Aunque le entienda nada o muy poco quiero seguir intentando escribir lo que sucede en un concierto que involucra fundamentalmente una mesa con aparatos electrónicos. Mi intención es buena, y me pone del lado de la mayoría en el público que tampoco entiende nada del cómo entre tanto cable y botón pero sí entiende el qué, lo más importante: la experiencia sonora. La diferencia entre artistas que trabajan con aparatos electrónicos y artistas instrumentistas es que el cuerpo de un instrumento es verdaderamente un cuerpo, es decir, una larga historia institucional fácilmente reconocible, y el tratamiento de un violín, una guitarra, un sax o un cello por parte de los artistas de la improvisación y la experimentación sonora nos permite distinguir las diferencias nítidas con respecto a esa larga historia institucional que el cuerpo instrumental soporta, la agresión a esa misma historia para sacarle posibilidades de presente, de libertad en la que ilusionamos comunitariamente sueños posibles. Una mesa de cables de transducción voltaica se parece más a un proceso de sinapsis al interior de un cerebro, el misterio humano por excelencia, en donde se guardan los secretos que gobiernan las señales emocionales, nerviosas, memorias, la caja negra del ser.
Angélica Castelló y Rodrigo Ambriz trabajaron con cintas, grabaciones en tape que fueron mezclando en su improvisación para el primer concierto del año nuevo en el Venas Rotas. La complejidad emocional de Angélica que la caracteriza en el recurso de ir armando lo que ella llama un tejido de cintas se entretejió con fluidez con las grabaciones que mezclaba Ambriz, permitiendo los registros tan queridos a Angélica de pajaritos ambientales cantando en concierto con el vocabulario gutural de Ambriz, revelándo sorprendentemente lo mucho que éste puede tener de pájaro. El ambiente voltáico de la turbulencia y los flujos de frecuencia eléctrica ricos en texturas sobrepuestas intercalados con las grabaciones de alguna voz registrada en un casete, indiferentemente de quién subía o bajaba el dimmer, nos transportaron a esa realidad tan característica, tan neta de un sonido que estaba cobrando vida instantánea en el momento, la cualidad vital de formar parte de la improvisación, y en donde tanto la voz de Ambriz y la flauta Paetzold y las campanitas de Angélica conformaron una imagen congruente.
El registro de las grabaciones en tape, tanto de una como de otro, son inevitablemente recuerdos de la realidad externa al instante del concierto, pero la abstracción de su trabajo en conjunto nos permite comprender mejor la naturaleza de la memoria, es decir, la apertura de mundos posibles, nuevos y habitables, tal vez de un futuro no tan distante y no privado de belleza.
El viernes pasado en la Fonoteca Nacional, Angélica Castelló presentó su álbum Catorce reflexiones sobre el fin. La idea para el álbum, editado en el 2019 por el sello Gruenrekorder, se desprendió del trabajo escultórico entretejido de cintas magnéticas de la misma Angélica, en el ahora desaparecido Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. El álbum se editó acompañado con un texto de Lorena Moreno Vera, y la misma Lorena acompañó a Angélica en la presentación performática en el auditorio de la Fonoteca que nos transmitió la concepción y naturaleza del proyecto.
Foto: Monica GoldFoto: Monica Gold
Así como en la tradición de la pintura abstracta, los títulos de cada pieza del álbum no son necesariamente una instrucción para comprender, a Angélica le interesa contar su historia dentro de la ambigüedad necesaria para que quien escucha pueda interpretar la propia. En algunas obras la referencia sí es clara, su versión de La Llorona, interferida con un registro parecido a hojas secas que resuenan al caminar bajo el canto de los pájaros, es como un recuerdo de una canción que se escucha por primera vez. La titulada Ira es también muy clara al respecto: la ira es siempre obvia, siempre manifiesta, inequívoca. La ira tiene un ritmo, respira de una manera ominosa que se coordina con el pulso cardíaco coqueteando con la arrítmia hasta que rechina con la polirrítmia, pero siempre constante, y el trabajo de Angélica para el caso es un entramado cerrado y perfecto de esta emoción primal y contemporánea, casi industrial. En Ira el ritmo percusivo, detrás de frecuencias bajas y medias entrecortadas por rechinidos que se van deformando lentamente, culmina en un desvanecimiento súbito y el canto de unos pajaritos por ahí, qué tal vez ya estaban desde antes durante la grabación pero que en la rabia de la textura no puede percibirse con nitidez desde qué momento entraron. Tal vez, después de todo, la ira, como la alegría, potencialmente contengan una gracia, y por esta razón puede hacerse arte con ella que en principio se presenta como lo indomesticable.
