El estreno de Styx de Anestis Logothetis en la Tehuanita por Doris Steinbichler

 

Cuando Doris Steinbichler (nacida en Viena del 1965) llegó a vivir a la Ciudad de México, el español se convirtió en su tercera lengua. Doris se sintió como en casa: en la Plaza de Santa Veracruz, frente a la Alameda Central había un bar con sexo en vivo que frecuentaban los soldados del ejército mexicano y enfrente el Museo Franz Mayer, justo atrás de Bellas Artes. ¿Qué es ese extraño sentimiento de sentirse en casa siendo extranjero, sobre todo cuando la marca de la modernidad es ser un extranjero en la propia tierra, cuando ese desarraigo se subraya especialmente en los artistas contemporáneos, siempre tan lejos y tan cerca, siempre en contra y a favor del viento? En su obra y discurso, Doris es abierta y deliberadamente autobiográfica: su padre fue un campesino austriaco, su madre una mujer también pobre y heredera de lo que llamamos alta cultura, su infancia transcurrió en un barrio marginal. Cuando era todavía una adolescente la abuela se las arreglaba para llevarla a la ópera. Entre México y Viena, entre la música y el performance, entre una vieja tradición y la improvisación libre, la suya es una realidad doble.  

El pasado viernes 27 de marzo, en la Tehuanita, Doris presentó el estreno en México de una obra de Anestis Logothetis, junto a Alina Maldonado (violín), Dirén Checa (violín) y Alex Motta (Contrabajo), con la propia Steinbichler en la voz. Esa noche en la Tehuanita, Doris nos contó que su mamá fue a la secundaria y a la prepa con la hija de Logothetis, fueron amigas de la adolescencia creciendo juntas en la Viena de la postguerra, en el medio de una dura crisis económica, cuando las posibilidades de tener noticias del mundo exterior estaban enterradas bajo las urgencias del día a día. Sin embargo, la hija de Logothetis volvía de las vacaciones de verano con su papá cargada de historias de otros países y de discos que le mostraba a la futura madre de Doris, impactada con el aire de lo internacional, de lo cosmopolita, su amiga era la hija de un compositor, el representante de una tradición casi mágica. La madre transmitió esa maravilla a Doris, quien creció escuchando el apellido Logothetis desde que tenía uso de razón. Lo conoció todavía en persona.

Doris fue a los conciertos del compositor a los 17 o 19 años de edad, a los 21 años se va de Austria, y en el 2023, durante la celebración del 100 aniversario del compositor, se encontraba por casualidad en Viena y asistió a los conciertos, el grupito no mayor de los que en esa noche estábamos en la Tehuanita, y allí se presentó con la hija de Logothetis, le dijo soy la hija de tu compañera de prepa y le prometió que iba estrenar la obra de su papá en México. La gestión para una obra así no es cualquier cosa, lo intentó durante tres años con las instituciones hasta que solucionó, como suele hacerlo, improvisando con lo que tiene a la mano.

El estreno en la Tehuanita, una obra histórica del avant-garde vienés en una fonda oaxaqueña que se caracteriza por la calidad de su cocina y su mezcal, organizada por Karla Vázquez y Alma López, con músicos de calidad internacional entrenados en repertorio contemporáneo entre ruidos de cocina y un mural de motivos costeños, este evento raro de artistas super educados y preparados con una organización de características improvisadas hubiese sido perfectamente cotidiano en el contexto de las vanguardias. Su brillo y valor son expresivos de la escena de la improvisación en la Ciudad de México y para entender las motivaciones de la Steinbichler [stɛɪ̯nbɪtʃlər], y tal vez entender cada artista individualmente, es un pequeño paso para comprender la escena en su totalidad, tan variopinta e irreductible: cómo comprender a un sólo individuo, a un sólo lobo, un sólo conejo, una mariposa, para comprender un ecosistema entero, que abraca desde una bellota hasta el agua que corre subterránea. Ahora bien, ¿eran las condiciones ideales? Claro que no. Las condiciones ideales son las del conservatorio, las de la música de cámara, que no suenen los celulares y que nadie tosa, pero sentado a la mesa conmigo había un ingeniero de audio y cuando hubo un alboroto con unas latas de la cerveza y el gas silbó destapado no se aguantó la emoción y me volteó a ver diciendo algo como: “¿Viste? Quedó perfecto”. Y tenía razón. Me di cuenta que la distinción marcada entre la improvisación presentada en locales informales y la academia y sus espacios designados tenía algo de arbitrario.

