El sentido de un final

Creo que si la atención musical de un escucha tiene que estar dividiéndose entre dos ideas musicales que corren paralelas y sólo ocasionalmente se unen es porque algo no está funcionando, todavía menos cuando ambas ideas son equivalentes en intensidad: una competencia se desarrolla, si no en la música, sí en la atención del escucha. Durante casi todo el primer set, en el concierto del pasado domingo en la Terraza Monstruo, el aliento de Alain Cano resonaba muy por encima del juego de dedos en el contrabajo de Arturo Báez; uno se esforzaba para alcanzar y el otro se esforzaba por contenerse, no porque se tratara de dos músicos ansiosos por protagonizar su indiscutible talento, sino por una natural tendencia del saxofón barítono a la sonoridad indómita libre de partitura, sumada a la realidad física del contrabajo que tiende a sentirse más en la caja torácica que a escucharse realmente en el espectro del oído. Pero Alain sabe respetar la música por encima del sonido, Arturo Báez está lleno de recursos, y cuando por fin se encontraron en una misma fluctuación la experiencia notoriamente se abrió en diferentes avenidas que eventualmente produjeron la síntesis de un final que pareció planeado, la frescura de un final que sólo pudo ser improvisado. Cuando dos energías así logran cruzarse es como los rayos fotónicos de los cazafantasmas, capturan al espectro más elusivo. De la improvisación libre la parte más enigmática me parece la sensación del final, ¿cómo saben que ya acabaron? Porque parece que lo saben justo en el instante mismo, y saber y decidir, en música y poesía, son exactamente lo mismo. Si la sexualidad entre los seres humanos funcionara de la misma manera no tendríamos la mitad de los problemas que nos aquejan socialmente y Freud nunca hubiera escrito el Malestar en la Cultura.

El set de Jacob Wick con Itzam Cano comenzó con una nota sostenida en la trompeta durante casi dos minutos en los que el contrabajo respondió con desarrollos interrumpidos que se fueron alargando siempre bajos, y la trompeta de Wick fue descendiendo de la nota alta hasta convertirse en un resoplido sordo y seco. Jacob tiene un sonido precioso en la trompeta, que sabe conducir desde la textura brillante y angelical hasta el mofle desbocado de un motor de combustión interna necesitado de un cambio urgente de filtro. Itzam supo perfectamente qué hacer con eso, porque además de tener alma de punk comparte con Jacob una relación afectuosa con el Free jazz y por lo tanto un sentido de la frase musical, idea y respuesta dentro de los límites exiguos de una tonalidad tambaleante.

El último set, con todos los integrantes, fue la locura de alegría y creatividad que se podía esperar con estos antecedentes, pero, ya fuera porque Jacob se siente más en su casa dentro de una frase de jazz y los demás se sintieron atraídos a este magnetismo, mucho del desarrollo gravitó en esa dinámica, y hay un aspecto del Free jazz que en lo personal no me termina de convencer, y que no tiene nada qué ver con la calidad de la música sino con la expectativa. Cuando tienes en escena esa calidad de músicos que se empiezan a organizar alrededor de un lenguaje con una dinámica que viene de una práctica establecida nada puede salir mal, y contradictoriamente este aspecto es el que no me permite el abandono total a la experiencia. En particular, es porque el final se anuncia, cualquier escucha sin preparación musical especializada puede darse cuenta que la pieza, por más orgánica que se esté desarrollando, está a punto de culminar en una explosión o en un desvanecimiento gradual e insisto, puede tener toda la calidad del mundo, pero creo que si las Escrituras resulta que después de todo sí eran Sagradas y el final de los tiempos sucede con la pompa y circunstancia profetizada, va ser un tanto decepcionante porque ya nos la sabíamos que el dragón, que luego la lluvia de fuego, etcétera. Esta sospecha la confirmé cuando repentinamente los músicos se alejaron de una inercia gramatical y cada quien tomó su camino en una búsqueda concertada, deriva de glissandos y casi ruido, una experimentación que terminó exhausta y el público de pronto ya estábamos aplaudiendo, sorprendidos de nosotros mismos, exigiendo un encore. Los mejores momentos del Free Jazz suceden cuando se empujan un poquito más allá y se encuentran en la improvisación libre.