Esta riqueza de sentidos se establece desde Rómpeme, la primera obra del álbum. Sobre algunos de sus elementos favoritos (la flauta Paetzold y las campanitas) la constante interrupción de cristales rotos, de diferentes dimensiones y restos arrastrados de vasos, ventanas o espejos. Un cristal que se rompe es una desgracia, la reacción corporal es inmediata y visceral, sobre todo cuando un objeto precioso y personal se quiebra dentro de nosotros sentimos que algo se fractura también, y es un sonido que puede ilustrar fielmente un deseo roto, pero, por otro lado, qué gozadera estar rompiendo cosas, tengo la fantasía de alguna vez materializar el dicho de una chiva suelta en una cristalería, y cuando en una fiesta una botella se rompe unánimemente y con algarabía decimos que la fiesta comenzó.
En general esta complejidad emocional es lo que se encuentra constante en los conceptos sonoros de Angélica Castelló, y creo que la vía para llegar a este tejido complejo es su amor profundo por todos los fenómenos acústicos, qué otra razón podría haber detrás de andar por el mundo registrando en una cinta magnética los eventos más diversos, las conversaciones en distintos idiomas, los perros dando un repentino coral callejero, los paisajes impresionistas de ciudad y naturaleza. La composición, o el tejido de estas cintas —como ella misma le llama—, el porqué decide anudar tal cinta con aquella otra, es el destilado artístico y el aspecto de su obra más enigmático por personal, y sobre esto no hay mucho qué decir porque las decisiones con las que una artista decide juntar una cosa con otra son su deseo y por lo tanto su forma de habitar el mundo, en el trabajo de este álbum, una armonía de lo diverso, comúnmente de lo inesperado. La sorpresa recurrente en cada una de las piezas —explicó Angélica a su público de la Fonoteca—, proviene en parte de la naturaleza de las partículas en la cinta magnética, que cuando se graba y se vuelve a grabar encima de lo registrado hay elementos sonoros inesperados a los que ella reacciona, atenta a la naturaleza del registro electromagnético que posee una voluntad de permanecer. Tal vez en el álbum haya algunas obras más logradas que otras, como cuando la obra descansa sobre elementos que están más cercanos a sus preferencias, las campanas, las aves, los flujos del aliento y las ondas acuáticas, es donde el tejido de la pieza se siente más seguro y el escucha cae en blandito en esa red, pero a Angélica no sólo le interesa la seguridad de una obra bien armada, y toma riesgos, riesgos calculados por una intuición y escucha entrenada, pero riesgos al fin, parte de su creatividad que queda clara sobre todo cuando toca en vivo, práctica que la hermana a la comunidad de la improvisación en la que la presencia y el instante lo son todo.
Foto: Monica Gold
Estas Catorce reflexiones sobre el fin son tanto finales como lo son comienzos. En pocas obras de arte he escuchado con tanta claridad lo abstracto que puede ser lo material, lo simbólico que puede ser el significante desnudo, lo expresiva que puede ser la realidad así sin más, y Angélica, heredera de la música concreta, ha creado un album muy bello, honesto, que como toda obra de arte nos ayuda a comprender los eventos minúsculos de la materia y el espíritu y libre del sarcasmo recurrente en el arte contemporáneo que implica resistir un mundo a todas luces hostil. Cuando una artista es honesta uno puede confiar en que al final de la experiencia uno se va sentir menos solo, y el tejido de Angélica Castelló es la síntesis de una experiencia que se nos ofrece con una misma inteligencia que ternura hacia la fragilidad de la condición humana.
Ayer fue la primera sesión de cine expandido y conciertos en el Ex Teresa y abrieron con Angélica Castelló aprovechando que anda en el país. Angélica tocó sola y sin imágenes visuales que la acompañaran, y creo que esta falta de acompañamiento ayudó mucho a entender la clase de artista que es, un poco meditabunda y curioseando metódicamente sus herramientas, casetes, ondas de voltaje, y la Paetzold, instrumento de aliento que es casi una escultura rudimentaria y cyberpunk por partes iguales. El sentido de la improvisación de Angélica es una vibración muy distinta a la que los músicos de esta ciudad me tienen habituado (es decir, la coherencia en la contradicción, la agresiva irrupción de un mundo nuevo, etc); la improvisación de Angélica comenzó con unas grabaciones de voces de algún barrio en uno de los altoparlantes, una frecuencia que buscaba el espacio por otra de las bocinas, y el sonido inconfundible de un objeto pesado que cae en el agua. Sobre esa textura Angélica comenzó a soplar su Paetzold pero no para crear frases ni encontrarse en una posibilidad armónica, sino para darle presencia a su aliento, nada más, y la presencia del puro aliento en el tejido creado por la artista fue una manifestación sencilla y convincente del cuerpo de la artista en congruencia con los elementos del voltaje y las grabaciones amplificadas. Las reverberaciones acuáticas y el aliento como un objeto concreto me recordaron que habitamos en un medio fluido, que somos y respiramos, realidad que es a nuestros sentidos como la luz de los ojos a los murciélagos, una naturaleza manifestísima, fácil de olvidar, y Angélica logra decir todo esto sobre la tersa textura de sus reflexiones sosegadas, sin saturaciones repentinas ni silencios artificiosos.