Anestis Logothetis migró de Grecia a Viena se graduó de la Academia de Música de Viena en el 1951, Logothetis empezó a hacer dibujos en lugar de pentagramas, instancias sonoras de línea, garabateo y rayoneo, distintos grosores y exploraciones de texturas como si la página en blanco fuera un gran espacio de silencio y la grafía cualquiera una sugerencia de sonido. Lo curioso de las vanguardias, y en delante, del arte contemporáneo, es que sus formas irreconocibles para el pasado revelan una naturaleza esencial, la escritura de un dibujo libre como una partitura abierta revela que la notación musical tradicional tiene mucho de arbitrario, y que es precisamente ese margen lo que permite que la música del pasado pueda ser habitada en el presente; el extraordinario sentido de la tradición que aventuran los artistas de las entreguerras y la postguerra consiste en recordar reinventar de la manera cada vez más radical, yendo cada vez a raíces más profundas para poder vivir un presente inimaginable, olvidar recordando, y la tradición más vieja de Viena encontró su forma más reciente en la improvisación libre, y ambas realidades se encontraron en la persona de Steinbichler [eschtainbikjlah].

Doris me ha dado la impresión de ser incomprendida, antes pensaba que su situación era la de encontrarse entre dos realidades, un no lugar, pero estaba equivocado, la ética que define la estética en todo lo que hace dice y piensa es el deseo de los puentes, unir lo inconciliable, deseo responsable que en nuestro tiempo es no menos que un lujo y que Doris con su persistente insistencia nos sugiere debería ser un derecho.

Erick Vázquez

 


El domingo pasado en el Venas Rotas

Alguna vez publiqué que el gusto exquisito de Jacob Wick para la frase, sin duda nacido de su estrecha e ilustrada relación con el jazz, no era quizá la mejor decisión para una intervención durante la improvisación libre, dada la brillantez de la trompeta y la natural tendencia de las cuerdas y otros instrumentos de seguir una potencia narrativa y apegarse a una estructura propuesta. Me retracto. Esa impresión fue producto de un prejuicio, argumentado sobre un concepto de lo que suponía entonces era la música, y en particular la improvisación libre; pensaba yo que la improvisación estaba libre de todo lo que convencionalmente significa música de acuerdo a una historia y la academia correspondiente, libre de compás, libre de la necesidad de un ritmo y una organización cromática determinada, etcétera. He venido entiendendo, lentamente, pero gracias a la paciencia y confianza de los artistas a quienes después de todo me debo, que la música no es su historia más que de manera incidental, que la música es antes que todo ese evento sonoro en el que los cuerpos coinciden en su sensación de sí mismos, y que por lo tanto, el lujo de la improvisación libre consiste en ser libre de elegir cualquier recurso, con antecedentes o sin ellos, que el instante de la vibración requiera en ese preciso momento de la presencia. La frase con la que se arrancó Wick, este domingo pasado en el Venas Rotas, contundente y sin violencia, como es su estilo, sofisticado y sencillo, fueron cuatro notas en respiración circular, una arquitectura arácnida obstinada y sostenida, sobre la que se subieron Alina Maldonado con el violín y Sofía Escamilla con el cello, ampliando la idea, suspendiéndola e intensificándola en una disonancia intermitente, inteligente e instintiva, propia de la tendencia punk y vigorosa de Alina, el suelo móvil y elegante de Sofía. Wick se detuvo a escuchar para luego retomar la misma frase con más enjundia, que las cuerdas tomaron como una indicación para pasar a los pizzicatos quebrados, dándole a la escucha lo que no sabía que deseaba. Una chulada de set, que navegó con facilidad la inconsistente frontera entre el free jazz y la improvisación libre: en la música, como en cualquier otra arte, es saludable no respetar la definición de los géneros, saludable para el oficio y para la plasticidad neurológica y epidérmica de los presentes, que acudimos a esta escena con el deseo extraordinario de descubrirnos en lo desconocido, y que gracias a la calidad de los artistas de la comunidad encontramos ese deseo satisfecho con recurrencia.

