algarabía de todos cuando lo lograba, un proyecto que JuanJo nunca había puesto a prueba y que decidió estrenar para el festejo. Maricarmen Martínez improvisó un solo de voz durante el que todos guardaron el silencio correspondiente para la escucha, una exploración de las inhalaciones y las alturas que yo nunca le había escuchado y que, en sus palabras, “en ese espacio es lo que funcionaba bien”. La fiesta reventó en un climax con una improvisación de Carlos Greko, caracterizado por su potencia para mantener una intensidad irrecusable en el sax y que felizmente fue acompañado por Duncan Pinhas que le metió un ritmo fácil de seguir que nos puso a todos a bailar como Dionisio nos dió a entender. Aleida me dijo entre brincos cuánto se agradece un poco de estructura de vez en cuando y sobre todo en una fiesta (la próxima vez que las Lágrimas del Cíclope llorón se presente no me la puedo perder). Edgar Palacios, performer, tomó el centro de la sala, puso su tapete de cartón sobre el piso, se hincó y empezó a soplar un enorme globo con tinta adentro, le pidió a alguién que estuviera por ahí cerca que participara tomando de la tinta para escupirla sobre el globo, que resultó ser Norma Flores. Edgar se quitó la camisa (momento clave en todo performance que anuncia alguna culminación), una persona en medio del lúcido delirio empezó no tan lúcida a gritar que eso era bullying, que porqué nadie lo defendía, y hubiera seguido su defensa acerca de los derechos humanos antes de que el llanto la ahogara. El globo reventó y la tinta llegó a algunas ropas y hasta a las paredes de color claro. En cada habitación había algo diferente sucediendo, la fila del baño que es tradicionalmente la más humorosa porque es donde más se necesita la ligereza ante la crisis antes de llegar a lidiar con la preservación de la higiene en condiciones adversas. Al otro día Doris se encontró un instrumento musical en su closet, cuyo dueño a la fecha de este ensayo no ha aparecido para reclamarlo.

La curaduría de los invitados a la fiesta es una especie de diagrama que expresa la persona en el contexto de su sociedad, y los invitados de Doris son un problema curatorial complejo, aparecieron personalidades del performance de la época dorada de la práctica, como María Eugenia Chellet y Víctor Sulser (el célebre no oficial ExPresidente de la República Mexicana), DJs y personalidades de la improvisación sonora como Bárbara Lázara y Fernando Huerta, que en el conjunto son el reflejo del lugar indefinido que Doris tiene en la comunidad cultural de la Ciudad de México: Inclasificable, que sea tal vez la libertad que la artista ha buscado a todo costo, todo este tiempo, sin descansar y sin parpadear, tanto en su obra como en su vida.

Daniel Lara Ballesteros, artista sonoro, me contó una anécdota de cuando la conoció por allá en el año 2000. Daniel era estudiante de visita en la Ciudad de México y preguntaba por la Steinbichler [s̠tɛi̯nbiχlɐ]. Le respondían “ah claro, Doris la del Epicentro, es un lugar cultural que ella maneja en la colonia Guerrero, una colonia muy peligrosa”. El Epicentro fue un centro cultural por el que se pasearon Gerardo Monsivaís y varios artistas internacionales, con eventos cubiertos por La Jornada y el Canal 22, y cuyos orígenes es mejor que los describa la propia Steinbichler:  

“Nací y crecí en Austria en un edificio construido a principios del siglo veinte; por eso, cuando llegué a la Ciudad de México a inicios de la década de los noventa, los techos altos, pisos chuecos de madera y fachadas barrocas en la arquitectura de los edificios del centro histórico me hicieron sentir como en casa, remontándome a mi propia infancia […] En esa época existía una efervescencia en el mundo del arte alternativo. Recién instalada, gané un concurso de performance en Ex Teresa, y con el premio pude pagar el depósito y la renta del departamento. Para celebrarlo armé un reventón con mis colegas performanceros, sin saber que esa fiesta iba ser el comienzo de algo. Un grupo ecléctico de pintores, videoastas y fotógrafos llegaban sin anunciarse, y las reuniones invariablemente devenían en actos creativos, espontáneos, sin pretensiones; sucedían por el mero placer de crear con libertad absoluta: una fiesta de interacción lúdica y estados alterados”. (Revista Generación Alternativa #157)

Las paredes de la fiesta se adornaron de proyecciones que han sido el signo distintivo de Doris Steinbichler: Improvisar visuales con proyectores de acetatos sobre los que pone mantillas tejidas de esas que se ponen sobre la mesa para protegerla, tapetitos de plástico para los vasos, los hace girar como en un caleidoscopio formando texturas y colores que sugieren un juego de los que le suceden todo el tiempo en su intimidad sináptica que resulta tan comúnmente en un hallazgo humoroso, pero sobre todo, que son expresivos de su manera de actuar, actuar con lo que se tenga a la mano en ese momento y que refleja su realidad inmediata, incluso de mujer casera, trotamundos como ha sido, y que fue la misma lógica con la que operó el Epicentro en la Guerrero desde el 93 hasta el 2004, en el que todo empezó con una fiesta.(1)

Daniel entendió que esta artista era alguien que le había perdido rápidamente el miedo a muchas cosas, principalmente, a operar por fuera de la institución, que en aquellos años era una institución muy abierta a las propuestas distintas, sobre todo el Ex-Teresa, institución cuya vocación ayudó a perfilar y definir Guillermo Santamarina. Doris es amada e incomprendida, comprendida y subvaluada, tal vez el precio y la consecuencia de ser inclasificable entre los inclasificables, tal vez porque, como dice Daniel, cuando recuerda haber participado con ella, transmite mucho de la libertad de hacer lo que en ese momento se te de la chingada gana, y eso, dice Daniel, es admirable y envidiable a la vez: “es un personaje herético”. Y herética fue la fiesta, si algún vecino se hubiera asomado en un algún momento hubiera pensado que se trataba de un ritual satánico, otro vecino en otro momento hubiera pensado que era una misa dedicada a los ángeles, otro vecino hubiera sencillamente pensado que eran un montón de chiflados bailando, nada que reportar a la policía.

Erick Vázquez

 1. El primer espacio de Doris Steinbichler fue en la calle Santa Veracruz (colonia Guerrero), por la Alameda central, entre noviembre 1993 y enero 1996. La primera sede dónde introdujo el nombre EPICENTRO fue en la calle Varsovia de la Zona Rosa, (entre 1996 y 1997, colonia Juarez). Luego, se trasladó a la calle Camelia 185 en la colonia Guerrero , donde permaneció hasta su cierre en 2004.

“En esos años, su localización generó distintas cruces sociales: a pesar del auge de los espacios independientes y de la existencia de públicos para todo, aún así, su ubicación en una de las zonas más peligrosas de la ciudad lo convirtió en un lugar periférico dentro de un circuito periférico local: la distancia de Epicentro respecto al circuito general del arte fue tan topográfica como de clase.” (Lorena Tabares Salamanca)