Angélica Castelló
El segundo set fue ya la intención del Ex Teresa por combinar imagen acústica con imagen visual, lo que decidieron llamar de manera un tanto ambigua cine extendido. Alejandro Marra es un artista con mucho sentido del movimiento ocular, incluso cuando hace esculturas inmóviles las realiza con conocimiento de causa alrededor de la lógica del iris y la transducción que le dice al cerebro que nos estamos moviendo. Sus imágenes en vivo, que va creando con tornamesas construidas por el mismo instaladas sobre proyectores, hipnóticas y conscientes, crean texturas y ritmos que con toda naturalidad invitan a ser acompañadas por músicos que sepan adaptarse al flujo. Fernando Vigueras y Ramón del Buey son una elección obvia para el acompañamiento, maestros de la improvisación libre. Pero, tal vez, ese fue un problema. La vida orgánica que empiezan a cobrar las imágenes de Marra sigue su camino como cualquier otro organismo relativamente independiente de su contexto, la improvisación en la que Fernando y Ramón saben encontrarse, de la que saben salir para luego volver a encontrarse con facilidad, no requiere para nada de una referencia visual. A ratos, efectivamente, imagen acústica e imagen visual confluían para lograr un efecto de resquebrajamiento continuo y vertiginoso que era toda una experiencia, a ratos cada quien andaba por su lado, lo cual me hace preguntarme si realmente se necesitaban mutuamente, porque la imagen visual, sobre todo cuando está así de bien armada, ya suena por sí misma, y la imagen acústica, cuando es así de rica y expresiva, ya le dice al oído cómo se puede ver en la mirada. No sé qué tanto sentido tenga hacer ambos conceptos convivir cuando a ratos más bien son una competencia, hasta una rivalidad a los sentidos. Tal vez este sea precisamente el concepto de cine extendido, llevar la imagen a sus límites en un proyecto enamorado de una tendencia transdisciplinar, pero a mí más bien me pareció que una cosa le estorbaba a la otra.
Alejandro Marra, Fernando Vigueras y Ramón del Buey
El último set para cerrar la noche, con imágenes proyectadas en film por Jael Jacobo acompañadas de música electrónica de Fermín Martínes, tal vez fue la mejor manera de cerrar el evento para un público que llenó hasta los rincones de la sala del Ex Teresa. La música de frecuencias sucesivas, consonantes, con un bajo que hizo retumbar ligera y agradablemente la duela y las imágenes reconocibles de esculturas de diversos orígenes y códices de diferentes civilizaciones, ameritaron la ovación más exitosa de la noche, y es natural: por estas fechas se cumplen 120 años de la emancipación de la disonancia en la historia de la música y los mismos años de la invención del arte abstracto, pero el público, aquí, en Europa, y supongo que también en China, es feliz cuando le das algo figurativo y armonioso en el sentido narrativo del término, cuando hay algo bonito que platicar y sin ambigüedad, a los amigos acerca del evento. Pero la seguridad tiene sus riesgos, presentar en film una secuencia de imágenes de máscaras precolombinas de muy diversos pueblos y épocas, para luego concatenarlas con esculturas de la antigua Grecia y luego de la más antigua India, todo armonizado con exactamente el mismo set de música eléctronica, tiene un mensaje muy claro: aquí todo es lo mismo, todos los humanos somos y hemos sido lo mismo, lo cual contradice flagrantemente el inmenso abanico de diferencias culturales referido en las imágenes.
Hoy mismo se presenta la segunda noche de conciertos de cine expandido y concierto en el Ex Teresa, a las 7:00 de la noche, con un line up más que interesante, y la neta me da mucho gusto que esta institución, después de tanto año, siga haciendo cosas raras que nadie sabe muy bien cómo van a salir.