Foto cortesía Rafael Arriaga

En el segundo set Ben Bennett nos visitó de Filadelfia para improvisar junto a Natalia Pérez Turner y Fernando Vigueras. Bennett es un espectáculo singular en lo que a percusión se refiere, porque toca sentado en flor de loto, usa el pie sobre la membrana para amortiguar la vibración del tambor, la elección de sus invenciones como soplar sobre un guante de latex estirado sobre botes de distintos tamaños, es una síntesis feliz de las frecuencias orientales, los ritmos rituales del norte de América y la inmersión del sonido ocidental, atinado, sorpresivo y con una escucha intensa que lo condujo sin esfuerzo a un flujo con la intelectual visceralidad de sus colegas. El segundo set es algo que venía esperando de hacía días, porque Fernando y Natalia se encuentran entre los artistas que más me interesan. Un crítico es un ciudadano con un compromiso peculiar porque debe hacer algo que nadie más se ve obligado a hacer: se encuentra en la obligación particular de justificar sus gustos personales. Procedo entonces a justificar mi interés, a dar cuenta de mí mismo: Fernando, cuando improvisa, hace cosas muy distintas de cuando concibe, por ejemplo, una instalación sonora. Ya se pone a jugar con la guitarra con dos arcos para cello que frota entre sí usando la caja de la guitarra como resonante, ya toma una lata de aluminio que va apretujando mientras la estruja a lo largo del puente y puntea con los dedos aquí y allá con una violencia que siempre me tiene alerta de que una cuerda no me vaya a saltar en un ojo. De nomas verlo, algún inadvertido podría pensar que ese señor ni tocar la guitarra sabe, y ese juicio sería exactamente análogo al que se escucha todavía en alguna sala de arte moderno ante una pintura de Rauschenberg o de Willem de Kooning: “Eso no es pintura, eso lo pudo haber hecho mi hijo de seis años”. Lo que siempre me ha parecido chistoso de tal enunciación es que es técnicamente correcta, el propio Picasso afirmó que le tomó toda la vida aprender a dibujar como niño, y efectivamente los niños son poseedores —-antes de sufrir educación— de una fina apertura a la musicalidad, completamente emancipada de la arbitraria distinción entre consonancia y disonancia, a la vez que una instintiva tendencia a la armonía y el ritmo. Lo que estoy diciendo es que Fernando toca como si no supiera lo que es una guitarra, y llegar a eso le tomó años de estudio y deconstrucción de un instrumento que, después de todo, sigue sin soltar, y este punto de llegada no ha sido el resultado de una experimentación por la experimentación en sí, no ha sido un juego de exploración meramente formal, por el contrario, es el resultado de una búsqueda por expresar con mayor precisión las inquietudes de su experiencia interior y por eso resulta así de expresivo y auténtico. En uno de sus más lúcidos y delirantes arrebatos durante el concierto la lata salió volando de sus manos para rebotar en el cello de Natalia, quien ni siquiera pestañeó ante el accidente y más bien lo tomó como una marca para cambiar de ángulo el arco y vibrar más descolocada.

Foto cortesía Rafael Arriaga
Foto cortesía Rafael Arriaga

Natalia se encuentra, como artista, en una posición simétrica e inversa a la de Fernando. Su relación con el cello no es la de la performática explosividad de poner en riesgo la integridad anatómica del instrumento, no usa elementos ajenos, usa solamente el arco y sus manos, y aún así, a pesar de no dejar de adoptar la postura clásica del cello anclado y reclinado en el cuerpo, su sonido no podría ser más aventurero, libre e infinito en sus recursos sonoros, ¿cómo logra tal sonido y experiencia de lo inédito, cómo es que logra hacer música sin dejar de hacer “música”? La respuesta merece un ensayo aparte, que publicaré pronto para festejar mi primer aniversario como emigrante a esta ciudad.

Erick Vázquez