Devenir de un río

A veces, en la gran mayoría de las ocasiones, el origen de una forma es un misterio. También, en la gran mayoría de las ocasiones, la narrativa de un origen explica las formas de su presente misterioso, en la Historia Natural es siempre así: la forma de un árbol, prescrita en su semilla y descrita por su acceso al agua y los minerales y las condiciones ambientales; la forma de un mamífero, prescrita en el embrión y dedicada en tamaño, fuerza y nervios gracias a su acceso al alimento y la familia, la migración exitosa y la supervivencia; de igual manera, la forma de los mares explica el curso de una corriente de aire cálida en el mapa global, y todo esto puede narrarse con congruencia incluso a pesar de la inmensa cantidad de azar la que depende un solo grano de arena en la balanza de la selección natural y el origen de las especies. Pero en la historia de un artista casi nunca funciona así, para encontrar el origen de sus formas, de una manera de vida armada de elecciones en torno a la belleza, son tantos los factores que pueden frustrar o permitir el equilibrio entre el florecer delicado de la intuición y la exigencia dura de entrenar el talento que una narrativa puede fácilmente perderse entre los avatares del mito y la anécdota. Por esto es importante conocer el proyecto documental, “Gustavo Nandayapa: devenir de un río”, dirigido por Andrea Rodea y Erik Mares, producido por Chris Cogburn, porque es un éxito narrativo, coherente en su poesía visual y discreto en explicaciones, que nos ayuda para comprender cómo y porqué Gustavo Nandayapa suena como suena, su sentido de la cadencia que fluye como el agua bajo sus variaciones de color, sus elecciones que resultan tan naturales entre un cambio de intensidad tímbrica y una disonancia por allá que de pronto se vuelve parte de la estructura en una improvisación.

Still del documental, cortesía de Rhizomes Films
Still del documental, cortesía de Rhizomes Films
Still del documental, cortesía de Rhizomes Films

El documental es elegante porque no es didáctico, porque los realizadores saben que dar cuenta de la naturaleza estética de un artista necesariamente sugiere en lugar de decir, seduce en lugar de argumentar, ilustra confiando en la secuencia de los eventos. La cinematografía comienza con imágenes del gran río que atraviesa Chiapa de Corzo, el lugar de nacimiento de Tavo, y la narrativa visual se toma su tiempo en el atravesar del agua, la risa de la cascada y las interminables notas saltarinas que le han dado su música al paisaje desde un pasado incontable, las secuencias se cosen naturalmente a las entrevistas a la familia Nandayapa, una familia con una tradición de construir y tocar las marimbas que suenan en las fiestas del pueblo, sobre todo la Fiesta Grande de los Parachicos, personajes con máscara que danzan por las calles sonando sonajas elaboradas por los mismos artesanos del pueblo. En fin, no voy a contar aquí todo el documental, hay que verlo, las secuencias y la narrativa son un lenguaje imposible de transmitir en la palabra escrita, lo que sí es necesario decir aquí es que Gustavo Nandayapa es un personaje que forma parte de la escena de la improvisación libre en la Ciudad de México, una escena que se caracteriza por agrupar instrumentaciones inauditas en torno a una práctica musical sin reglas preestablecidas, y que sigue siendo, a nivel internacional, la práctica inclasificable por excelencia, que conserva toda su frescura y vanguardia, es decir, que sigue siendo la más moderna de las músicas modernas y que es como el perico que donde quiera es verde. Por eso el documental es notable y un proyecto celebrable, porque después de iniciar en el ambiente multicolor de Chiapa de Corzo y su contexto íntimo y familiar pasa a mostrar al Tavo en su contexto actual, tocando en el Jazzorca, el centro indiscutible y semillero de la vanguardia en la Ciudad de México, para luego volver a las imagenes del río, de la fiesta y los marimbistas en su taller cortando y lijando maderas y de pronto todo tiene sentido, cerrando el círculo entre la tradición más ancestral y la tradición de lo nuevo en un ritmo sorprendente, que como el pulso del mismo Gustavo nunca termina de revelar nuevos misterios. Es un aporte trascendente del documental mostrar esta historia porque su cinematografía no sólo es una propuesta del cómo ilustrar la esencia invisible de un artista de la música, además enriquece la comprensión de un percusionista importante dentro de la escena de la improvisación libre, ampliando la comprensión de esta misma escena tan diversa y compleja en sus orígenes y genealogía, esencia que Andrea Rodea y Erik Mares replicaron en el procedimiento de la producción y grabación, que lejos de tomar la distancia de una pretendida objetividad en la tradición documental, actuaron en consecuencia bajo el principio de que adentrarse en la historia de un artista es conocerlo en lo personal, mediante el recurso legítimo de la amistad adecuado a una investigación de naturaleza artística.

