Este es el segundo texto en mi intención de escribir sobre el público de la escena de la improvisación en la ciudad, y sé muy bien lo peculiar que puede resultar que un crítico escriba sobre el público en igualdad de términos que sobre los artistas, pero, si se lo mira bien, más sospechoso resulta que la intención resulte inusual. Sabemos ya que la huella acústica, la memoria viva y el sentido de un evento sonoro vive en la presencia entrelazada de la experiencia compartida entre los cuerpos, como Cinthya García Leyva no ha dejado de insistir, en los últimos años, tanto en discurso como en curaduría; sabemos que la historia de la danza vive, no en libros de técnica ni fotografías, sino muy literalmente en los cuerpos, fibra y nervio que contienen el conocimiento del espacio transmitido en una enseñanza necesariamente presencial que un registro en video no podría suplir (Nancy Reynolds y Malcom McCormick). ¿Por qué la crítica deja fuera de sus ejes discursivos la presencia trascendental del público, sobre todo en las artes escénicas que dependen de una audiencia?
Alguna vez escuché a Monsiváis en una conferencia afirmar que la época de oro del cine mexicano fue la época de oro de su público, luego Yuri Vladimir Delgado, mi maestro de redacción, me dijo que ese era un enfoque equivocado e ingenuo, que la época de oro del cine mexicano se debió al financiamiento de los Estados Unidos de América, aclaración que además de iluminar la producción masiva de una industria ayuda a explicar la enorme influencia de un lenguaje cinematográfico y una agenda discursiva subrepticia que para acabar pronto podríamos resumir como un discurso conservador y de derecha; la afirmación de Monsiváis más bien enmascaraba una injerencia. El cubetazo de agua fría de Yuri, para el joven romántico que yo entonces era, fue una revelación acerca del peso que puede tener la infraestructura sobre una producción artística. Pero en el caso de la escena de la improvisación libre en la Ciudad de México, que no tiene el apoyo de la Central Intelligence of America, la realidad y la importancia de su público se caracteriza por compactito pero consistente y educado, y es mejor definido como una comunidad, de la cual sí puedo afirmar sin temor a ser ingenuo que es en buena medida una de las causas para la excepcional calidad de la escena local de nuestros días: un público participativo, una escucha activa en el sentido de que produce entre las presencias una influencia fisiológica con efectos en el deseo que se materializa en actos y objetos, como es el caso de Rafa Arriaga con la fotografía, como es el caso de Clau Arancio.

El sábado pasado Clau Arancio presentó su colección de libros, “Microsensaciones musicales”, una serie de libritos de poesía que son la consecuencia verbal de haber asistido a algún concierto, vibrante y desbordada llegar a su casa y necesariamente expresar a su vez lo que sólo se puede decir en música mediante lo que sólo se puede decir en poesía. La música y la poesía tienen una serie de imposibilidades en común, tal vez porque alguna vez fueron un mismo gesto, allá en los albores de la especie, cuando danza, poesía, canto y aliento y percusión se nombraban con un solo vocablo que respondía por una práctica indivisible. Luego, con la especialización de las prácticas, la relación entre música y poesía se perdió, tal vez y definitivamente, gracias a la invención y posterior popularización de la letra impresa, y resulta curioso y adecuado que esa antigua relación se recupere por la vía de un libro. Ahora, el de Clau no es cualquier libro: dividido en siete volúmenes que caben en la palma de la mano, impreso en risografía y armado a mano por Rizomancias, el proyecto en el que colabora Clau Arancio, al lado de Aleja de Santiago y Lety Parra; un objeto artesanal y pequeño para corresponder a la ligereza y volatilidad de un residuo sonoro, un sistema de producción discreto y sincero que depende de la voluntad de un deseo comunitario, y cuya presentación tuvo lugar en “El último encuentro”, una librería en Mixcoac al fondo de un pasillo, subiendo unas escaleras, en una habitación donde se encuentran cosas inencontrables.
La presentación de un libro de poesía suele ser la ocasión funeraria a donde van a marchitarse las ilusiones de una noche divertida o interesante, pero Clau es una persona real, de carne y hueso, es decir siempre congruente, e invitó a Miriam Martínez y Alda Arita a presentar los poemas improvisando el ritmo de la lectura al lado de la guitarra, sin ninguna preparación, sin ninguna especie de ensayo previo. Comenzaron y sentí la urgencia de pararme y acomodarme por ahí, justo como lo hago usualmente para recibir un concierto y aparece esa pausa antes de que comience lo imprevisto, y lo imprevisto efectivamente sucedió: la confluencia espontánea, los errores y destiempo, los elementos de suspenso y expansión hicieron de la palabra un evento trémulo y abierto a la significancia (el término, definido por Barthes, como el sentido en tanto es producido sensualmente).

La presentación de Microsensaciones musicales se sintió, gracias a la naturaleza del proyecto editorial, al contexto de El último encuentro, a hacer de una presentación de un libro un evento de improvisación, como se siente uno al asistir a alguno de los escenarios donde tiene lugar la experimentación sonora, sembrados en la ciudad como discretos espacios de resistencia poética y efectivos respiros, si fugaces, de libertad. Por todas estas razones es importante hablar de la comunidad de la improvisación en su integridad, artistas, público y gestores, porque, a diferencia del cómo funcionan los circuitos en otras artes, aquí no hay una parte activa y estelar de un lado y por el otro una parte pasiva e invisibilizada, y es gracias a una solidaridad activa que brota por completo de la confluencia sonora anudada por la no menos espontánea naturaleza de la amistad que una escena tan precaria como la improvisación vive en nosotros, para que nos escuchemos a través de ella.
Erick Vázquez