Claro, esta es la opinión de un señor recalcitrante que ve moscas en la sopa durante una fiesta, y la improvisación libre no es realmente del todo libre: está liberada de centro tonal, de idioma, del sentido de la corrección técnica, de jerarquía instrumental, y —tal vez de igual importancia que todo lo anterior— liberada del concepto de tema, posterior variación y repetición, pero, en parte porque se trata de un organismo que en el instante empieza a existir requiere de un cierto tiempo de desarrollo musical, y ese tiempo de desarrollo se debe en muy buena medida a una convención: la convención de que un set debe durar entre diez y quince minutos, formato en el que la forma de la improvisación libre cobra una cierta fluctuación reconocible. No hay ninguna razón para que una obra de improvisación libre no dure tres minutos o menos, la única razón que se me ocurre para que esto no suceda es que el público tiende a sentir las miniaturas como un desconcertante colmo de esnobismo, y no como la rematada obra maestra que requiere la síntesis de toda una experiencia en el arte musical, en donde el final llega con la exigencia inesperada de la perfección, tanto de intérpretes como de audiencia.

Erick Vázquez

Quinteto de contrabajos en el Jazzorca

La improvisación libre es una culminación de la civilización occidental porque es ahí donde por fin se pudo hacer coincidir el azar con la causalidad, y es también ahí donde por fin se pudo hacer una invención de la memoria sin otro archivo que el de los asistentes que registramos ideas análogas en los distintos cuerpos al nivel del tejido conectivo, nervio y cartílago. Sería maravilloso lograr hacer con la filosofía, y en especial con la filosofía de la Historia, lo que la improvisación libre hace con la música, y tal vez podría hacer estas afirmaciones de manera un tanto menos incendiaria pero a esta edad ya no me queda ninguna paciencia ni duda al respecto; además, estoy también convencido de que en términos musicales el nivel de calidad artística en la Ciudad de México, en este momento, es muy superior al resto de las otras disciplinas, al grado que me faltan cuerpo y alma para ir a todos los conciertos que me interesan, eventos que resulta casi siempre suceden fuera de la institución lo cual no es para nada una coincidencia sino el signo delator de que la institución musical a nivel nacional —y mundial— tiene, por lo menos, un siglo de atraso.

A lo mejor podríamos decir que el Jazzorca de Germán Bringas es una una especie de institución honoraria, uno de los primeros escenarios con tal apertura a la experimentación musical en la ciudad y que este año cumplió su 30 aniversario, pero ya sea por la gana desmadrosa de Germán por no ceder el espacio de sus instintos, ya sea gracias a la propia arquitectura y su independencia de los programas administrativos en turno, el Jazzorca, a pesar de todo este tiempo, no presenta ninguno de los rasgos que terminan por hacer de la institución cultural un lugar rígido y ensordecido, por el contrario. Como muestra, el quinteto de contrabajos que se presentó este sábado 10 de junio (Arturo Báez, Itzam Cano, Alex Motta, Alain Cano y Luis Ortega) fue una conjunción muy singular de saturación por la frecuencia tan peculiar del cuerpo de los instrumentos, una octava completa más abajo que la del violoncello que retumba un espectro de vibración transmitida hacia la piel y los sistemas cardiopulmonares intensamente desde el piso pélvico, los esfínteres y hasta la caja craneal, en público y ejecutantes. La anatomía del contrabajo es desaforadamente corporal porque vibra a una distancia diametral de instrumentos más altos, como el violín o la flauta, y resuena de manera subterránea y distinta a una escucha que podría resultar más… “intelectual”, a falta de una mejor palabra (es difícil expresar lo simultáneamente visceral e intelectual que es toda la música en sus matices, siempre inteligente y siempre instintiva). La arquitectura del lugar ayudó mucho a la experiencia porque las dimensiones y la dignidad de la habitación imposibilitan la fuga a la que puede inclinarse con naturalidad la atención sobreestimulada, el Jazzorca es una especie de caja de Faraday invertida.

Es apenas la segunda o tercera ocasión que este quinteto se reúne a improvisar, pero a pesar de la intensa sonoridad del instrumento, y tal vez porque convencionalmente el contrabajo no tiene ansias de protagonismo —más bien históricamente tiene la función de solventar la armonía para el resto de otros instrumentos en una orquesta—, los integrantes parecen ya tener muy claro un principio de cordialidad que consiste en el mutuo reconocimiento: tocar escuchándose, que no se trata de sonar más fuerte que el otro sino de saber cuándo esperar y cuándo entrar, aprendiendo entre sí, lo cual sólo aumentó las posibilidades de una experiencia rica en diversas intensidades, al punto que parecieran haberse puesto de acuerdo con anterioridad para entrarle a movimientos a veces lentos y a veces rajatabla; coordinación espontánea que se extendía orgánica incluso cuando los integrantes decidían un movimiento más extendido en el arco y pausado en las pisadas o arrancarse en gestos intempestetivos, que para mi alegría personal abundaron sin exceso. En términos estéticos el mensaje fue claro: tratándose de improvisación libre no hay instrumentación insensata, y el público lo confirmó con esa discreción misteriosa que cuelga la presencia en el lugar con las ganas de no irse todavía.

Erick Vázquez