Still del documental, cortesía de Rhizomes Films

“Gustavo Nandayapa: devenir de un río” se presentó el pasado sábado 22 de marzo en la Casa del Lago dentro del ciclo LATAM Grita, ciclo de cine dedicado a mostrar largometrajes dirigidos y co-dirigidos por mujeres sobre movimientos musicales actuales en Latinoamérica, proyección que culminó con una improvisación entre el propio Gustavo y Misha Marks en el Espacio Sonoro de la Casa del Lago.

Erick Vázquez

 

Tiny swarms en la Galería Vórtice

La primera colaboración del trío de Tiny Swarms fue hace diez años, se conocieron, se entendieron (de la única manera que entenderse significa para un músico: espontáneamente) e inmediatamente grabaron un albúm muy chulo en donde ya se puede escuchar con claridad el proyecto de lo que escuchamos el miércoles en la Galería Vórtice, pero con una notable diferencia, la audiencia. En diez años de camino para un artista que experimenta tentando los límites de su práctica pueden pasar mil cosas, sonar súper distinto ya irreconocible, idealmente cada vez más honesto, más radical, pero lo que rara vez cambia es la subjetividad, la razón de ser, y en eso Tiny Swarms se mantiene consistente, y en virtud de esa ética la diferencia entre esa grabación (que se puede adquirir en Bandcamp) y el concierto fue, sencillamente, la presencia del público. Estamos acostumbrados a pensar que el sonido es una vibración que viaja del objeto trémulo directamente hacia el oído, lo que en realidad sucede es que el sonido en ese trayecto va rebotando en todo el lugar y los cuerpos que lo habitan, recogiendo a su paso la imagen de la realidad, y por eso la música es esencialmente un arte físico, espacial, que cobra forma plena en la presencia, si la grabación de Tiny Swarms bien vale más que la pena por la calidad del proyecto, un concierto en vivo de este trío se nutre de cualidades insospechadas para los mismos artistas, cualidades a las que responden instantáneamente gracias a la flexibilidad de la improvisación libre.

La química emocional entre Fernando Vigueras y Jaap Blonk es la mutua comprensión de las cuerdas, vocales, hilos del arco, nervios que se tensan y relajan, la física entre Blonk y Chris Cogburn es el agudo sentido del timbre que Cogburn sabe encontrar, respaldar y a veces presionar con los colores que rondan las superficies de sus instrumentos de percusión; el sentido del tiempo de Cogburn es impresionante, el rango desde sus temblores casi imperceptibles en el trayecto hacia la sonoridad estridente es una graduación cromática que pareciera controlada por un fader, abanico de luces de Vermeer. El trío se articula en el cuerpo y voz de Blonk, en su expansiva exploración de su propio cuerpo sonoro y el lenguaje. Todo esto es, digamos, la técnica, pero lo importante del ensamble de Tiny Swarms es lo que sostiene mediante esa técnica, su dimensión emocional, el ofrecimiento liberador de una estrategia nihilista y llena de ternura y humor, que sacude y barre las nimiedades acosadoras de una sociedad que parecen empeñadas en hacernos olvidar la fragilidad de los asuntos humanos.

Si acaso hay algo que señalar es un exceso, un exceso de elegancia, un exceso de sofisticación, exceso de elegancia porque incluso en los momentos frenéticos el arte domina el frenesí, exceso de sofisticación porque en el incuestionable abandono a la espontaneidad del cuerpo la abundancia de diminutas emociones son un destilado del estudio concienzudo no sólo del instrumento y de su historia sino de la condición humana que es su correlato, y es difícil cachar todo eso, hubiera querido saber escuchar más rápido, tener una piel más amplia. El corazón de Blonk no sólo está más allá del bien y el mal, está más allá de la música y el ruido, de lleno en la dignidad de un cuerpo que desconoce las distancias entre el ridículo y lo sublime, en el respeto absoluto por sus colegas y su audiencia: heredero de la postura de Artaud y Beckett, justo en el límite del lenguaje, una voz que habla sin usar palabras, en la desarticulación del lenguaje articulado, una apuesta extra lúcida en una sociedad enloquecida en donde las medidas más extremas son las más seguras.

Erick Vázquez